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Me gusta mucho como dirige Paco González Carrusel deportivo y tengo una buena opinión periodística de su jefe en la SER, Daniel Anido, aun metido en una batalla judicial no menos garzoniana que la de Baltasar Garzón. Carezco de información propia más allá de lo que se ha publicado y por eso no puedo opinar como opino de otros asuntos de los que tengo más datos.

El problema se origina en la decisión de no enviar a Paco González al Mundial de Suráfrica y ofrecerle a cambio un programa diario desde Madrid con contertulios no habituales.

Me gustaría que todos los actores tuvieran la sabiduría de reconducir el asunto y que Paco González vuelva pronto al micrófono de lo que es su casa de toda la vida. Si son ciertos los insultos que se dice que profirió algo deberá poner de su parte el propio González para resolver el embrollo. Una fuente amiga me dice que no me haga ilusiones porque la suerte está echada y se anuncia el jueves.

Hay un detalle que a menudo olvidamos los periodistas: somos el medio en el que trabajamos y no al revés. Un medio es la suma de muchas personas: antes de nosotros hubo gente que lo hizo muy bien y detrás vendrán otros que lo harán muy bien, tal vez mejor. No hay insustituibles, sólo difíciles de sustituir. Dicho esto, me agradan los guiños de Pepe Domingo y de sus compañeros, que no interpreto como un desafío sino como prueba de amistad.

Mendigos, fútbol, Lama y los límites

El info-entertainment tiene serios inconvenientes; el principal que no es información. Quienes lo practican terminan por no saber dónde está el límite, qué es noticia, qué espectáculo y qué bazofia y entre tanto laberinto y retorcimiento de los nortes, modales y principios, el periodista acaba por perder también el sentido ético de las cosas y sin él esta profesión resulta una impostura. Cada palabra, cada imagen, cada coma debe ser una barricada contra la deshonestidad.

La televisión, inventora de este subgénero en EEUU y extendido después a todas las cadenas y países, acumula miles de ejemplos más o menos deplorables. Este de Cuatro es, desde luego, uno de ellos.

Un mendigo no es una decoración urbana, como un banco de madera o una farola, con el que se pueda jugar a montar un buen decorado y un info-espectáculo. Un mendigo es una persona que siente y padece y que por razones varias, que siquiera llaman la atención del periodista, ha sido descabalgado de la sociedad y arrojado a una esquina.

Puede que Manolo Lama, un periodista que me gusta mucho cuando retransmite partidos de fútbol por la radio, empezara el show con buena voluntad y se le fuera de las manos como asegura en sus disculpas, pero el problema es de origen, de saber los límites y aplicarlos siempre: nuestro trabajo no consiste en organizar shows ni colectas públicas, ni hablar desde una insoportable superioridad, la del tono de la voz y la de nuestro estilo de vida, de triunfadores con derecho a agua y comida, entre risitas de todos (también desde el estudio).

Toda la secuencia es lamentable. Primero, la gente deposita monedas ante el mendigo que las observa desde otro mundo mental, luego un gracioso añade un móvil y lo retira enseguida; otro le entrega una bufanda del Atleti y uno más tarde arroja al cuenco una tarjeta de crédito. Al mendigo sólo le interesa la bufanda, que es de abrigo, y sigue el resto del teatrillo desde la indefensión absoluta. Después, una mano recupera la tarjeta y otra le arranca de la bufanda. El corte de la imagen nos impide saber si los que donaron monedas también se las llevaron.

Si en lugar de un mendigo hubiera sido un deficiente mental, Lama no habría caído en la tentación de la gracia porque hay, afortunadamente, una fuerte conciencia social (muy reciente). Queda mucho camino por andar. Las personas que tienen una presencia pública deben servir de ejemplos y si son incapaces de ello, que se bajen del pedestal y se vayan a su casa. Vale para todos, políticos y curas también.

