La crónica está en blanco, es decir, sin escribir. Esta y las tres siguientes: Copa y semifinal a doble partido. Sobredosis de historia que puede tener consecuencias psicológicas durante años. Yo, como Mourinho: mudo, que da buena suerte. Este blog parará toda la semana. Regreso el 25 de abril, día grande en Portugal, o de lo que queda de Portugal. No descarto colgar fotos entre inciensos, pasos balanceados y playa. Buena semana a tod@s.
Tras medio siglo y seis años de una torpeza extrema, de ser un manazas incapaz de montar una mesa de Ikea de seis piezas sin martillearme los dedos y las blasfemias en cada golpe, he hallado la paz. Floto. Revoloteo. Parezco un místico republicano. Tengo motivos: esta noche he sido capaz de sacar de la caja, colocar, encender y sincronizar una impresiona tras una lectura rápida de las instrucciones (odio las instrucciones-monserga). Me siento un poco pavo: paseo, bailo, vuelo por la casa con el pecho henchido y la casi-no-tripa caída (¡siete kilos en tres semanas!) evitando reflejos en los cristales que tampoco estoy para sustos.
Tengo unos dedos dotados de una habilidad dudosa que deciden la estructura de un texto y sus palabras adecuadas. Me limito a posarlos, ellos saben adonde ir. Por lo general, mis dedos y yo no vamos a ningún sitio. Solo damos vueltas al tiovivo, a las excusas de no escribir.
Viví recién casado en un miniapartamento del barrio de Argüelles, en Madrid. Su mayor atracción era la cocina eléctrica que daba calambre. Más que una cocina americana (de las empotradas) parecía una silla eléctrica. Las descargas venían como venían, a su aire, sin avisar, en medio de una paella pasada o del asesinato de un pescado. De aquellos meses en los que daba brincos para no pegarme al acero, me quedó un miedo neurótico a la electricidad. Hasta hace poco era de los que bajaban los plomos para cambiar una bombilla.
Una amiga me pidió hace años que le ayudara a colgar los cuadros en su casa nueva. Usé los cuelgafácil, pero por alguna razón inexplicable le dejé la pared hecha un ecce homo en pared. No lograba que los cuadros quedaran rectos. Fallaron todas las tácticas: a ojo, midiendo desde el suelo, midiendo desde el techo. Mi amiga aún me habla pero jamás me volvió a invitar a sus casa.
En Washington encendí una chimenea en casa de mi jefe y casi tengo que llamar a los bomberos. No me gustan las chimeneas.
Tener fama de inútil es útil: nadie te pide ayuda.
Ahora, en la pre-pre-pre-vejez descubro habilidades extraordinarias. Es la naturaleza sabia que me prepara para otro tipo de vida. Por si el oficio de montador de impresoras no da para vivir, me esmero en pintar piedras de los pasos perdidos. Son piedras-brújula, piedras-calor, piedras-cariño multiusos. De momento, las regalo. La culpa es de Internet que me ha acostumbrado al gratis total.
No soy mitómano. No tengo dioses ni héroes ni modelos absolutos. Creo en las personas que suministran pequeñas dosis de talento, generosidad y cariño. Ellos son reales. De la II República no tengo recuerdos más allá de los leídos, vistos en el cine y la televisión y escuchados en casa. En casa de mis padres no se hablaba bien de aquella época. Mi padre no siguió al suyo ni al padre de su padre. Lo pagué con una educación castrense y castrante. ¡Los tiempos!
Mi abuelo y bisabuelo eran azañistas y mi tía Salud se casó con un Rivas Cherif. Somos una familia partida, como España. De la II República solo tengo emociones. De joven supe cuál era mi bando: soy del bando de los que pierden las guerras pero nunca pierden la dignidad, la entereza. Soy de Federico García-Lorca y Antonio Machado y de tantos otros.
Hoy hace 80 años se proclamó la esperanza en el centro de Madrid, al lado de mi casa. Al pasar esta noche por la Puerta de Sol escuché algún eco extraviado.
A este país le ha costado respirar libertad tan encarcelado como estaba en los sótanos de la España negra, la España de la sotana, del señorito engominado, el del no sabe usted con quién está hablando, y del explotador. La España egoísta y prepotente que apagó cada soplo de libertad en el siglo XIX, un tiempo perdido.
Muchos de los valores que traía aquella República de ilusiones están en la Constitución de 1978.
Un parte de las dos Españas tardó demasiados años en aceptar un sistema democrático. Necesitó una guerra civil, dictadura y parte de la transición. Aún hoy, cuando escucho a algunos de sus preclaros (im)pensantes, sospecho que aún no han entendido nada.
No soy mitómano pero si repaso la lista de políticos e intelectuales de aquella época con la de hoy; si repaso las cabeceras de los periódicos; si repaso todo aquello me dan ganas caminar hacia atrás con los brazos abiertos.
