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Propuestas contra la molicie

Un libro: No lo he leído aún, pero lo voy a leer durante este viaje que se inicia. Será mi compañero. Me basta el nombre del periodista, Dexter Filkins, uno de los grandes de periodismo actual junto a Jon Lee Anderson, John Burns y un corto etcétera. Trabaja para The New York Times, un periódico que se permite el lujo de dar toda la libertad del mundo a tipos como él, a los que libera para que puedan permitirse el lujo de estar un par de meses en un sitio, vivir por y para una historia. Creo que será una excelente lectura para el avión durante el largo vuelo a Kabul. Se llama La guerra eterna (Crítica) y trata sobre la guerra contra el terrorismo de George Bush, es decir Irak y Afganistán

Una película: Vi la última de Isabel Coixet, empeñada siempre en títulos larguísimos y raros que a cierta edad, ya con el disco duro a tope, son complicados de memorizar. Esta se llama, creo, El mapa de los sonidos de Tokio. Me gustaron las escenas del vagón, la actriz Rinko Kikuch y las imágenes de Tokio, una ciudad que me apetece conocer desde hace años. Es una película prescindible que se deja ver si no hay otra cosa a mano y uno no es muy exigente. Sergi López, que parece un buen actor, está raro. Hay algo que no funciona. Críticos sabios como Carlos Boyero sostienen que el problema es el guión. Al menos he aprendido que hay que hacer ruido al absorber los tallarines, o fideos, de la sopa. Ya lo practico, es divertido y en Japón, parece, que no es de mala educación.

Una canción: Este poema de Federico García Lorca cantado por la maravillosa Estrella Morente podría ser hoy un homenaje a los que buscan en nuestro pasado las tumbas silenciadas por siglos de negrura.

Una sonrisa: Monty Pytton de nuevo. Este sketch también es genial. Trata sobre un entrenamiento de defensa propia, una buena idea ahora que está tan de moda el culto al cuerpo, los gimnasios, el sudor en las camisetas, los productos 00 que no engordan y todas esas zarandajas que compramos los que estamos en (ligero) sobrepeso frente a los delgados que compran todo lo que engorda (aquí hay algo que no funciona).

Una frase: “Un periódico consta siempre del mismo número de palabras, haya noticias o no las haya.” (Henry Fielding)

Una meditación: No sé si las redes sociales ayudan a paliar la soledad o la multiplican. A veces siento que este tipo de comunicación detrás de la pantalla de un ordenador no producen la misma sensación de proximidad y compañía que generan la televisión y el cine, incluso la radio, ese runrún tan agradable y cálido.

Soitu ya no es yo

La muerte de Soitu es una advertencia a los gurús (definición: gente que no da una pero a la que sorprendentemente todo el mundo escucha). En este mundo complejo del periodismo se han creado dos trincheras un tanto absurdas: gente más o menos joven nativa en las nuevas tecnologías que ven a los viejos del papel como un estorbo, tipos que ocupan el puesto que les corresponde y en el otro lado, los viejos del papel, refunfuñones y retoreados, que ven en Internet una amenaza intelectual y a sus gentes como una banda de ignorantes que van a terminar con el negocio.

Soitu era la prueba de que ambos están equivocados. Se puede hacer un buen producto con las armas básicas del periodismo y aprovecharse de las nuevas herramientas para mejorar la esencia de nuestro trabajo: contar lo que sucede de una forma honesta, contrastada y veraz. El gran periodismo que durante años ha sido patrimonio del papel se puede hacer en la radio, en televisión y en las web. Basta con aplicar los criterios de excelencia y tener buenos periodistas.

Soitu los tenía. Entonces ¿qué ha fallado? El dinero, un elemento pueril y necesario para cualquier negocio que genera costes. En el papel, pese a sus dificultades crecientes, el dinero entra a través de las ventas en quiosco, las suscripciones y la publicidad. Un medio digital sólo dispone de publicidad, mecenazgo y cerrar los contenidos, que el lector pague por ellos. Debe existir una cuarta tercera vía que nadie encuentra y todos buscan, pero que se encontrará ¿Un iTunes de reportajes como se insinúa? Ni idea.

Pagar sueldos de periodistas formados y costear viajes a lugares en conflicto, como el que haré el sábado a Afganistán, generan gastos que el gratis total (frase de Álvarez Cascos, una paternidad irresponsable que por si sola debería dar motivos para no emplearla) no cubre.

Los grandes periódicos de papel se mueven muy lentos en el universo Internet, pero se mueven aunque apenas se note. Los pequeños productos que nacen en la red se desplazan rápido pero no ganan peso político ni social y a menudo son irrelevantes, parecen meros entretenimientos. Pero en la Red también hay gente que hace las cosas bien, casi mejor que el papel, y parecen señalar un camino: Slate, Politico.com. The Huffington Post… Hay esperanza, la calidad no cotiza a la baja. La calidad vende.

El buen periodismo es caro y no se puede hacer sin periodistas. Hay una tentación que se extiende en medio de la crisis: un periodismo sin periodistas y en algunos casos hay gente que lo practica con gran entusiasmo y se nota.

