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El mar desde mi ventana

Abro las contraventanas del salón y en lugar de tejas árabes veo mar, olas y al fondo un velero. Abro los ojos y me digo: ¿Madrid? Y la ciudad responde: Madrid. Alargo la mano más allá del cristal, acaricio el agua y me llevo los dedos a la boca. Sal. Agua y sal. Ya son dos los veleros que juegan a las regatas sobre el tejado del edificio de al lado. Espero que no se molesten los vecinos. Como es mar y un poco playa me desnudo y espero a que lleguen los otros bañistas. Hay un par de mirones que vigilan, observan mis movimientos. Me muevo a la izquierda como una bailarina y veo sus ojos moverse conmigo. Si regreso a la derecha allá van midiéndome los pasos. No me gusta que me miren. Les grito y al gritarles se convierten en gaviotas. Mi tejado está lleno de gaviotas, peces y veleros. Cierro la contraventana y me meto en la cama. Tengo miedo a dormir y quedarme atrapado en una pesadilla. Acabo de leer un prólogo que me ha resucitado a muertos y amigos. Construyo un muro que es un dique. Al despertar por la mañana tengo agua en el suelo de la habitación. No pienso en grifos abiertos, solo en las mareas y la luna, en su subir y bajar. Entro en el salón y junto al alféizar  descubro a una sirena sumergida que sonríe. La sirena me dice: ¿Puedo abrazarte de manos y piernas? Digo: Sí. Y al abrazarme con mucha fuerza se convirtió en una mujer.

Con la que está cayendo y Arturo en Twitter

Con la que está cayendo y no hay izquierda y ni se le espera. El jueves comienza en Bruselas una cumbre de jefes de Estado y de Gobierno de la UE. Lo que decidan lo decidirán los que manda, es decir, los que pagan: Alemania y Francia. Los demás recibirán un guión con sus frases en la photo opportunity con la que se abren las cumbres.

Antes de verse las caras en la UE, los populares europeos, casi todos en el Gobierno y a la derecha, se reunirán en un castillo o así. Tuvieron que escoger algo amplio para dar cabida a tanto presunto que quería comer en la mesa con Sarko y Ángela. Los de la izquierda, Sócrates, Zetapeta y Papandreu, que no están para gastos ni para grandes festejos, quedarán en un bar a tomar mejillones a ver si hay un poco de suerte y no tocan caducados.

Hace dos años que colapsó el cuento de los mil y un ladrones y estalló la burbuja del todo vale. De los Leheman Brothers y compañía llega una crisis económica agravada que hoy pagan pensionistas, parados, contratos basura, ayudas diversas y futuros desempleados. Desde la derecha, política y económica, nos sermonean sobre la urgencia de una reforma del mercado laboral (reforma=despido barato, muy barato) y otra de las pensiones (menos dinero, claro) con cuentos de que viene el coco cuando el coco pasó de largo sin que la policía le echara el guante. Es la demolición del Estado del bienestar.  ¿Vacaciones? ¡Fuera. ¿Pagas extra? ¡Fuera!  ¿Dos días libres a la semana? ¡Ja! ¿Nocturnidad? ¡Qué me dices! ¿Horario? Nada de nada…

La poca izquierda, en numero y en izquierdismo, que gobierna en Europa hace el trabajo de la derecha que espera agazapada y la izquierda que espera se desespera, y lo que le queda. Nadie habla de que el fracaso es del sistema capitalista sin limites, de la desregulación salvaje, de las privatizaciones de tanto por ciento de comisión por la filosa…

Se habló de refundar el capitalismo y solo se ha refinanciado el chiringuito con nuestras modestas ventajas logradas durante años de esfuerzo y lucha. Cada ciudadano aporta lo suyo para que los grandes sigan con sus bonus y remuneraciones fuera de impuestos no vaya a ser que no puedan llegar a fin de mes. Todo es un pantomima. Como la cumbre del jueves y viernes: las mismas caras, las mismas palabras, los mismos gestos, la misma ineficiencia. Pido al menos un cambio de decorado, que a todo el elenco de jefes, jefecillos, asesores y demás cohorte que les acompañan para dar boato al poder sean reemplazados por actores profesionales. Al menos ellos lo harán bien y serán guapos.

