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Sarkozy y los errores en Ruanda

El presidente de Francia, Nicolas Sarkozy, se está especializando en visitas históricas, que tan buenos réditos informativos generan. A mediados de febrero estuvo tres horas y media en Puerto Príncipe y logró la proeza de no ver de cerca un solo pobre pese a que el 80% de la poblacion lo es de solemnidad. La semana pasada aterrizó Ruanda, el país de las mil colinas y del genocio de más de 800.000 tutsis y hutus moderados, para pedir perdón por los “errores políticos” y de “apreciación” cometidos por Francia y la comunidad internacional “que no lograron anticiparse y evitar este terrible crimen”.

Sarkozy es tan generoso con su país como selectivo en los recuerdos. Es cierto que la ceguera y el desinterés de la comunidad internacional en 1994 condujeron al asesinato lista y machete en mano de cientos de miles de civiles entre los meses de abril y junio. En el caso de Francia, no. El caso de Francia es, por decirlo elegantemente, otro. El Gobierno de François Mitterrand armó y asesoró a su aliado Juvénal Habyarimana durante mucho tiempo pese a la radicalización de su discurso en contra de la minoría tutsi (a los que llamaban despectivamente cucarachas), no intervino para impedir o detener la matanza y cuando todo estaba perdido para sus amigos se inventó la Operación Turquesa, presuntamente humanitaria, con la que sacó del país a los prohombres de su régimen aliado y a sus milicias interhamwes (los que matan juntos). Fue su respuesta al avance sobre Kigali y posterior conquista del poder del Frente Patriótico Ruandés, mayoritariamente tutsi, dirigido poe Paul Kagame, actual presidente de Ruanda.

Esa Operación ayudó a crear unos gigantescos campamentos de refugiados con más de dos millones de hutus que fueron sacados del país por las milicias (quien se negaba a huir era considerado protutsi) y colocados en Goma y Bukavu. En 1996, la nueva Ruanda de Kagame y sus aliados en Zaire (tutsis bayamulengues y otros) atacaron esos centros de refugiados para poner fin a la actividad interhamne en la frontera e iniciaron una revolución con Laurent Kabila al frente que en mayo de 1997 derrocó a Mobutu Sese Seko, el gran aliado de Francia. Un año después, Ruanda y Uganda, los patrocinadores de Kabila, descontentos con su política, decidieron reeplazarlo. El golpe de Estado tutsi de agosto de 1998 salió mal y degeneró en una guerra abierta en la fueron entrando y saliendo países: Angola, Namibia, Zimbabue, Burundi, Sudán, Chad, Repúblca de Congo… Desde entonces más de cuatro millones de personas han muerto por acción directa o indirecta de la guerra. No hay que imputárselos a Francia, desde luego; Kagame y otros tambien han hecho también un gran esfuerzo. Pero hablar sólo de “errores de apreciación” es, cuando menos, una broma de mal gusto.

Francia sostiene, o ha sostenido (¿será también un error de apreciación clarificado por la visita de Sarkozy?) que a Habyarimana lo mató la guerrilla de Kagame. No hay pruebas de ello, sólo las que maneja un juez francés adicto a las causas nacionales y al espectáculo, Jean-Louis Brugière. A Habyarimana lo mató el Poder Hutu, los nazis etnicistas de su grupo que lo consideraron un traidor por pactar por Kagame. Su asesinato fue la orden para la matanza. Francia ha llevado una política neocolonial en África tan indecente como  la de EEUU en América Latina en los buenos (malos) tiempos de la Escuela de las Américas.

Una lectura para acompañar: Quiero informarles de que mañana seremos asesinados junto a nuestras familias (Destino) de Philip Gourevitch.

