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Regresos, miradas, puentes

Necesito descansar de tanta palabra escrita, de tanta intensidad emocional vivida. Debo acostumbrarme a los sonidos y al bullicio, a las calles con luz eléctrica, a las aceras sin agujeros, a las mujeres destapadas, a las personas que ríen y a las que en apariencia no les falta de nada. Cuando cruzo el puente que une realidades (perdón, que separa y a veces con muros y vallas electrificadas), la de ellos y la nuestra, regreso como casi siempre: cargado de voces, sonidos, rostros y olores que tengo que procesar.

En los próximos días trataré de incluir fotos en algunos post de los Cuadernos de Kabul que no envié en su momento al periódico. Aunque me esfuerzo en sacarlas, olvido enseguida su existencia porque mi trabajo no es el de las imágenes sino el de las palabras que las describen. Son dos oficios: el que roba palabras y el que roba fotografías, dos miradas que confluyen en una hoja de papel o revista dándose vida la una a la otra.

La música siempre fue buena para los aterrizajes forzosos. Me gusta Abdullah Ibrahim: piano, jazz, surafricano, genial. No he podido encontrar mi favorita: Zimbabue (Zimbabwe en inglés), pero esta Cape Town Flower no le desmerece. Es un excelente comienzo en el día que retorno a mi café y al pan con tomate y aceite convertidos en símbolos de una cierta normalidad.

(La grabación tiene ruido y obliga a bajar mucho el volumen pero sirve para lo ensencial: dar a conocer a este gran músico).

En la entrada principal del centro ortopédico de Kabul -uno de los seis del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) en Afganistán- se alinean decenas de pacientes en una bancada de hierro. Hace calor, pero prefieren permanecer al aire libre y no a la sombra en una sala de espera techada. Debe ser un miedo atávico a que nadie repare en ellos, a que les olviden. Unos son víctimas de la guerra; otros, de la ausencia de paz. En 21 años de funcionamiento el centro ha tratado a cerca de 90.000 pacientes con problemas de movilidad. Las minas antipersonas (más de 10 millones plantadas durante 30 años de conflictos), los proyectiles, las balas, los accidentes de tráfico y la polio, entre otras enfermedades, han creado un ejército de invisibles que no distingue sexos ni edades, pues en esto de la desgracia no hay tanta discriminación.

A veces, los enteros, las personas a las que no les falta nada visible en su físico, se sienten de otro mundo y no quieren saber una palabra de los mutilados. Sucede en Sierra Leona, Angola y Camboya, entre otros lugares: los amputados son la memoria constante de que lo ocurrido fue real y de que existen culpables individuales y colectivos, criminales a los que no alcanza la justicia.

El italiano Alberto Cairo, 55 años, director y alma máter del centro del CICR, llegó a Kabul en 1990, dos después de su apertura. “Había días que de 50 pacientes, sólo 20 entraban en la categoría de víctimas de guerra. La decisión fue abrirlo a todos. La ausencia de vacunas en un conflicto genera otro tipo de víctimas que también son también de guerra. No podíamos rechazarlos por no haber pisado una mina”. Esa decisión, multiplicó el trabajo. Desde entonces cada año tratan a una media de 6.000 nuevos casos, mil de ellos heridos por las minas y las balas. De los 40 trabajadores iniciales se ha pasado a los 320, casi todos discapacitados. “Es la mejor terapia psicológica para los nuevos, ver que existe esperanza y que podrán llevar a una vida casi normal”.

El centro del CIRC de Kabul fabrica en sus talleres piernas ortopédicas (lleva cerca de 180.000) y sillas de ruedas (11.000). Cada año recibe a 75.000 minusválidos entre antiguos y nuevos para nuevos tratamientos. “Son pacientes para toda la vida. Aquí tenemos trabajo para 40 años o más”, dice Cairo. Son seis centros en todo el país con 700 empleados y ahora el CICR planea abrir uno el año que viene en Helmand, una de las provincias sureñas de mayor actividad insurgente donde se desarrollan frecuentes combates con las tropas internacionales. “Es donde debemos estar porque es donde están ahora las personas que nos necesitan. Los talibanes conocen nuestro trabajo y saben que somos neutrales y que socorremos a todas las víctimas”.

