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No me fío de los accidentes informáticos

Los bancos son muy suyos en las cosas del dinero de los otros. Es su negocio; donde usted ve una pérdida, ellos descubren un beneficio, el suyo. El otro día me asaltó una señora entusiasta en la puerta del periódico. Vendía una cuenta de Bankinter con cheque regalo. ¿Regalo? Solo dije: “Odio Bankinter”. Como buena comercial que debe ser me entregó un folleto, por si acaso, quizá en el baño; y yo, como buen ácrata, lo tiré en la primera papelera.

Cuando entro en mi banco inglés para resolver un asunto menor me indigna que me quieran vender un producto financiero diseñado para que yo pierda y ellos ganen. Vender lo que perjudica es desleal y algo más. Esto de ser banquero parece un negocio estupendo, seguro, legal y con buen prensa. Tanto prestigio social facilita la cadena: ayudas estatales, bonos privados, jubilaciones remuneradísimas, grandes beneficios y retención del crédito que asfixia a las pequeñas y medianas empresas.

El sábado no funcionaba de manera correcta el cajero automático de la sucursal de Banesto próxima al Museo Reina Sofía. Pese a que mi compañera introdujo una tarjeta Telebanco, es decir de la misma banda de negocio, el cajero respondió: “Esta tarjeta puede estar sujeta a comisiones que no podemos especificar por un fallo técnico”. No existen más cajeros en las cercanías. La UE, no las layes españolas, siempre tan condescendientes, obligó a los bancos hace años a informar de las comisiones antes de cobrarlas, para que el usuario, el ciudadano, tuviera el derecho de elegir. Según esa ley, el cajero del Banesto tendría que haber estado apagado. Encendido era un delincuente. La policía no intervino.

Más tarde, tras un par de exposiciones que zarandearon mi mente, pensé: también puede ser un truco. Muchos extranjeros en busca de cajeros les parece que este tiene apariencia serio, pese a los líos de su presidente. Su inocencia frente a la picardía. ¿Comisiones? ¡Te vas a enterar!

Si fuera algo más que un bloquero asfixiado por el calor, me pondría a investigar con una tarjeta Telebanco en la mano. Quizá fuera un accidente con suerte, de esos que general beneficios y tentaciones; quizá no sea el único que bordea la ley. ¡Mariano, defínete!

Perros hombre (sin flauta)

El centro de Madrid huele a orín. Cerca de la Plaza de la Paja -¡no podía ser otro sitio!-, en las escaleras de Granado, los vapores del meado cervecero unidos al calor infame que cae a plomo forman un encantador empaste, una cortina, un muro que dificulta el tránsito erguido. Las escaleras de esa calle conducen a la puerta de un colegio público. No es el único sitio donde algunos jóvenes de la madrugada, acelerados por sus andares, evacúan sus excesos líquidos sobre paredes y escalones acompañados de voces altas (berridos) y algún cante poco jondo pero muy agudo.

España es el primer país de la UE en canto por borracho. El borracho español escoge para mostrar su desequilibro etílico Asturias Patria Querida. Asturias debería querellarse por utilización peyorativa de sus símbolos.

Recuerdo hace años, cuando no había crisis, el Ayuntamiento mandaba regar estos restos, enfriar las calles. Desde que Gallardón se endeudó no queda un euro para agua ni demasiados periodistas capaces de sacar historias de vida cotidiana.

Feliz semana

Las ciudades son libros

Decía Quintín Cabrera: las ciudades son libros que se leen con los pies. Como tengo el lector izquierdo averiado por esquince sevillano leve no he podido leer bien cada línea. Pese a la tara provisional que arrastro, descubrí una coherencia preocupante en lo escrito en el suelo. En la calle Mayor, las baldosas narraban en voz baja, para esquivar a la Sinde (una ideológa del 15M camuflada), la historia completa de mi novela atrancada.

Este alcalde es fantástico -un emprendedor de Aguirre- se ha deslizado en mi imaginación y en esos tiempos de mudanza ha completado lo que faltaba, más de la mitad, añadiendo y quitando personajes, frases y tacos. Cuando iba por el penúltimo capítulo, A. G. no aguntó las ansias de notoriedad, organizó una gran inauguración con banda de música, votantes silenciosos y bicicletas. Los peores son los arrepentidos.

