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La ciudad y las casas

Yo vivía en una torre de vigilancia, en lo alto de un mástil marinero. Lo llamaré Zobeida por soñada. La ciudad me llegaba a murmullos, desestructurada, en un runrún de sonidos mezclados; una sinfonía ordenada de ruidos en equilibrio, sin egos ni primeras filas para el desafino o la invasión. La ciudad estaba sin estar. Si cerraba los ojos esta se transformaba en alguna de las hermosísimas ciudades invisibles de Italo Calvino. Cada día descendía a ella, por placer o por trabajo, para pasearla, vivirla o sufrirla. Cada mañana tenía la posibilidad de escoger ruta: silencio o conversación.

Ahora vivo en una casa más grande, una casa necesaria, buscada; una en la que cabemos todos los que queremos estar juntos. La llamaré Despina porque se muestra diferente si se llega desde el desierto o el mar. Es hermosa, tiene magia, pero no puede elegir estar o no estar en la ciudad pues es una casa sumergida en el tumulto: los ruidos llegan individualizados, cada uno con su molestia a cuestas. Si el viento sopla sur, aparece nítido el batir de los cubiertos en la terraza de la acera de enfrente.

Tras una doble mudanza, en Despina todo empieza a encontrar su sitio, su porqué, su equilibrio. Cuando los objetos se sienten felices con el espacio y con las compañías que tocaron en la suerte de la decoración, la casa respira calma, huele a hogar, da paz. La casa pacificada es el único antídoto contra la ciudad bulliciosa, contra los que creen que vociferar, mear en las esquinas, beber alcohol falseado, basurear, es divertirse, una forma de cultura.

Despina está armada; ahora aprende a simularse promontorio, torreón que navega. Como este blog que regresa de unas largas vacaciones iniciadas con voluntad novelesca y que produjeron poca literatura a cambio de mucha vida renovada. A veces hay que saber distinguir qué es lo importante.

Feliz reencuentro.

Huella de mudanza

Una mudanza es un desquicio, un voltearse a sí mismo, un abrirse en canal ante un espejo implacable: el tiempo. Las mudanzas resultan peligrosas cuando el acumulamiento de objetos es proporcional a los años vividos, como si esos objetos conservados en formol, o en polvo, fuesen la prueba irrefutable de haber vivido, de que todo fue y es real.

Cada inutilidad guardada, una memoria salvada. Desprenderse es perder anclas, garantías de supervivencia ante la futura ausencia del ayer, contra el Alzheimer. Soy de los que guarda, acumula, se renueva dando nuevos significados a lo viejo. Me gusta sentirme cebolla, cubierto de capas; me gusta sentirme acompañado de los objetos que me hablan. Son mi mundo, son yo.

Mudarse es abismar los sentimientos, arriesgarlos; también es una lucha civil: la necesidad de desprenderse, de tirar, de renunciar a una parte de esa simbología personal frente al miedo al vacío, al vértigo, a la desmemoria, al ¿quién soy yo?

He descubierto estos días de trajín, de abrir cajas, de reordenación, la existencia quejosa de huesos, tendones, músculos antes desconocidos.

La colocación de los objetos es lenta, difícil; exige inteligencia y mano izquierda. Tengo los objetos en rebelión, alzados en un 15M de presuntos inanimados. Pugnan entre ellos por el espacio y luchan contra mi, el injusto (dicen) hacedor de desgracias, quien ha elegido sin consulta ni referéndum (no tenía tiempo) su lugar en la nueva casa. Nadie parece conforme; todos demandan cambios inmediatos, sean de compañeros, lugar o habitación. Hasta hay libros que se niegan a convivir con el que les tocó (por orden alfabético no rígido) de compañero. Es una ruidosa guerra mundial inanimada.

Detrás del humo de esa guerra, del olor a pólvora, del murmullo de hastío, de revolución, del miedo al cambio, de la resistencia a lo nuevo, a lo lejos, muy a lo lejos, se atisba un nuevo orden y una cierta paz.

Hoy 11-S.

Por (todos) los muertos, los de Nueva York, Washingon y Pensilvania, y por los posteriores en Afganistán e Irak. Diez años después seguimos sin norte, con deudas trillonarias por guerras injustas, estúpidas, con recortes políticos, sociales y económicos en un segundo atentado continuo del que casi nadie habla.

