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Otra noche sin viento

Aquí estoy embarrancado en otra noche sin viento, plomo, de un calor-monstruo con la respiración encogida. Duermo, me despierto, duermo. Es una noche a plazos. Así me camuflo, escapo de Moodys, el nombre-dios que todo lo ve y califica, que reparte premios y castigos, una SGAE global, gigante, que provoca primeros y segundos rescates donde el negocio está en rescatar dinero propio en la salud de los demás.

En el sueño de esta noche blanca me siento vidente y veo que la esencia del mal en el mundo de los despiertos, de los espabilados, es que abrieron las puertas de los Centros de la Mediocridad y corrieron por miles en todas las direcciones. Tras años de desconcierto y mucho vagar, regresaron para tomar el poder en cualquier forma y sistema de poder. Detrás de cada “yo mando”, un incapaz; los capaces no mandan, convencen. Esto explica tanta tontuna ambiental, tanta incapacidad. Los idiotas carecen de ideología, la suya es flotar. Es un mal que afecta a todos los segmentos, a todos los decires, a todos los países. También a mí, que escribo boberías derretido en mitad de la noche, incapaz de resucitar una novela que me espera sentada en el sofá.

Sobrevivir a las vidas que no fueron

Con los años uno aprende a sobrevivir a sus vidas perdidas, a las que pudieron ser y no son, a las que se escaparon, a las que se olvidaron, y a las prohibidas, también. Con los años se aprende a convivir con la vida que se tiene. Es a ella a la que respiras, sacas brillo. La nostalgia, la saudade, es un motor, un ralentí, nunca un destino. En noches largas como la de hoy, mitad calor, mitad nervios por el cambio que empieza, se aprende que todas esas vidas, las que son y las que no son, alimentan, diferencian, nos singularizan como una huella.

Vivir es una larguísima carrera de relevos de uno mismo. Cuando cae el insomnio en vertical ayuda la música. Desde las notas nace un tipo de silencio donde conversan todos los yos. Desde ese centro interior, escribo, pienso, sueño. Somos también eco de los otros, de encuentros, de manos y dedos que se ofrecen, que dejaron de sonar, de reír en la memoria. Abro la boca y solo sale aire; son las manos las que hablan, las que teclean. Buena semana empezada.

Huele a pólvora y sexo

Viernes. Cae la caló como un puñal; mi boca es un pez asfixiado sobre la madera de un barco pirata. Vuelan los portaaviones abiertos en canal. De sus tripas brotan banderas, algas y suchi. Huele a pólvora y sexo. Nadan los pájaros anónimos, sin nombre. A los lejos, música de la orilla, un jolgorio seco, feliz. Sumergido en sudor salado abro un periódico en braille. Deslizo los dedos por la página tres y me pincho con los puñales de la publicidad. Dos gotas de sangre colorean un mundo negro, blanco, gris. Antes de nadar alrededor del salón veo el programa de Bill Maher en HBO (canal+Xtra), un perroflauta de mi edad, azote de republicanos y del Tea Party Sin Azúcar.

Me siento acompañado, floto en la caló en formación de desafectos. Me acompaña Aute, dos libros recientes y una decepción. Sopla un viento agradable del sur: se llama aire acondicionado. Creo que son las eléctricas las que se han comprado medio Sáhara y soplan desde allá con ventiladores gigantes para abrasarnos la piel y las cuentas bancarias. Soy una mojama delgadísima que se ducha, se humedece, que regresa a la vida goteando. Escucho la música que colgaré mañana en el otro blog. Leo artículos sobre la gran estafa, el timo de la estampita griega, la condena de varias generaciones a no tener futuro. Pienso en el conseller Felip Puig y en lo que le gustaría estar en Atenas con casco calado hasta donde le permitan las orejas, repartiendo mamporros. Cada uno en lo suyo, con sus genes: uno nacen para dar; otros, para recibir. Es viernes. Me duelen los ojos de ver tanto, demasiado. Buen fin de semana.

