Año Nuevo, década nueva… Cuando a cierta edad se cuenta el tiempo por décadas y no por años se siente vértigo, un escalofrío recorre la memoria proyectando lo vivido en una batería de flases: fotografías, algunas en blanco y negro, películas de movimientos ya extintos, olores, sabores, nombres… Debe ser un entrenamiento para la muerte.
De joven nadie ensaya el arte de morir porque piensa que no sucederá nunca, y si ocurre siempre afecta a los demás. Cuando uno siente que la carretera entra en sus últimos kilómetros (no hay que fiarse de las distancias; a veces los carteles están mal puestos) desaparecen las prisas y uno, después de tanta lucha por acumular lo innecesario, lo intrascendente, lo que no va a poder disfrutar, comprende que la esencia de todo no es llegar sino el camino.
Nochevieja en Roma, desde donde empezó todo varias veces. Fuegos artificiales, olor a pólvora y una neblina de humos fabricados de esperanzas, de deseos, de auguri flotando mansamente sobre una ciudad maravillosa bajo una luna azul. No sé si habrá muchas más décadas en mi vida, pero sí sé que por ahora no ha estado nada mal. Le debo demasiado a mucha gente, y debo mucho a este trabajo que me ha enseñado a tener los ojos muy abiertos, a comprender y a sumar siempre. Y cuando se puede, que es a menudo, sonreír.
Reyes Mate da con un ángulo extraordinario en el caso de Federico García Lorca:
No hay rastro de restos humanos en la fosa de Alfacar. Con este decepcionante resultado, Federico García Lorca pasa a ser un desaparecido, un estado al que hasta ahora pertenecía sólo provisionalmente. Dentro de la variopinta tipología de víctimas, el desaparecido es el que mejor representa la vigencia del crimen político, lo que equivale a decir que Lorca va a estar ahora más presente que antes en la conciencia crítica de los españoles.
El desaparecido no es sólo un asesinado, sino alguien en quien se consuma la voluntad del criminal de no dejar rastro físico con la esperanza de imposibilitar así la memoria de las víctimas en las generaciones venideras. La desaparición forzosa perfecciona hasta el extremo la técnica del crimen que se puso en práctica en los campos nazis de exterminio. Tengamos presente, en efecto, que los nazis no sólo querían matar los cuerpos, sino privar al crimen de toda significación moral. Cuando hablamos de olvido, nos referimos al borrón de los hechos y también a la indiferencia respecto al significado moral y político de esos crímenes.
Pues bien, los nazis no encontraron mejor estrategia para lograr que el resto del mundo siguiera su curso, sin dar importancia al genocidio, que borrar las huellas y no dejar rastro, por eso los cuerpos debían ser quemados, los huesos triturados y las cenizas aventadas o convertidas en abonos de las tierras cercanas. Pensaban que borrando de la faz de la tierra todo rastro físico del pueblo judío, la humanidad se desentendería de la aportación cultural del pueblo del monoteísmo al patrimonio de la humanidad.
Sin pretender cuestionar la singularidad de la barbarie nazi, lo que sí se puede sostener es que la desaparición forzosa da un paso más en la técnica del olvido al hacer desaparecer los cuerpos. En el desaparecido se suspende el tiempo de la víctima en el preciso instante de la detención, sin que haya manera de establecer una relación entre el momento de la vida y el de la muerte o, mejor, entre la certeza de la muerte y la incertidumbre de su morir. No hay modo de colocar sobre un trozo de tierra un requiescat in pace que inaugure el tiempo del duelo para los vivos y de paz para los muertos.
Cada atentado, o intento de atentado aéreo, supone un recorte de la libertad del ciudadano transitoriamente pasajero. Los puntos de acceso en los aeropuertos se están convirtiendo en pequeños Guantánamos, agujeros negros, en los que desaparecen los derechos y las leyes. En esos puntos de abuso unos tipos, por lo general asalariados de una empresa privada con intereses privados y entrenamiento desconocido, deciden a capricho quien se descalza y quien pasa por el detector de metales con los calzoncillos por fuera de los pantalones, como en la película Bananas del primer Woody Allen.
Hay aeropuertos en los que el personal que interpreta el papel de dar seguridad al pasajero son maleducados. Heatrow, por ejemplo, selecciona en los casting a Rotenmeyer en serie que gritan y tratan a la gente con un desprecio insultante. Estas exhibiciones de eficacia son por lo general bastante ineficaces. Sólo sirven para causar molestias a los buenos mientras que los malos logran pasar todo el arsenal del mundo sin que nadie repare en ello. ¿Sucedía en aterriza como puedas o algún bodrio divertido similar?
