Serbia se quedó con una merecida fama de país bronco y antipático tras las guerras balcánicas. Hizo esfuerzos inconmensurables en Eslovenia, Croacia, Bosnia-Herzegovina (BiH) y Kosovo, y ha pagado un alto precio colectivo por ello aunque no todos los criminales de guerra estén ante el tribunal de La Haya. Faltan dos y uno es de los más importantes: el general Ratko Mladic.
Croacia, en cambio, está la primera la cola de acceso de la Unión Europea sin haber puesto en marcha una catarsis colectiva sobre los crímenes de guerra cometidos por los suyos en la guerra de 1991 y en la posterior bosnia. Uno de los más significativos es el de Gospic, al que costó mucho investigar y juzgar. En Gospic se asesinaron a un centenar de civiles serbios en octubre de 1991. Todo el pueblo fue de alguna forma culpable porque tras las muertes de sus vecinos unos ocuparon las casas, otros robaron las televisiones o los sofás. Esa culpabilidad repartida selló el silencio de todos.
En Croacia no es fácil hablar de los crímenes cometidos por sus tropas. Se considera que aquella guerra empezada por el líder serbio Slobodan Milosevic era defensiva y que todo lo ocurrido después fue por lo tanto en defensa propia. El logro de la independencia es el éxito que impidió enfrentarse a esos crímenes. Pero los hubo también, y multiplicados, en Bosnia-Herzegovina, donde en nombre de la gran Croacia se mató por orden del presidente de entonces, Franjo Tudjman, el padre fundador de Croacia, tan criminal y culpable como Milosevic. Tudjman y su minsitro de Defensa, Gojko Susak, debieron terminar en La Haya, pero la muerte se adelantó a la justicia en otro tipo de justicia natural.
La victoria el domingo en las elecciones presidenciales del socialdemócrata Ivo Josipovic no sólo debería acercar a Croacia a la UE y promover una mayor lucha contra la corrupción -una de las herencias de la guerra y el silencio-, debería enfrentar al país con su pasado reciente, heredero del no tan lejano de los fascistas ustashas que tan bien retrata la novela La piel de Curzio Malaparte.
No sólo es memoria histórica, es tambien inteligencia política porque ese runrún nacionalista que aún hierve en Bosnia unido al que mantienen los serbios bosnios (BiH está dividida en dos entidades administrativas: federación croata-musulmana y la Republica Srpska) podría desestabilizar de nuevo los Balcanes. Aunque a muchos les parezca una historia del pasado, en Bosnia-Herzegovina se mantienen las condiciones que llevaron a la guerra en 1992. En realidad, en Bosnia se libra la misma guerra desde 1914 y la última no está bien terminada. Un cambio real y profundo en Zagreb, unido al que se abre paso en Belgrado desde hace un par de años, puede salvar a situación y generar una verdadera paz.
Al pisar Parma con Stendhal en la cabeza uno se da cuenta de que las ciudades-Estado fueron más productivas que los reinos de Taifas y de que la Edad Media no debió ser la época oscura que definían los libros de texto que estudiamos en el Bachillerato. Una edad tan oscura no construye el Baptisterio de Parma, obra de Benedetto Antelami, quien también esculpió las estatuas que la adornan. Cuenta un experto en arte que pasea conmigo que el monumento supuso una revolución arquitectónica para a época: una cúpula escondida a la visión desde el exterior y los balcones.
Allí delante de esa joya perfectamente restaurada, en la plaza de una catedral más hermosa por fuera que por dentro, uno siente unas inmensas ganas de ser italiano (pese a Berlusconi) y convertirse en heredero de todas esas aportaciones a la cultura universal. Me afeaba el otro día una de mis hermanas que criticara en un post el empeño de la iglesia española en manifestarse en la calle sin tener en cuenta su gran aportación intelectual, pues, dice, ha sido mecenas y generadora de arte. Es muy cierto e Italia parece una prueba de ello, de cómo se puede contratar con una mano a Miguel Ángel para pintar la capilla Sixtina y quemar con la otra a Giordano Bruno por defender entre otras cosas que la Tierra no era el centro y que el universo era infinito. En España dedicamos históricamente más empeño en quemar herejes que en generar renacimientos. Nos gastamos el botín de América en guerras de las religión. A pesar de ello tenemos grandes catedrales y arte a espuertas pero nos falta algo, quizá tolerancia. El cardenal Berlamino, inquisidor de Giordano Bruno y Galileo Galilei es santo desde 1930 por obra del Papa Pío XI (como dice GA al menos no fue Pío XII, otro que huele a cielo pese al Holocausto).