Me deje arrastrar por la corriente hip hip

Lo confieso: me deje arrastrar por la corriente hip hip y acabé comprando un aparato de alta tecnología y sus satélites conectores que no necesito. Llevo tres meses, más o menos, con él y lo uso poco. No termino de encontrarle el espacio más allá de que te vean con él. Como vivo solo no me ve nadie. Mi portátil, que resiste uvis, discos duros kaput y golpes, se niega a abandonarme. Le noto más espabilado y eficaz que nunca.

La nuestra es una relación estable, un amor a primera vista sumado a un aprendizaje a convivir, a entenderse, cada uno con sus manías y rarezas. Mi portátil y yo somos empáticos. Deposito las manos en el teclado y los dedos escriben solos, sin pensar, con el crucero puesto; escriben lo que les place porque con los años han encontrado la forma de conectar con la parte inteligente del cerebro, y sacar de él lo que haya: palabras, gruñidos o gotas de petróleo. Mientras que mis dedos viajan conectados con algo de mi, el resto del yo descansa, escucha música, sueña, alimenta el almacén.

Con el iPad no ha brotado esa magia, ese amor súbito, esa complicidad. El iPad que tengo es solo una máquina, le falta sentimiento. Mantenemos una relación fría, profesional, de usar y tirar. Me siento incómodo. El portátil se queja de la presencia del otro; está en campaña permanente: “Váyase señor Pad”.

Sostiene que el nuevo es un tiburón presumido que aspira a desplazarle, que le insulta a escondidas: “Viejo, antigualla…”. Trato de calmarle con promesas simples pese a que las promesas cotizan mal entre tanta mentira ambiental. Ayer, tras un nuevo disgusto de mi portátil, tomé una decisión: la fidelidad a mi viejo amigo por encima de todo. Vendo el iPad2. ¿Candidatos?

Los sueños despierto son peligrosos

Hoy tuve una pesadilla anticipada cuando me hallaba despierto. En ella vi una doble manifestación, dos hileras perfectísimas que descendían de los orificios de un enchufe. De cada agujero, una ideología, una sensibilidad, un futbolismo, un mamoneo. Dos realidades paralelas, cada una con sus gritos y eslóganes. Me alarmé: llevo meses sin beber y muchos más sin fumar resurrección. La abstinencia coloca.

Una marcha estaba compuesta de encorbatados y peripuestos y encoloniados; la otra, de ciegos escapados del libro de Saramago. Estos iban más revueltos que en formación, Pos sus desternillamientos parecían ciegos con mucha vista. Uno de la otra marcha gritó: “Terroristas”. Ver les convierte en peligrosos antisistema en un mundo con la luz apagada.

Los encorbatados, tras lamer el recipiente con el salmón, ¡insaciables! descendieron como alpinistas hasta mis pies, y allí, por la planta, empezaron a comerme. Los videntes son insaciables. Llamé por teléfono a la policía pero en lugar del señor de la centralita respondieron los mercados.

En una ventana de mi casa vive una Grecia en huelga; en la otra, una segunda Grecia que se prepara para la batalla. En mi pesadilla moríamos todos. Unos antes, otros después. Tras la explosión nuclear, un pitido y silencio.

Me despierto despierto y cenado con esta canción prendida de los pliegues de las emociones. Subo con Bob Dylan las escaleras del cielo. Arriba está Jessica Lange con los brazos en jarra, mitad muerte mitad tentación. Al llegar, me besa en los labios y me permite un deseo. Se lo digo al oído, por precaución. Ella me mira boquiabierta: “Hecho; ahora siéntate a esperar”.

Y allí sigo en la zona de espera-desespera. Ahora que duermo de cansancio, no hay pesadillas, ni Lange, solo locos al volante de coches con corbata que viajan sin ruedas ni mapas.

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