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Periodismo, paciencia, realidad y ficción

Si uno aprende a mirar y a tener paciencia ante lo que observa aparecerá tarde o temprano la realidad con todas sus bellezas y fuerzas narrativas. En ese caso, el periodista que ha sabido esperar al milagro se limita a copiar con mayor o menor acierto lo que ve y escucha. Ahora que un libro de Artur Domoslawski pone en duda los comportamientos éticos del Ryszard Kapuscinski periodista recuerdo una conversación en 2003 en Bagdad con Abbas, gran fotógrafo de Magnum: “Yo hago fotos que están dentro de la foto, fotos que nadie ve”.

Con el paso de los años he aprendido a ver palabras e imágenes dentro de las palabras, a fijarme en lo que no muchos se fijan. No es necesario forzar, redondear, ni siquiera fabular, basta con pisar la calle, plantarse allí en medio de donde suceden las cosas, ser paciente y oler. No pondría la mano en el fuego por nadie, ni por mí mismo, pero cuando uno viaja por el Tercer Mundo, como hizo durante años Kapuscinski, inventar es empeorar lo que se ve, es empobrecer una realidad que ya se presenta enriquecida y más potente que la mejor de las metáforas. Una frase de un niño de Congo podría desarmar en un diálogo al mejor de los personajes de Paul Auster. Nuestro trabajo es escuchar, contextualizar y transmitir de la forma más comprensible y honesta lo que sucede. ¿Objetividad? ¿Quién es objetivo ante la miseria, la guerra, la injusticia o el hambre?

Haití, construcción u olvido

El primer reto son las palabras: Haití no se puede reconstruir porque nunca estuvo construido. Puerto Príncipe es una zona de guerra en la que brota una nueva vida vestida con la miseria de siempre. Tras sortear unos obstáculos logísticos mayúsculos, la ayuda humanitaria comienza a fluir casi dos meses después del terremoto . Es sólo el principio de años de esfuerzo e inversión para que este país deje de ser el más pobre de América.

“Nos enfrentamos a varias emergencias simultáneas. Además de distribuir comida y agua es urgente dar cobijo a más de un millón de personas sin techo, limpiar el alcantarillado para evitar las inundaciones y construir un nuevo Puerto Príncipe a prueba de terremotos y huracanes. El desafío para la comunidad internacional es formidable. Mucho mayor que el tsunami”, asegura Kim Bolduc, número dos de la misión de la ONU en Haití y único alto cargo superviviente en la tragedia.

El Banco Interamericano de Desarrollo cifra las necesidades entre 10.000 y 15.000 millones de dólares, más del doble que lo destinado en el huracán Mitch. Mal asunto en tiempos de crisis económica mundial y cuando otras desgracias, como el terremoto de Chile, reclaman la atención mundial.

Haití necesita algo más que dinero, necesita un Estado. Éste se limita a un listado de cargos que carecen de poder real para gestionar la cosa pública, y menos aún una crisis de estas dimensiones. “Es la gran oportunidad de Haití. Por responsabilidad espero que la respuesta no se quede en un maquillaje. Necesitamos a alguien con visión, que señale las prioridades y ese alguien no puede ser otro que el Gobierno haitiano”, dice Bolduc.

Otro problema porque ese Ejecutivo trabaja en una comisaría de policía al lado de las instalaciones del aeropuerto y de la base de la ONU. Aunque promete un plan director en semanas, que señale las prioridades, en las reuniones con los organismos internacionales, el presidente René Préval y su primer ministro, Jean Max Bellerive, sólo escuchan, nadie toma notas, según reveló un ato cargo internacional presente. El terremoto ha destruido el palacio presidencial, el de justicia y la sede de recaudación de impuestos. El 90% de las sedes ministeriales están dañadas o hundidas. “Estamos ante una situación clara de construcción de un Estado”, dice el alto cargo.

En la calle nadie espera milagros. Cada uno está acostumbrado a sobrevivir en medio de la nada. Es la vida que tocó. La clase pudiente, la mayoría mulatos, vive en EE UU con sus fortunas a salvo. Todo el que tuvo oportunidad de escapar, huyó o está muerto. El terremoto también destruyó las universidades y edificios emblemáticos de la cultura haitiana, como el colegio de San Luis Gonzaga. “No podemos partir de cero, venimos de menos 10”, aseguran en el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo. Esta organización ha puesto a trabajar a 35.000 de personas en la limpieza los escombros. El objetivo es resucitar la economía local.

El otro problema es de financiación. Los Estados comprometen cifras y las publicitan ante sus opiniones públicas pero después son lentos en la entrega de los fondos. Bolduc destaca que a corto plazo mucha de la financiación ha llegado de manos privadas: particulares y empresas.

