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Elecciones afganas con candidato único

La segunda vuelta de las elecciones presidenciales de Afganistán del día 7, la solución política arrancada con fórceps al presidente Hamid Karzai para dar credibilidad a un proceso herido, ha descarrilado. Su rival, Abdulá Abdulá, ha anunciado en Kabul su retirada “definitiva e inamovible” del proceso porque a su entender no se dan las condiciones mínimas de transparencia. “La maquinaria que permitió un fraude masivo en la primera vuelta sigue intacta y unas elecciones limpias no son posibles (…) No se puede jugar con el voto del pueblo”, dijo ante sus fieles en la gigantesca tienda de la Loya Jirga (gran asamblea tradicional) que recibió la decisión con vítores.

La Comisión Electoral debe decidir el siguiente paso: si las elecciones se celebran este sábado con un solo candidato y unas papeletas (ya impresas) con dos nombres o se proclama vencedor al actual presidente, ahorrando vidas, ataques de los talibanes y dinero.

Todo el proceso ha costado 223 millones de dólares (151,25 millones de euros). La primera opción es la que manejan en la Comisión esgrimiendo textos legales y la misma Constitución; la segunda es la preferida de Kai Eide, enviado especial de Naciones Unidas. Para Abdulá lo que falle la Comisión Electoral Independiente (CEI) es irrelevante pues la culpa es el problema creado al validar en la primera vuelta cerca de un millón de votos falsos. Karzai deja elegantemente la decisión en las autoridades electorales que él nombró.

Más en El rival del presidente afgano tira la toalla (El País).

Si los aeropuertos definen una ciudad, el de Kabul es caótico. Decenas de pasajeros, sobre todo los afganos que regresan a casa cargados de hatillos de plástico descomunales atados con cuerdas, pugnan por pasar en tropel, y no siempre en el mismo sentido, por una estrecha bocana en dirección a una gran máquina de rayos que debe inspeccionar todo bulto que entra en la ciudad. El embotellamiento de los carros atestados y el cruce de ordenes de los policías, supongo contradictorias por el resultado  (incluso hay uno de tráfico), complica lo que en España llevaría horas desenredar, pero que aquí, por alguna misteriosa razón, se disuelve de la misma manera que se formó: en un abracadabra.

Los de la embajada alemana que traían una veintena de cajas de metal, de esas que sirven para transportar herramientas, o fusiles Winchester en las películas, pero que en este caso declaran medicinas para la provincia de Kunduz, donde están sus soldados, no pasan por el escrutinio de la máquina. Son VIP. Han debido untar a algún jefecillo de equipajes porque los suyos fueron los primeros en salir en fila india y sin errores por una de las dos únicas cintas transportadoras. Los demás, testigos pacientes del usted sabe bien con quién está hablando.

Antes de alcanzar la máquina, una mujer revisa uno a uno los comprobantes del equipaje para evitar hurtos y confusiones. Este control nunca se da en el Primer Mundo, donde no deben existir los robos o los operarios nos dan por imposibles.

Una vez fuera de lo que definimos como aduana no se amontonan estorbando como en Barajas decenas de padres y enamorados en espera de sus seres queridos. En el aeropuerto de Kabul no hay casi nadie y los que pueden colocarse allí con su cartel de Bienvenido mister lo que sea llevan la bandera de Estados Unidos, que en la escala de los enchufes ocupan el primer puesto en Afganistán.

Ya en lo que llamamos calle no hay taxis ni bullicio sino barreras de protección. El aeropuerto de Kabul es una zona militar ultraprotegida contra los coches bomba de los talibán. La mejor manera de evitarlos es no dejar pasar a ninguno. La lista de las excepciones es larga pero tienen en común dos rasgos: son occidentales de ocupaciones varias y no siempre decentes y todos los vehículos son todoterreno adornados con el último grito de alerta electrónica contra los atentados. No todos, claro, que en esto de sobrevivir también hay clases sociales.

Tras una largo peregrinar entre controles desganados de la policía afgana, vallas y muretes, se llega a una zona donde se amontonan los civiles afganos. Allí deben esconderse los enamorados, pero son más visibles los cambistas, los vendedores de tarjetas para el móvil y los listillos. Conviene no coger un taxi sin orientación. Existen compañías a las que se llama por teléfono, como la TTL, que por 15 o 20 dólares te recogen y llevan al hotel o la guest house (hostales).

El primer encuentro con el tráfico kabulí, tras el aperitivo de la máquina escrutadora, se produce en la avenida que enfila hacia el centro de Kabul, ya fuera de las protecciones militares. A diferencia de agosto, las montañas que cercan la ciudad empiezan a coronarse de nieves y el aire parece mover un poco el polvo denso y la contaminación.

El tráfico de esta ciudad es una demostración de lo que es una sociedad en la que cada uno negocia constantemente los límites. En los cruces el límite es el choque que rara vez se produce. Decenas de coches tratan de adelantarse por donde no cabe un alfiler, tipos en bicicleta transportando una televisión que parece un objeto de coleccionista surgen de la nada u otros que empujan una carretilla se suman sin complejos al embotellamiento. Y las bocinas: una sinfonía.

Nada ha cambiado, ni el cartel de una compañía aérea que promete como destinos de ensueño Islamabad y Peshawar, otros infiernos duplicados donde explotan bombas, huele y se masca polvo y nadie parece saber que frente a la promesa del paraíso está la opción de luchar y cambiar las cosas, empezando por las más simples, como saber guardar cola a la salida de un aeropuerto en un país hermoso, pero destruido por las guerras.

Publicado en Cuadernos de Kabul, edición digital de El País.

