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Razones para escribir

No sé muy bien por qué una persona escribe palabras, crea personajes e inventa situaciones. Cuál es el impulso primero. Trato de ir hacia atrás, como si fuera la búsqueda del primer recuerdo, el que nunca te contaron, el que no pertenece al magma de la memoria inducida.

Supongo que se escribe por la necesidad de expulsar lo que no se puede decir con palabras. Me cuesta expresar los sentimientos, por eso los disfrazo con grandes circunloquios y algún que otro resto de chaleco antibalas. En los textos, en cambio, brotan libres, como si no fueran míos, como si no fuera yo.

Uno escribe para buscarse y conocerse. A veces, en el buceo interior nace la sorpresa, el tesoro olvidado. También se escribe para que te quieran, como explicó Pilar de Río, el domingo en Lisboa, al hablar de su marido, José Saramago, a quien acompañó y guió resolviéndole las pequeñas y medianas cosas para que él pudiera concentrarse en las más grandes. Eso se llama generosidad.

Se escribe por aventura, para descubrir mundos maravillosos o terribles, que de todo hay en la mente. Y se escribe, sobre todo, para no volverse loco.

A veces me gustaría tener la valentía de saltar del avión y arriesgar. Decir: el aprendizaje ha terminado, ahora necesito escribir.

Qué es mejor: la cómoda monotonía y seguridad de lo que uno hace bien o el riesgo de descubrir que no hay talento, que no existe paracaídas. Dos amigos lo intentaron, P. y B., y lo han pasado mal. Son un ejemplo de valentía.

De joven escribía poemas (malísimos) que servían para cortejar. Era mi ventaja ante los más guapos, mi arma secreta. No siempre estaban pensados para la persona que los recibía, pero ni a ellas ni a mi nos importaban los detalles insignificantes.

Ahora escribo para lo contrario, para que no me conquisten. No mujeres y hombres, sino el irritante desánimo y la mediocridad del mundo en el que la mayoría ha renunciado a la utopía de querer cambiarlo. Uno escribe también para ser dios y jugar a modificar las reglas, pero éso solo está al alcance de los más grandes. De los verdaderos gigantes.

Hermosas despedidas

No puedo imaginar despedida más hermosa y emotiva para un escritor que sus lectores blanden ejemplares de sus libros como homenaje íntimo y colectivo. Sucedió el domingo en Lisboa. Los grandes sobreviven en cada una de sus obras y la memoria de los que las leemos.

(Foto Olga Rodríguez con iPhone)

Colombia: gente que vota, paredes que hablan

Ya han contado los votos en Colombia; ganó de calle el uribista Juan Manuel Santos con un 58% de abstención. Su rival en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, Antanas Mockus, fue solo una sorpresa efímera y demoscópica antes de la primera, que sirvió para unos cuantos titulares. No sé demasiado de Colombia, país por el que siento una enorme atracción, pero imagino que la mejor forma de acertar en un diagnóstico es no apostar por nadie, no por los partidos de la guerra, sean gobiernos, militares o guerrilleros en activo.

La única voz no contaminada es la de las víctimas, la de todas las víctimas. Cuando un país padece una guerra civil, más o menos larvada, durante tantos años se produce una pérdida colectiva de valores. Sólo así se explica Uribe. Sólo así se explica la violencia inexplicable de las FARC que abandonaron las ideas, si es que las tuvieron, por el dinero fácil del comercio de la droga.

Me gustó el M19 por su valentía al dejar las armas; me gustaba su candidato, Carlos Pizarro, asesinado junto a otros políticos en las elecciones de 1990. Aprendí Colombia leyendo a García Márquez y su gran saga de los Buendía. Recuerdo la escena del cambio de votos en las urnas para favorecer a los conservadores. Todo tiene un comienzo, una justificación para la lucha pero a menudo durante esa lucha se olvida el por qué de la pelea y la idea de corrompe.