Estamos seguros, no hay de qué preocuparse

La policía dominicana logró en la noche del jueves (madrugada del viernes en España) un gran éxito en la lucha contra el terrorismo internacional y nadie, tan ocupados todos de lo que dice, hace, piensa, come y descome Barack Obama, lo ha destacado. La policía dominicana, con gran riesgo y valor, logró interceptarme una peligrosa botella de ron haitiano Barbancourt de ocho años (valorado en unos 20 euros) que me habían regalado Mat y Pascal, mi conductor y traductor en Puerto Príncipe. La agente se mostró firme, insensible ante mis ruegos primero y mis amenazas después de bebérmela de un trago, o varios, que tampoco hay que exagerar. “Son las normas internacionales”, dijo. “Las normas son absurdas. ¿Cómo es posible que no pueda pasar ron por este control y 10 metros más allá pueda comprarlo y volar sin riesgo para nadie. ¿Le ve alguna lógica?”, afirmé más que preguntar. Ella, con un gran sentido del guión, añadió: “Son las normas internacionales”. Y ya está. Fin de la discusión si no quieres ampliar tus problemas aduaneros a otros contenidos del equipaje.

Pronto tendremos los escáners corporales que enriquecerán las discusiones y rebajarán famas injustas de gentes de otras razas y actores de cine. Pregunté el otro día en Facebook cuántos centímentros se consideran miembro y cuántos arma peligrosa. Espero respuestas de los políticos que idearon, o consintieron, los guantánamos aeroportuarios en los que agentes de seguridad o, peor, tipos de una empresa privada que no dieron la talla o el coeficiente para entrar en la policía pueden decidir qué es peligroso y qué pasa a decorar su casa.

Son tiempos en los que todos somos sospechosos. Pero el que aquí escribe voló el 9 de febrero a Santo Domingo con un pasaporte caducado el 27 de enero por un imperdonable error de principiante. No se dio cuenta el personal de Iberia que facturó la maleta. No se dio cuenta el policía nacional que comprobó el pasaporte. No me di cuenta yo hasta que rellené los formularios minutos antes de aterrizar en Santo Domingo. No se dio cuenta una amable policía dominicana que estampó el pasaporte y sólo se interesó por mi apellido: “¿Lobo? Mmmm ¿Muerdes?”; a lo que respondí coquetón: “Bueno, tengo mis días”, frase que abrió una interesante charla cuyo contenido no desvelaré. Tampoco se dio cuenta la policía dominicana en la frontera con Haití ni la haitiana en la frontera con la República Dominicana. De regreso a casa, lo mismo. Nadie descubrió o dijo algo pese a que el pasaporte llevaba casi un mes caducado: ni la policía haitiana del aeropuerto de Puerto Príncipe, ni la dominicana de los aeropuertos de la Isabela y Las Américas. Tampoco el personal de Iberia ni el policía nacional de Barajas,

Todo esto sólo demuestra una cosa: es más fácil volar técnicamente indocumentado que con una botella de ron Barbancourt de ocho años. Lo llaman seguridad aérea.

Premios que son de mucha gente

Nos han dado un premio y el nos no es mayestático sino socializador porque este blog de En la boca del lobo somos un poco todos, los que leen y callan y los que leen y comentan (pero no repartiré beneficios con ninguno). 😉

La experiencia de estos 12 meses como bloguero ha sido gratificante. Después de tantos años en la profesión me siento optimista, esperanzado y con muchas ganas de contar las cosas que suceden con las herramientas de siempre y las nuevas. El lenguaje del blog me ha ayudado a comprender que en las web tienen cabida las miradas más personales que se han sido perdiendo en las ediciones de papel por falta de espacio y, sobre todo, de atrevimiento.

Estamos al inicio de una gran revolución. De ella saldrá fortalecido el periodismo, el oficio de contador de historias, que ha dejado de ser patrimonio exclusivo de los periodistas. El blog es un entrenamiento diario en la necesidad de saber mirar las cosas de otra forma, de ver las palabras que nadie ve y dar a todo un contexto y un sentido en el que se puedan transmitir emociones y, sobre todo, información. La información sin gente, sin empatía, es mas aburrida que la guía telefónica.

