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La pinza extremeña

No sé si Izquierda Unida hace bien en Extremadura. A corto plazo parece una medida razonable: castigo al PSOE que despreció y humilló a IU durante años acumulando rencores y que pactó con el PP asuntos que deberían diferenciar la derecha de la izquierda. Su coordinador, Pedro Escobar, dice que no deja el Gobierno a la derecha porque la derecha ya está en el poder. Escobar juega una carta nacional y hace bien porque IU es un páramo con señaladas excepciones. Tiene líderes que no han superado los campamentos de verano de juventud en la finca de Ceaucescu. ¡Qué tiempos! Al pan, pan y al vino, vino. Unos con saudade roja; otros con saudade franquista.

El riesgo de IU es grande. No advirtieron a los votantes de esta probabilidad durante la campaña, más bien defendieron lo contrario. Es probable que algunos votos fueran prestados a IU convencidos de la futura coalición. Esta falta de sinceridad puede pasar factura y dejar al PP en el poder más allá de cuatro años y de ocho. Los ayuntamientos andaluces perdidos en la célebre pinza de Anguita siguen en manos peperas.

Al alcalde de Lepe no le gusta que su concejal de IU Javier Valderas se niegue jure por el rey, y prefiera hacerlo por los ciudadanos. Le niega el acta sino cumple con el imperativo legal. Los ciudadanos son al parecer fuente de ilegalidades y perturbaciones para un hombre de orden con tareas múltiples: alcalde, fiscal, dios… ¡Están que se salen! La ocurrencia del alcalde Manuel Andrés González es un aviso y un recordatorio de que por muy iguales que parezcan, que lo parecen, hay unos más iguales que otros.

Lo que más me gusta del 15M es que la sociedad ha despertado, que Mariano ganará, si gana, las elecciones con una sociedad civil dispuesta a defenderse, alerta y peleona. A proteger el Estado de bienestar,  la ley del matrimonio homosexual, la de dependencia, las pocas huellas que no ha borrado Zapatero, será una tarea; exigir la reforma de las instituciones, otra.

Tobillo de lunes

Lunes. Tobillo izquierdo averiado; creo que es mi primera caída de la tercera edad. Al tropezar en las escaleras de Las Setas de Sevilla estuve más dedicado en salvar mi equipaje informático, este ordenador y el iPad2, que de mis articulaciones. El descenso fue lento, de dibujos animados, en el que las dos manos aparecieron en el instante exacto para evitar males mayores. La bolsa con los aparatos de Steve Jobs se deslizó de mi hombro con la misma lentitud ambiental hasta darse con las escaleras: clac.

El iPad salió indemne, protegido por un libro sobre Ruanda del que tengo que escribir una crítica. Una metáfora extraordinaria sobre la utilidad de los productos antiguos: el libro de papel. El ordenador, sin ese escudo, corrió peor suerte. Nada grave: daños menores en la carcasa. Al dar dos pasos con una expresión tan diga como falsa en mi rostro, el tobillo y el empeine izquierdos me organizaron un 15M de protesta y exigieron la verdad. “Menos disimulo, más realidad”, gritaban. Primero apareció el dolor; después, los pinchazos, agujas, como si algo dentro se hubiese cambiado de lugar.

Un nuevo esguince en unos tobillos debilitados por decenas de esguinces desde la época del colegio. Uno de los más importantes me atacó en Kinshasa antes de la caída de Mobutu. Era cómico verme correr a la pata coja en medio de una balacera.

Un tobillo averiado es un tobogán de memoria, una puerta que se abre y se ve la vida vivida. Es lunes; arranca una semana corta en la que me esperan grandes pasos de decisiones ya tomadas. Soy un funámbulo entrenado en caminar por hilos invisibles.

No estuve en Madrid durante la manifestación, pero estoy en esa protesta inteligente y no violenta, en ese movimiento regenerador con la misma energía de los años setenta, cuando corría delante, y muy pocas veces, detrás, de los grises.

Noche de barcos y fantasmas

Me arrastro perdido dentro de unas camisas que dejaron de ser camisas para transformarse en sábanas. Parezco la vela del palo mayor de un barco en medio de un océano. Desde esa posición aún no veo tierra, solo bruma, molinos de viento. Allí, al descubierto, siento un vapor narcotizante. Veo otros barcos; los hay de pasajeros, de vivos y muertos que saludan con los huesos de la mano. También veo un buque antidisturbios con Felip Puig Pata de Palo esparciendo amenazas a babor y estribor.

Al verlo, me escondo dentro de la sábana-vela y el barco pirata pasa de largo, fantasmagórico dejando una estela de sirenas, de ruidos. Viaja en dirección a isla Tortuga para entregar una órden: cárcel a los que gritaron, pintarrajeron a los padres patrios, insultaron, bloquearon. Es la ley: prohíbido abuchear al legislador, es desacato, pero el legislador puede legislar contra mi, contra todos.

