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El arte de relatar de Enrique Meneses

En la noche del viernes, cuando Enrique Meneses subió al estrado de los premios Cirilo Rodríguez en una silla de ruedas y con la botella de oxígeno entre las manos, muchos no sabían de quién se trataba. Poco después, un auditorio entregado al viejo maestro aplaudía en pie la lección magistral que acababa de dictar uno de los grandes, uno de los nuestros. Ya nadie olvidará su nombre ni las razones por las que recibió el premio de honor.

Meneses, embutido en unos 80 años castigados por el exceso de tabaco, relató micrófono en mano con lucidez, talento, humor e inteligencia su viaje de El Cairo y Ciudad el Cabo en busca de una belleza nubia. Aquella aventura loca, que acabó en un gran libro, es uno de los muchos tesoros que Enrique ha acumulado en su vida y que comparte con nosotros en su magnífico libro de memorias Hasta aquí hemos llegado. El parlamento de Meneses, que duró cerca de quince minutos (y pudieron ser muchos más ante un auditorio entregado), fue la demostración de que el Gran Periodismo fascina, que es el único que puede atraer al lector y por el que merece la pena pagar dinero. El gran reportaje, aunque sea verbal como lo fue este caso, es la esencia del oficio, su género máximo, muy utilizado en otras épocas cuando los reporteros pisaban la calle o partían de viaje y aventura durante semanas o meses para enviar las mejores historias.

Ahora no hay sitio para los grandes reportajes, y apenas para los reportajes. Tampoco hay sitio para maestros como Meneses. Y así nos va. En unas redacciones silenciosas, asépticas, casi hospitalarias, decenas de redactores calientan sus sillas porque esa silla se ha convertido en el eje sobre la que gira todo. Se multiplican los jefes aquejados del síndrome de la gallina que desean tener los polluelos al lado para no sentir dudas sobre su gallineidad. Pocos son los valientes que mandan a los suyos a la calle, que es donde está la vida.

Nos maravillan tipos como Meneses y eso es bueno porque significa que aún no todo está perdido, que todavía sabemos lo que es bueno y lo que nos gusta, en definitiva, lo que es el Gran Periodismo. Saberlo, o no olvidarlo, es un primer paso. Ahora sólo falta el atrevimiento de tirar por la borda toda la basura declarativa que hemos ido acumulando estos años como mecánica de trabajo, sea por pereza, aburrimiento o porque es más barato repetir una sandez que investigarla y dejar sitio a relatores como Meneses u otros como él capaces de contar desde la pasión y la originalidad.

Sol Gallego Díaz, en unas jornadas de periodismo que organiza Aurelio Martín en Segovia, recordó que de las crisis se sale y a veces con mejores ideas, y que el futuro del periodismo depende de los periodistas, de nuestra capacidad de resistencia, de lucha e intransigencia ante el mal periodismo y falta de ética.

Lo sabemos. Sólo hay ponerse en pie y echar a andar.

Periodistas y taxis

“Los periodistas van ahora a todos los sitios en taxi mientras que los que nos leen se mueven en autobús y metro”. Esta gran frase es de Ramiro Villapadierna -corresponsal de ABC en Berlín y finalista del premio Cirilo Rodríguez-, define el problema esencial de la profesión: el desinterés por las historias.

Los relatos periodísticos en los que hay gente que dice, siente y cuenta, por el color, olor y sabor que tanto repito, han sido expulsados de las páginas de muchos diarios en beneficio de los aquellos que pretenden ser gente y decir cosas de cierta relevancia cuando a menudo son meros simuladores que tanto vivir en el tiovivo no recuerdan lo que es tierra firme. Este mal también afecta a la clase política a la que tanto espacio gratuito regalamos. No es posible mantener el contacto con la realidad, y gobernarla con acierto, desde el coche oficial. Sin realidad, los partidos pierden elecciones; los periodistas, lectores, oyentes o televidentes que tal vez no regresen jamás.

Sol Gallego Díaz ganó ayer el XXVI Premio Cirilo Rodríguez. Gran periodista, gran corresponsal y gran jefa, una maestra de periodistas y un referente ético para todos los que piensan que esta profesión maravillosa está en crisis.