PD Hablando de exageraciones. Buena se ha montado con mi amigo Arturo Pérez Reverte en Twitter. Y todo porque dijo poco menos que Moratinos era una nenaza por llorar. Ya compite en frases, algunas geniales, con Chuck Norris, el duro de los duros del cine. Arturo, que es un tipo divertido e ingenioso, ha entrado al trapo con inteligencia: “Cualquier comparación con Chuck Norris es indignante” “Chuck Norris no tiene media hostia”. Eso es situar el debate y poner al americano en su sitio. De todas las frases me gusta estas:

  • Cuando Dios dijo “hágase la luz”, @perezreverte ya había pagado dos recibos, chuck norris le hizo la instalación.
  • A Pérez Reverte les toca los cojones el iPad. Y el suyo pesa 10 kilos, que es de acero toledano.
  • Perez Reverte no era corresponsal de guerra, salía al recreo.
  • Perez Reverte le piratea el wifi a Tedi Bautista para bajarse canciones de Ramoncín y les cobra un canon por hacerlo.

Dos puntos y la línea que se curva

Si entre dos puntos la distancia más corta es la línea recta debo admitir que anoche tuve serias dificultades en encontrarla. No solo fueron las dos copas de cava y una parte considerable de la botella de albariño que me he bebido, es que la vida a veces viene curvada y hay que aferrarse al volante con las dos manos y moverlo de un lado a otro en busca del equilibro, del carril perfecto, de la visión anticipada de la patrulla de la Guardia Civil… Cuando volvía a casa con estas cosas en la cabeza me crucé con un borracho que bajaba saltarín por la calle Mayor. Al verme dijo: Croac. Supongo que se trata de un código, de un metalenguaje que dicen los psiquiatras o de una gracia sin gracia. Busqué entre mi lista de animales una respuesta adecuada pero no la hallé. El hombre siguió despeñado hacia la Cuesta de la Vega mientras que yo me afanaba en la escalada hacia mi casa.

A veces es complicado tener paciencia, encontrar la pausa, el compás. Sé que la riqueza está en el camino y no en Ítaca, es lo que defiendo, pero no resulta nada fácil doctorarse en paciencia, en la espera, en el lento cocinar. Me siento feliz con lo avanzado pero me cuestan los pasos cortos cuando el cuerpo pide galope.

Cuando ascendía la calle pasé al lado de la casa de Javier Marías, donde una luz permite entrever una estantería enorme repleta de libros pues es esa es la función de la luz, exhibir, apabullar. Marías no se encuentra entre mis escritores favoritos, aunque es muy bueno. Prefiero a otros que trabajan sin tanta exhibición y alharaca en sus ventanas. Más allá del edificio donde dicen que vivió Calderón de la Barca vi a un hombre apoyado en una esquina. Me dijo: “Piano piano si va lontano” y cuando fui a responder el hombre se había convertido en un perro canela con las orejas grandes que parecía sonreír. El alcohol no es bueno. Tampoco la meditación. Este fin de semana en un intento de vaciar mi mente me topé con pájaros que reptaban la pared como monos. Tuve miedo de tanta distorsión. Ahora en casa, a punto de terminar este post, pienso en la báscula que me va a castigar con un par de kilos de más. Vuelta a la gimnasia, al sudor, a la elíptica. Pero al menos sé que ahora estoy dispuesto a caminar todos los kilómetros del mundo. Despacio si es necesario.

Cierro los ojos y el mundo da vueltas en dirección equivocada. Trato de llamar al relojero para advertirle del error pero un ayudante me dice que está muy ocupado buscando un segundo perdido en una noche de farra. Me encojo de hombros, subo a mi casa, me desnudo y antes de irme a la cama digo: croac, solo por fastidiar. Debe ser el grito de moda.

Historias extraordinarias

Este fin de semana escuché a una mujer común con una historia extraordinaria. Me emocionó. Son de esos regalos que dan sentido a un día, a un fin de semana, a un viaje. Todos somos portadores de historias extraordinarias, solo necesitamos que alguien nos las saque de dentro, que nos escuche. La mujer tiene un hijo crecido al que educó como le habían educado que se educaba. Creció, sacaba muy buenas notas, sobresalientes, parecía que el trabajo estaba hecho, pero la mujer había olvidado lo más importante: mostrarle que le quería. “No le enseñé a abrazar y ahora cuando necesito que me abrace no sabe hacerlo”. Aprendemos, todo es aprendizaje para quienes tienen los ojos abiertos. Cuando no aprendes a querer es difícil permitir que te quieran. Aprender a abrazar exige de alguien que quiera aprender a dejarse abrazar.

