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Después de Yemen, Somalia ya no interesa

Después de semanas en el hit parade de los medios de comunicación y de las mesas de los espías de medio mundo, Somalia ha dejado de interesar. El nuevo edén del mal, valga la contradicción, el que explica todos los problemas de la seguridad del mundo confortable en el que vivimos se llama Yemen. Allá se dirigen las miradas de televisiones globales, radios, periódicos, agencias y web. Algunos medios de comunicación llevaban la crónica escrita antes de partir. Se trata de un mal extendido. La nueva frontera del terror fue el título de uno de ellos. Aunque es manido, exagerado y falso, funciona, que es de lo que se trata. ¿Quién necesita salir del hotel para narrar con dramatismo lo que todos quieren escuchar y repiten las televisiones globales que se ven desde la habitación?

Llegará el día, bien pronto, en que Yemen deje de interesar y los pocos periodistas que allí se fueron se queden sin espacio y sin embajadas fiables para la salir del país. Tras decenas de crónicas, como pasó en Afganistán, seguiremos sin saber nada porque saber no es el objetivo y nuestros dirigentes que tampoco saben mucho más tomarán decisiones históricas que acabarán en históricos fracasos. Ha sido un joven nigeriano fanatizando en la universidad del radicalismo quien alertó a Obama sobre el caos yemení. En este mundo de pleitesías jerárquicas basta que el jefe señale un problema para que los demás corran a Wikipedia a ponerse al día en asuntos de terror.

Llega Yemen, sale Somalia.

Hace muy poco denunciábamos a Somalia como la base perfecta de los émulos de Osama bin Laden, y que los piratas eran la extensión del caos y la consecuencia de no tener Gobierno decente como el nuestro. Ahora tengo mis dudas de que todo lo afirmado sea cierto. En mi descargo diré que siempre que escribí “las milicias radicales Al Shabab”, que significa juventud, añadí la coletilla “que la CIA vincula con Al Qaeda”. Esa internacional del terrorismo, no sé si real o si se trata de grupos más o menos inconexos que copian la franquicia unidos en el odio a todo lo occidental, ha tenido que mudarse al vecino Yemen porque en Somalia no han conseguido plaza fija.

Los alqaedos extranjeros tienen allí los mismos problemas que los periodistas y las ONG: los clanes, subclanes y subsubclanes les consideran ricos y exigen mordida por el derecho a jugar a ser los malos. En el sur, donde el control lo tiene la milicia Al Sababab, Al Qaeda no ha encontrado refugio seguro. Aunque el radicalismo de estas nuevas Cortes Islámicas les sitùan en la misma frecuencia ideológica no son lo mismo. El error en Afganistán en 2001 y años posteriores y en Somalia en 2006 fue la simplificación de una realidad compleja. No cometamos los mismos errores. Al menos seamos originales, cometamos otros. Hay que aprender a buscar aliados entre los muy radicales para poder combatir a los asesinos. En Irak funcionó.

Cuando viajar en tren es viajar con H. G. Wells

Los horarios ferroviarios en Italia son tan aleatorios como las señales de tráfico. Se establece una hora de salida porque así lo mandan la buena educación y la costumbre, y para que el pasajero pueda organizarse con los taxis, metros y autobuses que le llevan a estación. Los ferrocarriles italianos se esfuerzan en ofrecer por megafonía todo tipo de explicaciones sobre los motivos del retraso. Se anuncian como las buenas novelas, poco a poco, sin desvelar el final (la magnitud de la espera). Un buen escritor de discursos lograría material, no tanto por el fondo sino por la forma: el arte de no decir nada con muchas palabras.

Estos italianos tienen un gran sentido de humor y mejor estrategia comercial. La empresa Trenitalia llama tren de alta velocidad al Eurostar, una versión mal cuidada del AVE y el TGV. El mío partió de Roma con 36 minutos de retraso y llegó a su destino con casi dos horas sobre el horario previsto. Por supuesto no existe política de devolución del precio del billete ni llegando al mes siguiente de la fecha prevista. El presunto tren de alta velocidad circula despacio en la mayoría de los tramos y se detiene en lugares insólitos donde nadie sube ni baja porque es campo o túnel. Cuando el tren se para por tercera vez, una voz dice:  “Tenemos una avería en la máquina y la estamos reparando.