No es el Periodismo que ejerce Sol, Ramiro y José Antonio Guardiola, el segundo finalista, o el de Enrique Meneses, otro maestro y Cirilo de honor, el que tiene problemas. Los que fallan son las empresas que no se saben adaptar no ya a la crisis económica, sino a la gran revolución tecnológica que estamos viviendo. Para la grandes revoluciones no sirven los ERES, es necesario un bien cada vez más escaso: inteligencia

PD. Cuelgo este post un poco tarde pero tengo coartada: anoche descubrí que no soy tan resistente a la reiteración del gin tonic como al vodka.

Propuestas contra la molicie

Un libro: Me vais a perdonar pero entre viajes a Barcelona, Madrid y Segovia y el apasionamiento por Chávez Nogales sigo inmerso en la lectura de El maestro Juan Martínez que estaba allí (Libros del Asteroide), un recorrido por la Rusia revolucionaria en boca de un bailaor flamenco. Me parece un libro soberbio que exige una lectura pausada, a sorbos, de esas que dejas de leer y cierras los ojos. Un ejemplo de esa genialidad:

Los teatros y los circos fueron abriéndose poco a poco, porque con revolución o sin ella, con hambre o frío, los artistas tenían que vivir

Un link: Me gusta este texto de Alberto Arce en Periodismohumano por su audacia: el BDS, Israel y los afrikaners.

Una película Alicia en el pueblo de las maravillas de Daniel Díaz Torres. Gran película cubana con una frase soberbia: “¿Tú qué quieres ser de mayor?” “¿Yo? ¡Extranjero!”. Fue proyectada en La Habana tras muchos problemas. Sólo una semana con el cine ocupado por gente fiable para que nadie la viera.

Una canción: Una delicia esta Stacey Kent en la canción de La Venus du Mélo. Estadounidense pero nacida musicalmente en el Soho de Londres Stacey ha pasado estos días por Madrid. Me llega a través de Lu y desde que la escucho por las mañanas mientras escribo poco a poco este post semanal ha empezado a lucir el sol. Será casualidad, pero lo importante es que suena muy bien.

Una sonrisa: La foto de Ully Martín en El País de hoy, la de un Gobierno noqueado, se completa con esta viñeta, certera como siempre, de El Roto. Si sobrevivimos a las siguientes medidas nos quedará un nuevo reto: sobrevivir al futuro Gobierno, sea quien sea.

Un inclasificable:

De mi suministradora de inteligencia:
Cautela al informarse. Se vive más de oídas que de lo que vemos. Vivimos de la fe ajena. El oído es la segunda puerta de la verdad y la principal de la mentira. De ordinario la verdad se ve y excepcionalmente se oye. Raras veces llega en su puro elemento y menos cuando viene de lejos: siempre trae algo de mezcla de los ánimos por donde ha pasado. La pasión tiñe de sus colores todo lo que toca, en contra o a favor. Se inclina siempre a impresionar: hay que tener mucho cuidado con el que alaba, mayor con el que critica. Es necesaria mucha atención en este punto para descubrir la intención del intermediario, conociendo de antemano de qué pie cojea. La cautela debe ser contrapeso de lo falto y de lo falso.

Parece moderno, y casi lo es: Baltasar Gracián (1601-1658), El arte de la prudencia.

Una frase: “La libertad de expresión es decir lo que la gente no quiere oír”. (George Orwell). Me llegó a través de Cecilia en pleno acto de repudio cibernético.

Una reflexión: Si la revolución cubana, a la que admiré cuando era revolución (ya hace años de esto, lo de revolución) generó un pueblo de gente educada muy por encima de la medida de la región, por qué no se le nota esa misma educación a sus acólitos, más dados al insulto que la idea. “Ladran, luego cabalgamos”.  (Cervantes en el El Quijote).

Hay canciones que te hacen volar

Hay canciones capaces de desenterrar vivos a los muertos y vestir de gala las memorias más tristes. Todos tenemos una, dos o cien. Son aquellas que están grabadas a fuego en algún lugar del cerebro y cuando el oído escucha los primeros compases alerta a todos los sentidos, se eriza la piel y las lágrimas se acumulan poco a poco, o de golpe, detrás de los ojos dispuesta a vaciarse y a mostrar nuestra debilidad.

