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Sudán, otras miradas

El periodismo que dejamos sin espacio aún tiene palabras e imágenes que contar.

Pepe

No me ha gustado mi equipo, no me ha gustado el equipo de enfrente. La expulsión de Pepe ha condicionado el encuentro y el resultado. Mi equipo se ha quedado sin el hombre clave en la interrupción del juego blaugrana cuando empeza ¡por fin! a atacar. No me ha gustado que el equipo que juega tan bien haga tanto teatro y se muestre tan camorrista y pendenciero. Dicho esto, el segundo gol de Messi fue una obra de arte.

Escenas suburbanas (no recuerdo el número)

El Metro es un teatro que muda de obra cada pocos minutos, convoy a convoy, línea a línea. Como en el río de Heráclito nadie se monta dos veces en el mismo vagón, ni siquiera los que entran y salen por jugar, porque están dormidos o porque simplemente son idiotas. La hora elegida, o caída, que hay madrugones que no se tienen en pie, determina el espacio físico del que dispondrá el pasajero. A las 07.25 existen huecos en los que acomodar lo que queda de tripa; diez minutos después, el viaje se realiza con los pulmones en la garganta y a lengua en la espalda. En la línea 5, la mía, no hay opciones de cambio: como entraste, o te entraron, te quedas hasta Ventas.

A las 9.20 puedes leer, mover los codos, sonarte, ojear el móvil y fijarte en las personas que habitan el vagón. Hoy me tocó una madre blanca que acompañaba a una niña mulata. La niña, no más de cinco años, no debe de leer periódicos ni ver la televisión porque parecía feliz. Era una sonrisa pegada a una cara simpática. Existen personas y personitas que siembran primaveras por donde pasan. La niña no me miró pese a que busqué su complicidad. La madre ocupaba toda su atención, su espacio visual y auditivo. Era una madre en el papel de la buena madre. Me pareció un exceso. Su éxito como madre estaba en la sonrisa de la niña, no eran necesarios los arrumacos ni las imitaciones. Pese a todo, cuando se bajaron en Pueblo Nuevo el vagón se oscureció un poco. Nos quedamos huérfanos de sonrisa.

Cuando llegó Suances, mi destino, me puse a subir las escaleras de verdad para esquivar la marabunta que invadía las mecánicas. Subí a buen ritmo, cabeza alta, boca cerrada, rictus relajado. Al llegar a la superficie y doblar la esquina me paré a respirar. Tanta chulería escaladora me cobró su factura.

25 de abril y la memoria

Si se mira la historia portuguesa con un ojo y el presente con otro existe riesgo agudo de bizqueo crónico. No creo que los tiempos pasados fuesen mejores; los mejores son los que están por venir, por los que aún peleamos. Después de aquel 25 de abril de 1974 entró una corriente de aire fresco en España y se puso feo cantar el inocente Clavelitos en las escaleras de Derecho. Su estribillo era motivo de aporreo policial, siempre con el palo demasiado largo y el sentido del humor muy corto.

Me gustan las revoluciones porque lo ponen todo al revés, aunque sean una ilusión óptica que se apaga en unas horas, o en días, hasta que aparecen los Cavacos Silvas y Durao Barrosos que de pura plastez ha dormido a la Unión Europea entera, que debía de ser su misión de estratega. Frente a la Utopía, las malditas corbatas.

“Lisboa se me aparece como un barco que navega”, dice Cardoso Pires en el libro que escribió entre una muerte y la otra, la definitiva. Portugal es una isla amarrada a una España que no la mira, y ella se lo pierde porque es hermosa. Mientras aquí pastoreábamos con el segundo José Camilo Cela, el raro, allí escribían como los angeles Miguel Torga, Lobo Antunes, Pires y mi Saramago favorito.

Han pasado muchos años y solo queda un puente colgante, una canción hermosa, el brillo de los ojos, algunas sonrisas y nuestro Clavelito reconvertido.

Aquí no tuvimos revolución, nosotros renunciamos de otra manera: mucho consenso, nada de rupturas ni toses altas, cerrando los ojos a la historia reciente, a los torturadores de nuestros guantánamos de andar por casa. Vengo de pasear por las playas de Huelva,  de respirar salitre y Áfricas. En el centro de la ciudad de Huelva, bulle un pijerío crecido por lo que parece que viene. Al norte, en la carretera hacia Sevilla, en Bollullos, siguen los olvidados, los silenciosos, los muertos sin nombre que duermen en fosas comunes.

Lunes de Pascua

Lunes de Pascua. Hay lugares con personas inteligentes que lo ferian. Yo me desferio poco a poco, centímetro a centímetro, gota de lluvia a gota de lluvia, dispuesto a la batalla. Me siento Aureliano Buendía, quien emprendió 32 revoluciones y las perdió todas. La medida de la derrota no es el resultado de la lucha, la medida exacta es dejar de tener ilusiones, esperanzas, utopías. Buena semana a todos.

Música regalada:

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