No menor resulta la aventura de sacarse en billete por Internet. La pagina web de Trenitalia es bastante más complicada que la de Renfe, que ya debe ocupar un puesto altísimo en la clasificación mundial de las webs incomprensibles y con un pésimo servicio. Tras superar un tortuoso camino en el que el candidato a cliente en Italia obtiene un usuario aceptable para el webmaster y recibe la contraseña por correo electrónico, llega la sorpresa: el proceso se bloquea de manera sospechosa después de pagar.

Al llamar por teléfono a un servicio de atención al cliente, que también permite obtener el billete, la operadora informa al candidato a cliente de que no puede pagar con ninguna de sus tarjetas de crédito porque no son italianas. Una genialidad local. Las alternativas son dos: una buena hora de cola física (el concepto de fila india tampoco funciona bien) en la estación de Termini o un amigo italiano que abone con su tarjeta y acepte tus euros.

Tan dados a la queja se nos olvida que España tiene unos trenes eficaces, rápidos y puntuales. Es una de las muestras del gran cambio desde 1986.

Italia es un país maravilloso y con un pasado tan abundante y extraordinario que no necesita esmerarse en el presente ni pensar demasiado en el futuro. No importa cual sea éste, allí estará Berlusconi o un imitador

Para conducir por Roma hay que ser de Manhattan

Kabul se multiplica en las obras interminables de Madrid, en el tráfico de Roma y quién sabe dónde más. Nunca había vivido esta ciudad desde un automóvil. Mis amigos G y A vivían en el Trastevere (al otro lado del Tíber), cerca de Santa María, un templo que exige una visita siempre. Desde su casa me movía a pie. Roma es una ciudad caminable y desde el ritmo del turista los coches y las motos sólo representan el papel de competidores aventajados en el arte de cruzar las calles, un combate al que uno se habitua rápido y con placer, pues siempre resulta gratificante romper las reglas. Las señales de tráfico en Roma son meras indicciones, sugerencias. Una dirección prohibida no significa que no se pueda pasar sino que el otro puede creer que tiene derecho y eso demanda una mayor atención. Un semáforo en rojo sólo es una recomendación y sirve para ordenar las indeminzaciones, quién recibe y quién paga.

Ayer fui con otros amigos a Tívoli, a unos 20 kilómetros de Roma para ver Villa Adriana, una joya del siglo II. Conducía R, que es estadounidense. Quizá por estar educada en las calles de Manhattan, R compite sin complejos con motos y autos. En las calles apenas existen carteles con direcciones (¿para qué si todos los caminos llevan a Roma, incluso dentro de Roma?). El tráfico es caótico. Nadie respeta nada y las líneas continuas en el pavimento son más un olvido del diseñador que una ordenación sensata en las curvas y en los cruces.

En ese ambiente infernal, R. imita movimientos y giros imprevistos con la determinación de un taxista, no romano, sino de Manhatattan. Los pasajeros de R no hablan, mudos ya de tanto ay. Ella nunca mira por los retrovisores porque esta es una de las primeras normas de superviviencia vial en Roma: no importa lo que hay detrás, concentrate en los que se mueve delante. Lo único que delata su condición de habitante de algún lugar civilizado del planeta es su tendencia a utilizar el intermitente.

Tras ver Villa Adriano y recargarnos de energía amarilla y dar mil vueltas para aparcar en Tívoli, R encuentra un hueco. Después de varias maniobras aparca algo lejos de la acera. Tras logralo, R mira a sus atónitos pasajeros y exclama: “Ahora no quiero chistes machistas sobre mujeres aparcando”.

Caravaggio y el café

No sé mucho de arte, sólo quedarme quieto ante un cuadro y tratar de deslizar mis ojos por sus líneas en busca de emociones, y cuando éstas llegan a borbotones son más una consecuencia de mi ignorancia que del aprecio concreto e inteligente de las formas, equilibrios, colores, manejos de la luz y la oscuridad, etc. En la Galeria Borghese se exhibe hasta el 24 de enero una exposición insólita que une en un mismo espacio dos provocadores maravillosos: Francis Bacon y Caravaggio. Se trata de un acompañamiento ocurrente y educativo más que una propuesta de combate entre dos estilos porque allí no hay dueño posible. Caravaggio es tal vez el más grande junto a Rembrandt, Velázquez y Goya. Hay más pintores geniales, y muchísimos cuadros extraordinarios, pero son escasos los tan abrumadoramente geniales y constantes en toda su obra.

