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“No necesitamos tu dinero, te necesitamos a ti”

Sigo en un espacio imaginario entre la realidad de Haití y la tristeza indómita de Turín. Es como si estuviera perdido en un laberinto reflejo de otros laberintos. La vida es un poco eso, dar vueltas en busca de puertas, ventanas para respirar y salidas de emergencia. La vida es coleccionar llaves y tener la suerte de acertar en algunas cerraduras. Trato de pensar en una música que conecte con esos sentimientos de angustia cubiertos del polvo de Puerto Príncipe y me he acordado del concierto Live Aid en Londres en julio de 2005 y de su lema: “No necesitamos tu dinero, te necesitamos a ti” y de allí, rebuscando en el baúl de la memoria, he rescatado esta maravillosa Everybody hurts de REM. En ella, la voz de Michael Stipe tiene la fuerza de los conjuros. Por Haití, por África, por la gente valiente que avanza, por nosotros.

El terremoto de Haití, medios y estadísticas

Cuando ocurre una catástrofe, como la se vive estos días en Haití tras el terremoto, estalla una carrera en algunos medios de comunicación por colocar un titular con el mayor número de muertos posible. Ya sucedió en el 11-s y después hubo que recortar desde los 50.000 iniciales. Se emplean los miles, y ahora los cientos de miles, con una alegría que me parece ofensiva a los muertos. Después, la realidad nos parecerá una baratija, algo asumible.

Sé que la cifra mayor la ha dado el primer ministro haitiano, pero no se trata de un dato objetivo, es sólo una suposición, un grito de socorro para que todo el mundo comprenda la magnitud de la tragedia. Hace tiempo que muchos medios trabajan con suposiciones y declaraciones, más baratas y rápidas de colgar en la Red que los datos contrastados. Hay un dicho lamentable en periodismo que se repite: “No dejes que la realidad estropee una buena crónica”.

Durante los próximos días se contarán historias de sufrimiento y se volverá a hablar de que la esperanza de vida bajo escombros es 72 horas y llegarán después los milagros inexplicables. Pero no pasará mucho más antes de que toda la atención que se centra en Haití se marche como un circo ambulante a otro lugar. Setenta y dos horas es también el plazo en el que los medios aguantamos hablando de las mismas cosas.

Este circular constante de un lado a otro, con nuestras cámaras, bolígrafos, ordenadores, ONG, Gobiernos y ciudadanos-consumidores consternados es lo que impide que todo se pare un instante y pensemos en el mundo que tenemos y en el que queremos. Mientras todo sea una batidora que devora noticias y muertos, países como Haití seguirán siendo pobres. Sus habitantes son sólo una estadística, estén vivos o muertos. Lo mismo sucede en África.

Me emociona la generosidad de los donantes privados, de personas como nosotros que se movilizan en las redes sociales y dan su dinero. Me emociona la respuesta de Obama y el envío inmediato de miles de tropas y medicinas, pero hay otras respuestas políticas que me preocupan. La idea de crear un Club de donantes, como sugiere Sarkozy, es un paripé, el primer paso para embarrancar Haití en burocracias y mentiras. Ya sucedió en Bosnia y Afganistán. En eso consiste gran parte de este circo: conseguir un buen titular en televisión y esperar a que todo el mundo se olvide y nadie pregunte por los resultados. Preguntar e investigar, y no repetir lo que se dice, es nuestro trabajo. Hagámoslo.

Propuestas contra la molicie

Un libro: Para aquellos que conmovidos por el terremoto quieran adentrarse en Haití, en su origen: El reino de este mundo de Alejo Carpentier, una joya como todo lo que escribió este cubano genial. Lo he leído dos veces, durante los años de Universidad en Madrid y en 1994, cuando estuve en Puerto Príncipe. La segunda vez tenía más sabor, parecía un texto mágico: las palabras abandonaban las páginas y se mezclaban con lo descrito, recargándose, antes de regresar a dormir donde el escritor las colocó. Para más lecturas haitianas os recomiendo esta dirección. De la época Duvalier: Papa Doc & The Tontons Macoutes de Bernard Diederich.

Una película: Vi en Roma en versión original la última versión de Sherlock Holmes. Es una película para pasar el rato, sin grandes pretensiones, en la que están todo el rato peleándose. Para los que vayan mucho al cine, puede ser una opción. Los demás es mejor que aprovechen el tiempo con otra película y esperen a que la pongan en la televisión. Los italianos, al menos los que me tocaron de compañeros en el cine, hablan mucho y se mueven demasiado. Debe ser esa inquietud colectiva que produce estar gobernado por quien están gobernados unida a la cercanía vigilante del papado.

Una canción: Esta mujer me encanta, y cuando lleva pelo, más. No es machismo, me adelanto a las críticas, es porque uno ama lo que no tiene. Sinéad O’Connor posee una voz espléndida y un talento descomunal que brota desde la primera nota. Este Thank you for hearing me (Gracias por escucharme; traducido para mis amigos que siguen luchando por aprender inglés) es soberbio. Resulta emocionante. Es una canción que os dedico a todos los que seguís este blog y sobre todo a los que tenéis la amabilidad de escribir comentarios, discrepantes o no, pero siempre educados, en los que compartimos propuestas, ideas y quizá cultura.

