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El hundimiento del Titánic

Viajo en un Titánic en el que están los pasajeros revueltos. La mayoría charla, juega a las cartas, proyecta su futuro. El barco está encorvado, grita a su manera, muge, llora con cada grado de inclinación. Nadie parece darse cuenta de que hemos chocado con iceberg enorme llamado Inutilidad. Se lo comento al sobrecargo. Me dice entre cuchicheos que no tiene importancia, que se trata solo de un rasguño, una ligera caída en las ventas trimestrales.

No veo a Di Caprio en proa agarrado a la cintura de Kate Winslet. El barco que parecía eterno no deja de inclinarse. Corre el agua por cubierta, inunda los camarotes, el salón de baile. Los pilotos al mando parecen no saber qué hacer, improvisan soluciones mientras beben champagne. Son desembarcadores de Normandía con los fusiles al revés.

Me cruzo con una señora vestida de negro. Dice que se ha puesto de luto para ceremoniar su muerte. Es la única que se da cuenta de la gravedad de nuestra situación. Me cuenta cómo será el hundimiento, el frío del agua que nos matará de congelamiento, los cientos de muertos buceando como estatuas. Me habla de los pasajeros de primera encaramados en los botes que salvan su vida. “En ellos irán banqueros, constructores, paniguados, corruptos, la creme de la creme de la sociedad”. Le pregunto por qué sabe tantas cosas del final del Titánic. “Vi la película”, responde. “Entonces sabrá que podemos estar tranquilos hasta que aparezca la orquesta. La orquesta será el aviso, la última alerta”. La mujer se desterminalla, se limpia las lágrimas con un pañuelo enlutado. “La orquesta no aparecerá  nunca, los ricos de los botes los han despedido”. “No creo que suceda así; no es lo que está escrito en el guión. Ademas, ¿para qué despedir a un casi muerto? ¡Es un desperdicio de dinero!”. La mujer me toma la mano entre las suyas. “No entiende nada, querido, no entiende nada, lo que quieren quitarnos es el derecho a morir con dignidad”.

Ideas para ayudar a Luis de Guindos en la difícil tarea de diversificar los recortes (se ruega participación de los lectores del blog):

1) Supresión de los coches oficiales nacionales, autonómicos y municipales. Solo tendrán derecho a uno (y un rato) el jefe del Estado y el presidente del Gobierno. Los ministros, en taxi, metro o coche particular, que es muy sano. En el caso de Gallardón, en bicicleta. No sé cuánto ahorraría la medida porque ningún medio de comunicación informa del gasto del boato por parecer alguien. Algunos consideran demagógico informar en qué se gastan los impuestos que nos suben.

Supongo que los abusos en el uso de los coches serán frecuentes: familia, novias, amantes, mascotas, excursiones, Ikea los sábados…  Además del ahorro, permitiría a los políticos conocer la realidad sobre la que toman decisiones, escuchar las conversaciones reales de las personas reales y no de la pléyade de asesores cuya misión es pelotear al jefe, evitarle sinsabores, malas noticias y encuestas de popularidad en descenso.

Los choféres afectados por este recorte no podrán ser despedidos, que bastante han tenido.

2) Supresión de las prebendas de los ex lo-que-sea: derecho a pensiones y sueldos vitalicios, secretarias, oficinas, guardespaldas, palcos en el fútbol por el morro y entradas en el cine o teatro sin pagar ni guardar cola. Un expresidente de Parlamento autonómico, es un poner, no debe vivir del cuento para siempre. Debemos rehabilitarle para que vuelva a ser útil, si no para la sociedad, al menos para su familia. Si no hay subvenciones para servicios sociales no las hay para parásitos asociales.

3) Eliminación de las diputaciones y demás organismos cuya función principal es colocar a los amiguetes que no sirven para otra cosa.

4) Viajes de avión en turista. Nada de ventanilla ni pasillo, en el centro y entre dos gordos. Y si sigue la crisis, en low cost sin pase preferente en Ryanair.

5) Asistencia obligatoria a plenos y comisiones de trabajo. Por cada ausencia no justificada, multa equivalente al 10% del sueldo.

6) Penalización por falta de actividad. Los que acuden a los plenos a hacer bulto y no abren la boca en toda la legislatura no deberían cobrar un euro.

