Trato de organizarme, barajarme las horas, los minutos y no me sale, solo sale falta de tiempo y un cierto caos. Son varios los cambios, como el madrugón diario que me arranca de la cama a las cinco de la mañana… Menos mal que estudié Periodismo porque no había Latín ni Matemáticas ni se madrugaba. Me recuerda a los años de Radio80 cuando amanecía a las dos para preparar un informativo que después defendía en antena mi jefe Paco Fernández Oria, de quien aprendí la magia de la radio. Madrugo y escribo una revista de prensa con el vértigo del folio en blanco, el colapso de Internet o cualquier otra desgracia planetaria. Duermo en vilo, con miedo de dormirme, de despertarme. Además de madrugar he cambiado de casa y de soledades, ahora me comparto y desdoblo. Por eso, a veces no encuentro el tono para esta boca del lobo, pero todo llegará, todo reposará. Buen martes de un otoño sin hojas caídas, con calores excesivos, como si el tiempo estuviera menopáusico y así hasta el 20N, cuando empieza el gran glaciar.
Me gusta la plaza de Oriente, siempre hermosa, dispuesta, acogedora; un lugar de encuentro ciudadano, peatonal; repleta de mimos, música callejera, patinadores, enamorados recientes y enamorados de la tercera edad. Al atardecer, el cielo se puebla de naranjas, desde los más rojizos hasta los amarillos: la luz de Velázquez. En ese momento mágico, todo, incluso los chinos masajistas, parece parte de una sinfonía perfecta. La plaza huele a música, destila emociones, tiene equilibrio.
El sábado quise pasear por esa plaza hermosa en busca de energía pero hallé interferencias, chulería, poder porque sí: decenas de coches oficiales malaparcados en una zona peatonal, invasores pilotados por choferes y aseguradores del boato con pinganillo y pistola, protegidos por decenas de policías nacionales; la seguridad de todos para el ocio de unos pocos. ¿Sería el rey? ¿La reina? ¿Lo que queda de Zapatero? A diez metros de la ocupación abusiva de una plaza pública porque “usted no sabe con quién está hablando, hay un aparcamiento público a tanto el minuto que igual sirve para tiros que para troyanos.
No aparcan como nosotros porque no se sienten ‘nosotros’. Para ser ‘ellos’, los especiales, los elegidos, deben exhibir su opulencia a costa de todos. Si aparcaran como nosotros dejarían de tener sentido.
No sé cuánto gastamos en coches oficiales ni cuántos obedientes tienen derecho al exceso gratis (los del consejo censurador de RTVE, también, y allí siguen), y no lo sé porque ningún medio de comunicación se ha molestado en contarlo, en repetirlo hasta que dé vergüenza. No voy a caer en la demagogia de hablar de este exceso y de los recortes en la enseñanza pública porque supongo que no son cifras equiparables. Lo que oculta el coche oficial es la realidad. Desde él no se puede legislar para quien no se ve, no se escucha no se siente. ¿Quién promete la supresión de los coches oficiales? Como las encuestas sigan así, ya oigo al Señor Rubalcaba en la tarima de Sol. Buena semana a todos.
Las Áfricas piensan y cantan en múltiples voces, como la de Cesarea Evora, ahora en recogida. Las Áfricas son pobres sobre una tierra rica en minerales y saqueo; una tierra olvidada, desconocida. Hay un libro llamado de Orígenes que recoge 365 reflexiones de maestros africanos. Ayer, día de comerciantes locos y sinceros y mercados de gula y saqueo, de tiburones, el pensamiento de Josep Ki Zergo decía: “Se deja al mercado la capacidad de decidir si tal o cual categoría de población ha de sobrevivirt o no. Pero el mercado ¿quién es?”.
Ha circulado por La Red el vídeo de un trader bursátil demasiado sincero, demasiado idiota o demasiado cínico; es posible que el hombre en cuestión posea todas esas virtudes de manera simultánea. Dice que el mundo lo gobierna Goldman Sach y que a los mercados les da igual el rescate griego y el euro, que solo quieren ganar más dinero.
Me gusta lo que ha dicho porque es lo que pienso, lo que veo, pero el trader en cuestión me ha parecido un poco singing-in-the-morning; ya saben: cantamañanas. Mi amigo Ramiro Villapadierna, que sabe mucho de muchas cosas, sostiene que el trader solo pretendía ganar notoriedad y de paso hacer más dinero por la vía de criticar al dinero. Es lo bueno del capitalismo, carece de sentimientos y de ética. También de memoria.
Lo segundo mejor del vídeo es la cara perpleja de los presentadores de la BBC, más acostumbrados a un discurso oficial; ese que repite tantas veces una falacia, que la falacia se convierte en un hecho incuestionable, de fe. La democracia se ha llenado de hechos incuestionables falsos. En condiciones normales, los expertos que acuden a un programa de prestigio pasan por unos filtros que comprueban que son expertos, que saben hablar y que se les entiende. El trader parlanchín no debió de pasar control alguno o es un hacha superando la máquina de la verdad o de lo que sea. Es posible que los recortes de presupuesto en la BBC hayan dejado a la televisión pública sin filtros como otros recortes han dejado a los periódicos sin correctores.
No sé qué habrá sido del trader, pero en estos momentos puede ser carne de un guantánamo o estrella de un circo. Así es este mundo: sin medias tintas.
La chica de la guitarra de la Latina cantó Alegría en los pasillos del metro, pero de su voz brotaban esta vez notas tristes, nerudianas, desenfocadas. No era canción para un estado de ánimo de ojos pesados, secos, y boca torcida. Los suburbanitas que salían a la luz de la tarde, siempre espléndida en Madrid, agachaban la cabeza al encarar los últimos peldaños. No sé si el pesar general era por los desafinos de la mujer o por la pena acumulada que arañaba el aire. No le eché la culpa a sus cuerdas vocales deshilachadas, sino a las notas melancólicas que brotaban contaminadas por una tarde triste de otoño. Ya en la calle, frente al Mercado de la Cebada, un perro maulló con voz de pena y un gato ladró en un falsete. Más allá, no lejos de mi nuevo barrio, Zapatero daba por cerrado su mandato con un “deseo lo mejor para España” que sonó a gallo infantil, a gracieta innecesaria dadas las encuestas.
Kikirikí, kikirikí. Alegría, que ya es martes y mejorando.