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Aprendiendo espacios vitales en lo alto del Empire

Hoy subimos al Empire State Building. Nosotros y otros ocho jumbos repletos de turistas. Era una Babel de empellones, cámaras, teléfonos, tabletas y mochilas. Si resistes el primer impulso asesino (muy intenso) y buscas el norte cardinal, donde apenas mira casi nadie, encuentras fotos plácidas, una cierta paz. Desde ese promontorio aprendes la mecánica secreta del movimiento de las masas, tus ojos se habitúan al bullicio y descubren huecos. Un hueco libre no se piensa, se ocupa.

Teníamos un pase VIP. A la madre de Paula no le gusta saltarse colas ni de manera legal. A mí me encanta el Priority Pass de Easy Jet y Ryanair. Por unos euros más te das el gusto de no guardar fila diez días antes de que llegue el avión, una costumbre muy española. La madre de Paula sostiene que lo mío es una rémora del señorito que habita en mi interior y de un cierto etcétera de conflictos no resueltos.

Sea lo que fuere nos hemos ahorrado horas de impaciente espera. No lo escondo: enseñar el pase y tener prioridad absoluta para entrar primero en los ascensores es un orgasmo a la altura del mono pajillero del Zoo del Bronx. Me agrada sentirme mimado. A Paula también le encantóo el trato VIP aunque para no alejarse en exceso de las tesis maternas, dijo: “Está muy bien; pero no me gustan las personas capaces de pagar por esto”. Esta niña tiene mano izquierda.

Hacía un día limpio. La ciudad resplandecía. El navegar de algunas nubes oscuras por el noreste parecían dar razón a los pronosticadores de lluvia.

Cuando aprendes a sobrevivir a una la masa turística descendida en tropel de ocho jumbos -a la que pertenezco, quiera o no- descubres la existencia de un espacio de soledad más allá del objetivo de la cámara; ese lugar mágico permite sentir cómo tus ojos recargan los discos duros.

Desde el aire y desde tierra, mis edificios favoritos son el Chrysler y el Flatiron, además del Empire. Si rastreas desde lo alto las terrazas de los edificios más bajos descubres pequeñas joyas en medio de un aparente caos arquitectónico. También me gusta la nueva torre de Ghery. Fabulosa desde fuera.

Comimos en un coreano en Little Korea, muy cerca del Empire, donde están los mejores restaurantes. No sé qué sacará Paula del viaje, pero es probable que la comida asiática se enroque para siempre en algún lugar de su memoria-paladar.

Por la tarde les dejé de compras después de decir una frase mágica. A la niña se le abrieron los ojos; a la madre se le afilaron los dientes. “Mira, allí está Victoria Secret”. Tomé el metro expreso Uptown hasta la 96. Recogí la ropa limpia y planchada de la tintorería y escribí la columna que en unas horas mandaré a Infolibre. En esta ciudad cada día es una forma de eternidad. Feliz miércoles.

Bronx ya no es lo que era

Pisé el Bronx por primera vez. En mi memoria seguía anclado en la pobreza, la violencia, las drogas y las pandillas; en la visión negativa de Hollywood. Sé que el barrio empezó a mejorar hace años, que existe un gran trabajo comunitario.

Fuimos en la línea 2, más allá de Harlem. Cuando el convoy emerge a la superficie surge una ciudad diferente, grafiteada, casi normal. No es el Detroit hundido en la pobreza que preside el documental de Sugar Man, pero tampoco la glamurosa y brillante que palpita setenta calles hacia el sur. Nueva York encierra mil Nueva York. Los hay horizontales y verticales.

Fuimos al Zoo del Bronx. Estos parques son como los cementerios: muestras de cómo son las personas que viven en la ciudad. Los animales y los muertos bien atendidos son síntoma de civilización, de saber estar. El zoológico es espectacular. Viajamos en monorrail por la zona asiática que de asiática tenía muy poco, pero los estadounidenses nunca tuvieron su fuerte en la Geografía. El animador era entretenido pero los animales que debían mostrarse estaban ausentes. Parece que es la moda, una tendencia. Nos tocó una familia de dos millones de niños con padres alfa que hablaban a gritos, impostados de triunfo. No hubo rebaja en el billete. Pero tal fue la matraca que una de las madres nos pidió perdón.

La parte de los gorilas y los tigres es muy buena. Hubo suerte con los cuatro felinos porque estaban juguetones en la charca. Asistimos a una proyección en 4D. Es lo mismo que en 3D con la diferencia de que si un animal estornuda te mojan los mocos. Impacta. Paula esquivó varios ataques de animales prehistóricos.