7) Multa de 50.000 euros por cada rueda de prensa sin preguntas.

8) La televisión pública no emitirá mítines, citas de telepredicadores ni reuniones entusiastas de tupperwere.

9) Para ser político es necesario hablar el idioma de las personas a las que representan. Por circunloquio, multa de 200 euros; los eufemismos se pagarán a 150. En el caso de los ministros deberán hablar bien un idioma extranjero para no hacer el ridículo en Bruselas. Se acabaron los ‘my taylor is rich’. Los zotes cobrarán la mitad del salario para compensar los gastos de traducción.

10) Los trajes de representación los paga Camps.

Un extra para no perder la temperatura ambiente: cada trimestre se celebrará un Consejo de ministros al aire libre y acampados en el suelo (en Sol, por ejemplo) y que los antidisturbios los coja confesados.

Huérfanos de Piazza Grande

Hay vivos que no deberían morirse nunca; son parte de nosotros, de nuestra memoria, de los sueños soñados, de los imaginados. Hay vivos que deberían esperar para marcharnos todos en comandita. Hay tipos especiales que arrastran retazos de nuestra existencia, motores de alegría que no pueden irse así, sin despedirse, sin avisar, para que podamos volar al lugar exacto del tránsito y recoger los añicos huérfanos. Hay muertos que nos restan, muertos que no se los merece La Muerte aunque allá esperen personas tan extraordinarios e indispensables como Fabrizio de André y Lucio Battisti.

El mutis de Lucio Dalla me ha dejado tristísimo, pegado a unos auriculares conectados con el más allá, o quizá no tan lejos. Desde ese sitio misterioso, que tanta preocupación causa a los creen en él, lleva Lucio horas cantándome con su piano desde un escenario vacío.

Aprendí su existencia en Londres, en 1980. Vino de la mano de Francesco di Gregori y Fabrizio de André, hablándose en todos los dialectos italianos que solo los italianos son capaces de entender. Le vi en directo tras un concierto de Joaquín Sabina en el Palacio de Deportes en Madrid. La mayoría, ignorante, se marchó. Unos amigos y yo habíamos ido a ver a Lucio Dalla  y encontramos de regalo un aperitivo de Sabina. Fue un concierto mágico, de los que permanecen.

Me gusta Italia; me gustan sus ciudades y calles, sus ruidos, ruidísimos y silencios. Me gustan las dos Romas grandes: la antigua y la del Renacimiento. Me gustan la pasta y las pizzas de La Montecarlo aunque el dueño llame a mi chica María-Salvador y le tire los tejos. Me gustan sus plazas y jardines. Me gustan el Trastevere y el barrio de Monti. Me gusta Giordano Bruno, quemado y desafiante al poder religioso con sus juegos de dioses y demonios. Me gusta Italia porque está viva, como Grecia, aunque deba un Congo. Me gusta Ferrari aunque no gane. Me encanta el concierto gamberro de Banana Republic.

Cuando escucho a Dalla y a su amigo Di Gregori cantar Generale me siento italiano, compañero de café de Italo Calvino, con quien invento nuevas ciudades invisibles.

Hoy salí a pasear por mi barrio con aire italiano de la plaza de la Paja, pero no me crucé con Roma alguna porque estaban todas mudas, melancólicas, de luto, conectadas con auriculares gigantes a un más allá colectivo, cada una con su canción favorita. Parecía Babel, pero no lo era. Que descanses en paz, amigo Lucio.

¡Javier Espinosa está libre! Alegría, paz, ganas de abrazarles. Es una felicidad incompleta: faltan dos periodistas franceses y todo el pueblo sirio, aplastado por la bota de un sátrapa y su satrapesa, y la de los militares con las manos ensangrentadas. Me he tomado un par de gin tonics y una parte larga de una botella de Pago de Carraovejas. Me bailan las euforias, las palabras y un par de pensamientos. Mañana escribiré un post largo sobre el trabajo, los jefes y los indios; sobre nosotros. Pienso en mis yuyus de la suerte, que han funcionado aunque Javier piense que han sido los suyos. Puede que el Dios de mi madre sea tan yuyuyero como mi collar yoruba y el falo del niño soldado de Sierra Leona juntos. Puede que haya sido un santo metido en una nevera en las tierras cálidas del sur. La suerte existe, pero hay que cultivarla y usarla despacio, sin gastarla. Gracias a los insurgentes que se jugaron la vida por tener voz.