Pasear por Parma es moverse en otra época, unas calles antiquísimas en las que puede aparecer un sacerdote vestido del medioevo. Muy interesante el teatro de madera Farnesio que se encuentra en la primera planta del palacio. El cobrador de la ventanilla es un tipo ocurrente que responde rápido a la pregunta ¿pagan la entrada los periodistas?: “Sí; el doble”. Dentro, pese a estar reconstruido tras los destrozos de la II Guerra Mundial, uno se siente como si estuviera en una catedral: pequeño e insignificante. Tuve la inmensa suerte de verlo solo con mis tres amigos. Al mirar desde el escenario veía y escuchaba a la gente vestida de época apludiendo una obra de Monteverdi. El efecto se conseguía al abrir y cerrar los ojos: ahora jolgorio, ahora silencio. Juegos de imaginación.
Queso parmesano, jamón parmesano… Una urbe rica, algo pija y bella a una hora de tren de Bolonia, ciudad que alumbró a muchas izquierdas. Los vuelos low cost que a menudo provocan un aluvión de turistas low cost y masifican la sensación de que se viaja también sirven para empezar 2010 con buen pie a precios muy razonables gracias a todos los amigos que me acogieron en sus casas. Ellos son el mejor de los recuerdos que me traigo a casa.
Turín esconde una tristeza interior peligrosa para el visitante descuidado. Allí murieron por voluntad propia Primo Levi y Cesare Pavese, y Friedrich Nietzsche empezó a conversar con los caballos, al parecer algo más comunicativos que la mayoría de los humanos. Aunque se declara italiana tiene mucho de la estética de París: calles rectas, limpias y ordenadas; edificios rectangulares, grandes y majestuosos pintados en dos tonos -blancos o pastel-, plazas amplias y un río, el Po, que la divide y tienta. Turín se muestra en muchos rostros: a veces parece francesa; otras, autrohúngara, pero siempre envuelta en esa pátina de melancolía que se adhiere al cuerpo como el frío de estos días. Y no hay abrigo suficiente contra las penas colectivas.
Turín tiene para los vivos que quieren seguir siendo vivos atracciones meritorias. Además de presumir del segundo mejor museo de Egipto antiguo después de El Cairo, la ciudad ofrece una joya que exige una visita: el museo del cine. El edificio del arquitecto Alessandro Antonelli es raro, atractivo y muy diferente de su diseño original destinado a una sinagoga que terminó por elevarse demasiado. El ascensor falsamente suspendido en el centro traslada a los visitantes desde la base a la torre desde donde ofrece una visión magnífica de la urbe y de los Alpes nevados. El mirador está protegido con rejas para evitar tentaciones.
El museo narra la historia del cine en un recorrido irregular. Hay momentos prodigiosos (la sala de los guionistas o la de arte del montaje) pero resulta incompleto para un país que ha producido genios como De Sica, Rosselini, Fellini, Visconti, Pasolini, Antonioni, Ferreri… En estos días se exhibe una exposición de Manga, el dibujo animado japonés, colocada en espiral alrededor del patio central como en el Guggenheim de Nueva York.
Al regresar a tierra conviene, para defenderse de esa tristeza ambiental, entrar en un café viejo y tomarse un bicerin (café con nata y helado). Uno esplendido es el Caffé Al Bicerin, en la piazza della Consolata 5. Aunque el brebaje no sirve contra los males de pena, está bueno y ayuda a entrar en calor. Al atardecer, el río Po juega con los colores del invierno. Pasear por el puente Umberto puede ser romántico si se dispone de una compañía adecuada, o al menos de buenas memorias. Si son tiempos de soledades es mejor alejarse de allí, que es donde los tristes miden las distancias.