No creo que muera esta profesión, lo que muere es una forma de entender el negocio o el negocio mismo, pero no confundamos industria con Periodismo. Creo que el futuro es Internet y por eso me esfuerzo tanto en aprender, pero el papel, de momento, sigue dando dinero y las web, salvo excepciones esperanzadoras, no. La muerte de Soitu abre varias vías de análisis, más allá de la conmoción de todos por nuestros amigos.

Lo que se me atraganta es el combate papel-Internet, modernikis-viejorros que se agita desde ambos bandos. No me gusta la gente de mi generación que desprecia la web ni los jóvenes que me ven como la generación tapón.

Mucho ánimo a la gente de Soitu y que encuentren pronto otra formula para sus seguidores.

Adioses y aparcamientos en doble fila

Maravillosa despedida de un gran periodista, que no es despedida sino un aparcamiento en doble fila: Javier Pérez de Albéniz, quien escribe al final de su post de hoy:

“Hoy sólo se me ocurre un motivo para NO ver la televisión… ¡No surrender!”.

Esta noche prometo un post dedicado a Soitu. Abrazos y besos a todos los afectados, que son mucho más que sus trabajadores y colaboradores, somos todos. como siempre.

Las tonterías móviles no tienen precio

No sé cuánto dinero se gastan los españoles en decir tonterías por el móvil, pero debe ser mucho. La mayoría de las conversaciones que se escuchan en un tren son similares a esta: “Hola, ya estoy en el tren”. “Acabamos de arrancar” “Estoy llegando a Madrid”. No he prestado suficiente atención como para asegurar que llamadas similares se realizan cuando el usuario siente necesidad de evacuar, sean aguas menores o mayores, y si da cuenta de los progresos en el vaciamiento interior en el caso de las segundas, siempre impredecibles. En los aeropuertos, el tono es similar. “Hola, acabamos de aterrizar”. “Estoy esperando la maleta”.

Antes de la existencia del móvil, aunque ahora parezca mentira, había un mundo en el que la gente no se lanzaba a las cabinas nada más llegar a la estación o al aeropuerto para dar cuenta de su situación: “Hola, te llamo desde…”. Se denomina móvil porque la mayoría de la gente que lo utiliza habla caminando. “Hola, estoy en la Gran Vía”. Lo que más irrita de estas conversaciones a medidas, y casi siempre a gritos, es no conocer la respuesta del interlocutor. A veces imagino una sagaz: “Y a mí qué coño me importa dónde estés”.

Para las mujeres con amante les viene bien que el pesado de su marido en viaje de negocios le anuncie cada paso. Así se calcula mejor y se evitan los disgustos, esos pequeños detalles que pueden delatar: un calzoncillo de otra talla, unos calcetines de fantasía en una casa donde solo hay colores negros, el típico preservativo sin abrir… Después están las tribus de ejecutivos que se retan desde sus Blackberrys e iPods a un combate de voces y excelencias en las que el interlocutor, si existe, debe ser un comercial de la marca elegida.

Creo que seria una buena idea crear vagones sólo para adictos al móvil, como antes los había para los del tabaco. Lo malo es que la tendencia es la opuesta, y se nota en algunas líneas del metro de Madrid: “Hola, estoy en Sol dirección Atocha” . Menos mal que nos quedan los músicos rumanos armados con acordeones para acallar esta plaga de móviles y cretinos. El siguiente paso es que los músicos aprendan a cantar.

El búnker que cobra por respirar

Los bancos que cobran las comisiones más elevadas y opacas y mayores bonos reparten entre sus directivos son los que tienen más seguridad frente al cliente. Debe ser la mala conciencia o el dicho aquel de “se cree el (no recuerdo) que todos son de su condición”.

Cuando se llega a la sucursal de una de estas… ¿se llaman de verdad instituciones financieras?, pues eso, cuando se llega, una voz que parece nacida de una garita israelí de Jenin da órdenes militares sobre los objetos metálicos mientras una pequeña luz roja advierte de que el sujeto es potencialmente peligroso.

El candidato a cliente debe desandar el túnel de cristal blindado y depositar los objetos sospechosos en unas taquillas numeradas. Vacíe bien sus bolsillos porque la voz de la garita es omnipresente y omnisciente y todo lo sabe. Un móvil, una llave, un recuerdo pesado, cualquier cosa despertará su indignación mientras que empleados de carne y hueso simulan trabajar al otro lado.

Cuando el incauto entra por fin en el templo del dinero debe guardar paciente cola, por lo general larga y de avance parsimonioso entre manteles de diseño, vajillas de desecho y cuberterías oxidables, mientras que los simuladores estampan sellos en papeles inservibles que arrojarán a la papelera al final de la jornada. El cajero, que es un hombre o mujer orquesta y hace de todo, recibe o da dinero, según le da, y por cualquiera de esas gestiones simples cobra un pastón en comisiones que se revelan días después en una carta incomprensible.

Cuando el ya emérito cliente abandona la sucursal con los bolsillos bastante más vacíos que cuando entró en ella suena un pitido especial, casi inaudible, similar a la risa de la hiena. No es la carga metálica de la grapa con la que cosieron los papeles, sino las deudas recién adquiridas.

(Nota: cualquier parecido de este post con la realidad es mera coincidencia).

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