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La esperanza de Najwa

La única esperanza de Najwa Malha es la educación. Sólo desde la cultura y el aprendizaje de una Otredad sin cuernos ni rabo existe la posibilidad de salir de la cárcel de la intolerancia, de elegir y ser libre. Prohibir la asistencia a clase de esta joven de 16 años, que se empeña, por decisión propia o imposición de su padre, vestir el hiyab (pañuelo islámico), es un grave error.

¿Prima la libertad de educación o la religiosa?  ¿Cuál es el límite de tolerancia? ¿Hay que ser tolerantes con los intolerantes? Un gran debate que no necesita de la aportación intelectual de personajes menores, como Esperanza Aguirre, la lideresa; ellos no debaten, sólo imponen, como el padre de Najwa.

El hiyab no me molesta; tampoco, el crucifijo. Lo que me molesta es lo que a menudo se esconde detrás de los símbolos: una interpretación sesgada de la realidad por parte de los presuntos jefes y subjefes de unas religiones en las que priman la intolerancia con la Ajenidad, es su forma de marcar fronteras y defender su espacio de actuación, el corralito. Las mismas religiones que sirven a muchos para hallar un camino hacia el paraíso (la paz interior) pueden convertirse en un arma en las manos equivocadas. Depende más de las personas que se aprovechan que de los libros que enmudecen.

En los países islámicos no habría siquiera debate: si una mujer, musulmana, cristiana, judía, budista, hindú o atea, joven, madura o mayor no lleva el pañuelo sobre la cabeza interviene de inmediato la policía. Se trata de un delito que se paga con cárcel. Esta actitud no es menos intolerante que la de muchos grupos religiosos cristianos en EEUU. En nuestro campo, es decir, en el cristianismo, se utilizó la Inquisición y la hoguera hasta hace un par de días para tratar con los diferentes. No somos un ejemplo de tolerancia.

Un Estado laico no debería defenderse sólo desde las prohibiciones, a veces necesarias. Una cosa es el hiyab, los hábitos, la kipá o los pantalones vaqueros, y otra la llamada al odio, sea a través de la predica, la educación o el disfraz. Ninguno de esos ejemplos invita en sí mismo al combate. Son decorativos.

Como en el caso del machismo, la batalla verdadera está en la educación, en la transmisión de unos valores laicos de respeto mutuo, y en llevar a las religiones al ámbito privado, donde deben estar. ¿Cómo vamos a prohibir el hiyab cuando en los colegios españoles se enseña, obligatoria o no, una religión que defiende que el Bing Bang pasó por el portal de Belén? No debería enseñarse ninguna visión acientifica de la vida y la muerte; éso pertenece, si se desea, a las iglesias, mezquitas, sinagogas, etc. Allí los dogmas; en el colegio, la ciencia, las artes y el pensamiento. Se debería enseñar Historia de las religiones como si fuera Filosofí­a, Historia o Matemática. Aprenderíamos a conocernos mejor. El saber y la información son antídotos contra la manipulación. Por eso es necesario el periodismo honesto y de calidad.

No me gusta el padre de Najwa, a quien no conozco, pero le presupongo, ni me gusta que batallee sobre (y en) la cabeza de su hija. Me gusta Najwa y quiero un Estado laico que defienda su derecho a la educación por encima de un pañuelo. Quiero un Estado que defienda después el derecho de Najwa a elegir marido, tipo de vida y pensamientos. Quiero un Estado que la proteja de la intolerancia, del grupo, y que no haga espectáculo con lo que en el fondo no es tan importante, si no una excusa. Además de la educación como un bien innegociable, Najwa tiene otra esperanza concreta, sus amigas solidarias, porque ellas le van a ayudar mucho en el camino de la libertad. In sha’a Allah.

Enrique Menenes, Cirilo Rodríguez de honor

Manu Leguineche, el padre de todos los que nos dedicamos a este oficio de viajar por ahí para contar lo que sucede más o menos lejos, dijo el año pasado desde su silla de ruedas: “Soy la prueba de que todas las guerras se pierden”. Frase genial llena de humor y realidad. Las guerras se pierden, pero pierden mucho más aquellos que no las libran.

