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Libertad de expresión

Se habla mucho estos días de libertad de expresión, censura y crisis de los medios tradicionales de comunicación. Es posible que además de las dictaduras, expertas en reprimir opiniones -sean contrarias, tibias  e indiferentes-, haya en el horizonte más peligros: una crisis económica que precariza el empleo y las voluntades de resistencia, que dificulta al futuro periodista iniciar su ejercicio de independencia desde la redacción con un no a una petición disparatada.

Nos encanta escuchar alabanzas, no las criticas, siquiera los peros. Toda opinión que se salga del carril del señor, sí señor resulta molesta y su protagonista, un elemento perturbador. A estas situaciones, consustanciales al ser humano, se unen otras coyunturales que convierten el día mundial de la libertad de expresión en una especie de 1 de mayo gremial.

La desaparición de la prensa impresa en papel que tantos auguran, y que de tanto augurar acabarán ayudando a que suceda demasiado pronto, y su sustitución por productos digitales gratuitos supone un cambio radical en las relaciones entre el emisor y el receptor (que diría el pesado de McLuhan) y un problema para los censores que ven multiplicadas las fuentes de emisión. Dos son ahora las preocupaciones: que los productos gratuitos no podrán soportar los gastos que conlleva contar bien las cosas en los sitios donde suceden las cosas y que muchas empresas crean que con el modelo se cambian también las reglas básicas de este oficio. Esto es lo que matará el Periodismo, no la ausencia de papel.

De todas las voces que se han escuchado estos días, la que más me ha gustado es la de Enric González, gran periodista, compañero de periódico y amigo, quizá porque se dirige al centro del problema:

Visto lo que ha dado de sí en los últimos 10.000 años, el humano debería tener una opinión bastante matizada sobre sí mismo: somos capaces de lo mejor y de lo peor. En general, hacemos lo peor y soñamos lo mejor. La Constitución Española, por ejemplo, establece el derecho a la salud, la educación, el empleo o la vivienda. Luego la realidad es la que ustedes conocen. Otro ejemplo de nuestra intensa vida onírica es el artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos: “Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión”. Ya ven.

(Más en Derechos. El País del 04-05-2009).

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Dibujo de Ed Stein obtenido del informe de 2009 de Freedom of the Press.

Muy interesante también la recomendación de Paula Carrión en Soitu, que contiene éste y otros muchos links sobre el asunto.

El continente luminoso

Mention Africa in polite company, and those around you may grimace, shake their heads sadly and profess sympathy. Oh, all those wars! Those diseases! Those dictators!

Naturally, that sympathy infuriates Africans themselves, for the conventional view of Africa as a genocide inside a failed state inside a dictatorship is, in fact, wrong. In the last few years, Africa over all has enjoyed economic growth rates of approximately 5 percent, better than in the United States (although population growth is also higher). Africa has even produced some “tiger cub” economies, like Botswana and Rwanda, that show what the continent is capable of.

Más en la crítica de Nicholas Kristof al libro Richard Dowden Altered States, Ordinary Miracles (editado en EEUU por PublicAffairs). No he leído el libro, pero me gusta mucho el texto de Kristof.

By Richard Dowden

Frases y fotos

Ante una pregunta estúpida y tópica: “¿Qué es lo que más te gusta del colegio?”, la niña Carolina, respondió con inteligencia y sinceridad: “El recreo”. (Oído el sábado en La Parra durante la boda de unos amigos muy queridos).

En la Feria de Sevilla: un empresario andaluz que trabaja con una compañía estadounidense se quejaba de las muchas diferencias de cultura empresarial entre España y EEUU. Fino en mano dio con la clave del problema de fondo: “Ellos comen hamburguesas y nosotros, no; éso hay que tenerlo en cuenta”.

Fotografía tomada con teléfono móvil en el empinadísimo pueblo de Matamoros (Badajoz). Entre los ocho atractivos turísticos de la villa, destacan el 6º, 7º y 8º. Para los que hagan turismo por la zona: Jerez de los Caballeros amerita una visita tras empaparse un poco en la historia de los templarios españoles y los tres hoteles de La Parra son extraordinarios. En la Hospedería Convento hay que pedir de postre milhojas con mango. Es de esos platos que dejan huella en la memoria. Para los que no sepan leer mapas: nunca preguntar en Zafra por La Parra sino por el pueblo vecino de Feria, algo más conocido.

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En el mismo Matamoros, junto a la atracción turística número 7. Me gusta mucho la frase “alfabetización digital”.

