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El hombre que se quedó sin familia

Me han contado esta historia escuchada en un autobús de Madrid. Un hombre del Perú, de unos 60 años, le confiesa a una compatriota que se vino hace mucho tiempo a España para poder mandar dinero a casa y ofrecer un futuro a sus cuatro hijos, el que él no tuvo. Hoy, dos de sus nietos van a la Universidad. Su empeño, su motivo vital, ha sido un éxito, pero nadie lo sabe. Vive en España donde no tiene familia, lejos del Perú, de una familia que le ha olvidado, que le dejó de reconocer como uno de los suyos.

Noche de pesadillas editoras

Pasé la noche editando una entrevista larga, tan larga que será un libro; saldrá a primeros de abril. Aparecían preguntas y respuestas traspapeladas que obligaban a una repaginación. Creo que era una pesadilla.

Peor hubiera sido caer en otra con Esperanza Aguirre al volante, no de su coche, sino de la alcaldía de Madrid, que todo puede ser ante el empeño de la izquierda de dispararse en los pies. O en un debate entre la lideresa y Antonio Carmona, un tipo que va muy deprisa a todos los sitios sin llegar a ninguno.

Terminé el reportaje sobre las madres de Ayotzinapa. No consigo sacudirme la emoción. Saldrá a finales de mes en la revista dominical de El Periódico de Catalunya. Estoy listo para el siguiente de la serie #mujeresenguerra con MSF.

Vuelo en rato a Israel. Es un viaje que me produce emoción. La primera parte será esencial, creo, para otro libro que escribo, este sobre mi familia y mis conflictivas relaciones con mi padre, con quien mantengo una guerra desde los 12 años. No la concluyó ni su muerte en 1983. De encontrar algo sería un gran final para ese libro que espero entregar a mediados de septiembre.

Jerusalén tiene fuerza telúrica, y un poco de locura, como el Partenón de Atenas. Entre unos dioses activos y otros difuntos prefiero los segundos: se quedaron en los libros de historia que es un lugar estupendo para los mitos. Feliz domingo.

Los pliegues aún existen

Hace mucho tiempo, es verdad, pero aquí sigo en algún pliegue. Los pliegues son un refugio, una conexión, un promontorio desde el que huelo el mar. Todo lo que escribo lo vuelco en un libro difícil que avanza entre tempestades y en unos reportajes con Médicos Sin Fronteras. El primero fue en México, saldrá el último domingo de este mes en la revista de El Periódico de Catalunya. Estoy a punto de arrancar el siguiente. Es emocionante sentir emoción. Son cuatro historias construidas alrededor de mujeres-coraje, mujeres en guerra, mujeres-esperanza. Feliz jueves.

#MujeresenGuerra

Llevo días, demasiados, sin pisar este espacio. Avanzo en un libro complicado que debo entregar después del verano. Aún no hay nada firmado pero es la primera vez que acepto un ‘deadline’ sin tener el texto terminado. Los periodistas trabajamos mejor contra el reloj. Me produce vértigo. Más cuando se ha cruzado un libro-entrevista con un personaje político relevante que deberé tener en unas semanas. Desde que perdí el trabajo no paro de trabajar.

Hoy, después de A Vivir con Javier del Pino, inicio el primero de los cuatro viajes que realizaré con MSF. Empezamos por México, un país lleno de fosas comunes y madres que buscan hijos. El objetivo es construir cuatro historias en cuatro países diferentes con mujeres en el centro del relato, #MujeresenGuerra, personas que desafían a las estadísticas, a la pobreza y a las armas, para construir esperanzas. La fotografía y el vídeo será de Juan Carlos Tomasi. El trabajo final se publciará en El Periódico de Catalunya, pero iré posteando y tuiteando.

Aunque nunca he escrito reportajes con una mentalidad de género, prefiero pensar en personas, tengo tendencia a dar voz a las mujeres porque son las que sostienen sus comunidades y las historias que trato de contar. La historia es su coraje. Feliz domingo.

Es tiempo de héroes

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No puedo dormir: aún estoy conmocionado por el testimonio de José Alcubierre y Sigfried Meir, supervivientes de la locura nazi en la II Guerra Mundial: once millones de asesinados en campos de concentración, trabajo y exterminio, incluidos seis millones de judíos. Fue en la presentación del libro Los últimos españoles de Mauthausen (Ediciones B) del periodista Carlos Hernández. Escuché cosas tan hermosas y profundas que ahora no encuentro palabras que las puedan describir sin reducirlas y mancillarlas. A veces sucede cuando regreso de un viaje duro: primero crece la emoción, una forma de dolor, y días o semanas después llega el lenguaje cuando ya nadie quiere escuchar.

Una amiga especial me dijo: “Puede que estés acostumbrado a esto pero es como si hubiera vivido dos horas extra. Vivir también es esto”. Escuchar testimonios tan auténticos como los de José y Sigfried multiplican la vida que nos ha tocado. Son regalos inesperados. Quizá por eso tengo esa sensación placentera tras años de estar reporteando de haber vivido varias vidas, de estar colmado, cumplido. Es una suerte sentirlo a los 60 cuando aún queda tiempo.

Uno de los testimonios que se proyectaron en un vídeo al inicio del acto decía “Hace 70 años dejé de ser un número y recuperé mi nombre porque era libre”. ¿Cómo describir la pérdida de la identidad en medio de la certidumbre de la muerte, de la humillación constante de quedar reducido a un número? ¿Cómo hacerlo cuando uno puede volver a usar el nombre que tenía en libertad? ¿Cómo estar entre esos dos mundos, el del número y el del nombre, sin haber padecido la experiencia de la deshumanización?

Me gustó algo que contó Carlos Hernández, una frase pronunciada por un superviviente de Barcelona que ha entrevistado para el libro. Le dijo que al salir de Mauthausen supo que su destino era vivir para contar lo ocurrido, para que nadie se olvidara de los muertos.

En un auditorio repleto de gente joven había emoción, la de estar ante los verdaderos héroes silenciados de este país, que no han perdido su dignidad a cambio de un metro cuadrado de poder o de reconocimiento: siguen enarbolando los mismos valores por los que estuvieron a punto de morir.

No tenemos memoria histórica ni un relato científico de los hechos indiscutibles, como que el régimen que duró 40 años fue una sangrienta dictadura. Este es un país de silencios e injusticias. Así no se puede construir dignidad para todos ni un futuro mejor. Recuperar la memoria ignorada sería el primer paso para la edificación de una ética colectiva que expulse a los corruptos y a los mentirosos y eleve de una vez a los héroes y a los sabios.

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