La maleta abierta como un libro que declara cada una de mis manías. La mochila con la cámara y un montón de cables. Junto a los bultos mi otro yo, buda feliz, y una sonrisa de oreja que blande el billete de la gran escapada. Atrás quedará un año largo y duro y ese yo que escribe este post. Habrá pues desdoblamiento en un hombre duplicado que diría Saramago. En las vacaciones que empiezan en unas horas pararé este blog por imperativo mental. Tal vez coloque algunas fotos, tal vez nada. Necesito detenerme para arrancar una novela. Ese es mi objetivo a partir de mañana en Roma: escribir para mi. Espero que lo entendáis. Necesito toda la energía para viajar dentro y al otro lado de las cosas, donde no están las respuestas, solo las preguntas que no nos hacemos. Volveré en septiembre lleno de energía y esperanza y con un número elevado de paginas, espero, de esa novela que se desarrollará en Somalia. Trataré de colgar fotos, una por día, sin pie, pero no prometo diciplina. Cuando escribe necesitas orden interior y anarquia exterior. Feliz lo que sea, amigos.
Camino por una frontera convertida en un precipicio. Miro a los lados y no veo ejércitos, solo banderas trizadas de retirada y un niño que saluda. En la aldea del norte no quedan mujeres, en la del sur se fueron todos los hombres. Reuno matojos y preparo un fuego. El humo es blanco hasta que sopla un viento racheado que levanta polvo. Entonces el humo es tan negro que no hay hombres ni mujeres ni un niño que saluda. Solo el vacío. Pasan un perro que maulla y un gato que ladra. No pregunto que ha pasado porque sé que es el fin del mundo.
Disfruté mucho con la entrevista de Joseba Eola a Bill Keller, director del diario The New York Times, una de las cabeceras históricas que ha decidido librar la batalla en todos los campos sin renunciar a lo esencial.
No hace mucho colgué en este blog una entrevista de Pedro de Alzaga con David Simon, creador de The Wire. Juntas se leen mucho mejor, pues son dos inyecciones de optimismo. En ambas, un principio: solo la calidad nos salvará . Sin ella, sin la voluntad inquebrantable de buscarla en cada línea al Periodismo tal y como lo hemos conocido estará muerto. Muchos piensa que hay tiempo, que mañana puede esperar; son los suicidas, los primeros que van a morir.
Se le podría dar la vuelta a la pregunta: ¿cómo puede The Huffington Post competir con The New York Times cuando tienen muy pocos reporteros, ni siquiera pagados, o poco pagados? Atraen el tráfico con noticias de celebridades y vídeos de YouTube; no lo digo como una crítica a The Huffington Post; simplemente, nosotros no hacemos eso. Tengo una gran admiración por lo que Arianna ha conseguido, pero, esencialmente, no es un sitio de noticias. Cuelga mucha opinión: la opinión es barata, no tienes que mandar a nadie en un avión… El área en que critico a The Huffington Post, Politico, y otros agregadores es que a veces son muy descuidados tomando prestado material nuestro y de otros sitios. The Huffington Post trae mucho tráfico a The New York Times: cuando ponen un titular y un enlace a nuestras páginas está bien; pero a veces reproducen tanto de nuestro artículo que ya nadie necesita hacer clic en el enlace a nuestra página. Esto va a ser un campo de batalla continuo entre los agregadores low cost y los medios de noticias de calidad.
Esta noche han apagado la luna en algunas calles y plazas de mi ciudad. Dicen que es el precio de la crisis y de las manías del ministro Miguel Sebastián, el del dedito que saluda. En Santa Ana vi una luna hermosa brillando en el sureste, pero un poco más allá, tras pasar delante del Café Central donde se escapaban hilos de jazz, ya no había luna. Solo un disco negro que lloraba. Un pobre que hacía la esquina en competencia desilgual con dos prostitutas me dijo a media voz: “La culpa es de la lideresa Aguirre, que para estas cosas de luna llena es más que muy suya”. El pobre explicó -sin dejar de escapar un céntimo de caridad con la gorra al revés- que la libérrima privatizadora de lo que era de todos los madrileños era aficionada a las cosas del más allá, no a las cosas del medio allá, los vampiros y Crepúsculos tan de moda, sino a las cosas de más allá del todo, el más allá del fondo del armario, donde Rouco Varela juega con las cartas marcadas con el pobre Arcángel San Gabriel en espera de la anunciación de las elecciones anticipadas.
Las lunas llenas sirven para mirar al cielo y verlas desde muchas partes al mismo tiempo. Son una escalera de miradas que al subir y bajar forman acueductos por los que los dedos se alargan y rozan. Las lunas apagadas son un serio problema: confunden las manos y la gente termina tocando donde no debe.
En la plaza Mayor había dos lunas, una en su sitio y otra sobre un charco. Me gustó la del espejo.
He leído una noticia que me ha entristecido: el centro-derecha portugués de la ciudad de Oporto ha negado con sus votos dar el nombre José Saramago a una de sus calles. No es una vileza, solo una tontería. Ya lo dijo Forest Gump: los tontos son los que hacen y dicen tonterías.
La luna esquiva se puso a saltar por los tejados de mi casa, multiplicándose en cada ventana, en cada velux. Parecía una revolución. Y así iluminado por mil lunas he bautizado el centro de mi piso Salón José Saramago. No es un homenaje, ni una afrenta a Oporto o a sus patanes, perdón: a sus señores concejales, es solo el ejercicio de mi libertad en la esperanza de que me contagie, aunque sea una miajita, de su talento.
Puede que sean los vapores de los tequilas don julio reposados que cayeron como cae la lluvia hasta calarme el alma, pero juraría que el tipo de la mesa de al lado era Italo Calvino. Llevaba la brújula de buscar ciudades invisibles colgada al cuello y a sus pies se formaron dos montones de arena que olían a desierto. Vi pasar diez camellos seguidos de pajes de las mil y una noches.
Me gusta mucho Italo Calvino, el muerto, y me gusta porque escribió maravillas que son asaderas que ayudan a seguir vivo. En frente de mi sueño se sentó una valquiria rubia que simulaba escuchar al maestro mientras que guiñaba el ojo izquierdo. Me la imaginé como la mujer de Zobeida, la ciudad que construyeron los hombres que perseguían el sueño de la mujer perfecta. Cada uno en su laberinto creando calles, jardines y plazas.
No atreví a interrumpir a Calvino que ahora viajaba en un barco por los mares de China en busca de ciudades que inventarse para el emperador. Pensé en Sherezade y en una amiga que habla desde el otro lado de las cosas. Los camareros pasaban y nos llenaban los vasos de tequila mientras que Calvino y la valquiria se hacían diminutos y corrían por la mesa patinando en las manchas de café. Menos mal que sabía que era quien era porque en un momento sentí la tentación de aplastarle de un puñetazo.
Un tipo disfrazado de mariachi se puso cantar canciones de desamor. La gente aplaudía y pedía otra ración de tristeza. Cuando acabó me pidió dinero por dejarme melancólico. Le hablé de mi psicoanalista y de los precios que me cobraba para protegerme de gente como él. Entró el alcalde de Madrid y se puso a hacer obras en una pared recién pintada. Al tragar el último tequila-agua me desperté delante de una bañera llena de flores. Cuando iba a meter el pie, la valquiria me retiró tirando de mi mano: “No seas tonto, ¿acaso no escuchas el batir de las pirañas?”.
Veo a Franco Battiato avanzar por la calle tras dar un abrazo a Italo Calvino… No hay Marilynes Monroes en la noche. Suspiré hasta levantar viento. Creo que necesito vacaciones. Y beber menos.