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Un buen periodista no tira la toalla

Regreso a Madrid en AVE; ya estoy en Madrid. Lo mío no es una canción divertida del sarcástico Javier Krahe, sino un trayecto con sus kilómetros y paciencias frente a los gritadores de móviles. Fuera, al otro lado de la ventanilla, sol en puesta decadente, naranjos sin olor y una primavera anticipada, explosiva, para que después digan los alemanes que padecemos un invierno perpetuo, negro, en crisis económica abismal. No es solo crisis, es estafa y ausencia persistente de inteligencia y honestidad.

Vengo de la Facultad de Comunicación de Sevilla, de cerrar un ciclo de Comercio Justo en un mundo cada vez más injusto e insolidario. Cuando hablo ante periodistas becarizados y estudiantes aplastados por los malos augurios de la profesión, el miedo y la realidad, que es bien cabrona, no lo neguemos, siento una gran responsabilidad. Trato de ser honesto y decir lo que pienso, dar mi opinión de por qué estamos en crisis. También quiero transmitir pasión, emoción por las historias, energía e ilusión por el futuro. Ese futuro depende de nosotros, de nuestra capacidad de ser mejores, de no ceder.

Verdadera crisis es no comer, carecer de agua potable, morirse de mil enfermedades, de guerra e injusticia. Crisis es tener escrita en el ADN una esperanza de vida estadística cercana a los 40 años, media vida y mala de las nuestras llenas de comodidades y ventajas, de confort e ilusiones. Crisis es ser tan pobre que resultas invisible.

La profesión no está en crisis por Internet, ni porque muchos lectores han decidido dejar de comprarnos. Somos culpables de no proteger el oficio los economicistas que miden el interés de un reportaje por su baratura y los clicks que genera en Internet. Somos culpables de acomodarnos, de titular sin gracia, de escribir historias planas, tópicas, sin intención, por dar tanto protagonismo a los chismorreos de la política, a sus declaraciones engoladas, como aquella de Rubalcaba de “a mí no me van a tumbar”.

Hubiera sido mejor un titular similar, audaz, divertido: “yo la tengo más larga que Rajoy”. Hubiera petado las redes sociales. Un trending topic. ¿Nos pagan por trendingtopiquear o informar mejor que nadie, por contar historias que permitan comprender un mundo complejo y cambiante?

El oficio de buscador de contextos y jerarquías está en crisis porque hemos renunciado a pensar, a arriesgarnos en los enfoques, a salir a la calle en busca de voces reales, silenciadas. Algunos lo intentan, otros siguen erre que erre con sus conspiranomanías. No son tiempos de valentías, de plantarse, de decir no, basta. Son tiempos grises, cabizbajos, de cobardía y mudez, de sísíseñorear ante el cualquier mando. Cuando vemos a alguien que no agacha, que no aplaude, que resiste, nos parece un héroe. Pésimos tiempos son estos en los que lo normal resulta extraordinario.

Me encanta la profesión, aunque nos gasee la crisis; me gusta este trabajo aunque se extinga en sus formas empresariales actuales. No es tiempo de alegrías falsas, incautas; tampoco lo es de rendiciones. Es tiempo lucidez y resistencia.

Unos amigos de la editorial de KO se han llevado al Congreso de Periodismo Digital de Huesca doscientas toallas compradas en Ikea. Son blancas, limpias, pero lo mejor es el lema que le han colocado: ‘Un buen periodista nunca tira la toalla”.

Cierro con Krahe, ese genio escondido, apartado. No es tiempo para hacer tanto el gilipollas, con perdón. ¡Suerte Sevilla en la concentración de periodistas del sábado! Gracias.

Ciudadano cero o menos

Estamos en Cuaresma, es decir ceniza, ayuno, poca carne, y los viernes potaje y cilicio. Se acabó el Carnaval, esa ventana de libertad en la que está permitido decir casi toda la verdad, lo que se piensa, pero cantado. Este año ganó el Premio de la Crítica, que otorga la siempre muy sabia Asociación de la Prensa de Cádiz, la comparsa de Tino Tovar. Sus letras son comprometidas, tienen intención política y social. No buscan solo la guasa de las fechas, también denuncian lo que muchos murmurean o callan. Me lo he pasado bien escuchándolos, se me han ido los pies en más de un baile, eso sí sentado, que no estoy para exhibiciones. La pieza sobre la dieta Dukan es genial. Me han dejado preñado de contracuaresma y sonrisa.

