Un periódico de los que regalan contenidos en la web (todos estamos igual ante la falta de buenas ideas de cómo cobrarlo sin que el lector se espante) ha lanzado una iniciativa brillante, aunque de segunda mano: que el sueldo de los periodistas dependa del número de visitas que producen sus textos. Aunque no es la primera vez que lo escucho me sigue pareciendo una aberración. Yo lo tendría mal muy mal en el USA Today. Para sobrevivir debería abandonar las complejas historias del exterior y adentrarme en lo llamativo, en lo morboso, en lo que vende: sexo, crímenes, drogas y rock and roll, o todo junto. Nada de África ni del Tercer Mundo. Sería un periodismo sin pobres; solo glamour, silicona y anabolizantes.
Si me pagaran un plus por insulto en los comentarios de Aguas Internacionales me podría comprar una casa frente al mar.
Mientras llega el ‘si me insultas-yo cobro’, deberé centrarme en el morbo. El mes que necesite un poco más por cualquier desajuste derivado de un capricho, estaré obligado a inventarme una historia. No existirá el colchón de las pagas extra, esa absurda antigualla de los tiempos del Estado paternalista de bienestar, ya en avanzada fase de modernización, eufemismo que se estudia en las escuelas de negocio. Modernizar en economía significa suprimir.
En ese mundo feliz de periodistas colgados de una soga, a pocos cliqueadores les importará si es cierto o falso lo que cuentan. La verdad se medirá por el número de clics y de followers en Twitter. Aunque no ando mal en esa herramienta (@ramonlobo), me cuesta escribir -o inventar cuando novelo mis cosas en casa, y a veces en este blog algo libertino en las formas y en los fondos- pensando en el impacto, en Menéame o lo que sea que produce tráfico. Solo pienso y siento, y dejo que mis dedos decidan los asuntos de estilo y estructura.
Ayer vi Inside Job, un documental sobre la crisis económica mundial provocada por el mayor robo de la historia. La mala noticia es que el robo no ha terminado, sigue y se extiende. Es de obligada visión, aunque no sé si tendrá demasiado morbo: un montón de gente forrada riéndose de la gente desplumada.
A falta de Sócrates, Platón y Aristóteles nos debemos conformar con lo que hay. Y lo que hay es bien poco, por no tener no tenemos ni talento para manifestarnos.
Si me llegaran a pagar por visitas, confío en vosotros. Buena semana.
Viernes. Las piernas me pesan. No parecen piernas, son anclas clavadas en el asfalto. Cuando camino por la calle Fuencarral echo chispas y las personas con las que me cruzo sonríen y mueven la cabeza. Deben pensar que soy un disfraz andante, un huido del manicomio, un friki. Les respondo amablemente: “No; solo estoy muy cansado”. Las anclas producen un ruido arañoso que da grima. Ya en la zona peatonal me he quitado los zapatos y los calcetines de colores a los que soy tan aficionado para aligerar peso. Las anclas se quedaron atrás. No pasaron ni dos minutos del abandono y ya estaban rodeadas de admiradores que las tomaban por unas esculturas vanguardistas. El arte es eso, una liberación personal. Yo dejo lo que me sujeta, me enclava; el artista vomita lo que le ahoga.
Estamos en tiempos difíciles. La ciudad se llenó de pistoleros. Visten traje gris, corbata roja y llevan maletín de piel. Son matones de guante blanco sin guantes. Me crucé con uno de rasgos atractivos que me preguntó por mis anclas. Me extrañó que supiera lo ocurrido en el primer párrafo cuando su vida empezaba y acababa en el segundo. No sabía que los párrafos que escribo, pese al punto y aparte, eran tan vulnerables. Le expliqué que las deposité en la calle como esculturas por orden del señor alcalde, que cuando entra en trance de precampaña acepta todo, menos las bicicletas. El pistolero me acompañó hasta Gran Vía; confesó que era un especialista muy valorado en el mercado de los limpiadores. “¿Que limpias?”, pregunté por preguntar. “Limpio lo que sobra; unas veces aquí, otras veces allá. Lo mio son los crímenes colectivos”. Aproveché un descuido de Wall, ese era su nombre en clave, encelado por una monterina (puta de la calle de la Montera), para cambiar de párrafo.
No sé cantar. Pero después del vídeo que me ha mandado desde Nueva York mi suministrador de inteligencia, Sandro Pozzi, he contratado unas clases urgentes. No aspiro a alcanzar la perfección ni tener una profesión alternativa a la que ejerzo, solo quiero saber terminar la maldita canción. Ese es mi seguro de vida.
Me gusta el metro de Madrid: huele a sueño, a pesadillas mal despertadas, a duchas demasiado ligeras, a perfumes baratos y colonias de granel. También huele a comidas recién preparadas. Será la crisis que no amaina o el verano que se enjarra, pero aumentan las personas que llevan tartera al trabajo. Me fijo en esas maletitas e imagino historias detrás de cada envase. Quizá el hombre solitario que escucha música en los auriculares sea un solitario que cocina ligero para dejar de ser solitario. Tal vez el obrero que se bambolea colgado de una barra viva con una mujer que le madruga y cocina para se sienta fuerte en un tajo mal pagado. Y la mujer sentada, la que devora un libro de vampiros, puede que tenga una pareja liberada que la mima en un mundo al revés.
