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Saramago nos saca los colores

Dos escritores
Agosto 26, 2009 por José Saramago

Se llaman Ramón Lobo y Enric González. Ejercen de periodistas y lo son de hecho, de lo mejor que se puede encontrar en las páginas de un periódico, aunque yo prefiero verlos como escritores, no porque establezca una jerarquía entre las dos profesiones, sino porque en la lectura de lo que escriben percibo emociones y defino sentimientos que, al menos en principio, son más naturalmente mostrables en una obra literaria de calidad. A Ramón Lobo ya llevo algunos años leyéndolo, Enric González es un descubrimiento reciente. Como corresponsal de guerra, Ramón tiene la superior cualidad de colocar cada palabra, en su exacta medida expresiva, sin retórica ni deslizamientos sensacionalistas, al servicio de lo que ve, oye y siente. Parece obvio, pero no lo es tanto, sólo es posible hacerlo con un dominio excepcionalmente seguro del idioma que se utiliza, y él lo tiene. De Enric González no era lector. Veía sus columnas en “El País”, pero mi curiosidad no era lo bastante fuerte para hacerme integrar sus escritos en mi lectura habitual. Hasta el día en que me llegó a las manos su libro “Historias de Nueva York”. La palabra deslumbramiento no es exagerada. Libros sobre ciudades son casi tantos como las estrellas en el cielo, pero, por lo que conozco, ninguno es como éste. Creía que conocía satisfactoriamente Manhattan y sus alrededores, pero la dimensión de mi equivocación se manifestó clara en las primeras páginas del libro. Pocas lecturas me han dado tanto placer en estos últimos años. Tómese este breve texto como un homenaje y una manifestación de gratitud para con dos excepcionales periodistas que son, al mismo tiempo, dos notables escritores.

Robado en el blog Cuadernos de Saramago

(Perdón por la egolina, pero no es habitual -en mi caso es la primera vez- que un premio Nobel de Literatura, alabe mi trabajo)

Las barberías de Kabul tienen la culpa de que todo esté saliendo tan mal en Afganistán. De que la guerra contra lo que parecía una banda de desarrapados con turbante y Kaláshinkov de tercera mano vaya por mal camino, pese a que enfrente tenga a los mejores ejércitos del mundo con las armas más sofisticadas y caras. De que las elecciones presidenciales en las que se han gastado 223 millones de dólares de las donaciones para que aún no se sepa cuántos han votado y quién ha ganado (hoy dicen algo sobre un 10% de no se sabe qué) y de que resulten inservibles para dar credibilidad a un Gobierno que nunca la tuvo…

Las barberías tienen la culpa porque fueron ellas las que engatusaron a los periodistas extranjeros, sobre todo a los televisivos de las cadenas globales, que a finales de 2001 se pusieron a filmar como posesos a cientos de jóvenes cortándose la barba tras la expulsión de los talibán. Y claro, de aquellos planos heroicos y emotivos y de las cuatro mujeres que se levantaron la burka en Kabul y en Mazar-i-Sharif, las dos islas en un país, tomado por tradiciones medievales y castigado por la guerra eterna, los Gobiernos occidentales creyeron que su estrategia había funcionado en Afganistán, que todo era democracia, libertad y desenfreno y uno de ellos, el más importante de todos, se puso a hacer guerras por la libertad y negocios colaterales en otro país.

En la barbería Normohmad, que lleva el nombre de quien la fundó hace 52 años, su hijo Zohoridin no se siente culpable de los problemas militares, electorales y políticos de Occidente ni sabe bien (y puede que ni le importe) lo que es el efecto mariposa. “En la época de los talibán [1996-2001] la barba era obligatoria para los hombres como lo era la burka para las mujeres. La gente venía a recortarse un poco el bigote y las puntas”, dice apoyado en una de las cuatro butacas rojas, cuatro joyas de otro tiempo, situadas ante un espejo que ocupa toda la pared. En la repisa se acumulan los productos de higiene y los instrumentos para cortar y recortar. Destaca un enorme bote: Baby powder (polvo de talco para niños). Un pequeño aparato de televisión en color está situado junto a la puerta para que los clientes a los que cortan el pelo por la derecha y les giran levemente la cabeza a la izquierda se puedan entretener con los programas por satélite.