En ese estado nebuloso, embriagado de coña marinera, he visto la alineación de Venus y Júpiter en el cielo y tras medir su separación con el dedo índice, como sugería BBC, he sabido que Rajoy, De Guindos, los alemanes, los ajustes y los desajustes son minucias cósmicas comparadas con el universo expansivo y con lo que nos espera si el PP suma Andalucía a su mapa azul gaviota. Frente a la severidad de los salvadores de las patrias, la burla, el cachondeo, el tiriqui tran, tran tran de los presuntos salvados.

Los eufemismos no dejan ver el bosque

Hoy vi un cartel andante por el paseo del Prado: ‘No a la privatización del agua’. Fue un fogonazo, un desatascador de memoria. Me llovieron decenas de nombres de empresas privatizadas por los defensores del Estado menguante, las cuentas saneadas y la gestión supuestamente eficiente. Han pasado los años y hoy se buscan los restos del Estado superviviente para realizar un nuevo desfalco en nombre del bien común: agua, sanidad, escuela… Ni siquiera se molestan en cambiar el estibillo.

Pero hay ecuaciones que no salen: a menos Estado, más déficit y menos capacidad de sanearlo; a más privatizaciones, los mismos problemas y más amigos ricos, forrados, que del trabajo honesto no caen los millones del cielo. Sucede con las reformas laborales; a cada modernización, menos calidad de empleo, menos salario, más paro, más abusos, nula o muy escasa creatividad empresarial. Otra pancarta lo denunciaba: ‘No es crisis es un saqueo‘.

Deberíamos empezar por proteger el lenguaje, esgrimirlo: desfalquistas, ladrones de cuello blanco, ludópatas, oportunistas, gentes sin principios ni fin. Los eufemismos son cobardes, distraen, los carga el diablo y no nos dejan ver el bosque. Ni el sol. Buena semana.

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El pistolero del bar cerca del Congreso

Despierto en un jueves azul gaviota que me pesa como una lápida sin nombre. Parezco un viejo encorvado al que el dibujante borró el bastón. Me persiguen dos marmolistas armados con martillos y cinceles. Gritan que su misión es esculpir mi nombre. Aproveché un enredo de tráfico cerca de Sol para escapar carrera san Jerónimo abajo. Al pasar delante del Congreso escuché aplausos y vítores de los diputados. Pregunté al policía de la puerta: ‘¿Quién ha marcado?’. Respondió: ‘Creo que Messi ¡Lleva una semanita!’. Me senté en una piedra frente a unos leones que me sacaban la lengua. El frío me entró por la parte mullida de atrás. Me calcé mi gorro hanseático por si aparecía la señora Merkel. Pasaron los marmolistas persiguiendo a otro madrugador en dirección a Neptuno.

Los diputados salieron por las puertas con sus pancartas, banderas y bufandas. Los peperos cantaban: ‘Oe, oe, oe’. En el palco, la CEOE en pleno hacía la ola con los dos brazos en alto. Lo del PSOE lagrimeaban maldiciones; parecían seguidores del Borusia Dormunt.

Los marmolistas volvieron carrera de San Jerónimo arriba. Al verme se detuvieron. Cuando se disponían a esculpirme, vino un jefe de recursos humanos secreto y los despidió en el acto. Me explicó que la suya era una profesión novísima creada gracias a la nueva ley laboral, ‘¡para que después digan que no crea empleo’! y que estaban por todas partes con derecho a despedir a cualquiera, de pie, sentado o en posición fetal.