La carretera que une el puesto fronterizo de Jimani con Puerto Príncipe se está desmoronando. No está preparada para soportar el tráfico de camiones. El lago Azuei que la bordea es un peligro dormido que despertará en las primeras lluvias de la temporada de huracanes (junio-noviembre). Esa lluvias son también una amenaza para los más de un millón de personas sin techo hacinadas en campamentos espontáneos. “La gente duerme, come y hace sus necesidades en el mismo espacio. Es un foco de epidemias”, dice Penélope Page, de Médico del Mundo.

Muchas casas de Puerto Príncipe están marcadas con una frase en rojo: “A demoler”. Es la sentencia. En algunas esquinas surgen otros carteles: “We need help”.

“No sé cuál será la reacción cuando las lluvias arrastren sus cabañas, pero creo que vamos a tener un problema grave”, dice el capitán John Fonseca, de la 82ª División Aerotransportada que tiene su sede en Carolina del Norte. En Haití no existe un problema de seguridad, más bien de orden público en las primeras distribuciones de alimentos. La gente está educada en no esperar nada y en comer lo que se puede, sea mango, arroz o plátano. Funciona la solidaridad dentro de la familia ampliada, más allá de los lazos de sangre. Pero todo eso no sirve para crear un Estado.

“En Nueva Orleans fracasó el Estado más poderoso de la tierra. ¿Cómo lo vamos a hacer en Haití?”, se pregunta el alto cargo. Bolduc sostiene que hay que crear en menos de dos meses campamentos capaces de resistir las lluvias fuera del corredor de la falla de Enriquillo-Plantain Garden.

“Nadie se va a mover de donde está, muchas veces al lado de los restos de su casa, hasta que vean que los campamentos están preparados y empiecen las inundaciones”, dice. El Gobierno no quiere crear instalaciones sanitarias fijas para evitar que Puerto Príncipe se convierta en una ciudad-chabola. “La construcción también debe ser política con más descentralización y poder en las regiones y ciudades. Históricamente todo se ha concentrado en Puerto Príncipe, población y Gobierno, por eso el terremoto ha sido tan devastador. Ha dejado al país sin nada”, añade Bolduc.

Continúa en Haití, comenzar de cero, publicado en El País.

El cazador Kapuscinski

Ryszard Kapuscinski fue uno de los mejores reporteros del siglo XX y Robert Capa uno de los fotógrafos de guerra más influyentes. Ninguno está a salvo de la polémica. De Capa aún se discute si su foto más célebre, la de la muerte del miliciano en la Guerra Civil española, fue un montaje. A Kapuscinski se le acusa tres años después de su muerte de inventar hechos para potenciar la fuerza dramática del relato periodístico. Como enviado especial a África de la Agencia de Prensa Polaca entre 1954 y 1981, Kapuscinski no hubiera logrado notoriedad alguna: textos cortos y telegráficos en un idioma difícil y periférico. Son sus libros traducidos a numerosos idiomas los que le situaron en la cumbre y ahora en el centro del debate.

En los tiempos que le tocó vivir no había rastro de la globalización. Sólo existía la palabra del reportero convertido en un cazador solitario. No siempre es sencillo determinar el límite literario de los hechos cuando la realidad viene distorsionada por la guerra. No lo es tampoco hoy con Internet y las televisiones globales. El exceso de información, el ángulo de la cámara o el objetivo elegido pueden ser una forma de embellecimiento y manipulación.

Más en Un cazador solitario, pubicado en El País

Un mundo de saqueadores

Si un cataclismo reventara las paredes de El Corte Inglés del paseo de la Castellana de Madrid, por poner un ejemplo familiar, miles de ciudadanos ejemplares acudirían prestos a robar lo que fuera y estuviera a su alcance. Los más fuertes y organizados se llevarían aparatos de televisión de plasma; los menos, ropa, cosméticos, joyas, cualquier objeto fácilmente transportable. Hasta las inocentes viejecitas que se persignan al salir de misa se transformarían en feroces saqueadoras. Así somos los humanos. Lo vimos Puerto Príncipe después del terremoto de enero; lo vemos en Chile, tras el de febrero. En Haití caímos (caí) en la trampa de las imágenes de la televisión global y hablamos de la violencia interior del país más pobre de América, que la hay, y mucha, pues la miseria lo es.

Algo de racismo subyacente se esconde en esas imágenes y en nuestra reacción. En el caso chileno no salen negros, pero sí personas de clase humilde y origen indio. Otra clase de sectarismo en la mirada del camarógrafo y del jefe de informativos que decide difundir las imágenes.

