En las redacciones ya no existen las viejas máquinas de teletipos que escupían actualidad a una velocidad asombrosa y que cuando la noticia era urgente sonaban unas campanillas o algún sonido de alarma. Los nuevos sistemas los han incorporados al ordenador donde resultan más silenciosos y prácticos, no tanto por su lectura y control (se escapan informaciones) sino porque son más cómodos para cortar y pegar, que en eso consiste el ahorro.
En el nuevo mundo de la información circular, los periodistas dependemos menos de las grandes agencias informativas, y dedicamos bastante tiempo a espiarnos los unos a los otros a través de las web. Lo de vigilancia es, claro, un eufemismo. Basta que El País publique algo novedoso -y pongo este ejemplo por barrer para casa- para que los otros medios copien la novedad sin citar el origen y al cabo de media hora de copieteo en cadena en la que entran todos tipo de páginas digitales y blogs ya nadie sabe de quien era la exclusiva original.
Esta prisa por uniformizar la información, que afecta también a las fotografías, genera errores un tanto vergonzosos. Miles de medios de comunicación en todo el mundo dieron por buena la foto de un militar estadounidense secuestrado en Irak y que horas después resulto ser un muñeco maldelman.
El espectaculo que ha invadido las televisiones es otra forma de uniformizar, ya no se distingue el informativo de la publicidad y la varieté. La reciente persercución en directo de un globo aerostático con un supuesto niño a bordo es el último ejemplo. Es lo bueno de la emoción: no necesita que el motivo sea cierto.
Viajar es una aventura, pero mucha gente, por lo general turistas low cost, se empeñan en convertir cada descubrimiento en una tortura (sobre todo para el compañer@). Para ellos, viajar es sólo una oportunidad extraordinaria de comprobar lo mal que viven los demás –sea Nueva York, Dakar o Calcuta-. No por la pobreza en la que está sumida gran parte del planeta que no sale en los medios de comunicación, sino porque aquellas personas extrañas no siguen puntualmente sus manías: “¿Cómo es posible que no pueda tomar una caña a las doce de la mañana? ¡Vaya mierda de país!”. Este tipo de viajeros en los que la maleta va llena de prejuicios buscan reafirmar la superioridad (¿moral?) de su pequeño mundo de hipotecas a doscientos años y barbacoas a plazos en las que es más fácil asfixiarse en la humareda que comer algo decente. Desprecian el océano porque no es como su piscina comunal.
El abaratamiento de los vuelos y los hoteles ha llenado el mundo de zombis que siguen el paraguas de un guía como si fuera el flautista de Hamelin. Hablan en tantos idiomas que podría ser furtivos del mito de Babel, o penantes de algún castigo. Se les distingue por el uniforme: pantalones cortos, piernas blancas (o coloradas), chanclas o tenis (como dicen en Latinoamérica) y camisetas decoradas con motivos de algún otro viaje o de su equipo de fútbol favorito. Todo turista low cost que se precie debe caminar con la cámara levantada, fotografiando o filmando de forma obsesiva lo que sea, importante o insignificante, detrás de un visor óptico-muralla que dulcifica una realidad que no huele, no daña. Cada memoria reducida a un megabite, o menos si pesa poco. Al regresar a la casa perfecta en la ciudad o aldea perfecta del país perfecto invitan a los familiares y a los amigos para mostrarles el país que nunca vieron.
Un libro: Casi he terminado Con las manos en alto de Germán Castro Caycedo. Es de 2001, pero ayuda a entender la esencia del problema que es más o menos el mismo desde hace décadas. Son historias de la guerra de Colombia, lo que allá llaman el conflicto. Me han gustado mucho los textos en los que hablan las víctimas, como en este diálogo demoledor: “No escriba mi nombre, protéjame. Deseo decir lo que pienso pero temo que me maten / ¿Quién?/ Los cuerpos armados del Estado / ¿Cuáles? / Todos. Además de los del Gobierno, los guerrilleros y los paramilitares pueden matarme”. El libro tiene un aire macondiano que emociona e invita a viajar por esa Colombia escrita en letra pequeña, que inventa palabras y emplea otras que me recuerdan al Mozambique luminoso de Mía Couto. Dan ganas de ir allá, no sólo para comprender, sino a copiar cada una de esas voces: marandúa; tórpidamente, frentiar… Y frases: “Linda Iris empezó a ensayar la vida con él”. “No hay nada más cruel que esa mezcla de fusiles con ignorancia absoluta”. El libro está publicado en Planeta de Colombia, pero con Amazon se saltan las fronteras.
Una película: Esta semana aún no he ido al cine. Tengo que tirar de videoteca. Puede ser un buen momento para rever El pianista de Roman Polanski, una gran historia basada en la vida de Wladyslaw Szpilman, pianista y judío, que narra el padecimiento y la lucha del Ghetto de Varsovia. Gran interpretación de Adrien Brody. El momento es bueno para comprender que por excelente que sea un artista, y Polanski lo es, nadie debe estar por encima de la ley. Si supera sus dificultades jurídicas debería rodar la historia de una niña de 13 años violada por un director de cine. Seguro que en esa niña hay mucho sufrimiento que narrar.
Una canción: Sigo con mis neoyorquinos favoritos; se trata de una especie de jet lag musical. Me gustan bastantes cosas de Jesse Malin. Ha tenido una carrera desigual en grupos punk-rock como D Gen seguida de una aventura en solitario en la que ha combinado buenas versiones de Los Ramones, entre otros, con canciones propias. El gran Brunce Springsteen le apadrinó en un concierto en 2003. Sólo los grandes son generosos, lo contrario de los mezquinos que hierven en la envidia. La canción se llama Queen Of The Underworld.
