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Incorporo a la vieja Egoteca (aún quedan por añadir algunos detalles) este vídeo. Es el resultado de una entrevista no muy larga (es decir, digerible para el oyente) que realizó la semana pasada Débora Ramírez Menchero, redactora de PRNoticias, y de la que quedé bastante satisfecho. Por una vez pude hablar de reporterismo, enviados especiales y corresponsales y no de la crisis y del pesimismo de algunos de sus actores que, inexplicablemente, ya nos dan por muertos. Algo que está por ver.

La máquina que grabó a Fidel

No soy mitómano, pero conservo la cazadora que usaba en las manifestaciones antifranquistas cuando era estudiante universitario. Pero no he empezado este post para narrar batallitas de peleas con los grises (el precedente de los actuales antidisturbios de la policía nacional), sino para escribir sobre mi grabadora Sanyo MG-50 adquirida en 1981, cuando comencé a trabajar en Radio 80, una emisora generalista que terminó mal: especializada en música y con otro nombre.

Aunque sigo utilizando mi grabadora porque nunca falla, tuve unos años de infidelidad en los que probé algunos aparatos de tecnología punta. Acudí en abril de 2006 a una entrevista con Ryszard Kapuscinski (“El sentido de la vida es cruzar fronteras”; El País 23-04-2006) armado con un modernísimo MP3 de la marca Creative que falló. No tanto por culpa del aparato sino porque en vez de cargarlo la noche anterior lo descargué. La entrevista con el maestro Kapuscinski arrancó con una conversación sobre la inutilidad de estas máquinas capaces de modificar el discurso, incluso en África: gente que ante un micrófono siente la necesidad de decir algo brillante.

También falló el Creative en las dos entrevistas que mantuve con el presidente de Kosovo, Fatmir Sejdiu, previas a la independencia. Estoy convencido de que fueron los inhibidores instalados en su despacho los que bloquearon el MP3. Tras estos fracasos, desempolvé mi Sanyo MG-50 estéreo que a sus 29 años jamás ha sufrido una avería. Cuando lo saco en la redacción para escuchar la entrevista a través de los auriculares del iPod (gesto tecnológico compensatorio), los redactores jóvenes se acercan con la misma pregunta y la misma sonrisa: ¿qué es eso? Conclusión: el Sanyo grabará muy bien y sin fallos pero genera demasiadas interrupciones, por lo menos hasta que se acostumbren.

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Este grabador tiene historias. Con él grabé a Fidel Castro en una brevísima visita a España en marzo de 1984 tras los funerales de Yuri Andropov en el Kremlin. Llegaron procedentes de Moscú Fidel Castro, Daniel Ortega y Felipe González, quien los invitó a comer en La Moncloa. Radio 80 me envió a Barajas para cubrir la noticia. A la llegada no hubo declaraciones ni fotos. Volaron en un helicóptero.

Tras el almuerzo, entraron los tres en la sala de prensa del aeropuerto repleta de periodistas. Felipe González se limitó a decir que habían conversado de todos los temas y que no habría rueda de prensa. Cuando terminó de hablar se escuchó la voz potente de Félix Bayón, del diario El País, preguntar desde el fondo a Castro qué había sentido al pisar la tierra de sus antepasados. El comandante se explayó un buen rato con su verbo florido e impresionante (sobre todo de cerca). Segunda pregunta, también de Bayón: “¿Que le ha dicho el Rey cuando han hablado por teléfono?”. Castro abrió mucho los ojos: “¿Tú cómo sabes que he hablado con el Rey”. Después se enrolló con el asunto con el mismo verbo florido e impresionante (sobre todo de cerca).

Sabía que la tercera pregunta sería la última. Tenía 29 años, era mi primer trabajo serio con un sueldo de broma, pero logré imponerme a todos los demás periodistas y preguntar: “Presidente, dicen que han hablado de todos los temas, ¿también de [Eloy] Gutiérrez Menoyo?”. Felipe González me fulminó con la mirada y dijo: “He dicho que esto no es una rueda de prensa”, pero Castro le tocó el brazo, como diciendo, déjamelo a mí, y preguntó dirigiéndose al joven periodista, es decir, yo: ¿”Tú qué sabes de Gutiérrez Menoyo?”. Sentí arder el borde de las orejas y una gran sequedad en la garganta pero me acordé del cantante Emilio José, que una vez contó en la radio una historia de un tipo que trató de boicotearle un concierto. “Yo era Emilio José, todo el mundo había venido a verme, tenía el micrófono en mano y bastantes tablas, así que le machaqué”. No sé porque extraño mecanismo mental recordé esta anécdota en ese instante supremo: Castro es Emilio José, todo el mundo ha venido a verle, tiene muchas tablas y el micrófono y me va a machacar. Entonces respondí: “No sé nada, por eso le pregunto”. Eso le ablandó: “Pues yo te lo voy a explicar. Guitiérrez Menoyo es un terrorista de la CIA…”.