Además debo compartir este premio (también en sentido figurado) con Rosa Jiménez Cano, que me animó tanto; Chiqui de la Fuente, que me regañó lo justo y necesario y Jacinto Lajas por lo que él sabe. También con mi periódico que apostó por los Cuadernos de Kabul y ahora por los Cuadernos de Haití. Gracias a todos y, sobre todo, al jurado.

Linda y Beewolf no tienen una casa como la nuestra

En el hogar de Linda y Beewolff el calor es asfixiante. El techo y las paredes de plástico convierten sus nueve metros cuadrados en un horno que aumenta en varios grados el sol de mediodía. No tienen una casa como la nuestra; la suya es una chabola sin electricidad y sin agua. No hay retrete, muebles y cocina; tampoco cuadros, libros y plantas. Viven en ella desde el 13 de enero junto a sus cuatro hijos y lo poco que pudieron salvar del terremoto: ropa y par de cazuelas. Dos telas raídas separan su porción de pobreza de la de los vecinos. En la de la derecha yace sobre una colchón una mujer de 74 años. Respira muy despacio, para no gastarse. Sufre del corazón y ni puede tenerse en pie. Ya estaba enferma antes del seísmo que su mal es Haití no la naturaleza.

En el Delmas Country Club de Petionville no se juega al golf. Faltan jugadores y el césped exquisito necesario para que ruede la bola. Sobran las personas que como Linda y Beewolff lo convirtieron en su residencia. El delegado del barrio, François Jean Noel, es el encargado de organizar Delmas 44. “Me ocupo de conocer las necesidades. En mi oficina tenemos registradas a 49.900 personas distribuidas en las seis zonas en las hemos dividido el campamento. Muy pocos disponen de una tienda de campaña en condiciones. Las dos noches que llovió se embarró todo pero después el sol lo secó. Nadie ha venido aún a repartirnos comida. La gente sobrevive como puede. Hay mucha solidaridad. Cuando un vecino logra un saco de arroz lo comparte con sus vecinos”.

Cuando Noel habla de su oficina se refiere a una carpa algo más grande que las otras, una ayudante eficientísima llamada Katiana Augustin, de 23 años, una docena de sillas para recibir y un ventilador que no funciona.

La Cruz Roja acaba de montar una tienda médica delante de Noel para una vacunación infantil. Los voluntarios, procedentes de Corea del Sur, portan camisetas con varios nombres impresos: difteria, polio, tuberculosis. Una de las mujeres dice que en Delmas hay 8.000 personas y se sorprende con la cifras de delegado. En lo alto de la colina ondea una bandera de Médicos Sin Fronteras. Es el único ambulatorio. En las callejuelas bulle una ciudad paralela y simultánea con sus barberías sin clientes, puestos de venta de música pirateada y fuegos en los que se doran empanadillas y una carne sospechosa repleta de moscas. También se ven decenas de adolescentes ociosos con sus gafas negras y porte pandillero. La mayoría responden al saludo; otros, parecen tasar la presa.

Noel, que cumplió los 45 años, no quiere oír hablar de abandonar Delmas antes de que lleguen las lluvias de junio y la temporada de los huracanes a pesar de que el campamento está en un terreno propicio para las avalanchas y los deslizamientos. Cuando se pregunta a la gente por este peligro y cuáles son sus intenciones, la mayoría se encoje de hombros. Junio es el nombre de un futuro demasiado lejano cuando el problema es comer hoy.

Linda y Beewolff tienen una niña preciosa. Se llama Beewonda, tiene un año y es la pequeña de la familia. El padre no esconde su predilección. En el plástico exterior de su chabola está rotulado un nombre, CRS, y un numero. Pertenece a la ONG Catholic Relief Services. Poco a poco llegan vecinos que se arremolinan para escuchar y cuando pueden tratan de conducir al extranjero a su chabola para desgranarle también sus dificultades. Cuando se les explica que es sólo un periodista que pregunta y escribe crónicas y no una persona útil que trae ayuda tangible y modifica para bien sus vidas, todos asienten y sonríen y parecen comprender su función. También la eficiente Katiana Augustin: “Han venido muchos periodistas y gracias a ustedes el mundo sabe que existimos”.