Go In, Stay Out?

Existe un límite de inseguridad que el periodista que va a guerras no debe sobrepasar. El periodista muerto llena titulares, no cuenta historias. Nadie sabe cuál es ese límite, dónde está. Cuando se pisa el terreno todo parece un juego, un trabajo de inmortales a todo riesgo. Los inmortales también se acaban. Se aprende cuando un igual muere haciendo el mismo trabajo. Ser veterano no ayuda a establecer esta frontera invisible, cambiante, en la que la suerte es lo último que queda y lo primero que se pierde. Cada cántaro tiene un número de viajes a la fuente. Cada cántaro es diferente, cada fuente es diferente. Saber cuándo decir basta es tan complicado como saber el límite, la diferencia entre peligro y suicidio.

Los medios presionan desde la retaguardia, piden más; lo ven desde el calor de Internet, desde las web y Twitter. Es una visión distante, sin vida, sin emotividad, sin riesgo. Esos medios, las agencias y las televisiones más, no quieren noticias, sino vender riesgo, decir que son los primeros, los únicos, los verdaderos; quieren vender periódicos o alcanzar este o aquel share en prime time.

Admiro a los periodistas que se quedan, que van a los sitios solo por contar historias, limpios, honestos, ciegos, que se niegan a cerrar el micrófono a los que nada tienen, ni siquiera voz. Admiro a Javier Espinosa y otros como él.

Desde la guerra de Irak, 2003 – pueden poner el final donde quieran si es que hay final-, los periodistas extranjeros no son bienvenidos por la parte más débil. Esta ha desarrollado sus medios de transmisión, de propaganda, sea en la web o en las cadenas por satélite como Al Yazeera o Al Arabiya. El extranjero dejo de ser un aliado, un amigo necesario, para convertirse en un espía molesto.

Irak y Afganistán han sido coberturas complicadas que han terminado empotradas con los militares estadounidenses, una forma barata de contar los hechos. Una bendición para los freelance.  Se pierde libertad, perspectiva, panorama, pero las historias que se ganan también son buenas; el documental Restrepo es un ejemplo. También se gana en seguridad relativa; que se lo digan a Emilio Morenatti y a Joao Silva.

En las primaveras árabes se ha regresado a la esencia: un montón de reporteros más o menos locos moviéndose libre junto a la parte débil. En Libia había zonas seguras, como Bengazi, desde donde partir y regresar con el material del día. La frontera empezó a moverse hacia Trípoli. En la batalla de Misrata murieron dos de los mejores, Chris Hondros y Tim Hetherington. En Siria han muerto la gran Marie Colvin y Rémi Ochlik. También Anthony Shadid y los locales Rami al-Sayed y Mazhar Tayyara. Siria es una ratonera para los civiles atrapados y para tres periodistas occidentales. Es una No-Go-Zone. Sin periodistas extranjeros, que son de nuevo el objetivo militar, esta vez de Bachar el Asad, quedará solo el periodismo ciudadano, los locales que se juegan la vida. Será difícil separar las noticias de la propaganda, algo que sucede sin demasiado escándalo en cada comunicado del Eurogrupo, en cada resolución del Consejo de Seguridad, en cada declaración de un político.

Me gusta esta crónica de Stephen Farrell fechada en Beirut, a las puerta del infierno.

Go In, Stay Out?

Some have recently left Syria, and feel doubly lucky to be alive. Some are debating whether or not to go in. Some are still inside. Others who have been wounded have so far been unable to leave. On Thursday The Times of London quoted Javier Espinosa, a veteran Middle East journalist for the Spanish newspaper El Mundo, who described the noise of the incoming shell that killed Marie Colvin and Rémi Ochlik, and the scene afterward: “When the smoke cleared the picture was shocking,” he wrote. “Several bodies were intermingled with the debris, computers and cameras of reporters”.

He añadido un nuevo y poderoso amuleto: mi madre, creyente y feliz de serlo, ha empezado a rezar por los amigos atrapados y por los civiles que se juegan la vida ante una comunidad internacional muda que se dejó la legitimidad en Libia. ¿O fue antes?


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