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Sobre tristezas y melancolías

Me involucro y me mancho. Es un estilo de vida. Una forma de estar y de no entregar el fuerte, de no rendirse aunque a veces den ganas de izar la bandera blanca. Cuando escribo a menudo brotan notas manchadas de tristeza, la mía y de otra ambiental que no me pertenece del todo. Pero el solo hecho de escribir, aunque sea en un blog, representa un ejercicio de introspección: un viaje interior a través de recuerdos y fantasmas no siempre bien procesados. La melancolía es una enfermedad que aparece y desaparece. Tragedias como las de Haití, multiplicadas por el saqueo y la violencia que genera la pobreza y la incultura cuando se sufren durante siglos, generan ese poso triste que a algunos amigos confunde. No hay de qué preocuparse, sucede en los tiempos de mudanza. Pese todo éstos son meses muy hermosos para estar vivo, despierto, combativo y sentirse feliz. “Happyness is a decision”.

En el último viaje a Roma tomé esta foto en la estatua de Pasquino, donde se colocó el primer pasquín, de ahí procede el nombre, y que ahora está cubierta y protegida. Este este texto es una declaración de guerra para 2010.

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Y la música de la declaración, ésta maravillosa canción interpretada por Roger Waters sin el resto de Pink Floyd, una de las mejores bandas de la historia del rock. Mother es directa y divertida: “Madre, ¿crees que van a tratar de romperme las pelotas”. Me temo que la respuesta es simple: no lo dudes, es el empeño cotidiano de mucha gente.

La razón de escribir

Por qué se escribe. Una amiga muy querida (A.L.) me manda esta respuesta a través de un fragmento de Dignum est del poeta griego Odiseas Elitis:

“(…) La primera verdad es la muerte. Queda por descubrir cuál es la última. He aquí por qué escribo. Porque la poesía comienza allí donde la última palabra no la tiene la muerte. Es la finalización de una vida y el comienzo de otra, que es la misma que la primera, pero más profunda, que llega hasta el lugar más alejado que puede descubrir el alma. Allí donde el sol y el Hades se tocan. (…)”.

También hay tres versos de la canción España camisa blanca de mi esperanza que sitúan algunos límites:

“Quisiera poner el hombro y pongo palabras
Que casi siempre acaban en nada
Cuando se enfrentan al ancho mar”.

Los pecados de Haití por Galeano

Gran texto de Eduardo Galeano titulado Los pecados de Haití:

La democracia haitiana nació hace un ratito. En su breve tiempo de vida, esta criatura hambrienta y enferma no ha recibido más que bofetadas. Estaba recién nacida, en los días de fiesta de 1991, cuando fue asesinada por el cuartelazo del general Raoul Cedras. Tres años más tarde, resucitó. Después de haber puesto y sacado a tantos dictadores militares, Estados Unidos sacó y puso al presidente Jean-Bertrand Aristide, que había sido el primer gobernante electo por voto popular en toda la historia de Haití y que había tenido la loca ocurrencia de querer un país menos injusto.

El voto y el veto

Para borrar las huellas de la participación estadounidense en la dictadura carnicera del general Cedras, los infantes de marina se llevaron 160 mil páginas de los archivos secretos. Aristide regresó encadenado. Le dieron permiso para recuperar el gobierno, pero le prohibieron el poder. Su sucesor, René Préval, obtuvo casi el 90 por ciento de los votos, pero más poder que Préval tiene cualquier mandón de cuarta categoría del Fondo Monetario o del Banco Mundial, aunque el pueblo haitiano no lo haya elegido ni con un voto siquiera.

Más que el voto, puede el veto. Veto a las reformas: cada vez que Préval, o alguno de sus ministros, pide créditos internacionales para dar pan a los hambrientos, letras a los analfabetos o tierra a los campesinos, no recibe respuesta, o le contestan ordenándole:

Recite la lección. Y como el gobierno haitiano no termina de aprender que hay que desmantelar los pocos servicios públicos que quedan, últimos pobres amparos para uno de los pueblos más desamparados del mundo, los profesores dan por perdido el examen.

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Homenaje a Pedro Altares

Somos una sociedad que trata mejor a los muertos que a los vivos. Es mas fácil halagar a quien no puede escucharnos que dar una palmada al compañero que se sienta al lado. Cuando uno muere se evaporan sus defectos -los reales, los ficticios y los viboreados por la envidia- y surge un nuevo ser cubierto de una patina de excelencia que ya todo el mundo comienza a percibir en el tanatorio.

En mi profesión de periodista es poco frecuente hablar bien de alguien en público, de mimarle cuando le toca bajar la escalera, ofrecerle trabajo y apoyo cuando le falta, devolverle una parte ínfima de los favores que nos regaló sin pedir nada a cambio, ponerse al teléfono o responder un correo. En mi profesión se habla bien de los muertos, incluso se organizan premios contra la mala conciencia y se pagan seguros de vida con carácter retroactivo.