Una sonrisa: Después de 40 años de inteligencia no es una exageración prolongar unos post más mi admiración por Montty Pyton, a los que vi en la televisión desde pequeño cuando iba a Inglaterra a pasar unas semanas de verano con mis abuelos. Entrevista de Trabajo es muy divertida, y actual en estos tiempos de crisis y abuso:
Una frase: Contada por un cliente de una peluquería de Triana. Tres de la tarde. Verano. La caló, a plomo. El peluquero entrado en años se acerca al cliente sin apresurarse, le coloca el babero y tras interesarse por sus deseos en el corte de pelo, pregunta: “Maestro, qué va a sé: furbol, toros y silensio“. El cliente que salía de una mala mañana escogió la ultima opción. Meses después tras muchos remordimientos y curiosidades insatisfechas -¿será del Sevilla o del Betis? ¿Currista o anticurrista?- el cliente regresó a cortarse el pelo dispuesto a pedir furbol y toros pero el viejo peluquero de Triana ya no estaba, se había jubilado, y su sustituto carecía aún del compás que da la paciencia y la edad. Hay trenes que sólo pasan una vez por la vida.
Una meditación: ¿Es una buena idea la candidatura Madrid 2020? ¿Qué debería cambiar para alzarse con la nominación? ¿Es cierto que La Peinteta es, además de horrible, gafe? Unos JJOO en Madrid son necesarios, urgentes, cuestión de caridad: sería la única forma de conseguir un mes sin obras.
“La gente duerme plácidamente en sus camas por la noche sólo porque hay hombres duros dispuestos a ejercer la violencia en su nombre”.
(Cita sacada del libro In the Company of Soldiers de Rick Atkinson. The New York Times. Premio Pulitzer).
Mandaría enmarcar esta frase de George Orwell y la colocaría en los despachos de los dirigentes políticos, sean del Gobierno o de la oposición, que sostienen que en Afganistán no hay guerra y que las tropas españolas están en misión de paz y construcción. Quizá también habría que colgarla en el salón de las casas de los que ven la televisión en familia, unidos como quería el padre Peyton en los años sesenta (“la familia que reza unida, permanecerá unida”), convencidas de que viven en un Alicia en el país de las maravillas bis, y que su agua caliente, su ocio televisivo y sus tres comidas abundantes en colesterol al día proceden de la casualidad o la suerte.
En los medios de comunicación occidentales se califica de atentados los ataques contra objetivos militares en Afganistán. Es otra prueba de la carga política que tiene el lenguaje -contra la que los periodistas deberíamos estar alerta- porque una guerra consiste en atacarse y causarse bajas mutuamente a través de los medios de los que dispone, sean de tecnología puntera o rudimentarios, hasta que uno de los bandos dice basta, se rinde o negocia una salida honorable.
Desde este punto de vista, los ataques de la insurgencia afgana contra objetivos militares pueden equipararse a los bombardeos estadounidenses sobre objetivos enemigos que a veces matan por error a civiles. En esos casos, aunque su número supere el centenar, no los calificamos de atentados terroristas, y hacemos bien; tampoco de masacre. Algunos medios se encuentran más cómodos en el eufemismo efectos colaterales.
Gastamos las palabras anticipadamente y cuando una persona hace explotar una carga adosada al cuerpo en medio de un mercado de Kabul repleto de civiles nos resulta insuficiente el sustantivo atentado y lo decoramos de adjetivos: terrible, dantesco, horroroso, etc. Nuestro trabajo no es decorar los textos ni tomar partido, sólo informar de manera equilibrada y honesta.
El caso de España
Esta utilización política del lenguaje en España tiene sus razones. Somos un país que padece desde hace décadas los atentados de ETA, una banda armada que actúa como una organización mafiosa, no como un grupo de liberación nacional. Una segunda sería la indefinición del Gobierno socialista que no se atreve a decir que en Afganistán hay una guerra que nos salpica cada vez más desde 2007. La misión inicial de reconstrucción ha dejado de ser real. Sólo la ministra de Defensa, Carme Chacón, ha sido clara una vez hace unas semanas (y ya no lo ha repetido con palabras tan rotundas). Los demás (Fernández de la Vega, Rubalcaba…) siguen jugando con los sinónimos ante una oposición que también juega con los suyos y que carece de sentido de Estado y de memoria, pues fueron ellos los que mandaron las tropas hace ocho años.
Afganistán no es Irak: se trata de una misión de la OTAN aprobada por el Consejo de Seguridad de la ONU.
Me desagrada que mueran civiles afganos y también soldados occidentales y por una cuestión de proximidad geográfica y emocional, me afecta especialmente cuando los muertos son españoles, como el cabo Cristo Ancor Cabello. El mejor homenaje que se les puede hacer, a los vivos y a los difuntos, es que la opinión pública española sepa la verdad sin sordina ni vergüenza: en Afganistán se libra una guerra y los soldados de la OTAN combaten y están entrenados para ello. La obligación del Gobierno es dotarles de los mejores medios para proteger su vida y la de los civiles a su cargo. Las opiniones públicas, aunque muchos dirigentes no lo sepan, son responsables y tienen capacidad para entender que los Ejércitos no son una ONG.