Paso delante de una playa con carteles y banderas del 15M y de otra más grande donde se exponen a los parados del día. UGT y CCOO han presentado un millón de firmas contra la reforma laboral porque, sostienen, no crea empleo, solo abarata el despido, el desempleo. Y el ministro de Trabajo (¿no deberían cambiarle el nombre?) dice que bien, que un millón de firmas es mucho pero que la suya, que es menos, vale más.

Es de noche. Pienso en los padecimientos de Emilio Botín, en su riqueza suiza, en la memoria histórica desmemoriada. La luna sigue viva después de los vaivenes de anoche. Tengo que comprar camisas de mi nueva talla, No puedo ir por la vida como un perchero, como un recordatorio de los muchos kilos que sobraban y que por fin me quité. Sé que con menos tela pareceré más, pero en esa desmesura óptica temo ser descubierto por los molinos de don Quijote y por mis fantasmas, siempre acechantes con un callejero de Google Maps en la mano, que hasta los temores se han modernizado y navegan por las redes sociales.

Gallardón aún no ha puesto bicis, pero nos sube los impuestos, el IBI y el de la basura. La culpa es de Rubalcaba, claro, que Zapatero no cuenta: no le caben más culpas. Mi barco de puro distraído se ha perdido en el estanque del Retiro. Rastreo músicas y puertos de atraque, y una rosa de los vientos, un Norte y aire que nos mueva, que nos saque de la parálisis. Pienso en las camisas anchas, en la despedida que se avecina, en el desgarro de tanta pérdida telada. Una amiga inteligente dice: guardarlas por si acaso te vuelves a hinchar. Y así estoy, de vigilancia de todo y de mí mismo. Buen fin de semana.

Humor e inteligencia

Actualizado a las 0.40 / Lo ocurrido hoy en Barcelona delante del Parlamento catalán está fuera de lugar, daña una idea, estropea una indignación colectiva expresada de forma pacífica durante un mes. La violencia es la expresión de la falta de valor individual y de la desconfianza. Los violentos no creen que otro mundo sea posible, solo quieren parte de la tajada del que existe. Si el 15M aspira a modificar la política, profundizar la democracia y expulsar a los indeseables que la corrompen no deberían copiar lo que se denuncia.

Este vídeo vuela en Internet: Mossos disfrazados de violentos. Una razón más para extremar precauciones.

Hay otros foros en los se sientan (pre) corruptos; estos parecen más atractivos para una sentada festiva. Mejor sustituir la rabia de los rabiosos por la inteligencia de todos, y por el humor. La violencia aisla, el humor atrae. Se comparte con gusto. Nunca Máis fue un ejemplo de sabiduría.

Por la uniformidad: G8 en Heiligendamm, junio 2007.

Me ha gustado más la protesta ante un banco a punto de desahuciar a una persona con mala suerte. Los bancos son impopulares; después de todo quién no tiene una hipoteca, un crédito o una pesadilla.


Vivir del cuento en la Puerta del Sol

Se marcharon los indignados de la Puerta del Sol y quedó la indignación latente de la sociedad. También quedaron los irreductibles, que más parecen vivir del cuento de su indignación que otra cosa. Pasé por la plaza y no me crucé con utópicos, revolucionarios, soñadores; solo vi tiendas de campaña y par de tipos durmiendo la mona entre turistas. Ahora es la revuelta dentro de la revuelta. Se marchó el núcleo duro y se llevaron a la inteligencia en transportín. Mal asunto este el de los irreductibles: dañan la imagen del movimiento del 15M.

El metro iba esta tarde repleto de mujeres. Hay primavera, más en las miradas lascivas que en los motivos de la lascivia. Por arriba, la acampada sin cerebro; por abajo, machos desbocados, caritontos, boquibabeantes. ¡Qué panorama!

Llego a casa tras una buena caminata de mantenimiento y en un golpe de viento me descubro colgado de un hilo, mitad marioneta, mitad yo. Traté de mover los brazos, pero pesaban una tonelada, o dos, que en esto de los pesos calculo muy mal. Ahora que todos encumbran a Borges, me acuerdo de Cortázar y de su boxeador de las manos pesadísimas. Siempre me cayó mejor Cortázar con su defecto en el habla que lo convirtió en francés de nacimiento.

Ceno y escribo. Pongo música: una versión milenaria en la que J. C. asegura al decir el título de la canción: “Recordadlo”. Y aquí seguimos, recordando. Me solplo y me bamboleo en un columpio de hilos. Soplo y el martes entero abandona el calendario, se marcha volando hacia el país donde descansan los días pasados, los no vividos con suficiente pasión para ser recordados.

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