Consejos prácticos para escribir simplicidades sobre Afganistán, recibir grandes aplausos de las audiencias, reales y televisivas, y ayudar a quienes toman decisiones a equivocarse:
When writing about Afghanistan – whether an op-ed, a simple newspaper article, a long form magazine article or an analytical report- there are some simple things to keep in mind in order to keep standards as low as they currently are. The same applies for lectures, presentations, seminars and radio or TV reporting. Here goes:
Offer simple explanations for everything, no matter how complex. Nobody wants to hear that there is no sound answer or that “it’s extremely complicated.”
Make a gross generalizations about Afghans based on a single Afghan you met (a far too small sample size will also suffice).
Ignore dissenting opinion on the ground if it contradicts your set of biases.
Mistake your English-speaking Kabuli contacts as representative of all Afghans.
Mistake the Kandahari guys you speak to through an interpreter as representative of all Afghans.
Repeat some false historical cliché about Afghanistan. Only the historians will be able to call your BS in a convincing manner.
Hold out the offer of a solution to all the problems with yourself and your ideas at the center (i.e., the Snake Oil approach).
Use exoticisms that make you sound really informed. Something like “Pashtunwali,” “Deobandi,” “badal,” “arbakai,” “jirga,” “shura,” etc… You don’t understand these terms in their social context. But no worries, neither does your reader.
Place yourself as a central character in your article. You are Lawrence of Arabia, or perhaps Tintin. You are the intrepid hero of your hopefully non-fictional adventure. Just go with it. People love a good story.
Create a “Pet Afghan.” Basically you need to cheer for some Afghan power figure like he’s your favorite sports team.
Mas en 29 Tips for Bad Writing on Afghanistan en el blog Ghosts of Alexander
Un libro: Acabo de llegar a Parma, una ciudad que huele a Stendhal aunque Stendhal se la inventara en su maravillosa La cartuja de Parma, una de las mejores novelas de amor que he leído. Muy recomendable.
Una película: No es Amelie pero tiene un tono que la recuerda. El Erizo es de esas películas que sin destriparos la trama te dejan una sensación y agradable, te hinchan de ganas para vivir. Se basa en una novela que he empeñazado a leer, La elegancia del erizo, de Muriel Barbery, de gran éxito en Francia. No se trata de un peliculón, de esos que te dejan pegado al asiento como Gran Torino, convencido de haber asistido a la proyección de una obra maestra. Es de esas películas que los críticos utilizan para descargar sus fobias y situarse unos metros por encima de paisaje. Esta última es una buena razón para verla.
Una canción: Una amiga muy querida me manda esta joya. Se llama Melody Gardot y canta como los ángeles, si es que los ángeles existen y saben cantar. Es jazz. Ella es otro ejemplo de lucha, de una mujer que sufrió un grave accidente de trafico que e causo daños cerebrales y en la espalda. Tuvo que reaprender muchas de las funciones locomotrices y fue la música la terapia que la devolvió a la vida y desde vida nueva canta piezas tan bellas como esta Somewhere over the rainbow:
Una sonrisa: Me encantan los humoristas inteligentes. En España hemos tenido y tenemos unos cuantos: Tip y Coll, Martes y 13… Pero mis favoritos son Faemino y Cansado. Este sketch es soberbio:
Un inclasificable: Más regalos que me llegan y que son para compartir. Estos versos de Mario Benedetti, del libro Como árboles, son la declaración vital que comparto. A veces las palabras son así, seres vivos y emocionantes.
Después de todo hay hombres que no fui
y sin embargo quise ser
si no por una vida
al menos por un rato
o por un parpadeo
En cambio hay hombres que fui
y ya no soy ni puedo ser
y esto no es siempre un avance
a veces es una tristeza
Una frase: “Primicia es el primero que lo cuenta bien” (Gabriel García Márquez)
Una reflexión: ¿Qué es fracaso? Me gusta mucho la respuesta de Maruja Torres en Facebook: “Es creer que tener éxito es el éxito y perder a los amigos por el camino. Fracaso es no amar lo suficiente. No esperar es fracaso. No luchar es fracaso. No desear es fracaso. Odiar es fracaso”.