Amores y desamores

Los ingleses se divorcian más por desamor que por infidelidad, según revela un estudio de relaciones de pareja. Se trata de una ordenación lógica, casi científica, de las cosas; lo segundo es casi siempre una consecuencia de no reconocer lo primero. No soy experto en el modelo de convivencia en pareja estable, pero sí un observador experimentado, ya en retiro, de sus ciclos de ascenso y descenso, de sus crisis coyunturales y de las estructurales.

Todo nace de un trastorno pasajero de la personalidad, un estado de abobamiento visible por todos menos por los infectados, capaz de convertir en George Clooney a un feo de exhibición y en un tabletilla a un obeso fofón. Ese amor loco, ciego, es democrático: da oportunidades; el cuerdo, no; ese es selectivo y cabrón, pero tiene su pena en lo efímero e insustancial, en su pasar por uno sin dejar huella, ni memoria.

Hay personas que permanecen siempre unidas por odio, un reverso del amor; un odio refinado, sutil, venenoso, invisible. Unen los años, la costumbre, la rutina -que otras veces mata-, los negocios, el estatus, el qué dirán, los hijos… Un día esos hijos se marchan y dos desconocidos sentados en el desayuno se preguntan ¿quién es este? Y este es una pérdida de tiempo continuada.

Los hay, y más de lo que parece en esta sociedad de pasarela, y de usar y tirar, que siguen juntos durante décadas porque se quieren, porque han sabido recorrer todas las etapas del querer, de la amistad. Así eran mis abuelos Germaine y Marcel: 50 años después de casarse aún se cogían la mano y se hablaban con respeto y cariño.

He ido a Ítaca y he regresado y sé para qué regreso y cuál es el camino. De momento, este pasa por un nada romántico cerro de plancha convertido en un medidor de paciencia y un exhibidor de la inutilidad del autor de este blog. La perra Maya se recupera de la operación y duerme los restos de una anestesia que se va despacio. Cuando camina parece un borracho que zigzaguea y pide latas hipernutritivas, que deben ser foie. Es martes, calor. Todo a punto para el despegue.

Buen día a todos.

Compañías animales

Viernes. M está ingresada en una clínica veterinaria del sur. No sé si es cansancio de vivir, remar hacia la orilla tras numerosas tormentas o simple rebeldía. Tiene 14 años y medio y la vida colgada de un hilo, un hilo fuerte que se debilita por una infección de útero. Su mirada triste, de ser vivo que se deja ir, que se duele de respirar y latir, de estar, me ha recordado a mis gatos, Oliverio y Claudio, nombres romanos y nobles en justa e íntima venganza a la mala costumbre de los muy ricos de bautizarse con pomposidad y largura para terminar llamándose como animales de compañía: Pitita, Cuqui, Chichi…

La situación de M me ha recordado la tristeza profunda que generan las ausencias animales. No es solo su falta física, también falta su generosidad, entrega, honestidad, amistad en una sociedad enmierdada, egoí­sta, ruin, repleta de nuevos ricos con deuda, prometedetodos y gentes sin memoria. No es tiempo aún de necrológicas; aún queda ese hilo. Pero sí es tiempo de música.

Feliz fin de semana.

Llueven mares y recuerdos

Elegimos, es parte de la inteligencia. Desde cosas nimias a las presuntamente importantes. Elegimos y navegamos. No escogí el día gris que me sopla a la espalda, que remueve y agita hojas de otoños anticipados, prematuros; tampoco escogí el sonido de las gotas que llueven rabiosas, flamencas, a mares suspendidos. Sí escojo lo que recuerdo, lo que se hace presente contínuo. De este verano aún no acabado guardo un instante supremo, y habrá más, de los que crecen con los días y los meses: el viaje a una isla fabricada de piedras, cabras y símbolos: Ítaca.

Me veo sentado en el barco que cruza de Kefalonia a la tierra de Homero, con el poema de Kostantinos Kavafis entre las manos, leyendo los versos en voz alta, oleándome con el vaivén del mar. Al lado, una persona escucha y tararea a Lluis Llach junto a una niña que aprende y mira.

Es una suerte viajar a Ítaca sabiendo que la riqueza está en el camino, sin falsas esperanzas, sin anhelar nada concreto, material; basta la oportunidad de estar, mirar, oler, escuchar y regresar después a ese mismo camino para andarlo despacio, más despacio que nunca, sabiendo que el segundo viaje a Ítaca, sea donde sea, será el último, el bueno. The end. Entre el viaje primero y el viaje final queda lo importante: vivir.

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