Fue un homenaje hermoso de una profesión, la de periodista, horadada por la mediocridad y los cotillas de los programas basura, que no siempre sabe querer a los mejores como se merecen. No somos soldados, ni falta que hace, pero deberíamos aprender algunas cosas de ellos. Honrar a los nuestros es la principal.

Este año, Enrique Meneses, otro gran maestro, recibirá a finales de mayo un premio Cirilo Rodríguez honorífico. Enrique lleva en danza desde la muerte de Manolete (1947), la guerra del canal de Suez y la revolución de los barbudos de Sierra Maestra. Estuvo allá con los dos Castros, el Che y Camilo Cienfuegos, antes de que los primeros estropearan la revolución y a los revolucionarios. Desde hace años, Enrique Meneses escribe un blog en el que demuestra sabiduría, frescura, rapidez mental y sobre todo un inquebrantable afán de lucha. El no nos rendirán ni nos rendiremos sería una buena frase para resumir el trabajo y la actitud vital de estos dos grandes periodistas.

Nosotros somos lo que somos, si es que somos algo, gracias a gente como ellos que nos transmitieron la pasión por este trabajo. Más que una profesión se trata de una carrera de relevos; ellos nos pasaron el testigo y nosotros lo debemos pasar a la siguiente generación. No importa cuántas crisis nos caigan encima ni cuáles sean sus nombres y siglas. Hemos aprendido lecciones esenciales: honestidad, paciencia y un cierto orgullo de vivir la vida de otra forma. Como ellos no nos rendiremos ni nos rendirán. Esto no acaba, sigue -sea en papel, Internet o dando voces por la calle-, siempre desde la libertad y unas ganas inmensas de tocar las narices a los que tienen el poder y a los que se matan por tenerlo.

Este año, como siempre, los tres finalistas seleccionados por el jurado son muy buenos periodistas y compañeros: Sol Gallego Díaz (El País), José Antonio Guardiola (TVE) y Ramiro Villapadierna (ABC).

La entrega del XXVI premio se convertirá también en un gran homenaje a Pedro Altares, alma máter del premio desde su fundación, maestro de periodistas y figura esencial en la transición de este país. Pedro, como Manu y Enrique, es uno de los nuestros.

Un Inda más tóxico que el volcán

Los personajes duplicados tienden a copiar y multiplicar los defectos del original. También a añadir unos cuantos propios por aquello de que todo el mundo tiene un ego que alimentar delante del espejo. Sólo así se entiende la confluencia de tantos en una persona: el presunto director de un presunto diario deportivo convertido, y era difícil, al amarillismo más descarnado.

Buen vídeo (¡Sin sonido por favor!)

Desde sus portadas sensacionalistas adjudica decenas (quizá cientos al cabo de un año) de fichajes al Real Madrid, un club cuya sola mención vende periódicos, al menos en la capital de España, y después, claro, de tanto mentar alguno cae. Su latiguillo favorito es irritante: “Como adelantó Marca“, pero es que Marca adelanta tantas cosas opuestas, imposibles, probables y contradictorias que uno se pierde en el laberinto de lo que es presunta información y fantasía.

A este esquema poco preciso, de periodismo mentiroso y prevaricador, -la calidad de la prensa deportiva española, salvo excepciones de las que ya escribí, no demanda mucho más- le añade el presunto Inda campañas contra lo que sea. Es especialista: ya hizo unas cuantas en favor de Jaume Matas y de la piscina de Pedro Jota en Baleares. La de esta temporada en Marca ha sido contra el entrenador Manuel Pellegrini. ¿Por qué? ¿Por qué no le dio una entrevista? ¿Por qué en el club alguien le ha sugerido que le de leña para poder cargárselo? Ya lo dije, lo que es bueno para India es malo para el Real Madrid.

Guillermo López, de La Página Definitiva, explica muy bien el personaje.

Los periódicos deportivos sólo venden ilusión: Tévez, Rooney… El Real Madrid no necesita delanteros, necesita medios. ¿Mouriño? ¡Por dios, si es un chulo y sus equipos juegan horrible! A Inda le gusta porque es como un espejo que le devuelve duplicado ¿será ya triplicado?

Es un mal que se extiende: los lectores de los generalistas buscan cada vez más ilusión en lugar de información, o refrendar sus prejuicios en el kiosco como dice Alfonso Armada.


