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Sorteo, pronóstico y realidad

En mi carrera escolar saqué más ceros que dieces. Tiene mérito: exige una perfección en el error. No he cambiado. Mi pronóstico de sorteo, basado en el morbo, no ha dado una. Ayer escribí: Bayern-Barça; Chelsea-Real Madrid; Borusia-PSG y Manchester United-Atlético de Madrid.

La realidad: Barça-Atlético; Real Madrid-Borussia; PSG-Chelsea y ManUnited-Bayern. Creo que Real Madrid y Bayern han tenido suerte, más los bávaros. El Barça va a sufrir mucho con Simeone. No veo un favorito claro entre el PSG y Chelsea. No me gusta cómo juega Mourinho, pero sus equipos son muy difíciles.

El morbo rueda en un balón

Arrigo Sachi dijo que el fútbol era la cosa más importante de las cosas menos importantes. Sachi, además de grandes frases, nos dejó la hermosa plasticidad de su Milan, uno de los mejores equipos de la historia. Nunca pudo repetir aquel éxito en otro equipo. Hay situaciones que dependen de la coincidencia en el tiempo y en el espacio de un número elevado de grandes jugadores, un entrenador excepcional y la suerte. Si la hay nace el estilo y desde la confianza de tenerlo, el equipo se vuelve imbatible, o muy difícil de batir. Pasó con el Barça de Pep Guardiola. Veremos si le pasa con el Bayern, una apuesta segura.

No voy a hablar del Clásico, que da mala suerte, Mejor después. Prefiero escribir sobre el sorteo de la Champions. Están los ocho mejores equipos de Europa, no hay chollos sobre el papel: unos aportan nombre e historia; otros, nombre, historia y fútbol. En una lista así siempre falta un equipo italiano. Cualquiera de los cuartofinalistas puede ser campeón. Pero lo que más me interesa del sorteo es su morbo. Lo tiene a espuertas.

Al Barça, por ejemplo, le puede tocar el Bayern de Guardiola. Sería la puntilla para una mala temporada en la que alterna partidos horrorosos que muestran el desvarío de la entidad con otros magistrales que muestran la calidad de sus jugadores, sobre todo de Messi e Iniesta. Tiene también morbo el PSG por el ansia de venganza de Ibrahimovic. Y el Real Madrid, que nos hartaríamos de clásicos en abril. Lo tendría, y mucho, el Chelsea de Mourinho. Además del portugués está Eto’o, otro con ganas de remover memoria. O el Atleti de Villa. un caso similar.

Al Real Madrid le puede tocar Mourinho con Iker Casillas de titular. Sería divertido. O el Bayern de Guardiola o cualquiera de los dos equipos españoles. También le puede tocar el Borussia de Levandowski para que Ancelotti se ponga la medalla que Mourinho no pudo.

El Atlético no tiene afrentas que cobrarse, quizá con el Real Madrid por una cuestión de tradición y vecindad. A Simeone le vendría bien el Manchester United, un equipo desnortado, o el Borussia, menos ogro que el año pasado. Un Atleti-Chelsea sería de alto voltaje, por la forma de jugar de ambos.

Este es mi sorteo, más morbo que deseo. Aunque si pudiera elegir para mi equipo, pediría el ManUnited o el Borussia.

Bayern-Barca

Chelsea-Real Madrid

Borusia-PSG

Manchester United-Atlético de Madrid

Inmigración, propaganda e injusticias

El miedo es un programa electoral peligroso: desata las bajas pasiones y desde ese lugar de la entrepierna, no se piensa, solo se reacciona. Ahora que la amenaza del terrorismo autóctono, el de ETA, parece amainar por mucho que algunos se empeñen en estirar el chicle, surge la inmigración como el gran problema del Estado. Desde el Ministerio del Interior se cuantifica el número de personas dispuestas al salto de la valla: 30.000, 40.000, 80.000. Ya no valen las concertinas. Es año electoral y anticipo de otro mayor.

Resulta poco responsable y nada creíble ese baile de números que aumenta por días, o por telediarios. Las cifras falseadas y las mentiras deberían estar penadas, al menos en los medios de comunicación. Somos responsables de separar la propaganda de los hechos comprobados, no de repetir globos sonda como si repetir la cantinela del poder fuera nuestro trabajo. El nuestro es un servicio a la ciudadanía, no a los ministros.

Las fuentes oficiales que filtran información tienen un objetivo: colocar su punto de vista en el debate colectivo. Dicen que los saltos a la valla se han triplicado este año. Hablamos de 530 personas en enero y febrero. El año pasado, 75.000 inmigrantes se marcharon de España debido a la crisis. No parece una invasión, solo un pico de desesperación. Eso es contexto.

España es uno de los países que más ha recortado en ayuda al desarrollo y cooperación. No es consistente esta política avara con esta publicitada preocupación por los saltos del hambre. Dejamos de ayudar a comunidades y países en crisis extrema, de reconstruir economías rotas por las guerras, las catástrofes o los saqueos, a cambio de un recorte económico ridículo. Tres décadas de prestigio a la papelera. ¿Y la patraña publicitaria de la marca España?

