Hoy he tomado conciencia. Es lunes. No tengo que vestirme ni salir a trabajar ni hacer nada especial. Es lunes largo, eterno. Pese a la jodienda, pese a sentirme parte de los 8.400 periodistas que han perdido su trabajo desde 2008, pese a todo lo que callo, sé que esto es una oportunidad. Quizá no de trabajo, sino de regresar a la casilla de salida y recordar qué defendía, quién soy y qué quiero ser.
Después de una carrera casi de película y un despido Up in the Air, he decidido probar en el cine. De momento es solo una foto, unas camisetas y un barrio común. Pero es un comienzo, como el de Casablanca. Estuve en la manifestación: la suma de miles de ciudadanos y colectivos aplastados por la codicia, la mala gestión y la estupidez. Saldremos adelante.
Este blog está en huelga, como su autor. He hecho todas, las públicas y las privadas, pero será la primera vez que nadie me descuente un céntimo. He decidido regalarme el día, protestar, ser anarquizante, radical y lo que sea menester. Faltaría más.
12 de noviembre. 10.30. Día de difuntos tardío. Cita en una notaría de Madrid. Debe ser de postín: grande, limpia, personal eficaz, educado. Han dispuesto dos salas porque tantos despedidos exigen redoble. El notario se desliza de una a otra. Sonríe lo justo, entre una amabilidad necesaria y la severidad del momento. Una mujer me entrega los papeles que debo firmar. Una autómata humana. No es la primera vez que lo hace.
Firmé cuatro o seis veces con un No conforme, recogí los cheques y dije que la escena parecía de Up in the Air pero sin George Clooney. Por no afear al notario que observaba sorprendido, le espeté: “Él es más alto”.
Fui al periódico para despedirme. Habían desconectado mi tarjeta; pasé con la de una compañera. De seguridad avisaron. Imagino la escena: peligroso anarquista dentro del edificio. No saltaron las alarmas porque en el fondo soy un conservador con casa pagada. Mi único acto revolucionario es no tener deudas.
Me despedí de mis compañeros, uno a uno. Lo necesitaba.
Ahora siento liberación, aire en los pulmones. Se acabó el duelo, comienza el resto de mi vida.
He recogido mis cosas de la redacción: un jardín zen que mimaré en casa, un jersey viejo sin mangas para las noches de frío y unos cuantos diccionarios. El resto lo llevo dentro. Ha sido duro por la emoción de los compañeros y por mi sensación de que cada paso era el último después de 20 años y casi tres meses en la Plantación, como siempre la he llamado.
En unas horas tengo cita en una notaría de Madrid. Van a entregarme la carta de despido, el cheque Rajoy (20 días por 12 meses) y el finiquito.
Aunque tengo proyectos, que ya iré desgranando, siento vértigo. Los muchos mensajes de apoyo no se han traducido, de momento, en ofertas de trabajo.
Leo los tuits y los mensajes en Facebook y percibo un incendio descomunal que la empresa parece no ver. No quiero que muera El País, donde he trabajado tanto tiempo y tan a gusto y en el que siguen decenas de amigos. Por eso, y por costumbre, seguiré comprándolo.