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Roma, la ciudad que desaparece

Hay días en los que una ciudad desaparece. Sales de casa y no encuentras personas ni monumentos, solo gaviotas. Todo es vacío. Las antiguas calzadas conservan sus nombres que alguien los depositó en el suelo. Lo que antes eran casas y grandiosidades quedaron silueteadas en tiza, como si de muertos se tratase. En esos días, en los que uno no se mueve por fuera si no por dentro, son muy útiles Las ciudades invisibles de Calvino. Lo que fue diseñado como un libro se transforma en un mapa que salva, un mapa salvador que guía con una luz. En esos días en los que una ciudad desaparece da miedo salir a la calle.  Buona sera.

Roma, la puerta de atrás

Roma es la ciudad de los gatos, los curas y los culos. Miles de personas desnudas atrapadas en piedra se muestran prietas y musculosas. Los turistas fotografían protegidos por una lente y un mapa. Pocos miran de cerca; algunos, admiran desde lejos. Solo las palomas se atreven a tocarlas. Entran y salen de ellas como si se tratara de una danza sexual. Las palomas, que pese a todo son más despiertas de lo que parece, no hacen sus necesidades sobre estatuas de culos perfectos sino en los salvadores ecuestres de las patrias, emperifollados con sus gorros de plumas, sus sables de matar y ese porte altivo de perdonavidas.

Las personas vestidas son, al menos en piedra, menos de fiar. La cultura occidental, que representa con exquisitez y abundancia Roma, ha tenido problemas con el culo. No es la única. Para el islam es una zona insalubre, sucia y pecaminosa. Grandes sermones contra el culo y sus seguidores para terminar escondiéndonos en esa doble moral que tan bien representa Silvio Berlusconi. Soy heterosexual y sin tentaciones de cambio, pero que en cada culo que veo en Roma, y no paro de ver los mejores, siento un grito de libertad. Liberados los rostros que nunca sonríen, las manos que no tocan, los pies que no corren y los culos que no se muestran ya solo nos queda liberar el hombre del miedo a las emociones. Buona sera.

Roma, los tejados al atardecer

En la terraza del Gran Hotel La Minerve sirven una cerveza escasa, aperitivos abundantes y unas vistas espectaculares. Al atardecer Roma se ilumina, se muda, se transfigura en mil Romas. Una para cada ojo, para cada memoria, para cada sonrisa. De todas las cúpulas, sobresale la de Miguel Ángel que dice: “Aquí estoy yo, el poder Roma, el poder de dios”. Abajo, en la calle, el Panteón visto desde atrás con las palomas escalando el techo para asomarse al óculo, la única conexión entre el cielo y la tierra. Siguen las riadas de jóvenes alemanes persiguiendo banderas y paraguas de los guías-Hamelin. Algunos cantan, otros bailan alrededor de una mochila convertida en un becerro de plástico de todo a cien. A la derecha, la iglesia de Santa María sopra Minerva, una puerta que abre una inmensidad. Algún dominico anda en sus quehaceres modernos pero a mí se me despiertan las imágenes viejas, la de los inquisidores. Al fondo, a la derecha, Fra Angelico. A fuera, el Pulcino de Bernini, el elefante que tanto gustó a los papas por su castidad. Al parecer estos animales tienen una vida sexual acorde a las normas de la fe: una vez cada cinco años. En el Hotel La Minerve escribió Sthedhal sus Historias de Roma. Hay improntas imperecederas. Buona sera.

Roma, las luces de dios

Las escaleras suben de la Vía Cavour a la plaza de San Pietro in Vincoli, en cuya iglesia vive el Moisés de Miguel Ángel. La parte intermedia tiene la anchura de los escalones medievales. El sol podría del arco ser una representación de un dios como centro absoluto del universo. A ese dios poderoso, absoluto en su concepción, hacedor de los miedos y de los infiernos, se le añadió con el tiempo una lámpara, supongo que de gas al principio y hoy eléctrica. Es una metáfora sobre los límites divinos y que las cosas del más allá conviene iluminarlas con instrumentos del más acá. También podría ser un representación del Siglo de las Luces, pensamiento frente al temor, el fanatismo y el fuego. En esas escaleras empinadas huele a duelos a espada caravaggianos.

Roma es así: sincretista, mestiza, esponja, rica, generosa, sorprendente y repleta de jóvenes turistas alemanes uniformados con camisetas de colores. Parece un concurso escolar. Gana el grupo que ve más de las cosas programada sin derecho a la sorpresa.

Hoy, otra caminada. El Coliseo que cambia color según la hora del sol, el arco de Tito, el ojo de la cerradura de la orden de Malta y la iglesia de Santa Sabina. Una joya vacía, sin boys scout de veraneo. Allí prendí cuatro velas. Estas ya no son de encargo, son porque me apetece. Luego miré los techos pero solo vi un techo. Buona sera.

Roma, los límites del poder

Italia vive en el abismo, en una delgada línea en la que todo parece un desastre. Y lo es, pero funciona. Milagrosa e inexplicablemente, pero funciona. Es la principal diferencia con Grecia: un desastre que no funciona. Italia es el país con más coches oficiales per cápita. Los que llevan motorista y sirena son de primera división. A la salida del Senado lo ves: la erótica del poder en la que todos, hasta los asesores, parecen imprescindibles. En la radio de un taxi, mis pies hoy no estaban para otro día como el anterior, aun palpitan y dicen miau a los perros, escuché a un ministro: “Nuestra prioridad es la lucha contra el terrorismo y el crimen organizado”. Sé que habrá radicales que englobarán a las dos, pero en mi caso, casi socialdemócrata ma non troppo, pensé en la segunda. ¿Crimen organizado? ¡Por fin van contra el Gobierno! pero después recordé que este hermoso país es muy berlusconiano, muy vaticansita y de meandros, de sacar rédito a todo. Así es el pode: una comparsa. Al menos en la pared de la foto tiene un lí­mite. Es un excelente comienzo. Buona sera.

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