Ayer se celebró en Madrid un homenaje a Pedro Altares, gran periodista español, figura clave en la Transición, director de Cuadernos para el diálogo y muchas cosas más. Pedro se fue de este mundo sabiendo que su vida había sido rica, plena y generosa. Ahora, cuando se escuchan tantos parabienes y elogios  alrededor de su ausencia, pienso en los momentos de olvido y desmemoria. Esta es una sociedad-pasarela en la que cuando dejas de caminar por ella en prime time pasas al olvido antes de que se apaguen las luces de tu última sesión.

Espero, y no soy creyente, que exista algún tipo de mecanismo mágico capaz de trasladar todas esas voces al ausente y pueda Pedro echarse unas buenas risas a costa de tanto elogio y tanto cretino (la mayoría, ausente; los presentes eran amigos y admiradores de verdad).

Siempre he soñado con asistir a mi funeral. Mas que nada por seguridad emocional, para que no me suceda como a Ricardo Ortega y Julio Fuentes y tantos otros y deba compartir espacio con quienes me hicieron la vida imposible. Me gustaría situarme en la puerta del tanatorio y actuar como un portero de discoteca y decir al simulador o a la simuladora: “Perdón, pero el garito de este muerto está lleno. Vuelva otro día”.

El homenaje a Pedro fue la demostración de que existen funerales civiles capaces de competir con los católicos. El de ayer fue sencillo y emotivo, con un colofón que aflojó defensas y soltó lágrimas: España camisa blanca de mi esperanza cantado casi a capela por Ana Belén. Que nadie pierda la memoria de los que se fueron porque ellos saben el camino que todos, tarde o temprano, recorreremos.

Periodistas al servicio de la historia

No es malo que los periodistas se crean escritores, el problema es que lo practiquen. Decía Russell Lynes, alma durante 20 años de la revista estadounidense Harper’s -y a quien ya cité en este blog- que “todo periodista lleva una novela dentro, que es un excelente lugar donde debe quedarse”.

Se trata de una frase ocurrente con la que no estoy de acuerdo, quizá porque ya escribí una presunta novela y estoy inmerso en otra. Pero es válida para defender la argumentación inicial: periodismo y literatura son orillas del mismo río, pero orillas diferentes. Nosotros trabajamos con realidad, escribimos en un espacio muy limitado y de prisa. La ficción no es periodismo, a veces es Literatura.

Las crónicas y los reportajes deben estar siempre bien escritos y estructurados. Para ello es esencial saber qué se quiere contar. El reportaje se escribe en la cabeza, cuando el reportero pisa la calle y está construyendo el relato periodístico con las voces y los sentimientos de los otros, los verdaderos y únicos protagonistas. Una vez recogido el material, cuando el periodista coloca los dedos sobre las teclas del ordenador éstos deben saber ya cuáles son las palabras adecuadas y la mejor estructura para que la historia fluya. Cada vez más periodistas confunden escribir bien con una exhibición de estilo.

La historia nunca está al servicio del reportero, es el que escribe, su cultura, su formación, lo que debe colocarse al servicio de la historia. Cuando el periodista invade el terreno del lector cargado de adjetivos la magia de la comunicación se evapora, el texto no funciona y, sobre todo, se falta al respeto a la gente sobre la que se escribe.

Hay muchos ejemplos de ese estilo florido y ampuloso, tan español, entre los columnistas de los periódicos. Antonio Burgos, que a veces vomita en las páginas de opinión del diario ABC, es uno de ellos. Escribir no es colocar una otras otra palabras rebuscadas ni hacer juegos de artificio con la nada. Hay otros en ese mismo diario que me parecen buenos en la forma, aunque discrepe de ellos, como Ignacio Camacho.

Conozco a periodistas que escriben mejor que muchos escritores y que saben distinguir cuándo son periodistas y cuándo escritores. El portugués Pedro Rosa Mendes es uno de los mejores. Recomiendo su Bahía de los tigres dedicado a Angola, una mezcla de realidad y ficción en un envoltorio novelado, como hizo Kapuscinski en su Un día más con vida. Enric González y Bru Rovira son otros ejemplos de excelente hacer.

Hay varios síntomas de esta mala práctica: el empleo abusivo de adjetivos (el gran Pepe Comas decía que es el lector quien los pone; no el periodista) y la falta falta de información: mucha verborrea, pocos datos. Cuando uno se exhibe porque cree que lo más importante es él olvida que, además de conmover y molestar a los poderosos, nuestro trabajo es contar lo que pasa de forma equilibrada y honesta.

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