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Ya llegó el día maya

Mañana se acaba el mundo, dicen. No sé si los mayas eran metafóricos o unos realistas irredentos; si el fin de este mundo será una explosión que nos dejará reducidos a recuerdos que nadie podrá recordar o será un cambio de era, un renacer.

Si enciendes la televisión y lees los periódicos, si estudias las estadísticas del hambre y de la desgracia ajena, sabrás que el fin del mundo empezó después de 11 de septiembre de 2001, cuando un presidente cuerdo (a diferencia de los locos que disparan en escuelas primarias) se lanzó a dos guerras contra el terror que mataron, y matan, a miles de personas sin reducir ese terror, sino multiplicándolo a otros países. Odio preña a odio; esa es la cadena.

El fin del mundo siguió con la quiebra de Lehman Brothers en septiembre de 2008 y el tsunami que generó: la crisis financiera y económica que aún padecemos. En medio del oleaje y los gritos de socorro, de los botes salvavidas, lo de siempre, lo consustancial a la especie humana: la rapiña, el saqueo.

Los mismos que causaron el problema por su afán desmesurado de lucro se han lucrado, y allí siguen lucrando a espuertas, en el hundimiento del mundo conocido, el de los derechos humanos y sociales alumbrados tras la Segunda Guerra Mundial. Siempre ganan los mismos. Es así en cada fin del mundo desde el Big Bang.

El fin del mundo se produce cada día en miles de hogares griegos, portugueses y españoles; en miles de estadounidenses expulsados por el tren del progreso; en los latinoamericanos que tienen que emigrar a un Norte o una madrepatria que les explota, en las mujeres maltratadas por un machismo crecido, en los habitantes del Tercer Mundo que ni siquiera tienen derecho a sentir una crisis como la nuestra.

El fin del mundo se renueva cada vez que Wert abre la boca, cada vez que Mariano miente y tictea con los ojos descontrolados, cada vez que Rubalcaba se siente parte del futuro de algo. El fin del mundo llega en el desmantelamiento de la Sanidad madrileña, en el silencio de cada uno de nosotros.

Ojalá que el renacer traiga justicia para los corruptos, los sinvergüenzas, los impostores, los privatizadores. Si fallaran los mayas aún nos quedan los Reyes Magos para pedir imposibles.

Dónde está el fin del mundo

Falta poco para el fin del mundo, apenas tres días, y sigo en pijama, sin duchar y sin poder capitalizar el paro. Me asomo por la ventana por si oliera a azufre, a diablo cojuelo. Estudio el movimiento de las nubes y de un sol escondido en busca de alguna cabriola mística, la señal de que todo se acaba. De tanto mirar a los astros y a los dioses olvidé encender la televisión, donde se acumulan los signos en cada telediario, no importa la cadena.

Escucho a Camille O’Sullivan convertida en un bote salvavidas en medio de un cabaret global. Navego por la nada en busca del fin del mundo de los mayas cuando el mundo que se ha terminado es el mío, el de los periodistas que cuentan historias a cambio de un sueldo que te permita vivir decentemente.

Toca día negativo, es el tobogán emocional del que hablan los más experimentados. Peor lo tienen los que compran lotería y cultivan la ilusión de lo imposible; invierten un dineral en un sorteo inútil que se celebra el día después del fin del mundo. Eso se llama mala suerte.

Buona giornata a tutti.

Laberintos kafkianos

Hoy regreso al Inem; es la cuarta vez en un mes, una costumbre impuesta. Me espera una funcionaria armada con dos verdades: la de la razón y la de la sinrazón. No sé cuál desempolvará, pero ambas resultan potencialmente mortales. Pese a que trato de sentir cada viaje al laberinto con emoción teatral, de engañarme con un final no escrito en deseo de un avance minúsculo, sé que se trata de una quimera: la derrota está escrita. No hay esperanza.

Iré retador, con un libro de Franz Kafka y una dedicatoria sutil en los labios: “A la dama del Castillo, de Gregorio Samsa”. Nada esencial cambiará, pero me quedaré a gusto, descargado.

Buena semana.

El maravilloso viaje de Paul Salopek

En tiempos de melancolía, de periodismo de bajura, recorte y pega; en tiempos de miedo, desmemoria e indignidad sumisa, el extraordinario viaje de Paul Solopek se presenta como un desafío al pesimismo; un todo puede ser, solo es necesario querer, caminar.

El arranque del texto de Justin Ellis publicado en El Puercoespín, una de mis webs favoritas, está a la altura de la propuesta de Salopek. Disfrutemos.

Todo periodista tiene una lista de cosas para meter en el bolso o preparar antes de salir a reportear. La de Paul Salopek es más larga. Además de una video cámara y una laptop, incluye un teléfono satelital, un GPS, y organizar traductores, guías y transporte en camello. También, unos zapatos muy buenos.

La canción del barco que zarpa

Hoy no me sentí culpable; ni me sentí menos, reducido, aparcado. Hoy me sentí completo, con ganas de reír, pintado en colores vivos de los pies a la cabeza. Es el primer día desde el 12 de noviembre en el que la ausencia de trabajo, de algo concreto que hacer, de esas obligaciones automatizadas que te transforman en un ser socialmente aceptado, no me arañan desde dentro. Hoy he podido bajarme del tiovivo, dejar de pensar, respirar desde una ventana abierta. Hoy, la ausencia de todo lo he vivido como libertad sin precio.

Escucho esta canción una y otra vez, The Ship Song. Quizá sea la visión del mar, de un puerto del que parten los barcos que van a vivir aventura; quizá sea la voz extraordinaria de esta mujer, su armonía, lo que me embriaga y traslada. Pese a las nubes negras, a los truenos, no quiero que se acabe este día hermoso que huele a salitre y algas. No quiero dormir un sueño que me despierte de este otro que sabe a vida.

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