Quise protestar. Lo que en mi texto inconcluso era una novela de periodistas curtidos se había transformado en otra repelta de becarios precarizados. Mis personajes entrados en años dejaron de ir a guerras, no por su precio desorbitado, que en la ficción es baratísmo, sino por tozudez empresarial. Cuando uno se pone a recortarle gastos a los demás es capaz de cargarse una novela que iba para premio; y un periódico centenario, también.

En el pastiche final de A. G. muere hasta el apuntador y por exigencia de los que vienen con el hacha en marzo de 2012, o antes, debe morir además el escritor. Ando ahora en pleitos en Bruselas con A. G.; defiendo con razón bien razonada que el autor final de la cosa es él, y por ello es él quien debe cobrar royalties, derechos y ejecuciones, si las hubiera.

Las cosas están tan mal con el mundo del libro que me refugio en Twitter, esperanzado de que nadie venga a completarme los 140 caracteres distorsionando mis ideas. Es solo un rumor, pero dicen que con el PP, debido a la crisis, bajaran a 99. A  mí da igual, me bastan 16 para gritar: “Yo, como Labordeta”.

Cada uno debe ser hijo de sus fantasmas

Corre una brisa marina sin mar: ni algas ni sal. La hoja de la luz se balancea como si fuera un columpio. Hace calor entre soplo y soplo de no mar. El aire condicionado hace estiramientos por si le toca trabajar esta noche. Ayer me resistí y el precio fue, es, un dolor en los ojos. No es inteligente decir: el aire es para mediados de julio, cuando esta ciudad echa humo de infierno. Lo práctico es decir: el aire es para cuando se necesita.

Estamos repletos de ataduras, normas copiadas a nuestros padres, deberes, sentimientos de culpa, condiciones y miedos que no nos pertencen. Cada uno debe ser hijo de sus fantasmas.

Al fondo, veo la sierra con un rojo anaranjado detrás. La vida parece un incendio que gira encaramada en un tiovivo. Me quedo mirando por la ventana, espero su regreso candado de tanto girar por las Américas. Es una rueda que se multiplica: el burro que da vueltas atado a un yunque;  el pez que gira en la pecera y se sorprende cada cinco segundos al toparse con la piedra que nunca recuerda .

Yo sí recuerdo por eso no me asusto cuando llegan los predicadores de miedos, catástrofes y fines del mundo. No se acaba el mundo, solo se extingue el suyo.

Calor casi bagdadí sobre Madrid

Amanece sobre Madrid. Las luces eléctricas se apagan una a una sin que nadie las sople, sin serenos, profesión atropellada por los tiempos modernos. Sin serenos perdemos la ayuda salvadora de la llave que abre y perdemos conversaciones en un mundo cada vez más silencioso, obediente.

Hace calor, aún no es un calor bagdadí, pero este de hoy me ha tenido en duermevela hasta las cinco. En las duermevelas, la ausencia de sueños deja paso a las pesadillas que andan. Es noche de silencios, de mudeces. Nos amenazan con quitarnos el futuro, a los griegos y a los demás. Me preocupa más que decidan prohibirnos el presente.

El calor gotea sudor sobre cada uno de los temores, costras en las que la edad deja marcas que duran más que la vida. Nado en un mar salado, agua verde verde, como Lorca por dentro, verde verde. De tanto nadar lorquiano me duelen los brazos. Antes, hace días, me vi sentado sobre la arena, desnudo, secándome al sol. Las farolas se apagan, yo me seco lentamente. Cuando no duermo, como esta noche, la orilla juega conmigo: a dos brazadas de hombre responde con dos pasos atrás de tierra. Es la playa de nunca llegar.

Nació despejado este martes de junio, pero por alguna razón extraña yo sigo nublado. Una nube que salta de un ojo al otro gritando: “Atrápame”.

Mal despertar: playas que caminan, nubes juguetonas, sueño perdido entre algún tic tac del reloj. Buceo en la Red sin red y encuentro esta versión maravillosa de Everybody hurts. Buen día.

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