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Roma de Moisés

Existen personas que antes de salir de casa se fabrican un planillo de estrictas obligaciones, con dianas, retretas y toques de silencio -un, dos, un, dos- y se mueven guía en mano por las ciudades y las ruinas para constatar que lo que ahí fuera ya estaba dentro y mejor explicado. Una subvariedad es aquella que no mira la guía porque ya se la aprendió de memoria en el avión y deambula con la mirilla de la cámara de vídeo pegada al ojo. Se mueven en autobús turístico de dos plantas, van de pie y llevan pantalón corto.

La peor de todas las variedades es la mía: los que llegamos tarde o pronto a las puertas de la iglesia donde duerme el Moisés de Miguel Ángel en San Pietro in Vincoli. Vivo a cien metros escasos de ella y me ha costado acertar en las ranuras de un horario de controlador aéreo (perdón por la broma, pero últimamente tengo poco tino en los tiempos del compás y de la risa). Ayer, al entrar había decenas de turistas del primer grupo. Eran españoles. Una señora entrada en la vida explicaba con pasión la figura de mármol: “Tiene unos músculos que palpitan”. Miré por el rabillo del ojo y vi en sus labios pasión, locura, deseo, sexo durmiente de tanto eso no se puede, eso no se hace, eso no se toca… Me dieron ganas de abrazarla aunque no soy Moisés, ni tengo músculos y ni vestido doy el pego. Esperé a que se fueran y antes de que una hornada de alemanes con la boca abierta ocupasen los espacios fotografié al Moisés desde varios ángulos, de lejos como exigen las cadenas que lo protegen. Cuando lo miro, en directo y en casa, no me palpita, pero me da mucha paz. Buona sera.

Roma tiramisú

No es tan fácil. Llegar a la heladería que hay al lado del Campo dei Fiori, ponerse a la cola y acertar a la primera con los sabores, tamaños y texturas del barquillo. Hay tantas opciones que existe el peligro de querer ser original. Vi un sabor de helado de naranja con rodajas y dije ése con el dedo y la chica obedeció el índice poniéndome un helado de melocotón que tendrá su aquel, pero que no me gustó. Tendrá sus seguidores, como todo, pero me resultó insípido; no, peor: asqueroso.

Ya no experimento con el placer. Voy directo al tiramisú y en cono de barquillo pequeño. Nada de tarrinas de plástico y esas zarandajas que tanto gustan a los americanos. Cono y de barquillo sin chocolate ni bolitas de m&m. Aprendida la lección queda un mundo antes de proclamarse experto en helados romanos.

No debe andarse uno con tonterías al salir, como perder tiempo en hacer la foto que encabeza el texto. El helado tiende a licuarse muy rápido. Roma, agosto, el bullicio de turistas… Si no chupas, con perdón, rápido te pringas la mano sin remedio. No se relame lo que cae, como sugiere el sentido común, si no lo que puede caer, siempre en círculos, con mordisquitos, sin miedo al qué dirán, a que la gente mire y piense lo que no debe pensar. El objetivo es lograr que el pegote (foto) que te entregan al salir de la heladería no sobresalga del perímetro del cono de barquillo. Si logras todo eso, eres un chupador/a de primera y tienes helado hasta el Lago Argentina (a buen ritmo de pies). Buona sera.

Roma azul añil

Acabo de regar las plantas en la terraza. Cuando me acerco a cada tiesto pregunto por la cantidad de sed. Las plantas inteligentes responden; las bobas, callan. Es el evolucionismo pasado por agua. Son muchas y es un trabajo que lleva sus buenos quince minutos, veinte si alguna está por las confidencias. He parado en la novela. Como me he atrancado en el avance, ahora leo y corrijo, engordo lo ya escrito. No quiero ser optimista, pero tiene buena pinta. Como en los embarazos de personas, los embarazados de palabras y personajes no deben comprar cunas, ropa ni pintar las habitaciones del bebé. Da mala suerte.

