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El yuyu no me lo quito ni para ducharme

Llevo un yuyu, un fetiche, colgado del cuello. No me lo quito ni para dormir ni para evacuar; tampoco para ducharme. Mientras meto la cabeza bajo el agua lo sostengo con una mano; después lo mudo a la otra para no dejar puntos ciegos. El yuyu es un tanto fálico pero no tiene utilidad para el sexo, que yo sepa. Me lo regaló un niño exguerrilero de Sierra Leona. Le tengo cariño, siento su fuerza, su ánimo. Lo llevo desde que mataron en Baba Amr a Marie Colvin, periodista de mi edad, viajera de los mismos lugares, de los mismos amigos. No es por ella, sino por uno de los vivos. Lo llevo por lo del cántaro y la fuente, por la suerte, para que se sostenga brillando todo el tiempo. Los yuyus de mi amigo Javier se quedaron exhaustos del esfuerzo de salvarle la vida en la misma explosión que mató a Marie.

Otros rezan oraciones de carrerilla. Cada uno con su yuyu.

Tengo otro colgante que espantó al ministro de Justicia de Guinea Ecuatorial, un católico teórico. El hombre llevaba un rosario blanco colgado. Sus andares eran chulescos, de inmortal. Le espeté un día que discutimos por una de mis crónicas, cuya ironía detestaba, que mi yuyu era mucho más poderoso que el suyo. Lo fabricó una bruja yoruba para mí, mentí con descaro en el cine Marfil de Malabo, donde el régimen escenifica sus farsas judiciales. La viceministra Evangelina, sentada a su lado, abrió tanto los ojos que parecían salírsele de las órbitas: “La magia yoruba es muy potente”. Lo es, respondí, y esta lleva castigo para quien me haga mal.

A la vuelta de un viaje a Mozambique me intentaron quitar en Heathrow un ídolo africano porque tenía cobre. En ese aeropuerto de Londres, la seguridad es tan estricta e histérica que me genera vulnerabilidad. No me gustan las exhibiciones, siempre ocultan debilidades. Al hombre que me quería retirar el ídolo le dije: “Es un espíritu bueno mientras no cambie de manos; si cambia se vuelve maligno”. Me miró, echó una carcajada británica, y respondió: “En ese caso, querido, es todo tuyo. Feliz viaje.

Nada es imposible: ni para Grecia ni para Alemania.

Los ahoyadores tienen la culpa

La carretera está rebacheada, abismada en cada agujero; es la herencia, proclaman a voces los señaladores de incidencias. Es la herencia mugen las vacas locas con la cabeza metida en pastos envenenados. Encaramado a un árbol veo a los ahoyadores profesionales que no dejan de ahoyar, de joder con la pelota. No suena Serrat sino Sabina: Más de cien mentiras que valen la pena.

Entro en un hospital con ganas de vomitar. Solo por devolverme los buenos días me cobran un euro. Al protestar, me cobran dos por distraer al personal distraído. “Tiene suerte”, dice un enfermera vestida de cuero negro: las buenas tardes valen cuatro. “Es el copago”, dice la ministra del ramo encaramada en un Jaguar descapotable rojo. Me quejo, argumento que el copago es repago. Pagar dos veces por lo mismo, o por menos. Una, vía impuestos; otra, vía el impuesto contrarrevolucionario. Cada enfermo convertido en cliente, en un generador de ingresos o de gastos. A los primeros se les sangrará el bolsillo; a los segundos, se les dará el alta para que Dios decida.

Sigue Sabina. Tenemos memoria, tenemos amigos. Tenemos más de cien palabras, más de cien motivos para no cortarse de un tajo las venas.

Llega un cabalgar prieto de arena y polvo. Son los antidisturbios en formación galopante desde Valencia. Al llegar a mi árbol se detienen, preguntan si soy uno de los 400 profesionales de la agitación, si me he aprendido guerrilla urbana en Internet.

Me visita en la cárcel de últimas voluntades el ministro de Poca Educación y no sé cuantas cosas. Viene a darme la extremaunción. Le respondo que no tengo hambre ni planes de morir este mes ni el siguiente. Los antidisturbios empiezan a rezar avemarías por mi alma pecadora. El pater del penal me ofrece un último deseo. Voy desgranando voluntades mientras que el ministro responde imposible. Antes de morir me cobran la inyección letal, el hospedaje en la cárcel a precio de cinco estrellas, el féretro y el disgusto que se va a llevar el Gobierno de la nación; también cobran por adelantado los desperfectos que pueda causar la noticia en los demás alborotadores.

