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Santos artesanales frente a santos al por mayor

Los santos y beatos españoles nos desbordan el calendario. Quinientos dos de una tacada. Este tipo de santificaciones corales las inventó Juan Pablo II que era un rock star, como Bono, el de U2, que el otro no da para nada. Antes elevarse a los altares exigía sus diligencias en un proceso largo y complejo. El abogado del diablo hacía su trabajo con minuciosidad enfermiza para que no le colaran ovejas negras en el rebaño. De beato a santo podrían pasar varios papas, incluso siglos.

Me gustaban más aquellos santos artesanales que el santo en serie actual. Se personalizaba mejor; podías aprender de memoria su vida, obras y milagros y rezarle llegado el caso. Son tiempos de masificación en el cielo y en la Tierra.

Este empeño de la Iglesia española en poblar el firmamento de nacionales, nunca mejor dicho, es loable, incluso patriótico. Si alguna vez llegaran a celebrar elecciones allá arriba saldría de presidente uno de los nuestros, o de los de ellos. Quizá Josemari (Aznar) en persona, que es muy salvador de causas nobles, como la unidad de España, la democracia, Irak.

Sorprende que el cardenal Rouco Varela tenga tanta y repetida mala suerte en su misericordioso empeño de hallar católicos muertos a manos del franquismo, sea durante la guerra o después. El lado izquierdo del cielo español anda romo y desapamparado.

Quizá sería más fácil si la Iglesia española tomara empeño en empujar a las autoridades hacia la búsqueda de los 130.000 desaparecidos forzosos que dejó la Guerra Civil, la mayoría del bando republicano. Sorprende tanto silencio en un asunto que es de justicia, uno de los motores de la religión.

También es urgente que pida perdón por su concubinato con la dictadura y por los beneficios que de ello obtuvo y que aún disfruta.

Sería ejemplar que la Iglesia liderase un verdadero proceso de reconciliación en España, como el que presidió en Sudafrica el obispo anglicano Desmond Tutu. No es que cante el asunto de los santos, es que sobre todo canta su actitud con los vivos.

Se ha hecho justicia con el impostor

Tengo una edad demasiado precisa en la que alterno días joviales y expansivos con otros deprimentes y aciagos en los que mi cuerpo, mis dedos y mi cabeza se cobran factura por cualquier exceso. ¡Qué tiempos en los que era capaz de beberme una piscina, abrir botellas con los dientes, fumar y caminar a la vez y pasar exámenes sin apenas sueño ni estudio!

Me molestan los signos externos de mi decrepitud. Me cabrea comprobar que pierdo facultades y palabras. ¿Te acuerdas cuándo hablábamos de corrido?, dice un amigo que anda en la edad jubilosa de la jubilación. Uno de los signos más visibles de esa decadencia es el ‘abre fácil’, esa leyenda estúpida, pomposa y engreída que portan algunos envases y que tiene como característica que no hay manera de abrirlos. Pensé que era yo, mi inutilidad. Conservé la tara en secreto hasta que hoy llegó el gran Forges al rescate con su viñeta liberadora.

Ahora sé que se trata de un problema general, al menos primermundista que en el Tercero ya se sabe, y que los tarados son el inventor y las autoridades que permitieron una publicidad tan engañosa, inexacta y desalentadora.

Otro día escribiré sobre el ‘despide fácil’, otro timo.

No debemos confiar en unas autoridades que por no saber no saben siquiera si los sueldos suben o bajan, si hablan de fijos sujetos a convenio o de los suyos fuera de todo convenio (diputados y ministros), que ahí no hay merma.

El ‘despide fácil’ es dificilísimo de explicar; los hay en diferido y en directo, simulados e indisimulables, de 12 meses por 22 días y gracias, a pachas con el Fogasa y si te he visto no me acuerdo. También con finiquito en cheque, ante notario Up in the Air o en cuenta Suiza con la variante mariana de “no lo van a poder demostar”.

Un lío. Mejor el ‘abre fácil’ con cuchillo cebollero, como mandan los cánones.

España subcampeón mundial en desaparecidos

Hay textos que ayudan a contextualizar las noticias, esos flecos de la historia que se publican por aquí y por allá como si fueran parte de relatos diferentes. El trabajo del periodista es descubrir el marco que ayuda a comprender la película completa. Natalia Junquera lo ha hecho con el trabajo titulado: “España es el segundo país con más desaparecidos tras Camboya”, que recomiendo.

La campeona es Camboya, la de Pol Pot, The Killing Fields, dos millones de muertos. Hay que admitir que la competencia era alta, difícil de superar aunque nuestro partido se jugara muchos años antes, durante la Guerra Civil.

España supera en desaparecidos a los grandes iconos en la materia de violación de los derechos humanos: la Argentina de los Videla y compañía, el Chile de Pinochet, la Guatemala de los militares. De hecho España supera en desaparecidos a la suma de los desaparecidos de los tres.

Alguien olvida el Irak de Sadam Husein, que tiene derecho a medalla de plata o de bronce.

Los jueces estiman que en España hay 114.000 desaparecidos-forzosos. Sus restos están diseminados en fosas comunes y cunetas. En muchos pueblos saben el lugar exacto o el aproximado, pero durante todo este tiempo nadie hablaba de ello. El miedo seguía metido en el cuerpo.

El Gobierno de Mariano Rajoy ha vaciado la caja de la Ley de la Memoria Histórica y ahora se niega a cumplir las leyes internacionales firmadas. No hay amnistía que valga contra los crímenes de guerra y los crímenes contra la Humanidad. La desaparición forzosa es un delito permanente, actual.

Hay que apoyar a la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH) para que puedan hacer su trabajo.