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“Cuando se fueron los talibanes tuvimos mucho trabajo durante muchos días. La gente hacía cola en la calle. Era como si todo Kabul quisiera afeitarse la barba a la vez. El suelo se llenó de pelo, parecía una alfombra”, dice entre carcajadas Zohoridin. Uno de los clientes del día se incorpora lentamente de la butaca tras cortarse el pelo. Es alto, moreno y lleva bigote. Saluda con una inclinación de cabeza. Mientras el peluquero se afana que limpiarle de los restos de cabello del traje afgano, aprovecha para mostrar al periodista toda su indignación por lo ocurrido con unas elecciones que califica de falsas. Al fondo, un hombre de pelo blanco y hombros cargados lee un periódico (no hay revistas), asiente y sonríe sentado debajo del retrato en blanco y negro del fundador.

En los días buenos, que a veces lo hay, Zohoridin hace unos 5.000 afganis de caja, cien dólares, la mitad del sueldo mensual de los policías afganos que deben luchar contra la corrupción en el nuevo Afganistán liberado de los talibán.

A la barbería Normohmad, igual que al resto de los comercios de país, no llegó la democracia cargada de derechos laborales, horarios decentes, minutos para el bocadillo y días pagados de libranza. Aquí, las seis personas empleadas trabajan siete días por semana de siete de la mañana a nueve de la noche. Ahora, durante el Ramadán, el mes de ayuno de los musulmanes, se van a casa un poco antes, a las seis, para llegar a tiempo a la única comida permitida del día tras la caída del sol. Junto a la puerta, en la pared de enfrente del aparato de televisión, que durante la época talibán fue desmontado y escondido en un lugar seguro, cuelga un cartel con nueve modelos de corte de pelo. El más popular es el número cuatro, que es similar al que lleva el jugador del Barcelona Xabi Hernández. Zohoridin se desternilla ante el comentario que despierta el número cinco con un tupé Elvis pasado por la cultura afgana: “Solo por este merecería que regresaran los talibanes a Kabul”.

Publicado en los Cuadernos de Kabul en la web de El País.

Malalai Joya tiene un serio problema: la quieren matar. Esta mujer menuda, de 35 años, casada, sin hijos, diputada sin escaño y que vive en la clandestinidad, es uno de los símbolos de la lucha de la mujer afgana contra una estructura mental, política y social machista y violenta que las condena a una vida de invisibles. Cambia constantemente de casa de apoyo protegida por un grupo de guardaespaldas y fieles ayudantes. “Me han intentado matar cinco veces y sé que lo intentarán de nuevo y es posible que un día lo logren pero no pienso renunciar ni marcharme al extranjero. Mi lucha está aquí”.

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La Loya Jirga (la Gran Asamblea) -un instrumento democrático en la tradición afgana en la que los notables de todo el país se reunían para tomar decisiones por consenso- del 17 de diciembre de 2003 cambió la vida de Joya. Cuando tuvo la oportunidad de hablar arremetió contra “la presencia de los criminales de guerra misóginos que habían destrozado Afganistán convirtiéndola en el centro de guerras internacionales”. Se refería los jefes de las distintas facciones mujaidines, considerados por la mitología popular héroes en la lucha contra el invasor soviético, y que si alguna vez lo fueron se dejaron el crédito en las luchas posteriores entre ellos y en las matanzas de civiles en las que nadie queda libre de culpa. Hubo murmullos, nervios, gritos e intentos de retirarle la palabra. En un instante Malalai Joya se convirtió en una celebridad para la mitad del país y en un demonio para la otra mitad. Su problema es que las armas y la indecencia están en manos de la mitad que le ha condenado a muerte.

