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Nunca me sentí más honrado por un elogio

Dos escritores
Por José Saramago

Se llaman Ramón Lobo y Enric González. Ejercen de periodistas y lo son de hecho, de lo mejor que se puede encontrar en las páginas de un periódico, aunque yo prefiero verlos como escritores, no porque establezca una jerarquía entre las dos profesiones, sino porque en la lectura de lo que escriben percibo emociones y defino sentimientos que, al menos en principio, son más naturalmente mostrables en una obra literaria de calidad.

A Ramón Lobo ya llevo algunos años leyéndolo, Enric González es un descubrimiento reciente. Como corresponsal de guerra, Ramón tiene la superior cualidad de colocar cada palabra, en su exacta medida expresiva, sin retórica ni deslizamientos sensacionalistas, al servicio de lo que ve, oye y siente. Parece obvio, pero no lo es tanto, sólo es posible hacerlo con un dominio excepcionalmente seguro del idioma que se utiliza, y él lo tiene.

De Enric González no era lector. Veía sus columnas en “El País”, pero mi curiosidad no era lo bastante fuerte para hacerme integrar sus escritos en mi lectura habitual. Hasta el día en que me llegó a las manos su libro “Historias de Nueva York”. La palabra deslumbramiento no es exagerada. Libros sobre ciudades son casi tantos como las estrellas en el cielo, pero, por lo que conozco, ninguno es como éste. Creía que conocía satisfactoriamente Manhattan y sus alrededores, pero la dimensión de mi equivocación se manifestó clara en las primeras páginas del libro. Pocas lecturas me han dado tanto placer en estos últimos años. Tómese este breve texto como un homenaje y una manifestación de gratitud para con dos excepcionales periodistas que son, al mismo tiempo, dos notables escritores.

(Esta entrada fue publicada el a las Agosto 26, 2009  en el blog El cuaderno de Saramago).

Saramago, el escritor que abrazaba hombres

Hay dos tipos de escritores: los que se asilan del mundo y tratan de modificarlo desde sus libros y personajes sin otro compromiso que la búsqueda permanente de la excelencia; y los que como José Saramago, que además de escribir obras esenciales como El memorial del convento, El año de la muerte de Ricardo Reis, los dos ensayos, el de la ceguera y el de la lucidez, y la maravillosa Caín, entre otras, son capaces de salir al mundo y tratar de cambiarlo con sus propias manos. Esa generosidad quijotesca la debió heredar de su abuelo, quien antes de morir hace ya muchos años se levantó de la cama, abrazó a los cuatro árboles que tenía en su huerto y se fue en paz, con la tranquilidad del deber cumplido.

Saramago nunca se escondió. Renunció a muchas líneas escritas en su atalaya de Tías, en Lanzarote, desde donde se ve el mar, por salir a la calle y dar voz a los que no la tienen, a los que nadie escucha, a los que nadie ve. Estuvo en todas las batallas en las que había un ser humano al que abrazar, fuese en Chiapas o en Haití, en Argentina, Chile o Uruguay, donde dictaduras sangrientas y crueles dejaron la huella de la otra cara del hombre. Libró batallas en favor de África, del continente oscuro y silenciado por una globalización informativa que solo habla de las cosas del hombre blanco, y otras en favor de sus inmigrantes desde su Lanzarote adoptiva, frontera primera para los que huyen de las guerras, la miseria, las enfermedades y la pobreza. También tomó partido por Palestina y los palestinos, cuya persecución y desgracia comparó con la que sufrieron muchos judíos en la Europa nazi y que le granjeó la beligerante enemistad de todos los gobiernos israelíes.

José Saramago sabía que el premio Nobel de Literatura no era sólo un galardón, el más importante para un escritor, era sobre todo una responsabilidad. Un gran altavoz para una voz que siempre habló en favor de los desfavorecidos, de los que escribió y duplicó en personajes extraordinarios como Baltasar y Blimunda en El memorial, seres que habitaron sus libros dándoles el sentido transcendente de las grandes obras.

Más en la web de El País

(Un beso muy grande a Pilar).

Desde que abrazo cuatro veces al día siento  una energía externa viajando dentro en mí y dándome vida a su manera. Es como si cuatro vigilantes de la infelicidad se turnaran en las alertas contra el desánimo, el enfado súbito y la tristeza. Motivos hay y más que habrá en las próximas fechas cuando nos abaraten las desgracias y nos suban el precio de cualquier alegría, que en eso andan los presuntos de izquierda obedeciendo lo que les mandan desde la derecha.

En la Edad Media los caballeros se abrazaban dándose palmadas en la espalda por precaución. No era amor sino un gesto sutil para descubrir el puñal traicionero. Como la costumbre de estrecharse la mano derecha no procede de las reglas de la cortesía sino representa un acto de defensa preventiva para impedir el desenvaine de la espada. En Inglaterra se mueven al revés por carreteras y caminos (o quizá sea al derecho y seamos nosotros los diferentes, que todo depende del ángulo de la mirada). Lo hacen así desde el medioevo, por seguridad, para que la mano derecha esté libre para responder un ataque. Por eso nunca gustaron los zurdos, gentes brujas que rompen la normalidad y ponen en solfa las convenciones.

Nunca entendí la definición de normalidad. ¿Es acaso lo que hace o cree la mayoría por absurdo que sea?

