Lo ocurrido en la Facultad de Derecho de Alcalá de Henares fue excepcional, lo dije en el post anterior: nunca me había pasado. Mi experiencia estos años con miles de jóvenes en toda España ha sido siempre muy positiva y enriquecedora.
La segunda sorpresa, al leer los comentarios, es la nula capacidad de autocrítica por parte de los alumnos ofendidos, que a buen seguro, son parte del grupo distraído; llamésmole así. Tener toda la razón es siempre peligroso y más cuando se está en periodo de formación. El asunto es más grave de lo que esperaba. Larga vida a Alcalá y que corra el aire.
Llegan comentarios, algunos insultantes a este blog. Debe ser que la cosa está peor de lo que parece. Todos tenemos libertad de expresión: el joven “bien vestido” (expresión innecesaria y desafortunada por mi parte), los que aplaudieron su intervención, los que me acusan de politizar el discurso (quizá no sepan quién es Aristóteles: todo es política), los que guasapeaban en medio de la charla, los que se reían…
Supongo que ninguno de los que atendieron y se mostraron respetuosos con los ponentes se ha sentido ofendido; el exabrupto no iba con ellos.
He ido a muchas universidades a dar charlas y lo ocurrido el otro día en Alcalá de Henares fue extraordinario por infrecuente. Siempre hay distraídos, atolondrados, personas que están en otro rollo. Pero nunca tantos.
Saber escuchar y argumentar es una de las bases del Derecho y de la democracia. Supongo que todo se aprende, todo mejora con la experiencia, cuando el individuo empieza a salir de sí mismo, de su pequeño universo egoísta de persona que se cree inmortal, triunfador, y se topa con los demás, con los Otros, con una vida que se enriquece cuando se ralentiza, se detiene en los detalles del camino.
Si alguien se sintió ofendido, pido disculpas. Espero reciprocidad. Otra base del Derecho.
Una larga vida, Ravi Shankar: 92 años preñados de música y virtuosismo. Se me apareció hace mucho disfrazado de quinto Beatle, y allí seguirá por siempre junto a George Harrison.
Salí anoche con un sabor agridulce de una charla en la Facultad de Derecho en Alcalá de Henares, ciudad tranquila y muy hermosa. Decir agridulce es una exageración. Hablábamos de Derechos Humanos en un acto organizado por la Asociación de Mujeres Eleanor Roosevelt, un grupo ejemplar de lucha por la igualdad y la justicia.
Es frecuente que a los alumnos se les fuerce a la asistencia a cambio de unos créditos. El auditorio estaba lleno: algo más de cien personas, algunas de pie. Tras la firma del justificante de presencia, que corrió de escaño en escaño, el número de escuchandos fue disminuyendo.
Pregunté cuántos compraban un periódico al día. Silencio. Ni una mano levantada. Es cierto que no pregunté cuántos leen un periódico sin comprarlo: en casa, en el bar, alargando la cabeza en el autobús. Tampoco pregunté cuántos periódicos digitales siguen; ni cuántos blogs, webs o páginas de pasatiempos.
Mi pregunta fue la de un viejo periodista que ha nacido y crecido en la letra impresa y que ha realizado un esfuerzo por acoplarse a los tiempos digitales; esfuerzo fallido, según dicta mi antigua empresa en papel escrito.
Pregunté cuántos leían un libro al mes. Se levantaron unas 15 manos. Es posible que algunos exageraran. No pregunté cuántos libros electrónicos, ni cuántos folletos o instrucciones de móvil. No lo hice porque sé que nadie en su juicio lee instrucciones (esto es un sarcasmo).
Un joven de la parte alta, bien vestido, polemizó con Elena Laporta, compañera de mesa y experta en Derechos Humanos. Le molestó que presentara entre los casos en los que España ha sido condenada por Estrasburgo, el del periodista Martxelo Otamendi, del diario Egunkari. Defendió el joven que se le impidiera ver a su abogado durante varios días porque es frecuente que los detenidos de ETA usen sus abogados como correos. También defendió la seguridad por delante del respeto de los derechos humanos.
Utilizar este tipo de argumento nos lleva a justificar Guantánamo y la tortura. Es el camino recorrido por George Bush y sus neocon. No me molestó lo dicho por el joven, que tuvo lo valentía de defender sus posiciones, me sorprendió el aplauso de un sector mayoritario de la sala.
Supongo que esos 100 alumnos en disminución constante no son la Facultad de Derecho de Alcalá, ni la representan fielmente, y que entre ellos había asistentes de otras facultades, pero la actitud de muchos de ellos -sin atender, murmurando, guasapeando y de risitas- mientras se hablaba de violaciones graves de Derechos Humanos resulta demoledor.
¿Es esta la generación que nos va a salvar del fin del mundo, de este mundo de injusticias, sinvergüenzas y corrupciones que hemos creado los actuales adultos? Pienso en otras charlas, en otros jóvenes y en parte de ese público que atendió y la respuesta es rotunda: sí; creo que esta es la generación que nos va a despertar, a movilizar, a romper el ciclo de malicia. Quizá exagere, pero es mi penúltima utopía.