Colombia es similar a Mozambique, un país que inventa palabras y con ellas da vida al idioma portugués. En Colombia se ilumina el castellano con expresiones sublimes. No hace mucho me contaron que cuando Mockus fue alcalde de Bogotá y no paraba de hacer obras, un día apareció un cartel: “No queremos obras, queremos promesas”.

Un país tan imaginativo es también el mío.

Al Vaticano no le gusta Saramago

Al Vaticano nunca le gustó José Saramago. Ni vivo ni muerto. Tampoco le gustaba Giordano Bruno a quien mandó quemar en el 1600 en el Campo dei Fiori de Roma y allí sigue, estualizado. Bruno se fue derechito al infierno por defender que la Tierra giraba alrededor del Sol, mientras que su santo inquisidor (y el de Galileo), el cardenal Berlamino, subió al cielo dando zigzags por los siglos hasta le abrieron las puertas en 1930. Cosas de San Pedro y de la diplomacia divina.

Hemos de reconocer que la situación de los disidentes ha mejorado. La iglesia, con esto de las Luces y la democracia, ya solo te puede condenar a arder en un concepto, eso sí eternamente.

El caso es que el periódico de los papas, L’Osservatore Romano, ha publicado un articulo fúnebre contra Saramago, una modalidad de necrológica poco extendida, y cuyo contenido recoge Miguel Mora en una estupenda crónica. Titulado La omnipotencia (relativa) del narrador, un tal Claudio Toscani ataca con pasión poco cristiana al premio Nobel, a quien califica de “populista extremista” y sostiene que en su mente bullía “una desestabilizadora banalización de lo sagrado”. Toscani arremete con especial virulencia contra el libro El Evangelio según Jesucristo. Es obvio que no ha leído Caín, que recomiendo a aquellos poco creyentes que se han atrancado alguna vez con el estilo de Saramago.

Como creo en la libertad de expresión no voy a atacar su ejercicio, pero sí discutir un poco con la organización que lo promueve. La creencia en dios se basa en la fe, no en hechos empíricos y científicos. Como la brujería.

Cuando he escuchado a José Saramago, y he tenido la suerte de hacerlo varias veces, hablaba la inteligencia. Cuando escucho al cardenal Rouco, por un poner, sólo oigo resentimiento, el que anida en una persona que en el fondo no cree en el dios que dice representar. Le falta, como a muchos de sus compañeros príncipes, lo esencial: capacidad de misericordia. Y Saramago la tenía a raudales, basta con leerle.

Quiero poner un poco de música. Ésta en homenaje a una mujer fuerte y única.

Y esta otra que a pesar de estar un poco mal cantada, emociona:

Y esta de Uxia, una gran portuguesa del norte que construye puentes con los gallegos del sur:

Feliz viaje, José.

Ante el pelotón de fusilamiento

Morir ante un pelotón de fusilamiento tiene una cierta poética y un aura de heroicidad, quizá porque está asociado al Ejército y a la guerra, y, sobre todo, a los perdedores y al cine. Por eso Sadam Husein solicitó ser fusilado. Quería ser grande en el último instante. Consideraba que era el método adecuado a su condición de presidente de Irak, un título al que nunca renunció. Sus enemigos no solo le negaron el privilegio sino que le ejecutaron por ahorcamiento el 30 de diciembre de 2006, como un criminal cualquiera. El dictador iraquí recibió el mismo trato que él dio a sus opositores más destacados, porque los otros, la mayoría, solo desaparecían.

Esta forma de pena capital es tan antigua como las armas de fuego. Dicen que resulta más barata que otros sistemas, como la inyección letal, y es, según los expertos, menos dolorosa para el reo si se aplica correctamente. Solo se necesita puntería y un equipo sincronizado que dispare a la vez.

Un pelotón de fusilamiento está compuesto por cinco o más miembros. Por lo general son voluntarios. Uno de los ejecutores tiene una bala de fogueo y no de fuego. Él no lo sabe, porque la decisión depende del azar. Así se consigue que ninguno tenga la seguridad de haber causado la muerte al condenado, una rendija para manejar mejor la culpa.

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