He encontrado por casualidad en You Tube la respuesta que dio Fidel Castro a mi pregunta. La cara de Felipe González es un poema.

Cuando regresé a la emisora, que no era precisamente de izquierdas, me recibieron como a un héroe, pero a mí aún me temblaban las piernas. Fue mi primer gran éxito profesional y el tema estrella de todas las radios que hablaban de “la pregunta de un periodista” porque se me olvidó decir mi nombre en la no-rueda de prensa. La vanidad es algo que se aprende con los años.

Retransmisiones absurdas

Antena 3 lleva varios partidos de la Liga de Campeones exhibiendo un modelo de retransmisión lamentable: el narrador habla casi más de la programación (basura) de su cadena que de lo que se ve en el campo. El autobombo de hoy ha sido insufrible (“Me dicen que no lo cuente, pero lo voy a contar”, decía el hombre. Se refería al argumento de no sé que serie o cosa). Además, el narrador de marras no ha parado de chillar como si el espectador fuese idiota y, sobre todo, ciego. Debe ser la falta de costumbre.

No sirve el viejo truco de silenciar la televisión y escuchar la radio, donde son más inteligentes: hablan y analizan para los que ven la televisión. No es posible porque por asuntos del satélite, la imagen llega con retardo y no es agradable oír un gol (no es el caso de ayer) antes de que el jugador piense siquiera en chutar.

Hace tiempo que se confunde la información con la publicidad, un problema que desborda a Antena 3 y afecta a todos. Esto reduce la credibilidad del medio. También existen las retransmisiones patrióticas, muy propias de la Formula 1 y de las motos, donde sólo interesan los pálpitos de Fernando Alonso y “lo bien que lo están haciendo los españoles”. Los locutores animan y desean poco más o menos que se estrelle de una vez Lewis Hamilton. Y si es atropellando a su padre, mejor.

Esta enajenación, creo que poco transitoria, también invade los informativos. Cada cadena prima o habla sólo de los deportes sobre los que tiene derechos de retransmisión. Será un modelo muy cool, pero no me gusta.

Menos mal que nos queda HBO y sus series de verdad

Las tribus, el fútbol y el de negro

Las tribus. No es necesario ser un admirador de Claude Lévi Strauss para darse cuenta de que el fútbol es la teatralización de la guerra bajo unas normas más o menos pacíficas, o al menos incruentas (olvídense de Pepe: ¿quién no patearía a su director de sucursal bancaria a cambio de diez partidos?). En ella, dos tribus con idéntico número de guerreros (11) vestidos con ropajes distintivos de combate y tatuajes en brazos, cuello y torsos se enfrentan en un campo de batalla, por lo general de hierba natural y con los límites marcados a cal, bajo la excusa de perseguir un balón para introducirlo entre tres palos. Parece una tontería, pero este invento inglés de reglas simples (menos la ley del fuera de juego tan difícil de explicar a un no iniciado como las normas del Mus) resulta una eficaz terapia colectiva -y globalizada mucho antes de la globalización- que permite a millones de seres humanos acostarse felices o tristes cada domingo (o martes, miércoles y jueves europeos) y dedicar una parte de la jornada laboral del día siguiente (jefes incluidos) a no dar un palo al agua.

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Los seguidores. Tienen derecho a enfundarse la elástica de guerreros, tatuarse y pintarse la cara para que no les reconozcan en casa, enarbolar banderas y símbolos, y pasarse todo el tiempo de la representación (90 minutos) gritándose los unos a los otros o cantando canciones poco meditadas como el célebre Oe Oe Oe, que al parecer la cosa no son las letras (al menos en España) sino desgañitarse. A diferencia de los 22 jugadores, los seguidores no pueden bajar al campo de batalla ni correr detrás del balón. A menudo les cuesta comprender que se trata sólo de una representación y no de una verdadera guerra. Resulta un juego muy ingenioso que permite a un espectador de mediana edad con sobrepeso evidente gritar sin vergüenza ni consecuencias a un joven en perfecto estado de forma: “Venga, vago de mierda, corre más”.