Cuando pisa la calle deja atrás a sus guardaespaldas que más que protegerla atraerían las miradas y se esconde bajo una burka, que en su caso es vida. Viaja mucho por el extranjero para denunciar la situación de la mujer en su país y la presencia de las “tropas de ocupación”. Nunca lo hace por el aeropuerto de Kabul, donde sería detenida, sino de forma clandestina. Fue expulsada del Parlamento pese a haber sido elegida en 2005 por la provincia de Farah. Su delito: decir que era una asamblea de narcotraficantes, asesinos, misóginos y burros.

Esos señores de la guerra son los que destrozaron la estructura social de Afganistán en la que gobernaban las barbas blancas, los ancianos de los pueblos que se reunían en consejos locales y regionales para tomar decisiones sobre su comunidad. No había gobiernos ni oposiciones, sino la obligación de alcanzar consensos, de que nadie saliera derrotado, costara el tiempo que costara. Un tipo de democracia, que es el respeto a las minorías en el gobierno de las cosas de todos. Como en África con los ancianos. Otra jerarquía social desaparecida y sustituida por la corrupción, la violencia y la impunidad.

Han sido los 30 años de guerra y sus múltiples actores los que han destrozado un país hermoso lleno de gentes afables que desean tener futuro. Los talibán son un actor más, una consecuencia radicalizada de la voladura de la estructura social mucho más respetuosa con la mujer que la de ahora. A la comunidad internacional (excepto los británicos, claro) que mandó miles de soldados y millones de euros no debió leer mucho a Rudyard Kipling. Una pena: le hubiera ahorrado disgustos.

Publicado en Cuadernos de Kabul en la web en El Pais.

Vidas bajo un burka

Las mujeres afganas son víctimas de una mentalidad medieval. No existen leyes ni justicia, sólo tradición y la voluntad inapelable de unos hombres embrutecidos por 30 años de guerras que se amparan en el nombre de Dios para ejercer la violencia. En muchas zonas rurales se rapa el pelo a los niños durante la celebración de las bodas con la esperanza de que su fealdad les salve de una violación, a menudo por parte de un familiar. Ocho de cada 10 mujeres sufren violencia doméstica y un 60% es obligada a contraer matrimonio antes de cumplir 18 años, según datos de Naciones Unidas y de la Asociación Revolucionaria de las Mujeres de Afganistán. El presidente Hamid Karzai, financiado por la comunidad internacional -incluida España-, aprueba leyes que permiten a los maridos chiíes castigar a sus esposas sin comida si éstas no les complacen sexualmente.
“El burka no es el problema si es ella quien decide libremente llevarlo”, afirma Fatana Ishaq Gailani, premio Príncipe de Asturias de la Concordia de 1998 y presidenta de una ONG que defiende sus derechos. “El gran problema de las mujeres afganas es el trato inhumano que reciben. Nadie las protege de la violencia. Ni el Gobierno ni la comunidad internacional han hecho nada en ocho años por cambiar la situación. Es imposible condenar a nadie por violación; los jueces liberan a los acusados tras el pago de un soborno. La mujer afgana apenas tiene acceso a la educación y en las zonas rurales vive en condiciones de extrema pobreza”.

Faima tiene 23 años, es de Kabul y afortunada: pudo terminar la enseñaza secundaria, algo vedado al 95% de las niñas que inician la escuela. Aguarda su turno en una sala del centro ortopédico que el Comité Internacional de la Cruz Roja tiene en la capital desde 1988. Es por su hijo Rahnan, con una malformación en el pie. “No me gusta el burka. Me siento en una cárcel y debajo hace mucho calor. El hiyab es la prenda que exige mi religión y es la que llevo sobre la cabeza. Mucha gente piensa así en Kabul, pero sé que en las provincias es diferente. Allí, muchas mujeres tienen que llevar el burka por fuerza”.