Los directores del Metropolitano no viajan en metro. Es la razón por la que la frecuencia de los trenes es mayor donde espera mucha gente y menos donde los andenes están casi vacíos. Pese a la rectitud moral de nuestros dirigentes conservadores, la que se expresa en público, estos parecen impulsar el viaje en grupo, toqueteándonos los que nos caiga en las manos porque a ciertas horas punta no hay posibilidad de truque. Si te cayeron huevos, con huevos te quedas.
El martes me tocó un tipo que parecía boxeador, esculpido a maporrazos. Le miré a los ojos. Eran rasgados, quizá hinchados. Sentí lo que debe de sentirse en el ring antes del primer asalto si te toca un tipo así dispuesto a partirte la cara. El miércoles tras varios giros sobre mi mismo en Alfonso Martínez, parada de aluvión, acabé ante una mujer que disponía de un sofisticado sistema defensivo, no sé si natural o ampliado. Pude darle la espalda para evitar golpes y explicaciones. Hoy viaje junto a una adolescente que mascaba chicle. Cada movimiento parecía una lucha titánica por separar los maxilares. La lengua, decorada con un piercing, era una tuneladora que devolvíar el chicle a la posición inicial.
Las puertas de salida y entrada de las estaciones clasifican a las personas en tres grupos: las educadas que las sostienen unos segundos para evitar el portazo al siguiente; las descuidadas o dormidas, pero tal vez educadas a partir de cierta hora, y las majaderas: aquellas que les trae sin cuidado el prójimo. A estos últimos los atornillaría a una puerta giratoria durante 24 horas. No como castigo, solo para vean mundo.
Ya lo he escrito antes en este blog: no me gustan los guardias de seguridad del metro. Cuando veo uno de mañana mañanera plantado como un antidisturbio en las escaleras de Ópera, con su perro malas pulgas, maullo por lo bajo. Maullar lo por bajini no es muy valiente, pero me saca la primera sonrisa traviesa del día.
Manifestación: hoy jueves 7 de abril a las 1900 horas. Convoca Juventud sin futuro, es decir, la mayoría de este país. Sitio: Plaza Antón Martín. Madrid. ¡Seamos árabes!
Mientras que nosotros, los periodistas, estamos atentos al respirar de los políticos que solo respiran para que nosotros les escuchemos, vosotros, los aspirantes a periodistas, podéis coger un cámara de vídeo, basta un iPhone4, y salir a la calle a buscar historias de gente. Allá fuera hay mucha gente que nosotros no vemos.
Mi amigo Sandro Pozzi me ha mandado esta joya. Es una lección de sencillez, inteligencia e intención.
Tal es la presencia de los dirigentes políticos en los medios que nos creemos que la realidad son ellos y nosotros en amigable conversión. No sé si España es el único país que tiene prohibido inaugurar dos meses antes de votar, pero es un sintoma.
No sé para que se molestan en el paripé porque da igual: en lugar de inaugurar lo que aun no está terminado vistan la sala de al lado y nosotros, los periodistas, les sacamos bien guapitos. Y sin preguntas.
El impacto del anuncio de Zapatero en las webs ha sido muy pequeño comparado con Wikileaks, Fukushima y las revueltas árabes. El lector está harto de política, de declaraciones vacuas, de mentiras reiteradas, de discursitos aprendidos no importa qué pregunta, como Mariano Rajoy en la SER. Unos tipos que van a piñón fijo de verborrea despellejándose los unos a los otros con sus cosas de patio de vecinos malavenido.
El lector está harto de Zapatero por razones evidentes: ha sido un mal presidente con aciertos. Algunas necrológicas políticas que se han escrito sobre él rastrean en el personaje misterioso. ¿Dónde está lo velado cuando el todo está a la vista?
El lector está harto de Mariano Rajoy, el desmemoriado, el que no recuerda sus negociaciones con ETA, ni sus patrañas oportunistas con el 11-M, ni sus ataques a policías y jueces porque nunca fue capaz de decir: lo siento, nos equivocamos.
Salimos de uno y nos metemos en otro. Solo de pensar en los Camps y compañía se me ponen los trajes como escarpias. Esta clase política se merece una enorme abstención, o un enorme voto en blanco. No se salvan ni por los verdes.
Los periodistas, tan atentos en los dimes y diretes de estos insignificantes, nos estamos convirtiendo en un altavoz de los que ya nadie escucha, de los speaker de Hyde Park Corner, o en su versión de la Puerta del Sol. Acabaremos apostados en los lugares de moda como unos paparazzis de la palabra.
Cada vez nos parecemos más a las revistas del corazón. En ellas salen unos inútiles cuyo mayor mérito suele ser no dar un palo al agua. Su vida de mentira y cierto intercambio de parejas (esto ayuda mucho) atrae a un número publicitariamente suficiente de personas que desean leer fantasía en vez de realidad. Estamos creado un segundo círculo con políticos que solo hablan para salir en los medios y que intercambian poco a la vista. Los medios, agradecidos, optan por el corta y pega, que es más barato. Nadie se atreve a romper la dinámica. Subirán las visitas y las ventas. El lector está ávido de leer historias de personas como ellos.
En breve nuestros políticos y sus séquitos ocuparán las televisiones. Tienen derecho autolegislado a minutos de balablaísmo sin pagar un euro en publicidad que luego se lo cobran al Estado que dicen representar y defender. Es posible que en la invasión se quede sin su serie favorita. Yo por si acaso, no tengo serie favorita y apenas veo la televisión.