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Frases para escribir en un post-it

Conocí en Minnesota a Spencer Silver, el creador del Post-it. Nació de un error, como muchos inventos. Buscaba un pegamento y se topó con una solución para la nevera familiar, inundada de recordatorios pegados con plastilina. Conducía un escarabajo amarillo matrícula Post-It. Parecía un sabio despistado. Me gustó. Trabajaba en Expansión en 1987; tuve el acierto de hacerme amigo en el viaje de un tipo del Financial Times. Todo el mundo quería sentarse a su mesa.

El post-it sirve para escribir la lista de la compra, recordar un cumpleaños, enumerar mandados. También sirve para escribir frases que no debemos olvidar. En estos tiempos de crisis y de periodismo de bajura me gustan estas cinco, se admiten sugerencias. Son mi norte cada día.

Cada mesa, un Vietnam (de Huertas Clavería; antes, en el final del franquismo podía sonar a desafío, ahora es un obligación ética: resistir).

Dudar, verificar, entender y luego contar (Albert Londres, reportero en la Primera Guerra Mundial).

Primicia es el primero que lo cuenta bien (Gabriel García Márquez).

Quién diablos va a leer el segundo párrafo (de la genial Primera Plana, de Billy Wilder).

Menos es más (de Ludwig Mies van der Rohe, arquitecto, esencial en la edición de un texto).

No tengo identidad, ¿es grave?

Primero agradecer los comentarios al post el suflé independentista; muestran más nivel que la mayoría de los políticos.

Mi tara es de fábrica: carezco de una identidad concreta. Nací en Venezuela de madre inglesa y padre español. Siento más influencia británica que latina, aunque solo sea por los veranos en Sussex, mi año en Londres y porque me gustan los británicos; sobre todo Bernard Shaw, que era irlandés.

Mi abuela nació normanda y mi abuelo sajón. No tengo pueblo ni bandera ni himno. A veces echo de menos el pueblo de piedra y la huerta que nunca tuve. Soy de Madrid, supongo. Es donde vivo, donde he vivido gran parte de mi vida. No bailo chotis ni me gustan los toros. Tengo cara de guiri; eso limita mucho.

Me gustan los países y las gentes con sentido del humor; aquellos que saben reírse de sí mismos. En eso los ingleses son campeones, los inventores del sarcasmo. El nacionalismo tiende a la transcendencia, a la rimbombancia. Copia la estética de la Iglesia, todos bajo palio frente al demonio. Sospecho de los importantes, de los salvadores, del poder. Por eso me hice periodista.

Ahora todo el mundo es de un sitio concreto, de un orgullo de toda la vida. Incluso Dyango, que cantaba Suspiros de España. Me gusta ese pasodoble, debería ser el himno nacional. Ahora la identidad es el mensaje, la certeza. Rechazo las certezas, las tribus, los rebaños, los comisarios políticos, los cardenales. Me encantan las dudas, las anarquías en el pensamiento.

El PP sigue con su estrategia de no hablar de la realidad, de inventarse otra sin la letra B. Lo malo es que les funciona porque en frente hay un muerto con una rosa seca en el puño que vive en su irrealidad. Lo llaman bipartidismo, alternancia. Son dos partidos plasma. Ya tengo mando a distancia, aunque solo sea por la ilusión de zapear. Zapear es una manera de elegir.

Espías en la cárcel de Mandela

El escándalo del espionaje de la NSA me nubla la vista y cuando veo a Obama dentro de la celda de Nelson Mandela me parece un insulto. Tener el mismo color de piel no te garantiza defender los mismos ideales, ser de la misma pasta.

La prensa, los medios, siguen preguntándose por Snowden, por su situación legal, cuando el problema es el presidente de EEUU y quienes aprobaron un espionaje masivo. Ellos son los que violaron su Constitución. Y las nuestras.

Sostenían que el motivo era noble: luchar contra el terrorismo, que con las escuchas se habían evitado no se cuántos atentados. Pregunta sencilla: ¿Qué tiene que ver la UE, su Parlamento, con el terrorismo? La seguridad como excusa para secuestrar la democracia. Es vergonzoso.

Ganó un Brasil sobre el campo de juego. Ahora está por ver si gana el otro en una partida mayor, la que se libra en la calle. La música es para Tahrir, para los laicos. Se nos acumulan las noticias, las harturas, el trabajo para la semana que empieza. Buen lunes.

El suflé independentista

Barcelona vivió anoche un concierto de emociones. Se cantó a la independencia, a Catalunya, a un deseo de escapar que nos invade a muchos. Se llamó Concert per la Llibertat como si la Transición no hubiera terminado. Supongo que cada uno es portador de sus razones. Las habrá históricas, familiares, culturales, políticas; también de moda y contagio, un cierto miedo a quedarse fuera, señalado.

Es difícil escribir sobre emociones colectivas porque todo lo colectivo arrastra un punto de irracionalidad. He estado esta semana en Barcelona y mis amigos, que son internacionalistas como yo, sostienen que el suflé está bajando.

Ser internacionalista es defender valores y derechos humanos por encima de razas, religiones, identidades y nacionalidades, y comer mucha ensaladilla rusa. Lo de la ensaladilla es broma, claro.

El PSC está tan desorientado porque olvidó sus señas de identidad, se movió con el viento. La política es defender ideas, no buscar votos cueste lo que cueste; la política está preñada de actos de valentía, no de cálculos cobardes.

Creo en el derecho a elegir, pero habría que definir qué es elegir, cuáles son los límites y las condiciones de esa elección. Son importantes las formas, los pactos, los consensos. Es importante no jugar irresponsablemente con fuego, avivarlo. Elegir es un derecho universal, no uno unilateral.

No me molesta el sentimiento independentista, lo entiendo. Comparto esas ansias de romper la baraja, de buscar otra. Me molesta la utilización que hace CiU. Mas y los Pujol sueñan con una patria catalana sin fiscales anticorrupción ni memoria. No son honestos en su empeño. Queremos cambiar de nombre al perro cuando el problema es el collar, las cadenas.

Digan lo que digan mis amigos internacionalistas, palpo que el suflé sigue alto, horneándose en un debate de afrentas con los Wert y Mas vestidos de pirómanos. Es un círculo que se retroalimenta.

Me molesta la reescritura de la historia, el victimismo como militancia. No sé si anoche se cantó Viaje a Ítaca de Lluis Llach, uno de mis músicos preferidos. Muchos lo ven como un himno a la ruta que conduce a la independencia cuando el texto de Cavafis habla de lo contrario. Sostiene que la riqueza que tanto anhelamos no está en Ítaca sino en el camino que recorremos apresuradamente. Se pueden reescribir las batallas, pero nunca los poemas universales. Tienen copyright de interpretación. Así somos los internacionalistas que comemos ensaladilla rusa: inflexibles en la poesía. Feliz domingo.

Una marmotada con personajes secundarios

Pasan los años, los cantantes: quedan las canciones atrapadas en un presente continuo, en un larguísimo día de la marmota. Eso es España, una marmotada repleta de personajes secundarios que no dejan de chupar del bote.

No dice mucho de nosotros que esta murga de los currelantes parezca escrita ayer. Que vuelvan pronto los emigrantes y los que aún no saben que tendrán que emigrar, también.

El asunto Hacienda-inspectores-notarios-registradores-y-ministro-yo-no-he-sido es bananero. Un insulto en periodo de recaudación fiscal.

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