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Cairo nació en Cheva (norte de Italia) hace 55 años. Es alto, 185 centímetros, y extremadamente delgado. Estudió para abogado pero la vida lo arrastró hasta Kabul como fisioterapeuta. “Cuado llegué me pareció una ciudad espantosa. Dije: ‘Aquí no podría vivir’. Llevo 19 años y no tengo intención de marcharme. Éste es mi sitio y ésta gente es mi familia”. Se levanta a las 4.30 de la madrugada y trabaja hasta las seis de la tarde, a veces más. Apenas ve la televisión y no acude a las fiestas de los expatriados. Lee mucho; ahora está poseído por 2666 de Roberto Bolaño, y no echa de menos la vida que quedó atrás, ni a su Italia del alma. “Cuando dices que eres italiano, la gente responde: ‘Berlusconi’. Es terrible. Creo que todos los italianos tenemos un Berlusconi dentro. Es la única explicación de que le voten tantos”.

A Cairo le gustan las rondas por el centro ortopédico. Hace varias todos los días. Charla en dari (idioma que domina) con los pacientes y los trabajadores, se interesa por sus problemas y bromea con ellos. Parece un fabricante de sonrisas.

Ha escrito un libro hermoso (Historias de Kabul; no sé si traducido al castellano). No puede hablar de política afgana, ni las elecciones amañadas ni de la guerra porque el mandato de neutralidad del CICR se lo impide, pero sí de esperanzas concretas, las que están en cada una de las prótesis fabricadas, en cada persona que vuelve a caminar y en cada microcrédito concedido (la tasa de devolución del dinero es del 93% y un 65% de permanencia del negocio) para que los más débiles puedan sentirse parte de una sociedad que ansía la paz. Y se la merece.

Con este hombre extraordinario que pide no ser retratado como un santo (“no lo soy; sólo hago mi trabajo”) los Cuadernos de Kabul llegan a fin. Quizá haya más en el futuro. En Afganistán o en cualquier parte de las Áfricas. Siempre donde existan historias que se puedan escuchar, contar y escribir.

Publicado en Cuadernos de Kabul en la la web de El País.

Parece un espacio mágico arrancado de El Cairo de Naguib Masouf o el Bagdad de Las mil y una noches, un remanso de paz en el que no se escuchan los cláxones de los automovilistas impetuosos que parecen dialogar entre ellos desde sus bocinas. La librería Behzad es un oasis, un lugar hermoso y desordenado repleto de libros, cuadros, mapas, postales, fotografías y polvo, sobre todo mucho polvo (el sello de Kabul), en el que cada objeto parece guardar un equilibro perfecto con el que tiene al lado.

Asil y Poya Rashid son los dueños, gente educada y políglota: el primero habla inglés y francés, además de dari; el segundo, un excelente castellano aprendido en la Universidad de Kabul. Ambos son libreros, el oficio de los que entienden de lo que se escribe en los libros. Son varias las habitaciones que se disponen alrededor de un patio protegido por una sombrilla y en el que hay tres sillas con cojines y una alfombra en el suelo devorada por el polvo y la arena. En otro tiempo debió ser un espacio de té y literatura.

En una de las salas del fondo, la puerta está cerrada. En ella, las estanterías se hallan repletas de libros en dari y pastún, dos de las lenguas locales. Huele a libro: un aroma agradable. En otra estancia se guardan los pósters que tanto gustan a los extranjeros y que terminan decorando las paredes de sus cuartos de baños, como si el retrete fuese el único lugar en el que el hombre moderno y apresurado se permite el lujo de soñar.

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En la sala principal -debe de serlo porque presiden la caja registradora para cobrar y un ordenador que depende de los estados de ánimo de la electricidad, que en Kabul son muy caprichosos- se exponen decenas de ejemplares en lengua inglesa. La mayoría versan sobre historia y política. Destaca una edición de A Short Walk in the Hindu Kush (Un breve paseo por el Hindu Kush) del gran viajero inglés Eric Newby y otra de Unholy Wars (Guerras no santas), John Cooley. “Tenemos textos en inglés, francés, alemán, árabe, persa [del que procede el dari local] y ruso”, asegura Asil, satisfecho de reunir tanta riqueza cultural. En las paredes de la planta baja cuelgan varias fotografías y cuadros. Destacan varios retratos inspirados en la célebre fotografía de Steve McCurry de Sharbat Gula, la niña de los ojos verdes, portada del National Geografic en 1984.

En el piso superior, al que se accede por unas angostas escaleras de piedra en las que hay que tener cuidado con la cabeza en la subida y con los pies en la bajada, se multiplican las imágenes y los objetos de coleccionista. Al otro lado de una cortina está la vivienda. Junto a la ventana entreabierta por la que acaba de salir despaciosamente una paloma, entra el sol de mediodía iluminando un rincón con butacas y mesa. Asil dice que es su lugar favorito, donde descansa y lee poesía. Sin insistirle mucho, recita en dari unos versos que tratan de una noche negra y una historia de amor perdida, como la de Afganistán. En las paredes se acumulan óleos de colores vívidos con estampas de un Kabul antiguo, de varios siglos atrás, que por causa de tanta guerra moderna y tanto odio parece más nuevo, hermoso y saludable que el actual, siempre escondido bajo una nube de polvo como si fuera una burka colectiva.