Somos bombas de relojería repletas de sentimientos, islas a punto de estallar. Todos censurados y recensurados por la educación, los miedos, por lo políticamente correcto, por el qué dirán… Carecemos de frescura y cuando manifiestas un poco detrás de las corazas sociales y personales te acusan de inmadurez, de no haber matado al niño, de Peter Pan. A veces tengo ganas de dar saltos mortales hacia delante, como un gimnasta en una diagonal en el suelo. Me sucede en las situaciones más extrañas. En el trabajo: sueño con acabar exhausto de revueltas en el despacho de un jefe. O en una boda. O en un entierro. Solo con pensarlo sonreío y más cuando lo verbalizo ante una amig@ y este  dice “sería estupendo”. No solo me gusta que le guste mi travesura, lo que me encanta es que me vea físicamente capaz de hacerlo.

El mando a distancia salvador

Tengo varios amigos que han caído en un estado de pesimismo catatónico. Todos son periodistas y se dedican, o se dedicaban, a ir a guerras y otros sitios desgraciados. No sé si es contagioso, pero estoy preocupado pues me empezaron los síntomas. Uno de ellos, a quien llamaré Bru, se empeña desde hace meses en entrar en todas las tiendas de electrónica, y en algunas de todo a 100 o todo a 1, en busca de un milagroso mando multitelevisiones. El martes visitamos sin éxito una docena. Tras mucho pasear, entrar y salir, me armé valor y le pregunté por la razón de esa búsqueda melancólica.

“¿No te has enterado, Lobo? El periodismo se ha acabado y a las antiguallas como tu y como yo nos mandan al museo”. Tras meditar un rato su respuesta no encontré lógica alguna entre sus visiones más pesimistas y las tiendas de electrónica. Cuando se lo hice ver,  exclamó: “Es para las televisiones del asilo. Para que podamos ver el canal que nos dé la gana. Imagínate todo el día con Tele-Espe, Tele-Rita o tele-lo-que-sea”. Imaginé la escena: Bru, yo y otros muebles viejos zapeando sin sentido ante una parroquia de jubilados cabreada. Me pareció divertido. Si hubiera incidentes graves en el asilo escribiríamos una crónica o un post y se la mandaríamos a nuestro amigo Artuto Pérez Reverte para que le diera publicidad.

Bru tiene una alternativa al asilo: su casa del Ampurdán. La idea es que sus amigos compremos la parte de la hermana a precio de ganga (a ella no se lo hemos dicho) para crear una fundación con ánimo de mucho lucro, al menos de supervivencia. “Mientras que nuestras mujeres trabajan el campo y se dedican a hablar con los árboles, para eso estudiaron profesiones de provecho y no las nuestras, tu, yo y otros sestearíamos sobre las hamacas y contaríamos batallitas a los que nos quieran escuchar”. Por cada historia, un pago en especies: chorizos, una gallina, huevos, alimentos varios. Bru está convencido de que este asilo comunal de historias sería un éxito. Empiezo a ver, a imaginarme a cientos (quizá menos) de estudiantes de Periodismo en peregrinación a la casa para lubricarse de palabras de un mundo que se fue.

El otro día, cuando hablamos de estas cosas y de otras en Barcelona, Bru en un ataque de pesimismo-realista me espetó que toda nuestra carrera profesional había sido un fracaso porque no habíamos logrado cambiar nada, ni una coma de la vida de nadie. Yo, que soy optimista por prescripción médica, estuve de acuerdo. Una gran mierda. Por eso tengo ese vacío existencial, como Juan C, otro amigo grande que además de triste anda jodido por sus mundanzas físicas y emocionales. Si tuviera que buscar una palabra que defina este trabajo de cazador solitario sería soledad. Cuando entras en ella es como si te atrapara un laberinto del que no se puede salir. Estuve en Barcelona dando un par de charlas y en una dedicada a los jóvenes hablé de la importancia de los abrazos, de la necesidad de calor humano. Al terminar dos chicas se acercaron y me abrazaron.

PD El alcalde de Valladolid reúne el pack completo del imbécil machsita español: sexista, maleducado, previsible en el chiste y cuando le pillan, cobarde. Desde aquí, un cordial desprecio y el deseo de una pronta destitución, bien vía partido o por las urnas.

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