Verano, vacaciones; son palabras consecutivas, pensamientos automáticos: saben a playa, a vaguería en pantalón corto y chancla. Antes, cuando me empleaban a tiempo completo debía pelear los turnos con un jefe a quien solo le interesaban los suyos. Era un momento emocionante, difícil, te jugabas el asueto. Siempre me ha sorprendido la gente capaz de saber lo que va a hacer con varios meses de anticipación. Nunca me gustó la planificación.
Todo el mundo habla de un vídeo de un pequeño accionista, al que conozco y estimo, de sus palabras ante un presidente de empresa. Pero yo sigo inamovible en mi decisión de pasar página, de no perder un gramo de energía con el pasado, en los rencores que son como rescoldos prestos al incendio renovado. Conservo buenas memorias y la conciencia tranquila. Esa es mi ventaja: saber que no he hecho nada malo.
Estoy en Barcelona para un encuentro de fotógrafos llamado Ojo de Pez que organiza La Fábrica.
Le doy vueltas a mi vida laboral, a los encajes, a lo que dejaré en el camino. Cuando pase el verano haré cosas diferentes unidas a las que ya hago. Cuento con vosotros porque la aventura continúa.
Me gusta esta canción; es un contrapunto divertido a estos tiempos de rimbombancia y estupidez supina.
Estoy en edad de sentir, de vivir los recuerdos con libertinaje y anarquía; de ser como me da la gana, que ya pagué las consecuencias. El martes comí con cuatro amigos del barrio de mi infancia, de los que te recuerdan quién eras. Me gustan esos encuentros-espejo porque descubro que soy lo que quería ser, metro arriba, metro abajo: un privilegiado que ha podido elegir su camino, su profesión.
Esa comida sumergida en vino de la Ribera del Duero y ginebra inglesa me ha dejado preñado de vapores y de unos años que están cosidos a la piel. Son mi ADN. Soy una prolongación, no una contradicción.
En esos encuentros se repasan nombres, ligues, cagadas. Te arrancan una sonrisa que se queda prendida días y noches sin necesidad de maquillaje. La del martes me trajo la noticia de la muerte de Juan Rodríguez, El Copón, un personaje entrañable, un estandarte de la pandilla. Lo llamábamos El Copón porque era el copón. Murió hace dos años de un infarto bajo una ducha caliente. Se murió sin que pudiera decirle que le quería, que es parte de recuerdos entrañables de una infancia dura, complicada por una educación militarizada, franquista
Recuerdo cuando me llevabas bocadillos de chorizo a la estación de tren de Fuencarral, entonces en desuso, donde hacía pellas en mayo de no sé qué año en un vagón abandonado de madera. Cursábamos segundo de Bachillerato. Tú en el Ramiro; yo en el Chamberí.
Un profesor psicópata de Francés había impuesto a la clase un castigo colectivo que me negué a obedecer porque no había hecho nada. El cabrón nos mandó copiar una lección por manchar el techo del aula de pelotillas de papel, de esas que se lanzan desde el canuto de un Bic. Ante mi tozudez, ante mi negativa, el castigo se multiplicó hasta tener que copiar 32 veces la lección. El psicópata dijo: “Si no lo traes mañana, no vengas”. Entonces decidí simular un ataque de apendicitis y no regresar al colegio.
Me llevabas bocadillos de chorizo hasta que tu madre te descubrió y cantaste la Traviata. Mi padre en vez de dos bofetadas, que era lo habitual, me escuchó y tomó partido por mi bando rebelde. Regresé a clase sin copiar la lección como un héroe. Vencí al torturador de Francés pero tuve que dejar el colegio.
Recuerdo las borracheras de la pandilla de los borrachos. La caída en tu moto Vespa cuando se nos olvidó poner los pies en un semáforo. Recuerdo tu vomitona en la cama de la madre de no se quién en una de esas fiestas guateque que hacíamos para ver si metíamos mano de una vez a alguien que con tanto alcohol íbamos retrasados en las cosas del sexo.
Recuerdo tu detención en el cine Roma cuando os cagasteis en una película facha sobre la guerra civil. Te recuerdo porque introdujiste la conducción-Ángel-Nieto en las curvas, tumbado sobre tu Bultaco Junior. Te recuerdo porque eras un tipo cojonudo, limpio; un puto desastre como muchos de nosotros. ¡Qué tiempos! No sé cómo te fue la vida. No pregunté más. Hace siglos que no nos veíamos.
Ahora que sé que no estás te echo de menos; me arrepiento de no haberte contado todas estas memorias. La vida se construye de ausencias emocionales que la mente y la resistencia al olvido transforman en presencias, en eternidades. Tú eres una de las mías. Gracias, amigo.
No sé qué hace el Gobierno de EEUU con todas nuestras conversaciones, quién las escucha, dónde se guardan, cómo se discrimina una ventosidad excesiva de un ataque químico, lo importante de lo accesorio. Empieza a ser peligroso hablar en clave, bien entre novios quinceañeros, amantes o de los jefes. Debe ser un trabajo de chinos, por eso China es tan aficionada a espiar a los espías de EEUU y la UE por si pilla alguna idea, alguna patente. Se llama compartir cultura según el lenguaje de Internet.