Continúa en Cuadernos de Haití en la edición web de El País

El vendedor de llamadas telefónicas

Puerto Príncipe empieza a despertarse de la tristeza, del choque psicológico colectivo que enmudeció la ciudad durante semanas. Ya se escucha música bullanguera en algunas zonas, la gente se atreve a alzar la voz y discutir por las nimiedades de antes. Junto a los escombros brotan los vendedores de cualquier cosa junto a los vendedores de la nada, pero con la condición de que todo sea de segunda mano. Los automóviles hacen sonar las bocinas, pero sólo un toque, sin exagerar, que aquí no es un insulto sino un aviso de cercanía, y en los llamados campamentos espontáneos que inundan la ciudad se multiplica el beneficio de los pocos en provecho de la mala suerte de los muchos.

Tanto desbarajuste es terreno abonado para los listos, o los emprendedores o los imaginativos, que los sinónimos los carga el diablo. Es el caso de Pier Richard Denize, de 27 años: regenta un tenderete de quita y pon en el que vende electricidad en la subespecialidad de derecho a alimentar el teléfono móvil en sus enchufes durante tres horas.

“Si traen el cargador les cobro cuatro dólares [haitianos, unos 30 céntimos de euro], pero si lo pongo yo sube a 15 [1,20 euros]”. El chiringuito se nutre de una máquina conectada a un panel solar que Pier Richard declara es obra de un amigo desinteresado. Tiene media docena de móviles en carga y pese ello asegura que sólo gana cuatro dólares estadounidenses diarios. “Después del terremoto tenía 200 teléfonos al día; ahora apenas llegan a 20. Esto ha bajado mucho”, dice sin darse cuenta de que quizá negocios como suyo sean termómetros de cómo mejoran las cosas aunque la mayoría aún no lo note. Lo llaman macroeconomía.

Pierre Richard vive en un campo en lo alto de Petionville, frente al elegante hotel de madera Kinam, que aguantó mejor al embestida que la piedra. En la otra esquina de la plaza Boyer, hay un hombre vende llamadas de teléfono y sólo por diversificar también comercia con botes de leche concentrada made in Perú. “Las llamadas cuestan cinco gurdas el minuto [nueve céntimos de euro]. Se puede tlefnear a Puerto Príncipe o a las provincias, el precio es el mismo. Pero no se puede llamar al extranjero”.

El teléfono rojo de mesa está conectado a la red que pertenece a la empresa haitiana Digitel. Joseph Joel, de 31 años, debe contabilizar los minutos con su reloj y llevar un registro riguroso de las llamadas porque como intermediario debe pagar después el gasto cargado a la compañía telefónica. Ésta le permite quedarse, como al resto de los vendedores, con un comisión del 10%. Dice que lo suyo no es oportunismo y que lleva con el mismo trabajo cuatro años. Estos vendedores ambulantes de llamadas son el sustituto humano de nuestras cabinas que nunca funcionan cuando se les necesita, se tragan el dinero y a veces a la gente entera, como le sucedió al personaje de José Luis López Vázquez en la película de Antonio Mercero.

Por la zona de las llamadas merodea Florine Saradina, de 18 años. Dice que no busca novio, porque ya lo tiene y se llama Oscar Charles. Es muy guapa. Lleva su bebé de seis meses en brazos. Parece sano y asustado. “Mi casa esta destruida. Vivo en una tienda hecha con plásticos desde hace más d eun mes. Nadie ha dado comida. A veces pasan por el campamento unos extranjeros [Médicos Sin Fronteras] que nos traen agua y miran un poco a los enfermos. Hoy no he comido nada. Ayer sólo comí arroz”, dice.

Continúa en Cuadernos de Haití en la edición web de El País

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