Después del escándalo que creció por las redes sociales llegaron las disculpas en directo. Bien, no es algo muy frecuente y eso es positivo, pero hubiese sido mejor que Lama mirase a la cámara y no a su compañero. Los ofendidos están en la audiencia.

Dos títulos sobre Garzón y una reflexión

“El franquismo se cobra su última víctima” (espero).

“España juzga por fin el franquismo aunque yerra el tiro y da al juez que trató de investigarlo” (es largo, raro y poco periodístico, pero esto es sólo un blog).

No entiendo de vericuetos, entrelíneas y letras invisibles en las leyes; tampoco de togas, usías, vuecencias y demás pomposidades con las que se adornan los magistrados y políticos, sólo sé que con la marcha de Baltasar Garzón de la Audiencia Nacional perdemos autoridad moral y prestigio internacional y ganamos en vergüenza propia y en incapacidad de afrontar nuestra historia.

Este juez campeador no será el mejor ejemplo de muchas cosas, pero la actuación de sus compañeros por muy supremos que sean, por muy poder judicial que esgriman en sus solapas, deja en mal lugar a toda la institución porque demuestra que con la ley en la mano y una lectura interesada (la banca siempre gana) se pueden vengar envidias, odios y inquinas con impunidad legal.

Ya lo he escrito antes: no deseo que nadie se siente en el banquillo por los crímenes franquistas después de siete décadas, tampoco Garzón; sólo deseo que se desentierren los muertos, se identifiquen sus restos y se entreguen a las familias. Cuando todos los desaparecidos estén aparecidos, sea cual sea su ideología y bando, esté país tendrá paz y me creeré la palabra justicia.

Estos días he escuchado y leído soberanas estupideces, tanto en la derecha como en la izquierda. Me sorprende el fiscal Villarejo y sus comparaciones con el 23-F. Tanto desatino se explica en la incapacidad de autocrítica de este país, tal vez debido a siglos de negrura en los que nos educaron en no pensar, no opinar, no significarse. Sin pensamiento crítico no hay democracia, sólo sectarismo, trincheras mentales y obediencia debida. Existen islas extraordinarias, como la generación del 27, que no supimos repetir después de 1975. En lugar de aquellos intelectuales mayúsculos hemos producido una clase dirigente sin estatura -jueces y cardenales también, que en definitiva sólo son políticos disfrazados-. Todo es gris en esta dictadura del metro y medio en la que quien sonríe no sale en la foto.

Propuestas contra la molicie

Un libro: No voy a hablar del mío, que ya le di bolilla ayer y repetiré sin duda más adelante, sino de Historias de Roma de Enric González, también en RBA. Son pocas páginas pero muy buenas: un recorrido por la Roma de Enric y un descubrimiento de la psicología del romano y por extensión del italiano, cómo la mama tiene más importancia que el Estado y por qué existe y tiene tanto éxito un tipo como Silvio Berlusconi. Me lo leí de una sentada y me dejó la sensación de gran libro, de esos que sabes que volverás a leer.

Un link: Me gusta Mónica G. Prieto y me gusta Periodismo humano; éste es el resultado de una sabia combinación: Alta costura tras los barrotes.

Una película: Para defenderse del pesimismo reinante, Billy Wilder y su Primera plana con Jack Lemmon y Walter Matthau, además de una jovencísima Susan Sarandon. No sólo recordaremos que otras épocas no fueron mejores y que el senscionalismo, el todo vale, publica lo que sea, no es una enfermedad de nuestro tiempo, sino del hombre que lo habita, y que en medio de tanta mezquindad siempre hay buenos periodistas y buenos periódicos. Me río mucho cada vez que la veo, algo que sucede casi todos los años. Tiene una frase que debería ser el frontispicio de muchos diarios y desde luego de todos los periodistas: “Quién diablos va a leer el segundo párrafo”.