Hemos sabido gracias a la fructífera relación entre Snowden y The Guardian que el Gobierno británico espió al resto del G-8. No creo que los demás se quedaran atrás. Cada vez que se reunen los países más ricos para disimular y hacer que hablan sobre los pobres se producen varios G8 paralelos: asesores, fontaneros, servicios secretos, espías, mucamas y mucamos, periodistas, manifestantes. Debe ser un lío lidiar con tanto tráfico, casi tan difícil como espiar las comunicaciones telefónicas, los chateos en Gmail, los muros de Facebook y un largo etcétera.
Para el ministro José Manuel García-Margallo, el de la Marca España y los recortes en cooperación y desarrollo, la foto que encabeza este post es falsa, un montaje. Lo dijo ayer en El Objetivo, el programa de Ana Pastor en la Sexta que me va a tener tan atado frente a la televisión como Jordi Évole con Salvados.
Según tan ilustre caballero, El diario The New York Times y el fotógrafo Samuel Aranda colocaron una foto de Grecia en un reportaje sobre la crisis en España. El ministro sugiere que lo escrito es tan falso como la imagen.
No es una tesis nueva; la movió la clac mediática, que hablaba de exageración. Sucedía en el franquismo: los extranjeros eran pérfidos, la antiEspaña.
Quizá el ministro haya equivocado el medio y el enfoque porque lo más parecido a lo que denuncia ocurrió en la TeleMadrid de su libérrimo gobierno privatizador de la sanidad y de lo que caiga. En una infomación sobre el 15-M utilizaron imágenes de una huelga general en Grecia.
Afecta a la marca España, o lo que sea esa pomposidad, tener políticos tan poco rigurosos. Si yo fuera el NYT le exigiría una rectificación bajo amenaza de querella. No se pueden decir tonterías con tanta impunidad.
Lo que hizo el NYT y Samuel Aranda se llama periodismo, un oficio sencillo que suele consistir en salir a la calle, enterarse de lo que pasa, comprobar los datos y publicar informaciones que por lo general disgustan a los afectados, al poder. En medio de una crisis económica tan dura como esta, la calle española debería ser una mina de oro de pequeñas historias que ayudan a entender el panorama general. Ese es el arte del reportaje.
Cuando un Gobierno quiere vender brotes verdes o ocultar la corrupción que le afecta, el periodista debe estar allí para desmontar la propaganda. Nuestro trabajo no es ser amables. Educados siempre, pero incansables en la persecución de los mentirosos, los corruptos, los sinvergüenzas. Trabajamos con hechos, no con ilusiones ni frases rimbombantes.
El NYT es un ejemplo de gran periodismo, con sus errores, que los tiene. Samuel Aranda es un grandísimo fotógrafo, una mirada honesta, intachable. El Gobierno al que pertenece Margallo no ha dado muestras aún de ser grande en nada. Solo en mentiras y promesas incumplidas.
Para educar bien es imprescindible hacerlo desde la libertad del que enseña y del que aprende; convertir el acto de aprender en una aventura, no en una montaña rusa de deberes y exámenes. Finlandia cuenta con uno de los mejores sistemas educativos del mundo. La maestra Hilkka-Roosa Nurmi explica a la BBC una de las claves de este éxito: “Aquí no es como en otros sitios, no tenemos tantas normas”.
Otras claves son la gratuidad y que apenas existen escuelas privadas: educar no es un negocio ni un lavado de cerebro sectario que sustituye hechos por mitos.
Mi experiencia es la de tantos: una enseñanza memorística de saberes inútiles troceada en pequeños compartimentos. Nunca me enseñaron la existencia del todo, ni a pensar. Aprender a pensar es una de las bases de la educación: aprender cosas que vas a hacer solo. Así funciona en el mundo animal.
Era el franquismo, tenían excusa. En una dictadura no se piensa, se obedece. Pero estamos en presunta democracia y allí seguimos, en la necedad regulada, en tiempos de una gran revolución tecnológica, más importante que la invención de la imprenta en 1450.
Tuve un profesor de Historia que ponía música en clase y proyectaba diapositivas de catedrales; quería que aprendiéramos que todo está relacionado. Tuve otro de Filosofía que dibujó un árbol en la pizarra y tiró el programa a la papelera. En la primera clase repasó la historia de la Filosofía desde la visión de ese árbol de tiza. Fueron excepciones, oasis para respirar. Fue en el curso último antes de la Universidad. Todo lo anterior pareció una pérdida de tiempo
Este es el arranque texto de la BBC que comparto:
No son los que más invierten en educación (menos del 7% del PIB), ni los que imponen la mayor carga horaria a los niños en las escuelas (608 horas lectivas en primaria en comparación con 875 de España, por ejemplo).
Tampoco se inclinan por dar cantidades excesivas de tarea para la casa; y, a la hora de evaluar formalmente el éxito del proceso de aprendizaje, un par de exámenes nacionales cuando los jóvenes dejan la escuela, a los 18 años, les basta.
Entonces, ¿cómo es posible que los alumnos finlandeses siempre ocupen los primeros puestos en las listas internacionales que evalúan los niveles educativos?