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Periodismo real frente a periodismo irreal

Álvaro ha visitado hoy El País. No parecía impresionado por el tamaño de la redacción ni por algunos nombres conocidos. Álvaro es un estudiante de Periodismo de 21 años de la Universidad de Navarra. Le falta 4º para concluir sus estudios y ya anda preguntándose y preguntando qué hacer. No es el único en formularse preguntas inquietantes.

El curso terminado lo ha vivido entre Misuri y Londres. En EEUU hizo prácticas en un periódico local donde le enseñaron la esencia del oficio: el arte de comprobar cada dato, cada afirmación. Detrás, un equipo de correctores llamaba a los citados para asegurarse de que había hablado con ellos y que las declaraciones escritas por el periodista se correspondían a lo dicho. Una tarde le telefonearon para informarle de que su historia, que abría el diario, no iba a salir porque a un tipo lo nombraba de dos formas diferentes. Tuvo que confirmar cuál era la correcta.

Contaba Álvaro que en Londres ha hecho prácticas en el Sunday Times y en una pequeña revista. Cuando los veteranos de la revista le vieron cotejar cada dato hasta la obsesión le preguntaron de dónde venía y se rieron de él. Una redactora terció en su favor: “No olvides nunca lo que has aprendido y que no te importe que se rían los demás”.

Me ha recordado el espíritu de Irena Tarlowska, la redactora jefa iniciática de Ryszard Kapuscinski, aquella que le regaló un ejemplar de Hérodoto para su primer viaje. Un buen jefe en el inicio de la carrera es esencial, determina vicios y virtudes. Yo tuve uno: Juan José Porto, me enseñó porqué quería ser periodista. No abundan los buenos jefes en este oficio.

La nuestra es una profesión que necesita refundarse, regresar a las esencias, dejarse de tanto “lo dice Twitter” como si Twitter fuese una agencia donde se comprueba todo como le han enseñado a Álvaro o el “manda lo que sea que da igual”. Sin calidad no podremos cobrar.

Unas amigas -Cecilia Ballesteros, Mayte Carrasco y Marta Molina- han creado un decálogo de PeriodismorealYa, un cúmulo de buenas ideas.

  • No a los contratos basura.
  • No a los despidos masivos.
  • No a los becarios de 35 años.
  • No a los políticos empotrados en los medios.
  • No al periodismo multitarea a dos duros.
  • Copiar, pegar y revender son delitos.
  • No a las prejubilaciones, necesitamos maestros.
  • La información no es espectáculo y los informativos no son un circo.
  • No a la extinción del servicio de enviado y corresponsal.
  • Servicio público y sentido de la responsabilidad.

Su propuesta, que nace al calor del movimiento del 15M, no deja de crecer en la Red; incluso ha superado algún que otro tiburoneo: intentos de hacerse con la marca. Cuando se suma demasiada gente a una iniciativa nos convertirmos en institución. Manolo Saco sostiene que un dromedario es un caballo pintado en asamblea. Afortunadamente resistieron esos embates y allí siguen, con el decálogo, y toneladas de ilusión por la que nadie paga un euro, de momento.

Una de ellas, Cecilia Ballesteros, se acaba de quedar sin trabajo en una revista dedicada a asuntos de Defensa. Le afearon su independencia; un delito, al parecer. Ballesteros es una de las mejores periodistas que conozco, y una extraordinaria editora, capaz de detectar erratas, errores de concepto y fallos culturales. Que una mujer así esté sin trabajo marca el barómetro del estado calamitoso de la profesión. Les llaman para encargarles trabajos, pero de pagar ni mu. Su último texto está en Open Democracy, una web de calidad. Ballesteros trabajó en Foreign Policy. Yo fui su jefe en El Sol, posiblemente malo pues entonces era un aprendiz de todo.

Hace unos días, Leila Guerriero, editora del Gatopardo me sometió a un tercer grado con un texto que envié a México. Eran correcciones y puntualizaciones similares a las vividas por Álvaro en Misuri. Mi primer pronto interior fue de molestia, de egolina estúpida. Al revistar las propuestas de Leila sentí vengüenza y recordé lo necesarios que son los editores con mala leche. Mario Vargas Llosa -perdón por la comparación- lo padeció con The New York Times en un texto sobre Perú, asunto que al parcer domina el Nobel. Cecilia Ballesteros pertenece a esa estirpe de protectores de palabras, de mejoradores de textos. Elos son imprescindibles. Como los lectores que leen el producto final. Que tengas suerte, compañera. La tuya es la nuestra.

El esquimal modernizado

Lunes 13. Me embarco pero no me caso, cosas del calendario y los dichos populares. Sentado en un tren pilotado por un esquimal. Son las consecuencias de la modernización del mercado laboral. Ahora es tan eficaz que el maldito esquimal, que reemplazó al maquinista de toda la vida y nos tiene el aire acondicionado bajo cero, cobra en especias, sin derechos laborales, ni extras ni festivos;: una sardina antes de partir; dos al llegar.

Deberíamos inventar un programa informático de detención de modernizadores. Y otro de inútiles. Serían útiles cuando toque modernizar un poco más.

Otro software necesario, de detención de malos periodistas. Cada vez que uno escriba, en titular, artículo o en crónica,”los mercados quieren”, sonará una alarma en el PC del infractor, un luz naranja se apoderará de la pantalla. Para detenerla, el resto de la redacción deberá avanzar sobre el infractor y darle una buena colleja. La alarma sonaría también con los latiguillos; odio el “le dio luz verde”, una falta de imaginación insultante. Ya no escribimos con palabras, solo con frases hechas.