Viajar empieza a ser un problema

Estoy en el aeropuerto de Madrid-Barajas. Por los altavoces se repiten avisos de seguridad. Unos hablan del volcán que tiene varada a gran parte de la flota europea; otros, de las medidas de seguridad para volar a Estados Unidos. Unos terceros, no menos solemnes, amenazan poco menos con volarte la maleta si te descuidas mirando a una mujer, o a un hombre. Los avisos de seguridad, los que meten miedo, tienen voz de varón. Los amables, de mujer. El machismo parece estar hasta en las grabaciones de AENA. Si fuera al revés también blandiríamos el machismo para denunciar la utilización de la mujer como elemento de terror. Quizá estemos abusando de las palabras y olvidando que el peligro reside en la esencia del mensaje. Por un momento entre tanto aviso que ha parecido vivir en un mundo infeliz y orweliano. Encima me he dejado el teléfono en casa. No puedo hablar con los amigos, consultar el correo, decir chorradas en feisbuk o en tuiter. Por no poder no puedo ni llamar a mi abogado.

El trabajo de mensajero es complejo y a menudo arriesgado: a nadie le gusta que le traigan malas noticias y menos que se las publiquen. Los periódicos somos un grupo de mensajeros que se organiza para contar lo que otros desean ocultar. Disparar contra el mensajero es uno de los ejercicios favoritos de cualquier poder, legal o ilegal, terrestre o celestial. Primero se dispara, como en el caso del fotógrafo de Reuters Namir Noor-Eldee, como demostró hace unos días la web Wikileaks, y después se niega cualquier investigación. Hay dos excusas estándar: eran terroristas o fue un lamentable accidente. El Ejército de EEUU prefiere la primera.

Sin una prensa libre compuesta de periodistas profesionales con medios económicos, tiempo de investigación y valentía editorial no habría noticias de relieve. Todos los poderes podrían dormir y delinquir tranquilos. Es lo que sucede en las dictaduras. El mundo sería un permanente programa basura lleno de cotilleos, que no son otra cosa que distracciones de lo esencial. Ahora se discute mucho sobre la futilidad de la prensa escrita, pero sin los reporteros de un viejo periódico (hoy en crisis, como muchos), me refiero a The Boston Globe no habría casos de pederastia en Estados Unidos que salpicaran a la Iglesia Católica ni los que salieron después.

Para el cardenal Sodano las noticias de los abusos son “rumores fútiles”:

Holy Father, the people of God are with you and will not let themselves be influenced by the petty gossip of the moment, by the trials that sometimes assail the community of believers.

Y para Bertone, el número dos de la Curia, los abusos nada tienen que ver con el celibato sino con “la patología de la homosexualidad”.

Me ha gustado mucho el artículo de Moisés Naím hoy en El País:

El papa Benedicto XVI también se ha mostrado reticente en responder amplia y directamente a los escándalos sexuales que involucran a curas católicos en un creciente número de países. Si bien es cierto que el Papa ha pedido disculpas a las víctimas en Irlanda, Estados Unidos y otras partes, su reacción y la del Vaticano no han resultado tan eficaces como la de Tiger o Toyota. Más bien, algunas de las repuestas han agravado los problemas de imagen que hoy sacuden a la Curia.

Más en Tiger, Toyota y el Papa

No sé cuál es el porcentaje de abusos en la Iglesia comparándolos con otras profesiones. Como víctima de las marianistas, los maristas y el Opus Dei, al que le debo mi ateísmo, supongo que más elevado debido a lo cerrado de la institución y el poder omnímodo que siente un sacerdote disfrazado de sacerdote cuando le habla ex cátedra a un niño de ocho o 10 años en la oscuridad del confesionario. Pero eso no es lo más grave, siendo delictivo lo escandaloso es la ocultación sistemática de los casos. De ahí la importancia de los periodistas. Extraordinario el trabajo de Rachel Donadio, corresponsal del diario The New York Times, que ha tenido el honor de una critica directa y personal de cardenal Levada por sus crónicas. Una de las últimas coincide con la tesis de Naím y de la pésima respuesta de una Iglesia dirigida por un reputado teólogo y un pésimo político.

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