Feed
Posts
Comentarios

Roma de soledades

Observo a los turistas en Roma; ellos me observan a mí. En Piazza Navona vi a un hombre muy delgado hacerse fotos a sí mismo. Me pareció la expresión máxima de la soledad. Sentí ganas de ofrecerme pero tenía sonrisa; quizá una mueca, quizá un recuerdo. Llegan las parejas. Él toma una foto de ella; ella, de él. No hay mundo compartido. Dos soledades paralelas que coinciden y no se encuentran. En la avenida de los Foros Imperiales trabaja una estatua disfrazada de blanco con el maquillaje corrido que persigue a los clientes. Es la crisis que obliga a correr a los inmóviles. Los pasos de cebra son una zona de alto riesgo: nadie frena, todos aceleran. La actitud ante el paso define nacionalidades y timideces. Los alemanes, tan ordenados ellos, son capaces de pasarse las vacaciones allí, al borde de un precipicio rodado, en espera que alguien respete el código. Me gusta cruzarlos como El Litri, mirando al tendido. Llevo veintitantos días y ni un rasguño. Es por la tripa cervecera, nadie desea arriesgarse a un estropicio de chapa y pintura.

Hoy, la báscula-mojama se ha portado: me ha reconocido 500 gramos. Es por el tiramisú que ya solo relamo en fotografía. Es martes, hice colada y compra en el súper de la esquina de todo lo que me bebí y comí estos días. La novela vuela y siento que empieza a tener vida propia, que no me necesita. Cerca de donde vivo, en la puerta del Moisés que una señora vio palpitar cuando lo que palpitaba era su imaginación, hay un cubo de basura con sombrero panamá que habla por los codos que no tiene. Hoy, por ejemplo, me ha contado una historia preciosa de un navegante que un día vendió su barco de grandes aventuras y decidió que la mayor de todas estaba en vivir en tierra, en el mar interior. Me gustado mucho, pero no revelaré el final. Buona sera.

Roma ferragosto

Ferragosto extendido, un puente que se desborda en lunes. Casi todo cerrado. Hasta los turistas parecen menos excepto en los lugares en los que siguen por razones incomprensibles a un tipo o una tipa con una especie de paraguas semiabierto en lo alto. Los llaman guías y sirven para explicar lo que ya viene muy bien explicado en las guías de papel (pronto, ya, en las aplicaciones del teléfono). Me levanté a las siete. Escribí. Volé. Más páginas; ya tienen anchura natural. Más sexo (en la novela). Saqué la báscula de la secadora completamente empapada. De miedo. Me pesé. Volví a meter en la secadora y escogí el programa de te vas a quedar como la mojama. Escribí más, chateé y salí a dar un paseo.

Por la Fontana tuve que encoger la mitad de la tripa cervecera de la cantidad de gente que estaba parada sin hacer nada de provecho. Todos se creían Anita Ekberg y en algunos casos, sobre todo en los hombres, hay limitaciones. Visité a una amiga en Piazza Nabona. Comí en un sito que ya he olvidado al lado del Panteón. Soñé con un helado mientras me colgan las piernas en el abismo.  Caminé y serpenteé. Tras mucho que me pierdo que me pierdo aparecí en la Piazza del Popolo, que merece un aparte. Regresé a casa por la Via del Babuino y de repente, a la izquierda en la dirección hacia la plaza de España, una aparición, una belleza sublime: la entrada de una mansión que sonaba a ruedas de carruajes sobre la gravilla, a caballos y capas, a Stendhal, a siglo XIX, a poetas suicidas y románticos, a un mundo sumergido debajo de este otro lleno de casas prefabricadas de 30 metros e hipotecas carcelarias para toda la vida. Sé que la movilidad social acaba donde tomé la foto y que los muy muy ricos siempre han tenido pocos (ninguno) escrúpulos para ser tan ricos, por decirlo de foma educada, pero hay aromas, vistas, vidas que no se compran con un talonario. Me acordé de Marx, de Groucho Marx: “Para tener estas manos se necesitan generaciones de ocio”. Yo voy bien, pero no tengo hijos. Buona sera.

