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Otoños sin patriarca

Llegó el otoño, una estación comercial, y nada cambió en el decorado: sol, calor, luz, personas por la calle. Llegó el otoño, pero llegó solitario, sin patriarca porque lo prejubilaron. Antes había otoños calientes, peleones, con gases lacrimógenos y pelotas de goma, pero los enfrió Carlos Solchaga y sus reconversiones made by beautiful people. Hoy los enfría el miedo, la amenaza de que todo puede ser peor.

Cuando un Gobierno o un empresario reconvierten, reorganizan o modernizan significa que despiden. Despedir está socialmente mal visto en España, por eso tenemos tantos sinónimos. Aquí no echamos, solo hacemos ERES, un verbo poético. Los países timoratos, de pulso débil, de demasiados derechos, son los primeros en caer. Eso sostienen los economistas que exigen sangre, mano dura. El FMI hace sus números y los números de los demás y no le salen las cuentas de ninguno. Al FMI nunca le salieron las cuentas del Tercer Mundo. Descuadrarlas es un defecto de fábrica.

Dicen que estamos metidos en una segunda recesión y alertan de quiebras en cadena. Los bancos están en zona de disparo y por eso una amiga ha sacado su dinero y lo ha guardado en casa. ¿Pero para qué querrá el dinero? Si todo se va al garete, el dinero no valdrá una mierda. Pese a los nubarrones, soy optimista: viene el PP con sus recetas mágicas y su empatía natural, y ya se oye el galopar de los republicanos por las praderas del oeste en dirección a Washington. Y además, regresa machioman Putin.

Menos mal que entró el otoño, época de transformaciones, de purificaciones, de preparativos para invernar. Tras los fríos, la Navidad, la lotería que nunca toca y la cuesta de enero, llegará 2012, el año comercial del fin del mundo. Ya me fastidiaría que fuese cierto después de la doble mudanza que me he metido en el cuerpo. Hay fines del mundo que deberían tener un poco de consideración.

El consejo censurador

El consejo de RTVE va a rectificar. Dicen que es de sabios. pero yo no me lo creo; de sabios-sabios es no hacer tonterías, facherías, dictadoruelas y salidas de tono de primero de democracia como la de querer censurar. Ellos dicen que no, que solo era por cotillear los telediarios antes de que fuera demasiado tarde.

De sabios-honrados sería marcharse a casa, dimitir. Que el Consejo de RTVE esté formado por representantes paniaguados de los partidos políticos que obedecen solo órdenes de parte, de la suya, y no de interés común, demuestra lo podrido que está el sistema y lo necesario que es sacudirlo, renovarlo. Cuando se obedece tanto todos los días, se piensa poco siempre; a veces, como podría ser el caso, se les va la mano del entusiasmo y se ponen a obedecer antes de tiempo.

Se ha salvado el delegado de IU, pero aquellos que votaron a favor, con el PP a la cabeza, y el que se abstuvo como prueba de su desnortamiento general, el PPSOE, están descalificados. No deberían cobrar un euro más, ni en metálico ni en especies o en deuvedés de su serie favorita, del erario público. Ni un día más. Que devuelvan las prebendas y el boato y que se marchen a su casa a padecer la telebasura de la TDT creada por sus dueños, perdón quise decir los líderes de sus partidos. No hay un culpable, se trata de una enfermedad colectiva, sea en Madrid, Valencia o Andalucía.

Lo del Consejo inquisidor no es un malentendido, un no me enteré qué votaba. Se trata de un gesto antidemocrático y prepotente.

Antes de que intervengan este blog para editarlo preventivamente, les quiero dedicar un recuerdo entrañable de la manera más irrespetuosa posible.

Buen fin de semana.

Me gustan los ;

Se separa REM. Lo ha anunciado Michael Stipe. Las separaciones son un poco como una muerte, una despedida, un hasta aquí hemos llegado. La muerte es un punto y final, algo inapelable aunque nos inventemos el más allá; los divorcios son un punto y aparte, un comienzo de otra cosa. A mí siempre me gustó el punto y coma, manías, pero no tengo ni idea de qué significa. REM, juntos o separados, tienen música eterna y esa es la que suena en mi cabeza y en este post.

