En Londres, capital mi infancia. Hoy, en familia: paseo por el río, conversaciones sobre un pasado común, desenterrando sabores, olores, voces, muertos que siguen vivos. Cae el sol de la tarde disfrazado de primavera. Los parques están inundados de niños que juegan felices en un presente eterno sin escuchar a los agoreros. Los jóvenes hacen botellón europeo (en vaso de cristal) en un resol cerca del puente de Putney. Tres chicas y dos chicos se levantan las camisetas para dejar a la vista una piel blanca, invernal. Las sendas se pueblan de personas que corren y sudan. Una chica empapada se cruza jadeando, murmurando ayes; no parece que vaya a sobrevivir al esfuerzo. Los ciclistas hacen zigzag para no atropellar a los paseantes. En el río Tamesis, dos embarcaciones compiten a remo batido entre los vítores de sus amigos. Aún no es tiempo para las regatas entre Cambridge y Oxford, pero el escenario es el mismo. El río es una escuela de veleros y curiosos. Los aviones descienden sin apenas ruido hacia Heathrow, como si planeasen para no estropearnos la tarde de domingo.
Mañana bajo en tren al sur: Brighton y Worthing, a las playas de mi niñez. Necesito aspirar el libro que escribo, empaparlo de brisa y sal, de algas. Los zarandeos emocionales merecen la pena cuando se transforman en motores. Bucearse es una manera de corregirse, de mejorar, de verse en los defectos. Iré a casa de mis abuelos que ya no es casa de nadie conocido.
Tengo ganas de despertar ese pasado armado de mi varita mágica. Cada foto fija lleva incorporado un vídeo. Me sentaré en un banco cualquiera y veré sin prisa mis películas sonoras y oloras. Lo bueno de Inglaterra es que nadie se dedica a destruir escenarios. Aquí no hay fiebre por derribar para poder lucrarse en la construcción de cualquier adefesio; aquí se mima el pasado de varias generaciones para que todos, fantasmas y vivos, puedan seguir interpretando la obra que libremente escogieron. Es tiempo de cambiar la mía, ahora solo necesito encontrar la música adecuada para no dejar de bailar.
Lo lógico sería buscar una de sus actuaciones en directo, afirmar que era un genio, un músico único, de esos que no solo son sublimes en la ejecución, sino que revolucionan la música, la sacan de todo corsé porque musicar es volar. Me gustan las imágenes que se pueden dibujar con las palabras: el hombre frontera, mezcla, fusión, a quien le creció una guitarra entre los brazos. Me agradan las personas capaces de licuarse en los demás, de sumarse aguas saladas y dulces.
Este no es un país de genios, solo de excepciones. Cuando brota uno se le nota la luz, deslumbra. Como Enrique Morente. Como Picasso. Este país produce cansinos al por mayor, gente pesada, gris, inútil, que por algún defecto histórico, o un fallo organizativo, llegan a lo más alto en la política y en la vida. Este país produce odio, bandos, trincheras, tuits como piedras.
Me gustaba Paco porque parecía extranjero, extraterrestre.
A veces no es necesario buscar entre los genios evidentes para ver esa luz, para sentir cómo alguien tira de tu mano. A menudo son los invisibles, los derrotados, los recortados, los que luchan cada día, quienes nos inundan de ganas de vivir. Cuando muere alguien tan grande y escucho el alboroto en el que participo pienso en los que mueren en silencio, solos, sin que nadie les dé las gracias por haber existido. Esta mujer tiene luz, magia. Se llama Dayna Kurtz. Feliz miércoles.
A Jordi Évole le llueven críticas y descalificaciones por su programa sobre el 23F llamado Operación Palace; también alabanzas, aunque menos. En Twitter aún se escucha el rasgar de las vestiduras de lo políticamente correcto. ¡Cómo es la Red cuando se vuelve turbamulta! ¡Cómo es este país en el que la mayoría se ofende por lo que creyó leer, no por lo que está escrito!
Es verdad: periodismo y ficción son antitéticos, como lo es la publicidad y la información, pero ahí tenemos a célebres comunicadores vendiendo bonanzas de bancos, con la que está cayendo, sin que nadie diga ni mu. Porque aquí nadie dice ni mu como solista, solo si hay coro que acompañe.