Roma Pedro

Escucho Los Miserables, el musical. Ferragosto. Un sol de injusticia danza como una gaviota emporrada. Escribo desnudo sobre un pantalón de pijama a cuadros. La novela vuela otra vez, cada vez más atrevida. Cerca de 100 páginas. Aun no he salido a la calle. Cuando me asomo a la ventana, el sol me grita: ¡Pero qué haces, idiota, espera a que me acueste! Me hago tés que licuan tripas cerveceras. En el pasillo salto por las baldosas jugando al truque, como una niña con la cosa fuera. Hace un rato escuché una voz suplicante. Es la báscula que me pide perdón dentro de la secadora. El viernes me encontré varios regalos en la Via del Corso. Uno es Peter, el tipo de la foto. No exageraba su camiseta. Es francés, ronda los 50 y trabaja sentado en la calle, entre la indiferencia de los que buscan camisetas, dibujando maravillas con sus barras de colores. Dejé dos euros en su cesta. Le debió parecer una cantidad inusual porque me otorgó derecho a foto y a una esquinita de su historia. No pregunté demasiado. Tengo una amiga en Nueva York que me quiere mucho y explica mi estúpido egocentrismo en que en los viajes de trabajo me desgasto escuchando y entendiendo a los demás y luego no me quedan reservas para los amigos. Es muy generosa. A Peter le pregunté lo esencial. Me respondió la mitad. Ambos preferimos imaginar. Cuando me despedí me sentí pintado por dentro de un verde ojos de mar que si la luz es oblicua parece azul. Por dos euros y algo de paciencia me regaló un poco de felicidad transitoria y una lección de vida. Buona sera.

Roma tormentosa

El sábado nació vestido de lluvia y vacío. Amaneció, que no es poco, con ganas de descarga. A ratos lluvia, a ratos sol, casi siempre nublado. En esos días en los que la ciudad se muda de sí misma varias veces uno no sabe bien cómo seguirla. Los más torpes en el juego son los que primero se resfrían. Sigo comiendo tomates de Marcelo, ya escribiré sobre él. La mayoría son pequeños, algo más que una aceituna. Cada mordisco, un sabor. El peso que pesa en libras se ríe otra vez de mí. Tarde o temprano, lo sé, me castigará en toneladas. Cuando me bajo de esa máquina infernal incapaz de reconocer mis paseos y el estado de mis pies con unos gramitos de nada y me miro al espejo del baño lo que veo no me gusta. Alguien ha vaciado Roma de Romas y de romanos y lo ha llenado de miles de espejos. Todos me devuelven tripudo y feo. Horrible, como los sombreros de la reina de Inglaterra. Tomo caminos zigzagueantes para no transitar delante de los espejos del ridículo, que además de devolverte cada vez peor invitan a los transeúntes a carcajearse. Creo que tengo una crisis de confianza física.

Hoy escribí muy bien, ya me acerco a las 8o páginas. El libro, o lo que sea, se ha llenado de tacos y sexo. Mi madre me va a matar. En premio por tanta productividad baje al super para comprar azúcar y respuestos varios. Luego me regalé un largo paseo hacia el Trastevere. En Santa María no había misa cantada. Me compré un helado de tiramisú y yo, que no me gustan los toros, le dediqué un pase de pecho, casi un redondo, a la puta báscula. Lo veis, el lenguaje de la novela que se me mete en el blog. He caminado tanto que he terminado sumergido y palpitante en otro baño de espuma. La vela encendida a los pies es el camino de la luz. Dentro del agua, mar y árboles que dan sombra. Tengo ganas de una birra. Voy a cocinarme la cena, podré dos platos, unos buenos bucatini a la amatriciana y enfrente sentaré a la báscula. Esta vez será claro: si no me reconoces pérdidas, te bajo al recicladero. Ella sabrá. Buona sera.

Roma ojos de piedra

No importa dónde estés en Roma siempre se aparece el monumento de Vittorio Emanuelle II. Tiene algo de una estética pre fascista que me inquieta. Con todos sus ángeles y arcángeles voladores, las cuadrigas con seres alados, equilibristas y banderas ondulantes no vale una vuelta de la hermosísima columna de Trajano. Siempre supe que éramos una civilización en declive. Venimos de la Edad de la Piedra y, por lo que parece, a ella queremos volver. He tratado de fotografiar el Adefesio desde varios puntos y dentro de los encuadres más atrevidos pero el resultado ha sido siempre decepcionante. Ayer, tras una caminata inmensa vi al ángel, o lo que sea, aletear. Puede que fuera el sol o el exceso de kilómetros en mis pies, pero el tipo de allá arriba no solo aleteó sino que despegó para darse una vuelta por los Foros imperiales. He llegado a casa muerto. Me he preparado un baño con espuma, he encendido una vela para mi y he estado allí un buen rato paseando por la playa. Hace calor. Cae una humedad salada y anuncian lluvia para esta noche. Ahora escribo en la habitación de pensar. Por la ventana vuela una ángel alado haciéndome burla. Estoy desnudo, pero él no me ve porque tiene los ojos de piedra. Hoy encontré dos tipos que me gustaron mucho. Si me dedicara a escribir Cuadernos de Roma les daría uno por vida vivida, pero como estoy de vacaciones será solo un post en los próximos días. La gaviota que me habla (no es del PP, se lo pregunté) está en el alféizar de la ventana. Observa mi desnudez, y yo, la suya. Creo que esto, como en el final de Casablanca, es el comienzo de una bonita amistad. Buona sera.

« Newer Posts - Older Posts »