Por qué hemos perdido la guerra

Han matado a Rabbani, expresidente afgano y supuesto negociador de la paz con los talibanes. Afganistán es un teatro de la política internacional en el que mueren personas reales, muchos afganos, otros estadounidenses. Es una rémora de la Admistración Bush y de su guerra contra el terror con las armas del terror duplicado. Es un efecto colateral del 11-S, un ataque brutal que dura 10 años y que además de devorar vidas, como la de Rabbani ahora, devora derechos políticos; exige renuncias de libertades en aras de la seguridad mientras que afloran los negocios privados, los pelotazos globales, los sinvergüenzas.

Ya sin derechos, con unas democracias mermadas, recortadas, que dedican más esfuerzo al boato electoral que a profundizar en los derechos y deberes de los ciudadanos reducidos a consumidores. Cuando crece el boato, cuando los imperios y los dioses necesitan de la exageración de su poder para asustar, es un síntoma de su declive, de su caída, del hundimiento.

Tras triturar decenas de derechos políticos con la complicidad de los silenciosos, del miedo, llegó la crisis económica que amenaza con ser doble. Esta nace del expolio sistemático provocado por la desregulación, del vale todo si es para los míos, y del trillón de dólares que se han dejado en el camino los guerreros del antifaz. La crisis es otro atentado terrorista; devora puestos de trabajos, salud y escuela; devora sobre todo el futuro de millones y amenaza con tragarse todos los derechos laborales y avances sociales por los que lucharon generaciones. Esos derechos son la democracia, su esencia, no el voto en lista cerrada.

El atentado contra Rabbani es la demostración de que la guerra de Afganistán no se puede ganar porque ya la hemos perdido desde hace años. La perdimos cuando levantamos Guantánamos, Abu Gharibs y Bagrams, los agujeros negros de nuestros valores, donde se ha torturado. Hemos perdido la guerra porque hemos perdido el rumbo, el norte, lo que éramos.

El malabarista de alegrías

El Madrid suburbano tiene un aire clandestino, de catacumba cristiana, de arteria invisible al tráfico. Es un espacio que me gusta. Un vagón de metro podría servir de retrato sociológico de una ciudad; una foto fija por la que transita la vida entre miles de sombras. Madrid se podría narrar cada día desde la línea 5 o la 1 sin escuchar a los políticos, los opinadores.

Hay horas ocupadas por los ejecutivos, con o sin iPod. No llegan a ser aún tan numerosos como los de Wall Street o Londres, siempre tan prácticos, haya crisis o bonanza. Los nuestros viajan en burbuja de éxito haya o no pérdidas. A pesar de que mandan poco en esto del saqueo global, perdón, de los mercados, prefieren el taxi o el coche particular con manos libres.

La hora punta no es tan variopinta como la londinense, tan multicultural. Aquí se oyen rusos, rumanos, búlgaros. Faltan negros, faltan las Áfricas que sobreviven en la superficie corriendo de un lado a otro con su top manta en un hatillo. La única uniformidad visible por la mañana es la del sueño, la de las pesadillas aún colgadas de los párpados, y en los cabezazos a destiempo.

Después de la hora punta llega la hora de los inmigrantes latinoamericanos; viajan en comandita, como lo hacemos nosotros cuando salimos a turisterar como nuevos ricos. Algunos chicos parecen maras exiliados, latin kings o como se llamen; son una apuesta en escena del descuido, de la imitación de las series de televisión norteamericanas.

Hay tiempo de tarde o noche para las tribus que entre semana viajan desperdigadas. Cuando te cruzas con un gótico es un extraviado.

Abundan los turistas; pertenecen a la tribu de los despistados. Hoy intenté ayudar a unos italianos confundidos por el plano del Metro y me miraron asustados, como si me vieran como un salteador de pasillos. El miedo, las historias estereotipadas que se cuentan de ciudades como Nápoles, nos limitan, crean barreras que impiden la aventura del conocimiento, el contacto, la conversación. Me encanta Nueva York, la ciudad que siempre tiene prisa. Pese a esa aceleración genética, sus habitantes son extremadamente amables, siempre dispuestos al socorro del perdido.

Y me gustan los músicos bajo tierra. Hoy me crucé con una mujer en una salida de La Latina que cantaba muy bien, acompañada de una guitarra. No di dinero, solo una sonrisa y subí despacio por las escaleras a la otra vida, a la del disimulo, a la de las elecciones que nos amenazan, sumergido en halo de felicidad, como un malabarista de alegrías.

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