Una sonrisa: No hay muchos motivos estos días, pero El Roto, siempre encuentra un ángulo que ayuda a esbozar un rictus que podría parecer alegre y sobre todo obliga a pensar. Esta viñeta fue publicada el 12 de enero en El País:

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Una frase: Hay una neoyorquina que me gusta: “Happyness is a decision”. Uno decide ser feliz y lo es por que sí, por encima de cualquier contratiempo, sean malos rollos laborales, desamores o amores, hijos o sobrinos. Un decide serlo y lo es sin esperar a la llegada de las razones.

Un inclasificable: Estos versos de Ítaca de Constantinos Caváfis, son una declaración vital:

Conserva siempre en tu alma la idea de Ítaca:
llegar allí, he aquí tu destino.
Mas no hagas con prisas tu camino;
mejor será que dure muchos años,
y que llegues, ya viejo, a la pequeña isla,
rico de cuanto habrás ganado en el camino.
No has de esperar que Ítaca te enriquezca.

Una reflexión: Si no hay esperanza en la llegada de Godot, ¿por qué nos empeñamos en pasar gran parte de nuestra vida esperándolo?

Haití, terremoto y Ricardo

Hoy ha sido un día triste, de esos que te sientes muy vulnerable. El terremoto de Haití ha despertado memorias difíciles: nombres, voces, miradas que no tengo procesadas del todo. Hoy, en un día gris y lluvioso me he acordado de Ricardo Ortega. Pienso mucho en él y en otros amigos que se fueron cuando tenían billete para quedarse. No odio a nadie, ni a los (y a las) que le empujaron a cruzar el abismo, pero no perdono a quien nunca reconoce errores. Hay nombres, personas y actitudes amorales que jamás se olvidan.

Veo las imágenes de un Haití roto y buceo en Internet en busca de las primeras páginas de los principales medios, sean periódicos, televisiones o web, españoles y extranjeros, y compruebo que la utilización del dolor ajeno es ya una declaracion de principios éticos, o de su ausencia. Muchos han escogido fotos duras en las que se respeta la dignidad de las personas, de las víctimas; los sensacionalistas exhiben cadáveres y sangre en busca de lectores-vampiros. No sólo hay televisión basura, hay un periodismo basura que crece y huele.

Veo y siento Haití y pienso en ése trozo de África a la deriva que descubrí en 1994 y en sus gentes condenadas a una pobreza constante y sin esperanza. Pienso en los niños Leonel y Miguel de Cité Soleil, dos de mis primeros fantasmas, personas que se subieron al avión de regreso y aquí siguen conmigo. Hoy me me siento más averiado que nunca y rabioso por esa injusticia que siempre se ceba con lo más débiles, a los que la vida sorteó miseria y sortea también una muerte atroz. Pienso en los cerdos comemuertos del Tiaé y en el mundo tan distinto en el que vivo. Hay días, como hoy, que me siento un traidor.

Sentimientos sin chaleco antibalas

Vivimos en una sociedad cada vez más fría y resultadista. Los sentimientos, una forma de estar desnudo, expuesto y vulnerable, parecen prohibidos. Son, dicen, un signo de inmadurez, de peterpanismo. Casi todo el mundo hace algo a cambio de algo. Los dirigentes políticos, por ejemplo, sólo piensan en las encuestas y en esa otra encuesta cuatrianual para la que trabajan con tanto ahínco y dedicación, las elecciones. No hay muchos capaces de gobernar por el bien de su país, de jugarse la reelección por altererar las estructuras sobre las que se asienta la injusticia. Sucede en las empresas que en el momento que les baja un dígito las expectativas de beneficio se ponen a despedir a mansalva. Es un sistema cruel y amañado, como los toros: el que despide tiene la espalda cubierta con bonus garantizados y en aras del libre mercado exige abaratar el despido de los demás. En España, Mariano Rajoy construye sus sueños con la crisis de todos y cuando le preguntan por el despido se pone a blablabear sobre la necesidad de modernizar España. Y Díaz Ferrán en Ferrari. El que no vuela, corre.

En los días pesimistas hasta los sentimientos me parecen contaminados de ese resultadismo general. Sucede en las parejas-empresa, en las parejas-cárcel y hasta en muchas de las parejas-pareja. Se da en las relaciones padres-hijos y más aún en las de hijos y padres y también entre los amantes. Es una sociedad que sólo se permite sentir con el chaleco antibalas puesto por si hay disparos. A veces hay situaciones no previsibles ni manejables en la que existen personas accidentalmente capaces de tener el valor de jugarse su sentir sin una red de protección ni pólizas de vida, jugarse mucho sin tener nada a cambio. Los realistas los tildan de suicidas y dicen que hasta tienen una ciudad que les atrae y enloquece, Turín, pero a mí, que tanto creo en la vida, me gustan mucho esos suicidas que tienen el valor de quedarse y esperar.

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