Este programa afectaría a algunos tertulianos, a los que expanden cualquier nueva sin pensar en lo que dicen. Habrá que buscar variaciones a la colleja física. El otro día uno de esos tertulianos de radio hablaba entusiasta sobre “la necesaria reforma de las pensiones que exigen los mercados”. El problema es que yo no voto a los mercados ni hablo por teléfono con ellos, ni sé quiénes son más allá de unos especuladores que juegan con mis ahorros en el casino global. También sé que en el mercado de San Miguel habita un pescadero maleducado y faltón. ¡Qué le modenicen!

En esta sociedad sin comprobadores, un avispado lanza la idea: matar a los viejos para no pagarles las pensiones y un montón de listos repiten la cantinela creando opinión. Pasó con el pepino: el sector dice: 200 millones de pérdidas a la semana y la cifra, sin comprobación independiente alguna, se transforma en verdad absoluta. Deberíamos aprovechar el clima de seguidismo y soltar: “Los mercados quieren quitar los superbonos a los superdirectivos y meter en la cárcel a los que toman decisiones irresponsables que hunden la economía”. O “los mercados quieren que Rajoy se afeite la barba para verle la cara de una vez”.

Buena semana.

El sapo que especula

Llevo unos día mudo, también manco; es como si las palabras se me hubieran metido para dentro arrastrando los dedos. Abro la boca y meto el muñón derecho, que en mi caso era la mano de buscar palabras por dentro, y cuando la saco sale un sapo sin culebras. El sapo no es un príncipe, ya le besé, si no un sapo feo que abre mucho los ojos a grita cruac. Por lo gordo que está es un sapo con buena mano, o buena lengua, en la caza de dividendos, sean mosquitos o euros. Es un sapo especulador porque habita en dos casas: la mía exterior, y la mía interior.

Andaba yo contándole cuentos mudos al sapo cuando una palabra entera se me escapó por los labios. Se dio un buen golpe contra el suelo. Era un viernes prematuro nacido en la noche del jueves. Mala premonición. Escucho las campanadas y al terminar la última salieron otras dos palabras: buenos días. Intuí una rebelión interna, una anarquía en ciernes, y llamé a los antidisturbios. Hice hincapié en que fueran de Valencia. Ahora no tengo palabras rebeldes ni de las otras; ni dientes ni sapo, solo un suave quejido que parece una canción.

Midnight sobre Madrid

Llueve sobre el tejado de mi casa. Toda la lluvia vomitándose sobre las tejas árabes, buscando resquicios, quebraduras para filtrarse y entrar. La lluvia es cómoda: le gusta secarse a cubierto. Llueve en Madrid; es una lluvia que me persigue, que me moja individualmente, que me crece como si fuese una planta. Me noto árbol, raíz andante, ramas, un ciervo de cortezas y savia que crece al andar. Los que no entienden de estas cosas, de magia, me ven como una drag queen errante o un nota que se hace notar. Cerca de Bordadores, un perro color canela se acercó, carraspeó en un idioma canino extranjero, y me orinó en los pies. Llueve doble: orín y lluvia sobre un orín que se licua.

Viajo árbol con la cabeza hinchada. En ella traslado dos casas que se disputan el espacio y una película recién aprendida que me hace sonreír. Vi Midnight in Paris y me pareció maravillosa. “¿Vives en dos realidades a la vez? Es fascinante”, dice Man Ray a Gil, el personaje principal. Éste responde: “Te parece fascinante porque sois surrealistas, pero yo soy normal”. Me apoyo en una columna de la calle Hileras en espera de que llegue el pasado, la Guerra Civil, Hemingway, Capa. Pero en vez del pasado se aparece el futuro con los cristales tintados. Llamo y pregunto. Nadie responde. El futuro está ocupado. Subo la música, escucho Adele. No hay pasado ni futuro ni lluvia. Estoy vivo. Feliz noche.

Los libros de historia los carga el diablo

Los libros de historia los carga el diablo y si el diablo está de vacaciones, o en la cola del paro tras un ERE celestial de ángeles caídos, se ocupan los historiadores. Dado el resultado lamentable del Diccionario Biográfico Español estos deben ser peores que el mismo demonio.

Sé que en la llamada Real Academia de la Historia habitan personas capaces, pero ninguna fue elegida para la real empresa o para la corrección minuciosa de los textos enviados por los colaboradores. Supongo que en las academias existe el mismo porcentaje de inútiles (al parecer alrededor del 15%) que en el resto del planeta. En este blog y en el de Aguas internacionales estoy yo solo y ocupo todo el espacio, algo que a veces se nota en exceso y son los lectores espabilados que desde fuera de ese 15% me descubren y delatan en sus comentarios. Mi trabajo no es ocultarme, es corregirme, dar la cara.

La hisitoria tiene una sola versión: la de los vencedores; el resto son novelas, obras de teatro y otros desahogos.

Los redactores de algunas de las piezas más controvertidas sobre el dictador, la Guerra Civil y el régimen que siguió no son becarios, ni aprendices, sino militantes bien pagados –por lo que se lee– de una versión interesada de los hechos. Estoy un poco harto de esta España de A o B, quizá por eso me gustan los grises: Azaña, Cháves Nogales, mi abuelo y mi bisabuelo, ambos Ramón, personas sin trinchera, muy libres, que en eso consiste vivir y sufrir.

Dicen los académicos que van a corregir errores… No son errores, señores. Primera corrección: se dice falsedades. Gracias. Buen fin  de semana.

Música para resistir frente a lo que sea, incluidos nosotros mismos.

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