Somos una máquina de recuerdos, hermosos y tristes. Quizá vivir sea eso, saber recordar. Quizá vivir sea aprender a estar entre fantasmas, a conversar con ellos, pedirles y darles consejo. El aroma de un perfume lleva escrito el tacto de una piel, una nariz o una lengua que recorre un cuerpo en busca de las zonas del descontrol. El sabor de un vino es capaz de hacerte volar a Cádiz o a Roma y despertarte en una cena repleta de sonrisas y silencios cómplices… Olores, sabores, personas… Siempre pensé, y escribí en una novela, que la vida es un poco esto, la acumulación de canciones, una lista de músicas, cada una con su persona, su ausencia, su risa, su derrota, porque vivir es sobre todo una forma de derrota permanente, un ir trasteando subidos en un alambre sin medir el riesgo.

Mi lista de músicas vitales está casi repleta, y menos mal que inventaron el MP3 porque el cedé me auguraba una existencia corta. En estos días barceloneses marcados por la entrega de un premio que lleva impreso una memoria triste y alegre de un amigo, el Miguel Gil de Periodismo, se han despertado de golpe las playas inmensas de Sierra Leona, las habitaciones del hotel Cape Sierra de Freetown, los amigos alejados por el exceso de roce, los misioneros maravillosos y los niños ex guerrilleros. Pienso en una canción y me salen demasiadas porque debo de tener averiado algún mecanismo emocional, pero después de una breve lucha se impone una, la que escuché al sur de Lakka, cerca del río Numero Dos, acompañado por Abu y otros jóvenes ex guerrilleros con las rodillas hincadas en una arena blanca, los auriculares puestos, el volumen alto y los brazos extendidos, como si fuera a volar. Y volé. .

Miguel Gil, cueste lo que cueste

Hace 10 años murieron Miguel Gil Moreno y Kurt Schork en una emboscada en una carretera de Sierra Leona y parece que desde entonces se nos cayó encima el Periodismo. Ahora todo es pesimismo, crisis económica, escasez de confianza, flaqueo de valores y anuncios (quizá algo prematuros) de la muerte del papel. La supuesta globalización ha generado en estos tiempos de recorte y prudencia una exasperante uniformidad en las noticias y los enfoques. El Roto retrató el problema en una gran viñeta: “No hay menos guerras sino menos periodistas que van a ellas”.

En momentos así, de desesperanza, sobre todo para los jóvenes que aspiran a ser algún día periodistas, es bueno pararse, respirar y reflexionar. Este ejercicio de ensimismamiento es sobre todo de motivación, un truco para poder arrancar la máquina del optimismo.

Cuando se piensa en periodistas como Miguel y en los españoles que murieron después –José Couso, Julio Anguita Parrado y Ricardo Ortega– resulta más fácil encontrar motivos para la lucha, para desplegar una saludable tozudez en la defensa de nuestros sueños.

Siempre habrá periodistas como ellos, gente que cuenta historias contrastadas y veraces, porque siempre habrá personas interesadas en leer, ver o escuchar esas historias sea cual sea su soporte. Es la esperanza fundamental, que siempre haya alguien al otro lado.

Internet democratiza las voces y multiplica las posibilidades de contar noticias. Es una gran ventana laboral para miles de freelance, periodistas que no trabajan para un medio fijo, que se pagan sus gastos y venden su trabajo al mejor postor, si lo hay. El problema para ellos, y para los periodistas en plantilla, es el dinero, financiar un viaje que exige seguros de vida especiales, chalecos antibalas, cascos y hoteles de precios prohibitivos en manos de especuladores. Cubrir una guerra es caro, tener información propia, de primera mano, honesta y fiable cada mañana o cada media hora en la web es caro, muy caro.

Siempre serán necesarios camarógrafos como Miguel Gil y Couso, fotógrafos como Juantxu Rodríguez, Jordi Pujol y Luis Valtueña, periodistas de papel como Julio Fuentes y Julio Anguita y freelances como Ortega. No sé si sus trabajos se verán y leerán en medio clásicos -diarios y revistas de papel o televisiones por TDT, cable o satélite- u otros ya descubiertos o por descubrir, sólo sé que la esencia de este trabajo, la esencia ética de tipos como Miguel Gil, no cambia. Ellos son los herederos de otros muchos -Ernie Pyle, Robert Capa…- en este trabajo que después de todo sólo consiste en ver, escuchar y escribir y pasar el testigo a los que vienen después. Cueste lo que cueste.

Más información en Fundación Miguel Gil Moreno

Tribuna de Gervasio Sánchez: La muerte de un compañero.

El ganador del IX premio Miguel Gil de Periodismo ha sido el gran fotógrafo argentino Walter Astrada.

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