No es mucha la gente que acude a comprar libros, un producto de lujo en un país empobrecido. Algunos clientes nostálgicos se acercan a la librería abierta desde hace 25 años por el placer de oler y tocar. También para charlar un rato con Asil y Poya Rashid alrededor de un té hirviendo, cuando no es Ramadán y está permitido, de aquellos buenos tiempos que se fueron con la esperanza de que algún día, quizá no tan lejano, volverán.

Publicado en Cuadernos de Kabul en la web de El País.

Detrás de unas elecciones desastrosas, de la guerra constante desde hace 30 años, los coches bombas y los cohetes recientes sobre la sureña ciudad de Kandahar, la vida siempre se empeña en descubrir otros caminos, en diseñar pequeñas esperanzas cotidianas que permiten sobrevivir a tanta desagracia. El mercado de Taemaskan es una de esas ilusiones de normalidad. Cada mañana, cuando despunta el alba, a él llegan decenas de agricultores que empujan carromatos de madera vieja y ruedas chirriadoras para colocar a la venta sus frutos de la huerta y comerciantes sin tierra que los adquirieron a otros agricultores más alejados y que en la compleja mecánica de los intermediarios deben reducir los beneficios para no incrementar los precios, que hasta en los lugares más pobres llegan los juegos de la oferta y la demanda.

Nasir expone unas enormes patatas y cebollas. Tiene ojos y expresión de cansado. Dice que es por el Ramadán, el mes de ayuno musulmán que mantiene a los fieles de esta religión en ayunas durante el día y somnolientos de tanto comer y conversar por la noche. “Las mejores patatas proceden de Bamiyán [provincia célebre por sus Budas destruidos a cañonazos por los talibán]. Son mucho más dulces que las paquistaníes”, afirma con un deje de orgullo patrio. Las vende a 20 afganis el kilogramo, unos 30 céntimos de euro. En los días bulliciosos consigue una caja equivalente a veinte dólares.

Con productos como los de Nasir, Marisol, la cocinera española que regenta en Kabul junto a su marido César el restaurante Los amigos, fabrica unas tortillas de patata que saben a paraíso terrenal. Deben ser la pólvora, el uranio empobrecido o lo que diablos echen las guerras sobre los campos de labranza lo que mantiene vivos unos productos que nosotros, los del Primer Mundo, hace tiempo que matamos de sabor y vaciamos de nutrientes con tanta química protectora que sólo sirve para multiplicar la ganancia y dividir la calidad.

En un puesto cercano, Safir se afana en ordenar zanahorias, pepinos, coles, pimientos, lechugas y unos enormes rábanos de rojo intenso. Se despierta a las cuatro de la mañana, prepara la mercancía y camina hasta el mercado donde se queda hasta las nueve de la noche. Al regresar a su casa (“está a 10 minutos de aquí,”, dice) trabaja en el huerto, cena poco y se acuesta a la 11. A pesar de esta vida de estajanovista le dio tiempo tener tres hijos a los que apenas ve despiertos. Safir gana unos siete dólares al día. No es gran cosa: sólo la renta de su vivienda le cuesta el equivalente a una semana de trabajo. En su negocio no existen los descansos ni las fiestas de guardar.

Ahmed vende unos tomates que huelen a tomate un par de puestos antes. Haría una fortuna si pudiera venderlos en una ciudad como Madrid, donde ya no se encuentran. Dice que son de Logar, a una hora en coche al sur de Kabul.

La fruta del mercado de Taemaskan procede de Kandahar, al sur, y Mazar-i-Sharif, al norte. Hay uvas, melocotones, peras… En el puesto de Abbas Khan se exhiben unos enormes melones y sandías a 150 afganis (tres dólares) la pieza. Vende 6oo unidades cada día que le dejan 1.200 afganis de beneficio, 24 dólares, una fortuna donde el policía de tráfico tiene un salario mensual de 40 dólares sin contar mordidas.

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La sandía es una fruta muy popular en Afganistán. Contiene mucha agua, algo que se agradece en un país construido de polvo, arena en movimiento permanente y montañas gigantescas. Hace ocho años, de camino a Faizabad, un grupo de periodistas hicieron un alto en el camino. Compraron dos sandías que comieron delante de un grupo de hazaras (de origen mongol) que observaban respetuosos y en silencio. Al terminar, los extranjeros regalaron media sandía a los hazaras quienes se lanzaron primero hacia las sobras para rebañar las cortezas.