Pero escribía de abrazos. Confieso que aún no me he atrevido a abrazar a un desconocido. Hoy tuve un par de oportunidades en el metro. Primero con un músico que tocaba la guitarra y cantaba canciones tristes. Le dí un euro por miedo a que mi abrazo le pareciera calderilla. Después entró una mujer hermosa, alta, rubia, elegante y con un pantalón vaquero que sin estar ceñido mostraba perfecciones traseras que no dejaban espacio a la imaginación. Parecía un ángel del subsuelo. Nos miramos durante unos segundos, nada, apenas un cruce de miradas, de esas que se detienen una décima. Pensé en acercarme y decir: “Perdón, le importa que le dé un abrazo”. No lo hice por el que dirán y, sobre todo, por el que diría ella. Agaché la cabeza y me puse a brujulear en Eskup a través del teléfono móvil. Cuando volví a mirar varias estaciones después ella ya no estaba. Busqué en los asientos pero solo vi a gente ensimismada. Al salir a la calle me sonó el teléfono, no era una llamada, sólo un SMS. Decía: “Eres un idiota”.

Sé que no era ella, pero me gusta pensar en el día en que las palabras no pronunciadas, las palabras prisioneras por el miedo y la vergüenza, encuentren el medio de mostrarse, de hallar un sonido que les dé vida aunque sea pagando a Telefónica.

Depresión postparto

No si es peor la derrota ante Suiza o las chorradas que se dicen y escriben para justificar lo injustificable. Debe haber un frasco de tópicos mal cerrado en algún sitio o, peor, una torre extractora averiada porque el vertido de sandeces es mayúsculo. No voy a caer en la españolísima tradición de desmarcarme, simularme extranjero (de Corea del Norte) o exclamar “¡si ya lo decía yo!”. No puedo ni quiero, entre otras razones porque yo no decía nada, ni mu. Confiaba mucho (y sigo) en que esta talentosa selección llegaría a los octavos de final sin perder un partido y que en ese cruce mandaría a Cristiano Ronaldo de vacaciones para que pueda empezar bien descansado la pretemporada con su equipo. El Mundial siempre empieza en serio en cuartos, que es donde brilla Italia, entre otros, los que tienen mentalidad ganadora y muchos títulos para no olvidarla.

No está todo perdido, pero ahora es más difícil. Podría haber triple empate, gol average y miedo hasta el último minuto.

Hemos ganado un gran título hace dos años, somos buenos y lo sabemos y eso no debería producir ansiedad.

En el segundo partido, ante Honduras, nos jugamos el pase y el carácter de La Roja por varias décadas. Si sale la Italia que sabe caminar como nadie en el abismo o la Alemania aplastante sabré que todo es posible, hasta el título. Si ganáramos por lo pelos que no tengo y a caballo de ese fatalismo tan español y que tantos problemas políticos genera, sabré que no pasaremos de octavos o de cuartos. Este es un juego que depende de la fortaleza mental de muchos. No basta un Nadal. Necesitas 24.

Estoy triste y noto a Madrid triste. Más silenciosa y cabizbaja. Menos mal que abracé hoy seis veces antes del partido porque después se me quitaron las ganas.

PD Eché de menos a Fábregas.

PD2: En el Mundial de México le preguntaron a Miguel Muñoz, “si fulano hubiera jugado por la banda y si mengano y si zutano…”. Él, sabio, respondió al periodista: “Y si mi abuela tuviera cojones tendría tres abuelos”.

Música para mecer el abatimiento:

Los cuatro abrazos

Tengo una amiga que sostiene que para vivir es necesario abrazar cuatro veces al día. Ella trabaja con niños con el síndrome de Down, personas que la sociedad adjudica una minusvalía cuando valen mucho más que los teóricamente sanos. Ellos, me dice mi amiga, mantienen valores que nosotros hemos perdido, quizá para siempre. Los niños Down son muy cariñosos. Les gusta tocar, sentir el contacto, el abrazo. Me gustan los africanos porque creen en el calor humano, que a través de la piel se transmiten miedos, alegrías, esperanzas.

Tengo otra amiga muy querida en Sevilla que es una mujer-árbol capaz de abrazar muchas veces más que cuatro. Hay gente que palmea en la espalda, que simula la cercanía cuando su sobeteo no es más que un muro, una distancia infranqueable. Desde que aprendí el domingo que es necesario abrazar cuatro veces sólo he cumplido un día. El lunes me quedé muy corto (uno de cuatro) y el martes abracé cuatro veces a la misma persona. No se si computa pero cada uno de esos abrazos me supo a gloria, a temores que se deshacen en un gin-tonic.

Abrazar te transforma en experto. Ayuda a diferenciar y calibrar la calidad de los abrazos. Unos son de amor, otros de recuerdo, los más de paciente compañía. En Turín, donde se suicidan los escritores, cada abrazo es un salvavidas. Han pasado muchos abrazos no dados y ahora sé que no darlos es una renuncia que nunca se recupera, que te reduce como persona.

Mañana cuando salga a la calle abrazaré a un desconocido y le diré “te quiero” y que sea lo que tenga que ser. Yo habré caminado cada metro de mi ruta hacia la locura. Es mi parte del compromiso con la vida.

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