Hay un atracción que merece la pena: un mini parque temático con dinosaurios robotizados. Si entras en el juego del animador resulta divertido. Mientras esperábamos al auto, tres mujeres con un tercer millón de niños nos dieron la espera. Mis zapatos nuevos se llenaron de polvo. Nos tocó el mismo carricoche que la familia expansiva. Esta vez nadie pidió perdón. Por un momento soñé que uno de los bichos hacía justicia.

Tener hijos me parece una insensatez; también un acto de heroísmo. Prefiero los gatos. Cuando dije esta gracia, Paula me preguntó si ella era una excepción. Respondí que sí, que lo era pese a no ser mi hija.

En la zona de los reptiles vi a un sapo que sonreía; parecía humano. Aún no sé si era un príncipe a medio desencantar o un bicho a medio encantar.

El Zoo del Bronx dispone también, como la difunta Casa de las fieras de El Retiro de Madrid, de un mono que se manosea la cosa en público. La estira como un regaliz rojo. Incluso se la chupó a sí mismo delante de una familia americana que enseñaba a sus hijos el amor a los animales. No pude resistir: le guiñé un ojo al padre. El mono se quedó adormilado con el asunto entre las manos. Puede que el mono acabe mal: en un Guatánamo para simios amorales.

Cenamos en un japonés. Paula tiene saque: comió de todo, le gustó. Mañana completará su educación culinaria asiática en un coreano.

Es lunes por la noche. Mañana vuelven las tormentas, la fresca. La ciudad que no duerme es maravillosa, se deja vivir, disfrutar.

Comida en Chinatown

La madre de Paula corrió por Central Park a las nueve de la mañana. Era domingo y una parte de la ciudad parecía llevar horas despierta. Después intentamos escuchar gospel en Harlem pero habían cambiado las normas de acceso: entraban los 40 primeros inscritos a pie de templo. Debíamos ser los 50. Mala suerte. La celebridad de la Bethel Gospel Assambly ha crecido desde la última vez que vine; o quizá sean reglas para sobrevivir a agosto, para protegerse de los turistas.

La idea era sumergir a Paula en Missisipi ahora que lee a Mark Twain. Paseamos Lexington abajo. Un hombre se me acercó para preguntarme si yo era Tolkien. Acababa de tomar una fotografía de un cartel callejero que decía “Not all who wander are lost” (No todos los que vagan están perdidos). Estaba firmada por el escritor. El hombre pertenecía a la parte de la ciudad que no se había acostado.

Bajamos unas cuarenta calles en la línea 6. Salimos en la setenta y algo para seguir el paseo por Madison Avenue, una de las calles elegantes del East Upper Side. No había celebridades de ida ni de vuelta.

Los escaparates de Nueva York son, en su mayoría, una obra de arte. Los hay minimalistas: pocas cosas de las que presumir colocadas con esmero. Me gusta cuando soy capaz de percibir el trabajo invisible, la pasión de quien desea ser visto. Me sucede con los reportajes, las crónicas, las fotos. Descubrir las intenciones, esa baja frecuencia que conecta a las personas me genera satisfacción. Es como ser parte del mensaje.

Comimos con Antonio, un amigo profundo. Quedamos en Canal Street con Mott. Una pareja de chinos se afanaba en su puesto de comidas en la esquina. Debe ser excelente porque había cola. Es barata, huele bien. El cocinero se multiplicaba sobre su placa y la mujer vendía. No hacían falta gritos, ni carteles; es el boca oreja, esa sabiduría popular que otorga otro tipo de estrellas menos fugaces.

Fuimos a un Chinatown dentro de Chinatown en el que no entran los turistas sujetos por sus guías. Es la ventaja de tener amigos que viven desde hace años en Nueva York. En el restaurante no había menús, solo camareras que pasaban empujando carros repletos de comida. Es el comensal el que elige. Me preocupó Paula, acostumbrada a los chinos de España que tan poco tienen que ver con los chinos de vedad. A la niña, que tiene un gran paladar, le encantó la experiencia y comió como nunca. Intentó los palillos pero acabó en los cubiertos. Dijo que había sido su mejor comida en Nueva York.

Fuimos a JR en Park Row porque Antonio quería comprar un plato para discos de vinilo. Cuando se enteró que había vendido gran parte de mi colección por 40 euros casi me mata. Conservo los esenciales aunque no los pueda escuchar. Expliqué a Paula que los discos de vinilo y los libros son huellas de la vida vivida y que las huellas no se prestan ni se venden salvo emergencias. Es mejor conservarlas porque nos recuerdan quienes éramos, qué soñábamos.

Ponga un Woody Allen en su tarde

Hoy he visto Jasmine Blue, la última de Woody Allen, en uno de los mejores cines de la ciudad, el más europeo: Angelika Film Center. Paula esperaba un aplauso del público porque le había advertido de que en Nueva York se aplauden las buenas películas y algunas escenas. Hubo silencio pero con caras henchidas de satisfacción. Cate Blanchett es una gran actriz: habla con los ojos.