Entré en un bar por temor a que la secreta me despidiera también. Estaba vacío. Ni clientes ni camareros ni huesos de aceitunas en el suelo. Un tipo vestido de pistolero del oeste con sus pistolas de oro al cinto, preguntó. ‘¿Qué toma?’. Respondí: ‘Una cerveza fría’. Cuando me disponía a pagar, el hombre preguntó de nuevo: ‘¿Es usted griego?’. Dije que era una mezcla de muchas sangres, como los perros callejeros. ‘Peor para usted; hoy tenemos una oferta especial para los griegos. Rebaja del 53% de lo que tomen’. ‘Me gusta mucho Theodorakis’, dije por llenar el silencio más que por presumir’. El pistolero ojeó un cuaderno de notas. ‘Déjeme que consulte a Berlín’, dijo con el teléfono rojo en la mano. ‘Nos vale’, exclamó.

Sonó el despertador como suena cada día, a traición. 04:45. Viernes. Ni rastro de la lápida, los marmolistas, la secreta y el pistolero. Solo se escuchaban los vítores de los hooligans del congreso que se habían salido de la pesadilla e iban calle abajo, calle arriba jaleándose y despidiendo a todo el mundo.

Fotografías con play de memoria

Cierro los ojos y vuelan dentro de mi cabeza las fotografías de Gervasio Sánchez. Abro los ojos y nada cambia: sigo poseído, preñado de un dolor ajeno y propio, vívido, sentido, compartido durante más de una década. Algunas de las fotografías, como esta que encabeza, tienen play de memoria. Me sitúo ante ellas; no veo una imagen fija sino un vídeo de la matanza de aquellos niños que jugaban junto a la catedral católica de Sarajevo. Detrás estamos, difusos, Julio Fuentes y yo; conmovidos con la visión de un padre con pelo negro, barba negra, tristeza negra, camiseta negra que al entregar su hija a los médicos se le quedó un rodal blanco de masa encefálica junto al pecho. Escucho voces, las carreras de los enfermeros, los golf llegando al hospital de Kosevo con más heridos en el maletero. Escucho ráfagas de silencio y nos escucho gritando, blasfemando, retando a los cabrones de la montaña.

Ese vídeo de Kosevo sigue girándome como un tiovivo con los nombres de los amigos muertos recordados ayer por Gervasio Sánchez en su parlamento: Juantxu Rodríguez, Jordi Pujol, Luis Valtueña, José Couso, Julio Anguita Parrado, Julio Fuentes y Ricardo Ortega.

Gerva ha inaugurado una antología de sus primeros 25 años de trabajo en la antigua Tabacalera, calle Embajadores, 53 de Madrid. El lugar está a medio rehabilitar o a medio demoler; parece un edificio suspendido en la nada del Sarajevo sitiado: un lugar bombardeado, francotiroteado. El frío viaja a escasa altura, por debajo de las fotos, y anida rápido en los pies del incauto y malprotegido. Pese al soplo siberiano, el visitante vivirá una experiencia infrecuente en estos tiempos de simulación y estafa: la conmoción.

El fotógrafo ofrece imágenes inéditas, rescatadas de su archivo por Sandra Balsells, comisaria de la exposición. La puesta en escena en ese Sarajevo bis es magnífica; dirige al visitante a través de los continentes hasta cada imagen, a cada persona que mira y calla. El edificio se esfuma, deja atrás un esqueleto que no distrae, que acoge y ofrece el espacio necesario para el diálogo de cada uno con lo observado.

Me emocionan especialmente las fotos de Sarajevo, las más lejanas en la memoria. Gervasio no solo es un excelente fotógrafo y un gran amigo, es un tipo insobornable que ha sabido encontrar en sus proyectos de Vidas Minadas y Desaparecidos la capacidad de narrar y denunciar que ya no cabe en los medios de comunicación, tan preocupados en los políticos, los banqueros, los obispos y los reyes, como si el boato fuese la gran ideología del siglo XXI, la ideología de la vacuidad.

Las palabras nunca pronunciadas, la palabras imaginadas, flotan en el ambiente, se entrecruzan, juegan lejos del frío sibericano, se muestran para que cada uno escoja las suyas. A mi me gustan dos que nunca se gastan aunque tantos las olviden: honestidad y dignidad.

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(La exposición estará en ese lugar hasta el 10 de junio. Está abierta de martes a viernes; de 10.00 a 20.00 / Sábados, domingos y festivos: 11.00 a 20.00. Entrada gratuita).

(No dejen de ver los vídeos con su montaje sonoro).

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