Si creemos en el periodismo sin adornos ni redondeos ni ficciones, es decir en el periodismo de hechos y comprobaciones, el único que me gusta, deberíamos escandalizarnos todos los días porque los ejemplos de periodismo basura son abundantes.
¿No es más escandaloso tragarse las versiones oficiales del Gobierno de turno o de sus imaginativos servicios de espionaje? ¿No lo es este corta y pega masivo de la ficción de los brotes verdes que nos quieren vender? ¿No es falsificar la realidad sentarse en una rueda de prensa sin preguntas y simular que es de verdad? ¿No lo es quedarse quieto, manso, en una sala de Génova 13 ante una televisión de plasma que simula la comparecencia de un presidente simulado? ¿No son más escandalosos los telediarios públicos, sean nacionales o autonómicos? ¿No genera peor periodismo ser sumiso con el poder político y con el económico? ¿Quién está libre para tirar esa piedra, o ese tuit? Yo no lo estoy. No puedo disparar.
Hubiera preferido un documental clásico sobre las sombras del 23F, pero me gusta la provocación de Évole: acercarnos el espejo para que nos miremos en él. Es el reflejo lo que nos debería escandalizar.
En este país tan falsamente circunspecto es bueno que los políticos que tanto criticamos se presten al juego, a romper el molde. Parece que hubo varios que se negaron. Les debió parecer más escandaloso simular una trama que cobrar una talegada cada mes, o cada consejo, de una eléctrica que ficciona en comandita con otras eléctricas un mercado libre en un Estado de Derecho.
Mientras escribo estas línas escucho a Esto sí que es una chirigota en su actuación en cuartos de final en el Carnaval de Cádiz. El pasadoble dedicado a la alcaldesa Teófila Martínez (minuto 8.27) no es ficción, son verdades como puños que no he leído en ningún medio de comunicación.
Música que se te mete en vena, te preña hasta los pies que se mueven solos, independizados, rebeldes. Es un regalo que me llega desde Catalunya. No ella, que es francesa, ni la canción, que es universal; sino el vídeo, que ya es mucho, con ese encuadre bajo que me obliga a alzarme de puntillas. Zaz dice que está cansada de prejuicios y prohibiciones, que solo quiere libertad, amor. Buen tema para un viernes de sol y frío.
Quiero dar las gracias a todos los que me felicitaron por el premio iRedes. No está mal para un viejo dinosaurio educado en el papel, la pausa, la rebeldía y la paciencia. Años de dedicar mucho tiempo al blog y a las redes sociales me han permitido construir mi bote salvavidas, mi émulo de Robinson Crusoe. Y allí sigo, empeñado en una navegación solitaria, intrépida y libre, como Zaz. Feliz fin de semana.
Hay una tendencia a quedarse atrapado en lugares que ya no te pertenecen, bien porque te fuiste, bien porque te echaron. Sucede con los trabajos, las mujeres, los amigos, los países. Uno puede instalarse en el rencor, culpar a otros. El rencor no modifica el pasado, solo perturba el presente, te empuja hacia la melancolía. Me he ido de tantos sitios que he aprendido a cerrar la puerta detrás de mí sin dar portazos. Elegí mirar adelante, y allí sigo. Pienso en mis amigos y les deseo lo mejor. La merecen. Ni una palabra más, que ya dije demasiado.
Estoy un poco vago en el blog, lo admito. Pero tengo excusa: llevo 50 páginas del libro que escribo. Escribo e investigo, leo. Es apasionante. Me exige mucho tiempo mental, mucha intensidad. Estoy tan preñado de él que por la noche lo sueño. Escribir es una droga, como viajar.
Cuando escribo me gusta escuchar música hasta que dejo de escucharla, hasta que llega el silencio. Anoche me reencontré con Bijielo Dugne, el gran grupo de rock yugoslavo. Quedan en la memoria sus conciertos antes de la guerra en 1987 y la extraordinaria gira por Zagreb, Sarajevo y Belgrado en 2005; conciertos de resurrección, de catarsis. ¿Quién canta hoy en Ucrania? ¿En Venezuela? Cuando se me despierta Sarajevo me llueven las memorias, las añoranzas. Feliz día.