Cooperar es invertir en ellos y en nosotros. Los países que funcionan no producen inmigrantes en masa. España se queja de los subsaharianos mientras que decenas de miles de jóvenes españoles se ven obligados a buscarse la vida en América Latina y Europa. España está entre los diez principales exportadores de armas del mundo. La mayorías de las personas que llegan a Ceuta y Melilla huyen de la miseria y la guerra. ¿A qué estamos jugando? La política de la exportación de la injusticia es el gran efecto llamada.

Las Áfricas también cantan, Feliz día.

Londreseando en libertad

No escribo palabras físicas en el libro que escribo desde hace unos meses, solo almaceno emociones que ya hablarán a través de su propia voz cuando me bucee en Madrid. Esta vez he puesto a las personas por delante; me dediqué a los primos hermanos, no a mi Londres particular. Quizá sea parte del aprendizaje, la consecuencia de crecer. Me he sentido a gusto.

Al final de mes iré a Barcelona, gran etapa en la preparación del libro. Me espera un primo a quien no conozco. Es una sensación rara, emotiva. Leo sobre la Guerra Civil y trato de imaginarme cómo fue: un abuelo de izquierdas y no creyente rodeado de hijos falangistas y una mujer ultracatólica insoportable.

He tardado de entender que mi activo principal desde la salida de una redacción es el gobierno absoluto de mi tiempo, poder trabajar sin sujeción geográfica, lo que soñaba a los 18. Ha tardado, pero llegó. Este viaje es la primera apuesta inteligente en el uso de ese tiempo. Tengo que aprender.

Pasé la tarde al lado a mi sobrina Eleonor. Jugaba con el iPad codo con codo, pegada, recordándome lo que me he perdido por no tener hijos. No se pueden vivir dos vidas contradictorias al mismo tiempo: silencio o bullicio; egoísmo o generosidad.

Hoy estuve en la Tate Modern. Vi la exposición de Hamilton. El edificio me sigue cautivando, me gustan los espacios conquistados, revividos. Comí en su restaurante con la City pintada sobre un cristal. Parecía tan real porque era real. Murmuraba. Londres es una ciudad en permanente reinvención.

Aquí viví en 1981. Fue un gran año, el de la boda de Lady Di. Ayer estuve en Bedford Place, la calle del hotel en el que trabajé, y me pareció compartir el caminar con un tipo como yo, pero 35 años mas joven. No nos hablamos, bastó una mirada. La vida es eso, sentirse acompañado de tus yos y no tener demasiada vergüenza de ninguno de ellos.

Mañana acaba el viaje, la inmersión. Visité el miércoles cementerio de la familia en el sur. Me siento en paz con los muertos y con los vivos. Ahora toca sedimentar y volver a escribir a velocidad de crucero. Sentirse despierto es una gran aventura.

Bancos de sonrisas y saludos

Estuve delante de la casa de mis abuelos en Sussex. No llamé a la puerta. Solo abrí los ojos, aspiré recuerdos, fotografías, ruidos, como cuando me colgué del tejado. El pueblo apenas ha cambiado; todo se conserva como si el tiempo estuviera detenido, en pause. Casi las mismas tiendas y el monolito a los muertos de las dos guerras mundiales: cinco en la Primera; 25 en la Segunda.

Paseé hasta la playa. Se me apareció desplegada, marea alta, atardeciendo. Me vi en ella con cuatro años y medio armado con un cubo de plástico. En las bajuras buscábamos cangrejos sin cazarlos, solo por verles escapar hacias las olas. Graznaban las gaviotas y los cantos rodados con el vaiven del agua. Escuché Be dentro de mi cabeza. Busqué una piedra para echarme al bolsillo, una piedra sabia, filosofal. El sur de Inglaterra siempre huele a alga brava.

En el camino me crucé con jubiladas en traje de chándal y gorra de visera; algunas llevaban perro, otras marido. Todos saludaban y sonreían, hasta los animales. Yo avanzaba aferrado a una grabadora cazando mis palabras, como un loco. Cuando me acerqué a la ciudad de Worthing, los paseantes dejaron de devolver sonrisas y saludos. Era la frontera entre la prisa y la calma. Ninguno de los siete jóvenes que vi me dijo palabra alguna. Era invisible, un nadie.

En los bancos de madera están clavadas unas placas con nombres y apellidos de personas fallecidas. Les acompaña una fecha, un antes y un final, un homenaje. La mayoría eran viejos. Si el banco tiene flores o cintas de colores, la edad delata una vida rota. Son mausoleos del dolor.

Deberíamos incorporar más placas con saludos de buenos días y buenas tardes, y las sonrisas que se pierden encerradas en bocas que no miran ni ven. Es otro tipo de ausencia. Deberían estar allí para que no las olvidemos cuando muera el último viejo amable de Ferring vestido co un chándal y una gorra de visera en la cabeza.

Me senté en uno de esos bancos que hablan y abrazan y me dejé zarandear mirando al mar.

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