Mi embarazo de novela no debe pasar los tres meses, aun hay riesgo de aborto literario. No sería el primero. Cuando me canso de teclear me tumbo bajo las aspas del ventilador del techo del cuarto de pensar historias. Allí tumbado escribo sin escribir.

El peso que pesa en libras ha firmado la paz. Me reconoce algunas perdidas menores, de gramos, pero por algo se empieza. Hoy no he salido a la calle. Estoy intentando regresar al texto. Cuando uno escribe ficciones cuesta mantenerse dentro de ellas. Algo que no sucede en la política, donde lo complicado es salirse. Un disgusto te saca y luego debes estar llamando a no sé cuantas puertas preguntando por una novela que se te cerró. La gente normal no entiende de este tipo de pérdidas. Mañana volveré a sacar la cámara de fotos. Hay veces que es más importante memorizar que fotografiar.

Hoy, al regar, vi un cielo azul añil. Es el mismo que encontré en un sueño y luego lo memoricé duplicado en la iglesia de San Francisco. La gente que no entiende de colores, los pintores, por ejemplo, son peligrosos. Creen que es lo mismo un naranja que un salmón, un azul iglesia-de-san-francisco que un azul pálido-de-no-salir-de-casa. Pero cuando existen colores dentro de nosotros, éstos son siempre más fuertes que la huella de los pintores. Buona sera.

Roma sin disfraces

No hago fotos a Roma. Estoy de huelga en espera de su retorno desmenuzado. Ya llueven migas de lo que se esfumó. Escucho música. En el MP3 está encerrada mi vida que gira en una rueda de memoria. Ahora, Elvis. Es mi forma de palpar la pared en busca de una rendija hacia mí y bucear en el mar de las palabras que me habitan desde hace unas semanas. La novela crece, se ensancha, se detiene, respira, siempre al borde del abismo. En el salón hay una alfombra que se asoma detrás del sofá. Me siento sobre ella y cuelgo las piernas sobre las baldosas. Siento el aire de un segundo principio desdoblado. Las palabras que me preñan se han puesto a bailar como bailaba la gaviota que me grazna cosas hermosas al oído en un idioma que no entiendo. En el espejo ovalado del pasillo veo una puerta. Al lado una llave y una zanahoria. ¿El conejo de Alicia en el País de las Maravillas? Regreso a la habitación del ordenador. Pongo en marcha el ventilador del techo. Me tumbo desnudo en el suelo y observo sus vueltas. Cierro los ojos. Una voz advierte a los pasajeros de que la casa de las palabras está a punto de despegar. Buona sera.

Roma, las iglesias y el tiempo

La ciudad esfumada sigue de viaje. Vuela, gira, no termina de aterrizar en el lugar donde estaba la otra Roma. De la ausencia de los templos salen fieles con la cabeza gacha murmurando súplicas. En cada iglesia tienen miedo, pánico, de ser los únicos que extraviaron el templo de piedra y deben conformarse con el doble de tiza. Cantan letanías antiguas a las que añaden plegarias nuevas para obtener la reaparición de su mundo, de su escondite. En el río Tíber hay dos carteles. En uno se puede leer: “La Roma que voló”; en el segundo, “La Roma que regresará”.

A la situación del sábado se suma hoy la desaparición del tiempo. No hay minutos ni segundos. Solo el eco de un tic-tac vacío. No tengo pruebas científicas de lo que escribo porque los relojes dibujados en el suelo no dan la hora, pero el día se movió perezoso, si es que se movió. Me asomo a la ventana y veo una gaviota, siempre la misma. Grita, grazna o como se llame el idioma de las gaviotas. Le pongo música, una elegida al azar. Es de Lluís Llach, Si Arribeu, y la gaviota se pone a bailar sobre la cubierta de una terraza. Todo esto que relato parecerá un delirio, pero os aseguro que no es nada comparado con la ciudad real que en algún momento de finales de agosto caerá como una losa mortuoria sobre la ausencia de la ciudad hermosa y de ella saldrán cientos de miles de maldelman con cortaba y sotana y el discurso de pompa de siempre.

Me gustaría soñar una ciudad eterna y multiplicada que fuera inmune a tanta mediocridad.

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