Salima es una de ellas. Procede de la norteña provincia de Takhan y lleva el burka levantado sobre la frente. Al principio se niega a conversar. Dice que necesita el permiso de su marido. Con la ayuda de una de las fisioterapeutas accede cubriéndose la boca con los pliegues: “Nadie me obliga a llevarlo. Debajo de él me siento más segura. No me gusta que los hombres me miren en la calle”.

Más en Afganistán se olvida de las mujeres.

Un pequeño ejército de niños pobres y algo sucios patrulla por Chicken Street en busca de extranjeros. No son peligrosos, sólo cazadores de recompensas con un radar en los ojos. Descubren a la presa en cuando ésta saca el pie del taxi y lo posa en el suelo. No sé si es el zapato, la bota o la zapatilla de tracking, la ropa informal o la manera segura de caminar por la vida lo que delata al foráneo. Hay algo en el movimiento apresurado del siglo XXI que resulta insólito en el Afganistán del XVI. No deben moverse igual por la vida quienes están acostumbrados al asfalto y a la mesa con mantel que quienes se enfrentan al reto cotidiano de multiplicar los panes y los peces, y es un decir, porque por lo general, aquí, sólo hay panes.

Los niños no son agresivos, pero sí insistentes. Los hay de tres tipos: niños simpáticos-pesados; niños plastas-pesados y niños que enseguida se cansan de pelear, renuncian a la presa y corren en pos de la siguiente. Éstos últimos lo tendrán difícil en un Afganistán darwiniano que no perdona a los indecisos y a los débiles. Éste es un país duro, hermoso, violento y difícil que sólo acepta a supervivientes.

Nunca hubo niños limosneando por las calles en Kabul, dicen orgullosos los kabulíes. No durante el régimen talibán tan dado a prohibir todo lo que hace sonreír: la música, el cine, la televisión y los cometas; sólo rezar y callar. Tampoco en la época de los mujaidines, más empeñados en matar civiles del otro cada vez que trataban de matarse entre ellos que en reconstruir el país y gobernar. No en los años de Mohamed Najibulá y los comunistas amparados por Moscú y sus tropas, tal vez el único intento serio de liquidar el feudalismo mental que encarcela a la mujer en un mundo sin derechos y sin rostro. No desde luego durante el reinado del Sha Mohamed Zahir en el que la pobreza era la única clase social disponible para sus súbditos.

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En África existen más de 18 millones de niños huérfanos de padre o madre a causa de la pandemia del sida, y decenas de miles de otros niños que fueron arrancados de sus aldeas por guerrillas y Gobiernos para obligarlos a matar en nombre de la cuenta de resultados de los adultos, no siempre africanos, que también hay empresas occidentales que se lucran con los diamantes, el petróleo, el oro, el coltan y los llamados minerales estratégicos. Muchos de aquellos huérfanos y ex guerrilleros son ahora niños de la calle, aprendices de delincuente, presos de las mafias, sean del contrabando de drogas, personas, sexo u órganos. Ellos son las víctimas perfectas: se esfuman sin dejar rastro porque no hay familia ni amigos ni nadie que los recuerde.

Un país con derecho a la esperanza no desperdicia en la calle a parte de la generación que debe construir el futuro de todos. Esos niños de Chicken Street, a los que a veces la policía zarandea y golpea para que no incordien al extranjero que intercambia divisas por pañuelos de cachemir y joyas que parecen antiguas, son una demostración, mucho más que estas elecciones teatralizadas ante las televisiones occidentales y sus Gobiernos, de que el Afganistán de Hamid Karzai y de la comunidad internacional, de la UE y la OTAN, no funciona. Un niño de la calle afgano con mucha suerte consigue al día el equivalente a un dólar para llevar a casa porque sus familias no pueden elegir supervivencia y educación. Un dólar, 80 céntimos de euro, casi la mitad de lo que cuesta su café de cada mañana, es todo lo que tienen para vivir mil millones de seres humanos. No es una estadística. Solo es la realidad.

Publicado en Cuadernos de Kabul en la web de El País.

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