No se construye futuro alguno sobre una memoria falseada, silenciada, humillada. Si hubiéramos seguido un proceso similar al alemán, ejemplar en muchas cosas (es cierto que fue impuesto por los Aliados), tendríamos una democracia más sana, un relato común claro de lo que pasó y unas leyes que penarían declaraciones y algaradas fascio-nazis en algunos ayuntamientos del PP.

No se trata de penalizar ese pasado sino de cerrar las heridas. Algunos políticos y sus periodistas paniaguados acusan a la izquierda de querer abrir las heridas. No deben conocer la historia de miles de personas que las tienen aún de par en par. Esos mismos politicos y su cohorte utilizan a las víctimas de ETA para sus fines, dividen a las del 11-M. Victimas de primera, víctimas de segunda.

Negarse a dar nombre a los desaparecidos es una forma de matarlos otra vez, de callarlos. También es una manera de estar en el bando de los asesinos, fuera cual fuera su bandera.

Seis tetas contra el PP de Gallardón

Es una cuestión de escala de valores. El mismo día que InfoLibre publica la noticia de que al marido de María Dolores de Cospedal le va 14 veces mejor desde que ella es presidenta de la Junta de Castilla-La Mancha, el PP se escandaliza por la protesta de tres activistas en el Congreso. La visión de seis pechos desnudos, dos por cada mujer, les pareció “repugnante”.

Podría calificarse la protesta de FEMEN contra la ley antiaborto que preparara Gallardón de circense, inútil, mediática… No sé; se me ocurren decenas de adjetivos. Pero ¿repugnante?  ¿Qué es repugnante? ¿Un desnudo? ¿Dos tetas?

Repugnante es cobrar cheques de una caja B que se llena con comisiones de obras fraudulentas, sin concurso o con amaño. Repugnante es no acudir al Congreso a dar explicaciones y emplear una mayoría parlamentaria para obstruir todo intento de control democrático.

Repugnante es afirmar antes de las elecciones que la Sanidad y la Educación son líneas rojas y una vez pasado el peligro de las urnas pasarse las promesas por el forro. Repugnante es mentir a los pensionistas y seguir mintiéndoles como si no supiéramos qué es la inflación. Repugnante es pavonearse de que no han bajado los sueldos en España sino que moderan su crecimiento. Repugnante es utilizar la televisión pública como escudo de la mierda que cae sobre el partido.

Repugnante es tener una alcaldesa y un presidente de la Comunidad de Madrid no elegidos por los ciudadanos sino por sus amigos en Génova. Repugnante es que la alternativa matemática, que no ética ni política, haga lo mismo en Andalucía. Repugnante es que los sindicatos que deberían proteger a los trabajadores se lucren en el manejo turbio de los ERE.

Repugnante es tener un presidente que confunde productividad con sustituir empleados por esclavos. Repugnante es padecer una clase política bañada en privilegios que no pisa la calle. Repugnante es que miles de jóvenes tengan que buscarse un futuro lejos de España. Repugnante es que el partido gubernamental no crea en la memoria histórica ni respete a las miles de familias que siguen buscando a sus muertos.

Repugnante es convivir con este hedor tardofranquista de símbolos y proclamas y con el matonismo de algún ex asesor que llama cocainómano a un humorista inteligente y promete investigar a sus proveedores. Repugnante es tener un ex presidente como Aznar que dicta conferencias sobre moralidad y geoestrategia sin dedicar un minuto a los muertos de Irak. Repugnante es la corrupción y la mentira sin fondo. Repugnante es este silencio repugnante.

Spain Corruption SA

No soy jurista ni he seguido en profundidad el caso Malaya. No soy un experto en corrupción, solo una víctima, uno de esos millones de ciudadanos que pierden derechos sanitarios y sociales a espuertas porque el saqueo del Estado, en cualquiera de sus administraciones y niveles, cuesta 40.000 millones de euros al año en su estimación más modesta.

No soy experto, pero la sentencia malaya me ha dejado un mal sabor, un cabreo interior, la sensación de que aquí se premia la impunidad. Me sucede con Valencia cada vez que aparecen los Costa, Camps y demás corte de los milagros. En su risa hay algo de burla, de mensaje cifrado, de trampa insoportable.

Si robar cientos de millones de euros se castiga con una multa menor y diez años de cárcel, de los que se cumplirán tres, la conclusión es sencilla: merece la pena. Ningún trabajo honesto va a generar tanta plusvalía, ninguno garantiza una vida de rey del mambo, de choteo en las narices de la parroquia.

Que empresarios-concejales cordobeses condenados puedan seguir ostentando un cargo público es una vergüenza, una anomalía democrática. Un condenado por corrupción, aunque se trate de un solo euro, debería quedar inhabilitado a perpetuidad para todo cargo público, para cualquier concurso y trato con la Administración, sea estatal, autonómica o municipal.

Una persona que roba al Estado, es decir, a los que pagan impuestos, a los ancianos que cobran pensión recortada, a los enfermos con repago, cualquiera que participe en el saqueo de esos 40.000 millones de euros al año, debería pudrirse en la cárcel hasta que devuelva el dinero. Robar nunca puede merecer la pena.

Esta sociedad española a la cola en los informes PISA, sean jóvenes o adultos, esta sociedad con tantas taras educacionales y éticas no puede consentir esta mofa ni exculpar a los ladrones según qué sigla. Las personas que acuden a los juicios de los Fabra, o de cualquier otro, para vitorear al insigne constructor de aeropuertos vacíos, al suertudo superlativo del los sorteos de Navidad, son tan corruptos como su héroe y merecerían el desprecio de sus conciudadanos.

La corrupción más dañina empieza en nuestro silencio.

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