Uno de los logros de este tiempo renovado: alumbrar una izquierda que aprendió de los errores del pasado. La izquierda de hoy aprendió tanto que dejó de ser izquierda simulándose en una derecha bis. Cambian los tiempos, los modos de lucha, el método del discurso, si se quiere, pero lo único que no cambia es la lucha tozuda por unos valores irrenunciables: la igualdad, la fraternidad y la libertad.
Feliz 14 de abril a los que compartan; feliz día a los que no.
Hoy he dicho pene en una reunión y una colega me lo ha afeado, no el pene propiamente dicho, sino el hecho de pronunciar su nombre prohibido. Al parecer es sexista y de mal gusto recordar su existencia. Dije pene (¡Uy! Se me escapó) al hablar de la marcha atea que un grupo de personas quiere realizar el jueves santo en Lavapiés, Madrid, por donde no pasa ni Dios en procesión, creo.
La marcha de los negadores de la existencia de un ente metafísico superior ha incendiado a los medios conservadores y le está dando muchos quebraderos al alcalde Gallardón, que siempre que puede y siempre que hay una cámara de televisión cerca, muestra su perfil más moderado, casi izquierdista si se compara con… con bastantes de su partido. Gallardón quiere prohibir la marcha de los ateos por razones de orden público, palabras más propias de la época de su padre, durante la dictadura. El alcalde ha anunciado, como machada (tampoco se puede decir), que no va a permitir que nadie se mofe de la religión.
La libertad religiosa es aquella libertad que tiene la religión mayoritaria en un país para expresarse unilateralmente sin derecho de réplica ni a competencia. Si respondes, violas su libertad religiosa. Ellos, al expresarla fuera de sus templos, solo la ejercen. Las religiones tienen derecho a manifestarse en favor de la familia, de su visión de la familia: monógama (con accidentes porque el hombre no es de piedra y la mujer de hoy va muy ligera), con un montón de hijos vestidos igual, simpatizantes de Des-Esperanza y oyentes files de Intereconomía, que la COPE está de centro.
Las religiones tienen derecho a rezar por mí sin acuse de recibo aunque yo no lo quiera, a educar a mis hijos en el fanatismo y en teorías acientíficas como el creacionismo. También tienen derecho a pasear santos en Semana Santa y a que les toquen el himno nacional en la entrada de la catedral de Sevilla. La Semana Santa es hermosa, en Sevilla y Málaga, y en Zamora. La vivo como folclor y respeto a aquellos que ven a Dios en cada paso de La Macarena, aunque prefiero a la Esperanza de Triana.
Mi colega, tras escuchar todos estos argumentos, preguntó: “¿Qué van a pasear los ateos?”. Respondí: “Un pene”. Ante su disgusto hembrista, corregí: “Un pene, pero muy pequeño”. Otra compañera, feminista pero con sentido del humor, me envió después la dirección de un museo dedicado al pene, La Faloteca. Se encuentra en Islandia y afortunadamente la crisis financiera de aquel país no ha podido con él. Todo lo exponible, se expone.
La música amansa las fieras, dicen. También les amansa comerse un antílope o un obrero, que de todo hay en los gustos del zampar. Aun estoy bajo el impacto de Inside Job, el documental imprescindible. Escucho a Hindi Zahara, una mujer marroquí-bereber, aunque prefiere ser amazigh, que significa hombres libres. Me la han descubierto hace unas horas Guillermo Altares y Carlos Galilea, que escribe sobre ella en el blog Papeles perdidos. Tengo suerte, vosotros también. Es la cadena humana lo que nos saca de la ignorancia.
De vigilante del Louvre a cantante de éxito. A veces es la suerte vacía que nos arrastra; otras, como ahora, es la suerte con talento, más pausada y segura, es suerte de agarre, de las que se quedan.
Sentarse horas de turno laboral en la entrada de una sala de un museo puede ser un buen aprendizaje: permite conversar con los cuadros, tomarles la media y la confianza. Primero, unas palabras de saludo, un ¿cómo te fue la noche? ¿Tuviste pesadillas? Después, las intimidades y los secretos. Algunos cuadros hablan de sus colores y de sus formas con entusiasmo. Los de Picasso del museo Picasso se quejan de sus formas descolocadas y de los años que les llevó acostumbrarse. Sé de varios que aún hoy no se atreven a quedar con los impresionistas ni hacerse amigos de un Renoir en Facebook.
Ser cuadro es difícil. Puede llegar a ser una experiencia traumática. Cambios de familia y de pared. Los que habitan en museos son aristócratas, siempre cuidados, a temperatura estable. Un buen cuadro puede enseñar más pasión que una escuela de pintura. Y de música. La música es una forma de pintar en el aire sentimientos que salen coloreados de la voz, como pompas de jabón. Algunas tienen vida larga, medio minuto en el que sobrevuelan por el escenario jugueteando con el aire; otras explotan nada más salir. Lo importante no es la duración, lo que importa es la intensidad, la vida que se vive en cada instante.