Desde que el británico Richard Reid intentara en 2003 volar un avión de American Airlines entre París y Miami con explosivos que escondía en un zapato nos obligan a descalzarnos en lugar de instalar una máquina capaz de husmear cada sospecha escondida en el cuerpo y en la mente. Después vino lo de los liquidos, como se ha visto, muy eficaz. Ahora, tras el atentado fallido de Detroit, las compañías y algunos aeropuertos, han empezado a incorporar por su cuenta medias cada cual más estúpida:
Sólo se podrá llevar un bolso de mano (¿la extinción de las maletas pequeñas?). Tendremos que facturar todo, entregarnos a la lotería de los aeropuertos y al aterrizar en el destino comprobar si nuestras pertenencias llegaron a Roma, como será mi caso hoy, o si en nombre de la seguridad permanecen perdidas en Madrid o volaron por capricho a Bogotá.
En los vuelos a EEUU los pasajeros pasarán un doble control, que incluirá búsquedas manuales de bolsos y registro corporal. Esto último tiene posibilidades. Nos vamos acercando al siempre efectivo tacto rectal que existía en la Kinshasa de Mobutu Sese Seko. Nadie metía nada porque la sola escenografía de un policía con los dedos embutidos en un guante de goma sucio aflojaba el bolsillo de la víctima potencial.
En algunos vuelos se desconectaron las pantallas en las que se informa sobre el vuelo, es decir, el mapa de situación. De esta forma tan original, el terrorista totalmente desorientado no sabrá cuando explotarse porque los terroristas no se dan cuenta cuando se aminora la marcha y empieza el descenso. El siguiente paso, lo veo venir, será prohibir mirar por las ventanillas.
Una hora antes de aterrizar los pasajeros deberán subir sus artículos personales a los compartimentos superiores y permanecer sentados. Se acabaron los pises de último minuto. Nada de lecturas de libros, revistas y periódicos; nada de ordenadores, iPods, etc. Todos con las manos en las rodillas y el pasaporte en la boca.
No se podrán tener mantas ni almohadas sobre las rodillas una hora antes de aterrizar. Cuando el siguiente lo intente dos horas antes, esta y las demás normas se aplicarán a dos horas antes y así sucesivamente hasta completar la duración del vuelo.
Las autoridades recomiendan ir con más antelación al aeropuerto. Ahora eran de dos a tres horas en los vuelos a Estados Unidos, pues eso.
(Estas normas y las que vendrán han sido ideadas por asesores de un consorcio internacional de ferrocarriles)
Federico García Lorca no está donde siempre se creyó. Los poetas tienen estas rarezas y una cierta incapacidad de estarse quietos y callados; es lo que les hace grandes. Una parte de la España negra que lo mató anda estos días de algarabía por el fiasco de la localización de sus restos. No entiendo tanto jolgorio cuando no lejos de allí, entre Víznar y Alfacar, existe una fosa común, tal vez desparecida entre aguas subterráneas, con 3.000 asesinados.
No se puede construir un futuro entre tantos muertos sin nombre ni derecho a una tumba y a un duelo. España está regada de fosas comunes que la Transición olvidó en aras de un bien superior. Nadie busca venganza, ni perseguir a los culpables si es que alguno queda vivo, pero es hora de que este país se enfrente a su historia, conozca los horrores cometidos y se pida perdón mutuamente por los excesos. Cada uno de esos muertos sin derecho a una memoria colectiva está marcado en el debe de nuestra democracia. Cada uno representa una resta en nuestra libertad y en la decencia de los valores que decimos defender. Hablamos de memoria histórica cuando es una redundancia porque toda memoria se refiere al pasado. Sería mejor me apunta una amiga decir “memoria política”, que es la memoria de todos.
Lorca es un símbolo. Lo importante no es encontrar el cuerpo, lo transcendente es no dejar de buscarlo. Me sorprende esta izquierda timorata que se pliega asustada a los primeros murmullos de desaprobación; me sorprenda esta derecha incapaz de librarse de todas las pieles que llevan encima, desde la Inquisición al Franquismo, que son las de la intolerancia; me sorprende la Iglesia católica que beatifica a unos y condena al olvido a otros sin derecho a la presunción de inocencia ni esperar al veredicto del juicio final. Esta Iglesia tan importante en muchos países Latinoamericanos (Vicaría Solidaridad en Chile; el obispo Óscar Romero en El Salvador; Heider Cámara en Brasil: “Quien está en contacto con la miseria acaba preñado de ella”…) que predica el perdón y la misericordia como valores supremos debería ser uno de los motores de esa memoria colectiva sin culpas, sólo con víctimas y familias que buscan la paz.
El lunes ante el excelso Guernika de Picasso, cuando se lo explicaba a unos primos ingleses, Martin y Lisa, de visita en Madrid, sentí una profunda emoción y la seguridad de que cada muerto, no me importa su bando, es mi muerto.
(PD Este hubiera sido un excelente himno de una España reconciliada y no la marcha de cambio de guardia que tenemos. Quizá estemos a tiempo: sueño con ver a la selección de fútbol cantando y bailando cogidos de la cintura)