Los ingleses, inventores del juego, son los que mejor gritan y cantan en las gradas. También son los que llegado el caso mejor lanzan botellas a la policía. Me gustan los habitualmente pacíficos seguidores del Liverpool. Su emocionante You never walk alone es una buena razón para tenerles respeto y cariño:

El de negro. Gran parte del éxito social de este juego que se practica en calzón corto es la existencia de una figura capaz de concitar todos los odios: el árbitro. Mi amigo Bru Rovira, reportero siempre pero ya no en La Vanguardia, sostiene que las variaciones coloridas en su uniforme restan fuerza al símbolo, pues lo humanizan. El árbitro debe vestir de negro, como el cobrador del frac, como los enterradores de las películas de Igmar Bergman. Son el poder, a menudo caprichoso, chulesco e injusto como casi todos los poderes. Su función es distraer a las aficiones y a los guerreros de los equipos, darles un motivo de odio superior que descargue los odios particulares. ¿Quién no ha gritado a su jefe, su suegra o marido en la figura del colegiado?

Bru Rovira, que siempre ha tenido mucho humor y es seguidor del Barça desde mucho antes de la llegada de Johann Cruyff, sostiene que el impacto sería mayor si los árbitros llevasen sotana (negra, por supuesto). Esta vestimenta podría cambiarse en otros lugares por la propia de rabinos, ayatolás, muftis, brujos e incluso telepredicadores, que como representación del poder etéreo y caprichoso no están nada mal.

Todo este desvarío era sólo para decir que la tribu de Barça está jugando muy bien, pero que en la guerra y en sus teatralizaciones cuenta más la fortaleza mental que el filigrana y que hasta el rabo todo es toro, que cuatro puntos siguen siendo muchos y que 90 minutos en el Bernabeu son muy largos. ¿Más tópicos? “Futbol es fútbol”, que decía Vujadin Boskov un entrenador que hablaba cinco idiomas y cuyo principal defecto es que los hablaba todos a la vez.

Salud y buen partido a la tribu blaugrana, pero que se canse mucho, física y psicológicamente.

Más sobre este apasionante juego: Historias del Calcio de Enric González (RBA) y La guerra del fútbol de Ryszard Kapuscinski (Anagrama). También recomiendo este artículo publicado en el diario Clarín (27-05-2006): Romance intelectual con la pelota de Hernan Brienza.

Un hombre mortal

En un mundo de inmortales como el nuestro, basado en el culto al cuerpo, a la belleza y al éxito a cualquier precio, incluido el de la decencia ética, la muerte representa un molesto accidente que casi siempre le sucede a los demás. En esta vida simuladamente eterna no existen las enfermedades, las guerras en nuestro nombre, las pateras al otro lado de la verja de Melilla o de la costa canaria, los pobres y los parados.

En un mundo tan aséptico, ilusorio y políticamente correcto, tipos como José Comas (La Vega de los Caseros, Asturias, 1944-Berlín, 2008) son un problema, pues dedican su vida a narrar lo que les sucede a los otros, a acercarnos las realidades manchadas de las que pretendemos escapar, y lo hacen sin descanso, hasta el final, con la tozudez que da este oficio, sin rodeos ni adjetivos. Gente así es imprescindible: una lista que empieza a ser larga en el campo de los difuntos y cada vez más corta en el de los vivos.

Aunque estas Crónicas del linfoma, su libro póstumo, en las que Comas -corresponsal de EL PAÍS en Alemania hasta su fallecimiento el 22 de marzo de 2008- relata su combate contra la Enfermedad, y en ellas está omnisciente la Muerte, son también textos preñados de vida. Y humor. Como cuando se declara “mercancía viciada”; se describe a sí mismo “enchufado a la industria química alemana” durante las sesiones de quimioterapia e incapacitado para correr el Tour de Francia por los controles antidoping; o cuando escribe: “Le trasplantaron la médula y se curó la leucemia, pero a los cuatro meses murió de neumonía”.

Más en Babelia. Un hombre mortal. (25-04-2009)

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