El etíope no puede contar su historia porque en España, en Occidente, la contamos nosotros, los que apenas sabemos de Etiopía. El etíope es un inmigrante que trabaja en la cadena de montaje de una empresa automovilística de Barcelona. Tiene trabajo, tiene suerte, pero carece de voz, aunque lo más preciso sería decir que no se la damos. El periodista Bru Rovira lo encontró cuando escribía en La Vanguardia sus Carreteras secundarias, una gran serie de periodismo en la calle. El etíope le contó su historia y Bru descubrió que en esta globalización de negocio de los que especulan, que los optimistas llaman economía, no existen las voces del otro lado con sus relatos múltiples.
Los inmigrantes llegan sin papeles y sin derecho a narrar su viaje, su vida, sus sentimientos. Es lo que nos contaba la escritora Chimamanda Adichie en el post de ayer. Necesitamos un mercado libre de ideas, de personas que hablan, que cuenta su relato y escuchan el nuestro creando uno nuevo mucho más rico. Los periodistas que no sentimos que el periodismo se acaba deberíamos salir a la calle y escuchar, descubrir. Detrás de cada rostro, de cada diferente, hay un motivo para ser periodista.
Cuando me preguntan para qué sirve el Periodismo, ahora que solo hablamos y escribimos sobre su crisis y supuesta enfermedad terminal, contesto demasiado largo y a menudo pomposo sobre la necesidad de tener una versión diferente de la oficial, de no dejar la libertad de expresión en manos de la propaganda.
A veces repito las mismas palabras en un sitio y otro y no me detengo lo suficiente a refrescar las ideas y la forma de expresarlas. Gracias a una amiga, cuyo nombre sabe a tinta, me llega este vídeo de una charla de Chimamanda Adichie, una escritora de origen nigeriano, sobre los problemas y malos entendidos que causa disponer una sola historia, una única narración, un mal de nuestra época pese a las enormes posibilidades que tenemos de encontrar muchas historias.
Esta es una excelente oportunidad de escuchar sus reflexiones inteligentes, divertidas y cautivadoras y pensar en la esencia de lo que dice porque da en la diana: todos hemos comprado alguna vez un discurso único y manipulado. Por eso hay que estar alerta y los medios de comunicación no deberían renunciar a esto porque es su esencia, lo único que les convierte en necesarios.
Hay lectores que solo compran una vez al año, en la Feria del libro, y se supone que después, una vez pagados, los leen poco a poco. Los libreros creen que la presencia de autores en las casetas ayuda a vender ejemplares y que escritores y compradores disfrutan de esos encuentros. Funciona con los mediáticos, gente célebre, bien por la televisión o por su maestría. Recuerdo haber visto grandes colas ante Arturo Pérez Reverte y Mario Benedetti y gigantescas ante Boris Izaguirre, un tipo que me cae muy bien y con quien comparto apellido, Lobo, y origen venezolano, y muy escasas en la mayoría de los casos.
La megafonía de la Feria va cantando los nombres y las casetas como si fuera lo que es, una feria, más de vanidades que de otra cosa. En los llamados encuentros con los lectores no se habla de nada trascendente ni importante, sólo de lo que el comprador desea que le escriban en la dedicatoria o de lo buenísimo que es su autor favorito (a veces no coincide con el firmante). Supongo que todos conservan anécdotas muy divertidas sobre su feriabilidad. Cuentan que Eduardo Mendoza, uno de los grandes, estuvo una vez de firma en un Corte Inglés de Barcelona con escasa fortuna y que sólo se acercó una señora para preguntarle por la planta en la que se vendía un producto concreto.
Estuve dos veces de feriante con mi primer libro, El héroe inexistente, en 1999. En la caseta colocada ante el Círculo de Bellas Artes de Madrid firme un ejemplar y expliqué una dirección a un despistado (en eso me igualo con Mendoza). En el Retiro estuve en dos casetas, mañana y tarde. Cité a un montón de amigos y firmé siete ejemplares en cuatro horas de reducción de ego. Cinco fueron de las amistades convocadas. El sexto perteneció a una señora a la que convencí cuando husmeaba entre otros ejemplares. Sólo el séptimo fue de un lector real, que fue expresamente a verme y a comprar.
Tras este éxito no he regresado. No es pose, es que nunca me volvieron a invitar. Tampoco voy a comprar. No es venganza sino una mezcla de envidia y alergia al polen, una pésima combinación. Prefiero adquirir todos mis libros durante el año en Méndez, mi librería de cabecera. Allí no hay vendedores, solo libreros: gente que sabe de ellos, y del arte de conversar, sea de literatura, fórmula 1 o fútbol, que la cultura cuando es sólida da para mucho.
Ahora que he publicado un tercer libro, Cuadernos de Kabul, les compro ejemplares para que hagan caja y en el momento de hacer balance piensen que soy un autor de éxito, un superventas. Los dos conocemos la trampa, que soy yo, autor y comprador en la misma persona, pero a ambos nos hace mucha ilusión olvidar estos detalles sin importancia.
Hay momentos en los que el vodka Dubrovka invita al silencio, una mudez torpe, un tipo de verdad callada. Éste es, sin duda, uno de ellos: noche de niebla.
Los borrachos callejeros machos carecen del don de lenguas: nunca hablan, solo gritan desde unos idiomas singulares y diferenciados que por arte de magia y del alcohol terminan por encontrar parentescos sublimes en las onomatopeyas más primarias: oe oe oe; uh uh uh y similares, gritos que igualan las inteligencias individuales del grupo en un igualitario estado de imbelicidad colectiva. No puedo culparles, porque a veces soy así, sobre todo cuando me baño en vodka.
Hoy es el Corpus Dei, uno de los tres jueves que lucían más que el sol, y en Madrid, mi ciudad y refugio, en vez de recogerse el espíritu o lo que se pueda, que es lo que hay en tiempos de crisis, se expande y multiplica en decenas de tribus urbanas que visten igual una respecto a la otra dejando al poco erudito con un palmo de ignorancia.
Entre los borrachos que pululaban anoche la Puerta de Sol había mucho latino desfondado de tanto bailar, mucho estudiante angloparlante de Orgasmus y gente de visible malvivir y peor digerir. En medio de berridos tribales, educados vendedores de bocadillos (chinos), de cervezas (bangladesíes) y barrenderos doblados por el exceso de trabajo, pasaron tres coches de la policía municipal reconvertidos en Los hombres de Harrelson pero en Seat Panda, o similar, con las sirenas ululando y los cochecillos derrapando como si esto fuera una película y no las cuatro de la mañana. Mis amigos del turno de cierre del periódico (Silvia, Javier y Francesco), tan bromistas ellos, me recordaron enseguida que además del riesgo de un atropello estaba el del disparo reboteador que saque un ojo a un transeúnte cordobés.
Caminamos por la calle Arenal y allí nos cruzamos con una pareja de quinceañeros yankees en la que ella interpretaba en papel de dar eses, desviarse cada dos o tres pasos contra la pared y exclamar ante ella: “Dam!”. Más abajo, en la esquina de Hileras, dos chicas hablaban de sus cosas subidas a unos formidables tacones. A su lado pasó una manada de jóvenes que les dejó lindezas, piropos, proposiciones y alguna grosería. Ellas no se inmutaron; ellos, sí: se alejaron intercambiándose datos de una fantasía.
Así, de borracho en borracho y bien sobrio llegue a casa después de una noche de mucho trabajo con tanto activista deportado, aviones turcos que no terminaban de despegar nunca y la imagen dura de BibiNetanyahu bailándome en el cerebro me acordé de esta canción.