Personas que te guían como Heródoto

Ryszard Kapuscinski tuvo en sus comienzos una redactora jefa que le regaló el libro de Historia de Heródoto. Tiene mérito, pero casi más leerselo porque el completo son nueve tomos. Cada persona tiene sus heroicidades. Dicen que Aldous Huxley devoró la Encicopedia Británica desde a primera palabra hasta la última, algo que conmocionó a un joven Gabriel García Márquez.

Nunca me regalaron libros extraordinarios más allá del Libro de los abrazos, que me vendrá bien en este viaje. Pero hubo tres personas que, de alguna forma me empujaron al Periodismo y a lo que soy, o creo ser.

Bernardo Arrizabalaga es el primero, la piedra fundacional. Leyó mis pésimos poemas juveniles con los que lograba grandes éxitos entre las chicas de mi edad, y alguna fuera de mi órbita natural, y tuvo la gentileza de no decirme la verdad. Me animó a leer y durante años me recomendó textos. El primero de sus consejos fue Muerte en Venecia de Thomas Mann. Me fascinó y aún más las conversaciones posteriores en las que él me explicaba la novela. Debía tener yo dieciséis años y no era joven de mucha lectura, siquiera cómics. De Mann llegué poco a poco a Franz Kafka, que me poseyó desde la primera página. Creo haber leído todo de él. Mi padre, ex militar y poco dado al humor intelectual, decía para justificar mi melancolía: “No me extraña, leyendo a ese Kafka”.

De la segunda persona ya hablé en otro post: Juan José Porto, mi primer jefe cuando comencé a colaborar en la agencia Pyresa. No me regaló Heródoto, pero me enseñó a escribir sin demasiados adjetivos y me recomendó saludar a todos al subir la escalera porque los volverías a encontrar al bajarla. Es un hecho, aunque muchos aún no lo sepan.

El tercero, José María Doñate, histórico redactor jefe y después subdirector de El Heraldo de Aragón, donde hice prácticas durante el servicio militar en 1980. Una tarde, cuando subrayaba teletipos junto al jefe de Internacional y único miembro de la sección, Doñate se acercó a mi silla, me puso la mano en el hombro, y preguntó al tendido: “¿Alguien sabe dónde está Afganistán?”. Como no respondí, hizo presión con su mano en mi clavícula y repitió la pregunta. Respondí con las orejas coloradas: “¿Asia Central?”. Doñate abrió los brazos y exclamó: “Tenemos un especialista en Afganistán y nadie me había informado” y me mandó seguirle a su despacho. “Bien, pues vas a hacer tu primer viaje” y me envió a cruzar la calle a la Facultad de Derecho para entrevistar a un sabio, Leandro Ruíz, experto en Asia central. Fue mi primer texto sobre un tema internacional.

Desde entonces me dedico a esto al periodismo, a viajar algunas calles más lejos y a tratar de entender la política internacional. Pero tengo mis deudas con Bernardo, Juan José, Doñate y Leandro Ruíz, que me enseñó que todo tiene un marco donde colgar las perchas. El gran Kapuscinski lo llamaba contexto.

Liturgias y miedos ante el viaje

Viajar es una aventura compleja: representa la modificación brusca de las costumbres que en su reiteración ofrecen una cierta sensación de seguridad. Viajar es abandonar el nido, el vientre, la cueva y asumir un riesgo: partir hacia lo desconocido, lo impredecible, y más aún si el destino se encuentra en una zona de guerra. No importa la experiencia ni los años, la liturgia y los miedos son siempre los mismos, más logísticos que de otra índole, que los segundos llegan después: intérprete, chófer, hotel, electricidad, conexión a Internet…

Son los detalles que diferencian una cobertura más o menos cómoda de otra infernal. Una vez allí, por ejemplo  Kabul, el periodista trata de crearse nuevas rutinas y adueñarse del espacio de una habitación desconocida con la colocación estratégica de objetos que la transforman en un espacio algo familiar.

En el viaje del enviado especial el principal enemigo es la soledad, por eso no hay rivalidades entre los periodistas, más allá de la competencia en los temas y en los escritos. Exceptuando los raros y los idiotas, que los hay, la mayoría busca en la cena el calor de sus compañeros. Surgen amistades profundas que por alguna razón extraña se limitan a esos espacios extraordinarios y no se extienden en la vida ordinaria. Son lazos fortísimos a veces que necesitan descansos en la cotidianidad. Hoy que vuelo a Kabul tengo muchas ganas de ver a algunos de ellos, a Mikel Ayestaran y a Mayte Carrasco, por ejemplo; serán el mejor antídoto contra la distancia.

El viaje comienza días antes del hecho de viajar, cuando la cabeza se adelanta al cuerpo y se dirige al destino como una avanzadilla y espera la llegada de todo lo demás. A veces, el periodista emborrona su libreta con ideas de allá para combatir el pánico de aquí. Hacer la maleta es otra manera de empezar el viaje, cada prenda lleva adherida una imagen, un olor.

Viajar es una aventura compleja que puede resultar muy placentera, casi siempre lo es, te llena de trozos de vidas ajenas que modifican la tuya, la mejoran y prolongan. Viajar, y más si es a un lugar en conflicto, es vivir varias veces, no por la intensidad ni el peligro, sino por la gente estupenda con la que te cruzas.

PD A partir de lunes, más Cuadernos de Kabul

Mi alineación en prensa escrita

Periodistas que se mueven en zona de conflicto (no incluye fotógrafos):

Sabrina Tavernise, Carlota Gall, John Burns, Jon Lee Anderson, Dexter Filkins, David Rohde, Patrick Cockburn, Robert Fisk, John Simpson, Patrick Saint Paul (ya jefe) Pedro Rosa Mendes… Y españoles: Bru Rovira y Javier Espinosa, sobre todo.

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