Para ser saqueador no es necesario asaltar unos grandes almacenes destripados por un terremoto. A veces basta con ser empresario o compañía petrolera y hacer negocios poco claros en Sierra Leona y Liberia. O Gobierno y cambiar dictadores de trono para llevarse mejor las riquezas de un país pagando un poco menos de mordida, que los beneficios se esconden en los decimales. O farmacéutica y experimentar con seres humanos como se hizo en los años 50 en la región de Ituri, al noreste de la República Democrática de Congo. Hay saqueadores negros, pobres e indios que nos escandalizan y saqueadores de cuello blanco que se sientan en el mismo banco de la iglesia, acuden al mismo club de tenis (cuidado con los agentes del Mossad) y acarician la cabeza de los mismos niños en el parque. Aparentar decencia es a veces muy indecente.

El motor es la impunidad, o la sensación de tenerla. Es cuando surge el monstruo que llevamos dentro. Aparecen los roldanitos que meten la mano en la caja y los asesinos en las guerras, personas capaces de transitar de la extrema amabilidad a la mayor de las violencias. Basta un cambio en la decoración y el sentirse por encima o fuera de la ley. Es el miedo al castigo lo que nos somete, no la educación y la cultura.

Karadzic, el (p) asesino que quiere ser héroe

La diferencia entre el asesino y el héroe es una cuestión de número: el asesino mata a cinco; el héroe, a un millón. La frase pertenece a Henri Verdoux, personaje interpretado por Charlie Chaplin en la película Monsieur Verdoux. Es la victoria la que decide quién escribe la Historia y quién es héroe y villano.

Radovan Karadzic, ex psiquiatra, presunto poeta, ex líder de los serbios de Bosnia-Herzegovina (BiH) durante la guerra (1992-1995) y responsable cuando menos intelectual de más de 100.000 muertes, no desea el papel de asesino, reclama el del héroe, al menos entre los suyos: “Defenderé nuestra nación y su causa, que es justa y santa”. También justificó la guerra en el victimismo, algo que cotiza alto en cualquier nacionalismo: los serbios tuvieron que defenderse de unos líderes islámicos que querían todo el poder. Karadzic está acusado por el Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia de 11 delitos, entre ellos, el cerco de Sarajevo que duró 44 meses y 10.000 muertos, las operaciones de limpieza étnica en el norte y este de BiH y del asesino de más 8.000 varones y musulmanes en Srebrenica.

El juicio es transcendental por varias razones.

BiH es un Frankenstein creado por la comunidad internacional que no funciona. Los acuerdos de Dayton, que en diciembre cumplirán 15 años, estropearon lo que se estaba logrando en el campo de batalla tras la intervención de la OTAN después de 39 meses de parálisis, ridículo y falta de coraje político. No hubo acción militar hasta el segundo atentado contra el mercado de Sarajevo y hasta que Bill Clinton decidió actuar en el patio europeo después de haber dejado claro a los europeos que ellos no eran capaces de detener la carnicería. Esos acuerdos sentaron en la mesa de los pacificadores a los jefes de la guerra: Slobodan Milosevic y Franjo Tudjman y entregaron, entre otros lugares simbólicos, Foca, capital de violaciones masivas de mujeres, y Srebrenica, símbolo del genocidio, a la Republica Srpska (RS). Un premio a los asesinos y una vergüenza para todos los demás.

BiH está dividida en dos entidades, una croata-musulmana y otra serbia (RS), que le impiden funcionar como nación. Los croatas bosnios están contaminados por el nacionalismo de Zagreb (quizá ahora menos con el nuevo presidente. el socialdemócrata Ivo Josipovic) y los serbobosnios se contaminan solos. A ellos se dirige Karadzic en busca de apoyos y agitación. Los encontrará.

Quince años después del final de la guerra, Bosnia-Herzegovina no ha cerrado sus heridas ni modificado las causas que le condujeron a la guerra. El peligro de otro conflicto, que se repite desde hace generaciones (Gran Guerra, II Guerra Mundial…), es real y como no existe diplomacia preventiva, si sucediera algo nos volvería a sorprender. La esperanza es que la situación internacional es otra. Pero la devaluación política de la UE es mayor ahora que en 1992.

También es importante el juicio a Karadzic para las víctimas, que así visualizan la aplicación de la justicia en uno de los máximos responsables. Cuando se cometen crímenes masivos no es posible alcanzar la justicia universal y completa. Se calcula que en BiH hay unos 10.000 criminales de guerra y se sabe que muchos de ellos quedarán impunes. Un juez me dijo en Sarajevo que era necesario aplicar la suficiente cantidad de justicia para que las víctimas y los verdugos sientan que se ha hecho justicia. La foto de Karadzic en el banquillo es un paso esencial. Pero aún falta Ratko Mladic.

Lectura recomendada: Un puente sobre el Drina (Ivo Andric)

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