En el libro El camino más corto, Manu Leguineche describe una escena similar ocurrida 30 años antes. Hay países como Afganistán en los que el tiempo es perezoso y lento, que no se cuenta por minutos, sino por recuerdos colectivos: muertos por bombas que cayeron y extranjeros que pasaron dejándose atrás lo mejor de una sandía. Solo el día que entendamos ese otro tiempo estaremos en condiciones de ayudar a la gente que necesita ayuda.

Publicado en Cuadernos de Kabul en la web de El País.

El Obama afgano no es negro sino de origen mongol, que también es un problema. Se llama Ramazan Bashardost, tiene 45 años, pertenece a la etnia minoritaria de los hazaras y es posible que nunca llegue a presidente porque los hazaras están condenados a los peores trabajos, a los más duros y peor pagados. Quitando esto último -porque los sobresueldos deben ser muchos si la mano es larga y la ética corta-, el puesto presidencial reúne varios de los requisitos: es duro, peligroso e ingrato.

Bashardost es el tercer candidato más votado en las más que peculiares elecciones de Afganistán con cerca de un 10% de los votos, según los datos parciales dados por la Comisión Electoral Independiente. Pese a ser diputado desde 2005 y disponer de oficina, recibe y escucha dentro de una tienda de lona levantada delante del ultra protegido edificio del Parlamento, que con tanta seguridad no le entra aire fresco.

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Desde esa tienda ha partido una campaña original y valiente en la que no ha necesitado contratar a expertos extranjeros en mercadotecnia que sepan colocar valores basura (ésos de consumo y olvido rápido) donde antes había una buena frase para vender desodorante. La principal virtud de este hombre -que se mueve sin guardaespaldas y da mítines en zonas consideradas talibán- es decir siempre lo que piensa que, por una extraña coincidencia, es lo que piensa la mayoría del pueblo afgano que tiene tiempo (y ganas) para pensar.

“Me han llamado de parte de [Richard] Holbrooke [el enviado especial de Obama para la zona] para que acuda a la embajada americana porque quiere reunirse conmigo, pero les he contestado que nunca acudo a embajadas y menos a la americana pero que estaré muy contento de recibirle en mi tienda. Ellos han dicho que eso no era posible por razones de seguridad. Les he recordado que llevan ocho años en mi país con miles de soldados y que su obligación sería en todo caso darnos seguridad a todos los afganos no sólo al señor Holbrooke”, asegura en un inglés acentuado, calmo, agradable y comprensible en cada palabra y en cada silencio. Debería probarlo Obama. Le gustará.

Le gustará porque el contenido del discurso de Bashardost no tiene nada que ver con el que seguramente escucha el presidente de Estados Unidos de sus asesores, generales y diplomáticos. Según él, en Afganistán hay una guerra civil: los talibanes guerrean contra los señores de la guerra a los que ya derrotaron en 1996 y que tratan de derrotar de nuevo con el pequeño inconveniente de que ahora tienen delante a más de 100.000 soldados extranjeros que, por alguna razón extraña, han tomado partido al defender a los antiguos mujaidines que ya destrozaron el país.

El candidato que jamás será presidente, aunque no oculta que le gustaría, sostiene que Obama se ha metido en los mismos zapatos de George W., que son los de los anteriores presidentes estadounidenses, al copiar una estrategia basada en las políticas de hace 30 años y en la Guerra Fría. Según él, más tropas no traerán la paz, y Obama puede acabar mal, como Bush; o peor, como en Vietnam.

“Para los talibanes, Karzai es un señor de la guerra. Sucede lo mismo con Abdulá Abdulá. Son parte del mismo pasado. Lo que necesita Afganistán es alguien nuevo, alguien limpio. Pakistán interfiere en los asuntos afganos porque tiene miedo a India e Irán y Teherán e India interfieren porque tienen miedo a Pakistán. Tenemos que encontrar a alguien que no sea una amenaza para sus vecinos y que pueda trabajar para que Afganistán deje de ser un narco-Estado, un lugar pobre y en guerra, y que trabaje también por la igualdad de la mujer”.

Bashardost no lo dice pero pone cara de estar pensando en él. Tiene fama de honesto entre la gente porque cuando fue ministro de Planificación quiso ordenar el tráfico de la ayuda humanitaria salpicado de desagües por los que el dinero se esfuma. Chocó con otros ministerios y otros intereses. Ahora parece un Don Quijote luchando contra los molinos de viento. Para ser el Obama afgano solo necesita un buen equipo y estructurar un programa de Gobierno. Ideas y energía, de momento, no le faltan. Un pueblo harto y con ganas de cambio, tampoco.

Publicado en Cuadernos de Kabul en la web de El País.

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