Cuando me disponía a pagar, sonó el despertador. Tras ducharme y desayunar ligero, salí a la calle y allí estaban los ahoyadores agujereando el portal de mi casa. No saludé por si era caro y salí corriendo calle abajo. Ahora os escribo desde otro sueño. Me lo descargué de Internet hace media hora; es gratis y parece amable. Se llama En el país que nunca jamás va a volver.

Salva la suerte, siempre la maldita suerte

A Javier Espinosa le ha salvado la vida una pared. Se encontraba en el centro de prensa de la insurgencia en Baba Amr, Homs, con Marie Colvin y Rémi Ochlik, cuando fue atacada por la artillería de Bashar el Asad. Había elegido, sin saberlo, la habitación de la vida, la de la estrella de la suerte. Lo cuenta en su crónica en El Mundo, un texto escalofriante, humano, grandioso. Salvarse, morir depende de detalles nimios. Cuando se es consciente de lo nimios que pueden llegar a ser esos detalles surge un temor profundo, anclado; te sientes ínfimo, vulnerable.

Un vino de menos en una copa de Navidad con la prensa extranjera en el edificio de la presidencia bosnia en 1993, durante la guerra, nos libró a Gervasio Sánchez y a mí de morir en un bombardeo con granadas de mortero. La onda expansiva, el aire caliente de la primera explosión, me golpeó en la nuca. Acababa de sentarme en el sofá junto a una familia sarajevita. Hacía cinco minutos que habíamos cruzado el parque atacado, debajo de su casa. Todos dimos un salto y corrimos hacia el centro del vestíbulo; nos pareció un búnker inexpugnable. No me asustó el sonido, me perturbó el contacto con la muerte, ese soplo caliente en el cogote.

Vivir es un milagro cotidiano. En el Tercer Mundo, el milagro llega por horas, por minutos, que los días son demasiado largos.

Homs es un nuevo Sarajevo. Demuestra que no hemos aprendido de las lecciones de la Historia. Se gritó ¡nunca más! tras el Holocausto. Después hubo Camboya, Srebrenica, Ruanda, Congo, Darfur… La política es teatral, cobarde, timorata; está dirigida por cómplices indirectos de los asesinos. No hacer cuando se debe hacer también mata; mata de injusticia.

Javier se ha salvado y me alegro por él y por Mónica; los admiro y quiero desde hace muchos años. Son quereres agarrados a las tripas, firmes, eternos, invencibles. Hay personas a las que quieres toda la vida, como a Gervasio Sánchez, Santiago Lyon, Enric Martí, Javier Bauluz, Alfonso Armada, Juan Carlos Tomasi, Bru Rovira, y tantos. No deseo que les pase nada a mis amigos; ya he pagado varios pasajes de ausencia.

Las muertes de Marie Colvin y Témi Ochlik, que escogieron sin saberlo la habitación de la muerte, me han conmocionado profundamente. Marie se ha ido y ha regresado, casi dándose un relevo, Juan Carlos Gumucio, que murió de exceso de soledad hace ahora diez años. Llevo muchas horas caminando junto a él, charlando, intercambiado nuevas y algún whisky. Él no tiene demasiadas novedades porque la muerte es un espacio suspenso, aburrido. Le cuento las mías, las de otros, las de su vacío inmenso. Se ríe como solo se podía reír un tipo grande como Gumucio.

Cuando escribí sobre Marie y Juan Carlos en la web de mi periódico, una amiga muy especial me dijo: “Tienes nostalgia de estar muerto”. Me encanta esa frase. Tengo nostalgia del mundo periodístico que se desmorona. Siento nostalgia de viajar sin prisa en busca de la sorpresa.

Javier Espinosa se ha salvado y estoy eufórico; y triste por los que no se salvaron. Es la ruleta cotidiana: tú, sí; tú, no.

Cuando iba al diario ayer sentí una punzada repentina. Pensé en Javier, que acababa de entrar en Homs; me cayó encima una tonelada de miedo gélido. No miré la hora, pero fue en la mañana del ataque contra la casa de Baba Amr. Cuando me llamaron para decirme que un periodista español había muerto en Sierra Leona, supe que era Miguel Gil, con quien Gervasio, Javier y yo habíamos cenado dos días antes en un libanés en Freetown. Cuando mataron en Irak a un periodista español empotrado con los estadounidenses, supe que era Julio Anguita Parrado. Cuando me dijeron que le había pasado algo grave a Julio Fuentes en Afganistán supe que estaba muerto; no pude dormir en toda la noche, sentado junto a él en una maldita cuneta en la carretera a Kabul.

Estoy feliz de ser así, de ser raro, de haber aprendido a vivir sin disfraz ni escudo antisentimientos, de sentir sin temor, de mostrarme y emocionarme, de escribir con y desde el alma. Al menos sé lo esencial: no soy un desalmado y estoy vivo. Feliz fin de semana.

