Este es un gran anuncio. Cuando hay talento se manifiesta en cualquier formato, también en la publicidad. El talento en este mundo simplista es la excepción. Cecilia, una amiga querida, dice: “El mundo está lleno de imbéciles”. Tiene razón, pero es demasiado optimista porque los imbéciles se reproducen por horas y no llenan, inundan.
Este otro, muy hermoso, molestará a las personas sin sentido del humor, que también las hay. Y sin son feministas, más. El mundo está también lleno de gente corriendo de un lado con una prohibición en el dedo índice, sean curas, comunistas o agentes secretos del libre mercado: eso no se dice, eso no se toca, eso no se canta, eso no se piensa o el novísimo de ese convenio no vale…”.
Fashion TV era nuestra cadena favorita en el hotel Al Mansur en Bagdad en septiembre de 2004 en plena ola de secuestros de occidentales. En la calle, los malos; en la tele, las buenas.
Cuando hablo de memoria histórica me refiero a esto. Es un vídeo emociante. Me siento un fusilado. Rechazo a los que consideran que mi memoria no existe y se mofan de ello. Reírse es una forma de apretar otro gatillo otra vez.
Vivimos en un mundo de estafadores que cambian de disfraz. Bancos que venden humo a cambio de matrimonios de por vida. Flautistas de Hamelin que siquiera necesitan de un instrumento musical para que les siga una masa de consumidores. Unos venden pulseras equilibradoras, otros ideas para que les voten o parcelas en el paraíso. Todo es blablaísmo y bolismo (cada uno a su p… bola). En medio de tanta desesperanza hay miles de personas haciendo cosas, mejorando la vida de los demás, peleando por encima de las ideas, las religiones y las trincheras. Tengo la suerte de haber conocido a muchos y sé que ellos son los míos. Soy un poco gracias a sus muchos.
Noto la crisis en los bolsillos, en mis amigos y en los semáforos de la Gran Vía. Antes, cuando había dinero endeudado a espuertas, la gente cargada de bolsas de marcas de postín se hacía un lío en el centro de la calzada. Los que procedían de la acera de la derecha no lograban alcanzar la izquierda y viceversa. Resulta estúpido querer pasar, por ejemplo, de la esquina de Fuencarral, junto al edificio de Telefónica de Madrid, a la calle de la Montera, y tras dar no sé cuantas vueltas sobre ti, y sobre otros, regresar impulsado por una fuerza extraña al mismo al punto de partida, como si hubiera una gigantesca puerta giratoria invisible.
Ahora, con las carestías y los bancos con el grifo de dar dinero cerrado y abierto para recibirlo, se atraviesa muy bien de un lado a otro, incluso puedes zigzaguear sin miedo al ridículo. Algunos ricos, se les ve la pinta, se demoran un rato en el eje como si buscaran la puerta de los buenos tiempos, el Stargate que en un abrir y cerrar de ojos te traslada a la bonanza de la pre-crisis con un Aznar encaramado en sus alzas declarando guerras junto a sus amigotes mientras que otros, también amigotes, se inventaban productos financieros basura con los que forrarse. ¡Qué tiempos aquellos! lejos de esta España de pobres, sin soberanía, intervenida por la UE (aunque somos nosotros, pero puestos a insultar) y arruinada por un Zetapeta más peta que nunca enfrascado en una reforma laboral con la que nos van a quitar hasta lo bailado mientras que bailamos los goles de La Roja.
Entre un paraíso y otro me quedo en mitad de la calle sacándole la lengua a los guardias y a los taxistas, toreando coches y motos al grito de “a la bin a la ban a la bin bom bam”, que no tengo ni idea qué significa. Los municipales, que con la crisis ni siquiera están macizos como los bomberos, me miran y ríen. En lugar de detenerme o darme con la porra en la cabeza, algo que les encanta hacer de vez en cuando con los antiglobalizadores, me responden: “Villa, maravilla, oe oe oe”.
Recomiendo la lectura de Retrato de un país en crisis del periodista estadounidense Phil Bennet, que publica hoy en el suplemento Domingo de El País. Tiene la mirada fresca del extranjero y ese ángulo anglosajón que tanto decimos que admiramos y casi nunca copiamos.
En tiempos de Mundial se producen grandes transformaciones. Hombres que odian el fútbol se ven obligados a elegir una tribu y por general escogen la más alejada de sus raíces con excusas peregrinas: “Es que yo estudié en el Liceo francés”. Las mujeres de hoy no son como las de antes, que hartas de dormir con José María García habían declarado la guerra a un deporte de bárbaros que consiste “en 22 tipos corriendo en calzoncillos y sin mucho sentido por un campo verde”. Mi ex mujer era una de esas santas y la definición, suya.
Recuerdo el Mundial de Italia en 1990. Ella se hizo de repente seguidora entusiasta de Camerún. Un día me la encontré envuelta en la bandera de ese país lanzando gritos yorubas en el salón. No me atreví a preguntar por los motivos de su don de lenguas ni el significado de sus palabras pero pasadas unas semanas me divorcie preventivamente. Es broma.
La mujer se ha incorporado a la pasión del fútbol con enorme pasión. Son más listas que los del Liceo y no necesitan esperar a los grandes acontecimientos planetarios, sino que disfrutan de la Liga, la Copa, la Champion League y lo que caiga. Con ellas se reduce el forofismo ambiental porque son más inteligentes y entienden la tribu de otra manera, más como defensa de lo propio que como una agresión innecesaria al otro.
También hay nacionalismos súbitos. Gente que odia su país o que no lo reconoce como tal por razones varias -porque su primer ministro es Berlusconi o por otras afrentas menos graves-, que se transforma en un ferviente, un fanático que grita ansioso por no quedarse fuera del grupo.
En España donde tenemos tantos problemas con los símbolos colectivos y la identidad (siempre pensé que era una ventaja respecto a Francia) se producen escenas cómicas. No voy a entrar en detalles para no herir susceptibilidades pero hace dos años fue muy divertido ver como fueron cayendo máscaras y poses teatrales, de simple rédito político, según entraban los goles. En Cataluña (lo he dicho, lo he dicho), los más nacionalistas se han anticipado a los acontecimientos y resuelto el problema con sabiduría: ven la selección como un Barça reforzado vestido de otra forma.
A la derecha española, practicante de otro nacionalismo que me resulta más antipático, le ha costado mucho aceptar el nombre popularizado en el Europeo, La Roja, por sus connotaciones guerracivilistas. Hoy me he comportado una camiseta muy divertida, es roja y futbolera, pero nada que ver con el uniforme y el escudo (¡vaya! otro símbolo). La estrenaré en el primer partido de España la próxima semana. Aunque es una XXL debo hacer dieta de urgencia para poder respirar y no dar la nota. Siempre quedará la alternativa de la faja o reconocer de una vez mi condición de embarazado.