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El eclipse de Milosevic

Un par de meses después del final de la cuarta guerra balcánica iniciada y perdida por el caudillo serbio Slobodan Milosevic -Eslovenia, Croacia, Bosnia-Herzegovina y Kosovo- se produjo un eclipse total de sol que era visible desde los Balcanes. Los medios de comunicación locales bombardearon a la población con informaciones alarmantes sobre las consecuencias del fenómeno en la salud y cómo el sol eclipsado podía causar incluso la ceguera. El 11 de agosto de 1999, fecha del acontecimiento, Belgrado amaneció vacío. Mucha gente optó por quedarse en casa y no acudir al trabajo. Apenas circularon coches y autobuses de transporte. Fue el último ejercicio público de manipulación de quien logró llevar a su pueblo a cuatro guerras desastrosas que causaron decenas de miles de muertos, heridos y desplazados.

En la OTAN, feliz por su victoria ante un enano militar, nadie supo ver en el eclipse un termómetro de la gravedad del estado de intoxicación de una sociedad carcomida en sus miedos y fantasmas históricos, y que su recuperación exigiría cuidados intensivos y una atención continuada. Algo que no sucedió ni antes ni después del asesinato de Zoran Djindjic en 2003 porque los Gobiernos son como los periódicos saltan de un país a otro como en el juego de la Oca. No es que terminen los conflictos, sino que dejamos de hablar de ellos.

Siempre me ha interesado este asunto de la manipulación. En Belgrado he visitado dos veces a Aleksandar Vuco, psiquiatra y experto en traumas colectivos. En ambas con la misma excusa: “Serbia necesita una sesión en el diván”. Vuco pasó consulta a su país en un sótano (que era el inconsciente) dedicándole 50 minutos por sesión; eso sí, sin cobrarle ni cobrarme:

“Las excusas que escucha -todos hicieron barbaridades; fue en respuesta a no sé qué; no lo sabíamos- son mecanismos de negación de la culpa. Superar esa negación es un proceso largo y doloroso por el que pasó Alemania. Si el Gobierno entregara a Ratko Mladic no sucedería nada, sólo algunas protestas. Con él se iría una parte de esa culpa nacional, pero nuestro problema es más profundo que Mladic”, me dijo en julio de 2005. (Más en Serbia en el laberinto).

En febrero de 2008 conocí a dos serbios muy interesantes, el etnólogo Ivan Colovic (“Para que haya una catarsis son necesarios políticos que digan a los ciudadanos que hemos perdido las guerras y cometido crímenes. Entonces comenzará el duelo”) y la socióloga Milena Dragicevic: “Hemos pasado de la tradición oral donde dominan los mitos a la era audiovisual. No tuvimos como el resto de Europa siglos de Gutenberg en los que primó el pensamiento científico y los hechos comprobados. (…) En la lengua serbia la palabra compromiso tiene unas connotaciones negativas, pues quien pacta es el débil que no merece respeto”. (Más en La catarsis de nunca acabar)

Los poderes del gran oportunista que fue Slobodan Milosevic y el eclipse de Belgrado también afectaron a muchos comunistas españoles que durante años vieron (perdón, no vieron) lo que sucedía en los Balcanes cegados por la ideología.

Propuestas contra la molicie

Un libro: Historias de Nueva York de Enric González. Un excelente recorrido por su ciudad más personal y la de sus amigos, como el gran Ricardo Ortega, muerto en Haití en marzo de 2004. Imprescindible para aquellos que vayan a visitar la gran manzana, pues recomienda lugares como el mejor Steak House de Nueva York, Peter Luger, obligatorio para los amantes de la carne. O el White Horse de Hudson Street, donde el poeta Dylan Tomas se bebió en una noche de 1953 un total de 18 whiskys de la marcha White Horse antes de desmayarse. Al despertar, según cuenta Enric, se tomó varias cervezas y murió por intoxicación etílica.

Una película: The Visitor de Tom McCarthy. En una época donde el sopor y la mediocridad parecen cárceles sin salida, esta joya nos descubre algunas puertas. Richard Jenkins en el papel del profesor Walter Vale construye un gran personaje que le llevó a la nominación del Oscar. Su encuentro con Tarek revela la importancia del Otro, las ventajas de interpretarlo como una aventura y una riqueza más que una amenaza. Me gusta mucho la actriz palestina Hiam Abass, de gran fuerza expresiva y belleza. El paso del piano clásico para el que carece de talento al liberador yembé encierra todo el simbolismo de la película (y de la vida). Hay que verla antes de que la quiten.

Una canción: Cuando los ángeles lloran, del grupo mexicano Maná. Son muy buenos músicos y ésta grabación intimista es excelente. La canción, que está el álbum Unplugged, todo él muy recomendable, es un homenaje a Chico Méndez, víctima del capitalismo salvaje y de sus matones.

Chico Méndez lo mataron
era un defensor y un ángel
de toda la Amazonía
El murió a sangre fría
lo sabía Color de Melo
y también la policía

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