Periodismo, emoción, responsabilidad

No creo en los textos muertos, planos, escritos desde el ego, desde la soberbia de quien no sabe ni le importa no saber en un mundo en el que la cultura parece un desafío. No creo en el periodismo que se escribe para las fuentes, para los jefes, para medrar, figurar y ganar premios; no creo en los periodistas que piensan que lo más importante de una guerra es que ellos han llegado a ella.

Solo creo en el periodismo que se escribe desde la humildad necesaria para que el lector, o el televidente, se informe mejor. Creo en el periodismo que recoge las voces de los que importan, de las víctimas, de los nadies. Creo en el periodismo de contextos, sea una guerra, una subida de impuestos o un edificio que se cae en tu ciudad. Creo en el periodismo que denuncia las voces y las manipulaciones publicitarias de los cobardes, de los que blablabean para salir en portada con decires vacuos, los que diplomatean para no dar la cara, para no arriesgarse.

Marie Colvin era una reportera con la pasión necesaria para ejercer este trabajo desde la primera línea de la injusticia. Con ella se apaga un poco un tipo de periodismo en el que el texto, su calidad y veracidad eran sagradas. Hemos sustituido el comprobar-comprobar-comprobar por un  retuit de la muerte de Manu Leguineche, que afortunamente resultó ser tan falsa y precipitada como la de Mark Twain.

Colvin siempre defendió la necesidad de ir a las guerras, al corazón del hambre, a la esencial noticia, a donde se huele sin mascarilla. Sin esos ojos que vigilan, descubren y denuncian la barbarie invisible para la mayoría, los asesinos se sienten impunes; como en Srebrenica, Homs y Darfur, como en tantos sitios.

No leo los textos sin emoción, ese mecanismo literario que permite al lector sentarse junto al periodista, vivir con él, sufrir con él y con las personas que pueblan su historia. Necesito esa emoción para escribir, para defenderme de la grisura, de los decretos-ley, de los políticos que mienten, de las gobernadoras civiles que mandan apalear, de los policías que agreden a niños, de los ministros de (in)Cultura que en las pocas semanas que lleva en el cargo acumula tantas tonterías que al verle me acuerdo de Forrest Gump.

Este mundo necesita de personas como Marie Colvin, de periodistas inmensos como Juan Carlos Gumucio, que fue su marido, de Miguel Gil y Ricardo Ortega, de reporteros que no se pliegan, que defienden el fuerte, porque su responsabilidad última es el lector y su conciencia. Y eso no está en venta.

Grecia es un símbolo de los tiempos, un adelantado

Estoy como Grecia: excavado por dentro, vendido a plazos a acreedores sin rostro que claman en una plaza oscura: muerte, muerte. Me duelen los pies de tanto dar vueltas a la piedra del trigo. No se escucha la hoja del verdugo arrastrada por el suelo. Camino junto a millones de cabestros con los dedos de una pata cruzados para que el decapitado sea otro. Grecia arrastra sus deudas millonarias desde los tiempos de Pericles, cuando las tragedias movilizaban a dioses, divinidades menores, héroes y heroínas, minotauros y unicornios, sacerdotes y sacerdotisas. Pagar ese elenco celestial no era tarea para un solo rey, son deudas que se multiplican y pasan de una generación a otra, como los pecados.

Ahora vienen los mercados, los banqueros emperifollados, los Merzoky, pretendiendo que ellos son los acreedores constantes, los ganadores eternos. Vienen bamboleantes creyéndose muy principales cuando solo son los mandados de los nuevos dioses, los que no dan la cara. Son tiempos de desfachatez e impostura. Lo son en la política, en la economía, en el periodismo, en la vida pequeña de cada día: en el metro donde todos se mezclan y confunden entre lo que son, lo que quieren ser y lo que los demás ven. Ser tantas personas en una sola vida es tan agotador como ser dioses sobre la tarima de un teatro bajo el Partenon.

A nosotros nadie nos debe tanta paciencia, tanta tolerancia y desmemoria por la sangre y la esclavitud pasada; a nosotros nos cobran mordida por cada recuerdo, por cada sueño. Así estamos, griegos eternos, aplastados de deudas que no son humanas, asaltados y empobrecidos. Ser griego es una premonición. Atrás quedan sus gobernantes tramposos, corruptos, populistas y fascistas, culpables todos del desastre nacional. La deuda es como el soborno y la estafa: necesita dos culpables. Grecia es un símbolo de los tiempos, un adelantado de lo que hay y de lo que viene, del saqueo por el placer de saquear y sentirse impune, diablo y dios simultáneo. Pero nada es eterno, ni las personas, ni los periódicos, ni los Gobiernos ni los países. Solo es eterna la obligación permanente de luchar.

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