Es necesario reservar la hora de la visita con anticipación y no perderse las esculturas de Bernini. Hay tres embriagadoras: Apolo y Dafne, un David con un gesto en la boca que le da movimiento al conjunto y El rapto de Proserpina. En toda escultura es necesario deslizarse alrededor de ella, pero en esta es esencial para admirar las vida interior de las manos hundidas en el muslo y la cadera.

A Caravaggio se le puede seguir hasta San Luigi dei Francesi, de camino al Panteón, y admirar los tres cuadros que se exponen. Me gusta el de La vocación de San Mateo, su juego de luces. De lo visto en la Galería Borghese cuesta decantarse por uno, pero me conmovió La Virgen y los peregrinos y la explicación que me dieron para entenderlo. Fue la primera vez que se pintó la Virgen fuera del centro del cuadro, sin el esplendor divino habitual sino afectada por las carestías humanas (las uñas) junto a unos peregrinos pobres con los pies sucios. Fue encargado para presidir el altar mayor de San Agustín, pero ante el escándalo acabó relegado a una capilla menor. Y desde ella ilumina toda la iglesia.

No lejos de San Luis de los Franceses, pasado el Senado, se encuentra el mejor café de Roma: San Eustaquio. Si se observa cómo la persona encargada prepara el café ante la máquina express, sin abandonarlo a su suerte como en Madrid, casi hablando al chorro negro, contando los segundos necesarios para obtener el mejor brebaje, uno entenderá por qué Roma es la cuna en el arte del buen gusto. No se trata sólo Caravaggio, es el café también, el gusto por los sentidos y la vida. Desde la Roma imperial al Renacimiento sin olvidarnos de los Papas. Al salir del café, aun con el gusto amargo en la boca, mirad a la derecha la iglesia de San Eustaquio y seguid con la vista hasta el tejado del templo. Allí está el motivo de por qué ésta es la única iglesia romana donde se casa ni dios, con perdón.

Irán necesita otra revolución

La magia de las revoluciones dura un día, dos si hay mucha suerte. Después comienza el declive, la lenta imitación de lo que se derribó, defecto a defecto. Por eso transcurrido un tiempo todas las revoluciones necesitan una segunda revolución correctora, que la fuerza que las aupó al poder y se corrompió resucite en una nueva generación. Sucede en Irán desde el 12 de junio de 2009, tras el sospechoso escrutinio de las elecciones presidenciales. Las fuerzas que desde hace años se mantenían a presión han saltado por los aires. El régimen está herido de muerte y éso lo convierte en peligroso. Pasarán semanas, meses o años pero la carcoma es visible como lo era en la época del Sha, un dictador con buena prensa internacional porque tenía una mujer hermosa y elegante y compraba armas al por mayor donde deben comprar los gobernantes de bien, es decir en el mercado oficial de Estados Unidos.

La población de Irán, un país con una historia milenaria y orgulloso de ella, es muy joven. Más del 60% no ha vivido la Revolución de 1979. La mayoría son urbanos y, por lo general, gente culta y bien informada que ha aprendido a moverse en el filo de una doble moral que ya no cubre sus expectativas: chadores en la calles, minifaldas en las fiestas particulares. Una de las últimas denuncias de Mahmud Ahmadineyad muestra el declive argumental de un régimen al que tan solo le queda la fuerza bruta: “Tengo pruebas”, dijo el presidente, ” de que Estados Unidos impide el regreso del Mahdi”, el Mesías que esperan los chiíes.

El museo de la Revolución de La Habana es un excelente recorrido por la decrepitud de las revoluciones. Cada revolución debería tener el suyo porque es una excelente vara de medir la urgencia de una segunda revolución.

En la divertidísima película Bananas Woody Allen hace de voluntario en una guerrillera latinoamericana (Cuba). Cuando toman el poder, el jefe revolucionario ordena desde el balcón del palacio que todos los niños tengan 16 años y los hombres lleven los calzoncillos por fuera. El numero dos de la guerrilla se vuelve y le dice al personaje de Allen. “Se le ha subido el poder a la cabeza”. Pasa en las revoluciones, en las familias y en los trabajos.

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