Una canción: Después de tantos años sin un título europeo y con la enorme simpatía que me despierta un equipo, que debería ser el mío por ideología, carácter y rebeldía, pero no es por quiebros merengones de la infancia, he encontrado esta versión de Sabina. No sé escucha bien, pero así es el atlético:

Una sonrisa: Hay cosas arraigadas; no son modas pasajeras, ni campañas de desprestigio, ni invenciones laicas. La prueba me llega a través de Myriam:

Un inclasificable: De Pedro Salinas enviado por Ana Lorite en plena discusión sobre los límites temporales del enamoramiento, las parejas-empresa, los chicles que no duran y el empeño de todos mis amigos de que estoy mal de la cabeza, algo obvio por otra parte.

…Y estoy abrazado a ti
sin preguntarte, de miedo
a que no sea verdad… Ver más
que tú vives y me quieres.
Y estoy abrazado a ti
sin mirar y sin tocarte.
No vaya a ser que descubra
con preguntas, con caricias,
esa soledad inmensa
de quererte sólo yo…

Una frase: “Stendhal ha logrado resumir una noche de amor en un punto y coma” (Lampedusa citado por Enrique Vila Matas en El viento ligero en Parma)… Robado a Guillermo Altares, mi último intermediario en una cadena de hurtos y ideas compartidas.

Una reflexión: Si todos buscan el amor, sueñan con él, lo anhelan y persiguen y cuando llega lo estropean entre achuchones excesivos o desprecios estúpidos, ¿por qué repiten una y otra vez una búsqueda a la postre inútil y no aprenden de los errores? ¿Cómo se rompe el círculo de la propia estupidez? Sólo se me ocurre una idea que está en el poema Ítaca de Cavafis: las riquezas, lo importante, está en el camino, no en el destino.

Este librito tiene buen pinta

Acaba de salir un libro a la venta que me suena un poco: Cuadernos de Kabul (RBA). Son 35 textos publicados en la web de El País en agosto y noviembre de 2009, cuando estuve en la capital afgana para cubrir las (fallidas) elecciones presidenciales. Ahora aparecen en papel bastante mejorados, corregidos y ampliados. Aquello que nació digital huele por primera vez a letra impresa. El camino inverso al habitual y la demostración de que las tecnologías son útiles para hacer periodismo; lo importante es el contenido no el formato.

Se trata de un amplio recorrido por una geografía humana de Afganistán que no suele salir en los medios de comunicación. Salvo Ramazan Bashardost, el candidato hazara que quedó tercero en los comicios y que me pareció un tipo normal que decía cosas muy inteligentes, en estos Cuadernos no hay políticos ni militares; tampoco señores de la guerra y narcotraficantes. He preferido dar voz a los protagonistas, a las víctimas, a los civiles que tratan de sobrevivir en medio de la pobreza, la injusticia y la guerra. Tampoco suenan en estas páginas disparos ni se escuchan bombas (quizá alguna, pero poco). No es un espacio para combates sino para sus consecuencias, para la gente que escucha y habla, que narra sus historias, para personas que tienen y dan esperanza como Alberto Cairo.

Todos juntos no explican Afganistán, pero permiten llegar a su aroma y quizá a través de él entender cómo se vive en una situación tan dura.

Chesterton, ese genio británico, decía que a un escritor vivo hay que comprarle sus libros y al muerto, leerselos. Que yo sepa aún pertenezco al primer grupo exagerando mucho lo de escritor pero siento mucha envidia de los segundos porque todos escribimos para que nos lean.

No vamos a hacer presentación formal. No habrá canapés ni boato. Hay dos hechos incontestables: la crisis económica y que esas presentaciones no sirven de mucho -sólo van amigos que ya se lo van a comprar-, y menos aún para los que vendemos poco. Quedan pues estos Cuadernos, como tantos otros libros, a expensas del boca oreja (o del boca en boca, que también se puede decir) para repetir edición y quizá cuadernos en otro lugar. Estoy seguro de que los amigos me darán un empujón, al menos para arrancar esa cadena.

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