Ayer visitaron el Met mientras yo terminaba la columna de El Periódico. Cenamos en un italiano ruidoso en lo que queda de Little Italy. Hoy visitamos la Catedral de San Juan el Divino y la Universidad de Columbia. Me fotografié delante de su célebre Escuela de Periodismo. En ella se entregan los premios Pulitzer cada año.

Echo de menos en España los estándares de calidad y rigor que se practican en EEUU y en el Reino Unido; no abundan en nuestro país donde la información ha sido reemplazada por prejuicios y manipulación. El lector es culpable también pues no parece diferenciar entre calidad y basura.

Expliqué a Paula que estudiar ayuda a elegir; escoger es una forma de ser libre.

Volvió a llover. Las lluvias de las ciudades no huelen a campo, a verde, pero suavizan los ruidos, humanizan.

Caminamos por la 110, donde empieza Central Park. Se mezclan los viandantes arrastrados por perros con los ciclistas. Otros corren, resoplan y sudan. En los cristales de los escaparates de Lexington se refleja mi embarazo. No me gusto, me odio. Después de tanto caminar no hay resultados visibles. Será la Brooklyn Lager que inventó en una bañara un periodista de Associated Press en la guerra del golfo en 1991. Fue listo al saltar del barco antes del desastre, de la crisis. Lo decía Hemingway: esta es una gran profesión si sabes dejarla a tiempo. Yo no puedo porque no sé hacer otra cosa.

Hoy encontré la chaqueta que me gusta: fabricada a cuadros tipo patchwork, como la que vistió Bill Murray en Cannes. Ahora solo necesito un talla 48 o más en la que entre completo el perímetro. Probarse chaquetas deprime más que verse reflejado en los escaparates.

Queríamos visitar la exposición de Hopper, pero lo aplazamos al lunes. Con Hopper hay que ir despacio.

Comimos en un mexicano llamado Dos Caminos, en Houston West. El guacamole era bueno. Paseamos por Soho. Paula quería entrar en todas las tiendas. Su madre en ninguna. Interpreté el papel de mediador estratega: “ya entraréis otro día las dos solas”. Las mujeres necesitan torturarnos con su ropa, tenernos cerca para criticar nuestra falta de entusiasmo. En las puertas de las tiendas se acumulan hombres varados que parecen compartir la misma obra de teatro.

Cenamos en The Odeon con mis amigos periodistas. Santi me informó de que los baños fueron espectaculares antes de la reforma. Emma dijo que el restaurante era uno de los favoritos de Harvey Keitel, Mister Wolf de Pulp Fiction. Siempre me gustó su frase: “No nos chupemos las pollas porque aún puede pillamos la policía”. Me parece genial, de gran actualidad. La debían repetir cada viernes en el Consejo de Ministros.

Aguacero de agosto

Día lluvioso. Propuse Met (para ellas; los museos me agotan) y casa para mi. Parecía un plan excelente. Así podía trabajar en silencio en la columna de El Periódico que se publicará el domingo. Fracasé y acabamos todos embarcados en un ferry en dirección a la Estatua de la Libertad. Nunca la vi tan de cerca. Representa un sueño, un anhelo universal más que una realidad. Al pisar la isla, un hombre nos ofreció una audio-guía. La mayoría de los extranjeros la rechazaron pese a que se halla incluida en el precio del billete del barco. Es el problema de los recortes, de la tacañería: nadie se fija en los detalles.

Manhattan aparecía y desaparecía entre nubes de bajura como en un juego de sombras, de tronos urbanos. Pese al diluvio había cientos de personas deambulantes con sus cámaras y teléfonos móviles desafiando a los grises. Fotografié la ciudad que se quedó a espaldas. Nada supera el ojo humano que incorpora recuerdos y emociones.

Regresamos a Battery Park, toqué los huevos al toro de Wall Street por provocar a la timidez de Paula y localizamos un libanés del que nos habían hablado. Está cerca de la Bolsa, donde se juegan a los dados cada semana nuestras pensiones, puestos de trabajo, educaciones y sanidades. El restaurante se llama Alfanoose; está en Maiden Lane. Merece la pena. Me tomé un Shish Kebab que sabía a Sarajevo. El Hummus es fantástico. La comida es una ventana que se abre en la memoria. Lo cuenta la escritora chilena Isabel Allende en Afrodita.

Después de  un café en un francés situado enfrente del Alfanoose entramos en el 21 Century, un gran almacén en el que si sabes buscar encuentras chollos. Hay ropa a mitad de precio y con rebajas de hasta el 75%. Lo malo es que está lleno de españoles. Seguimos siendo descorteses y pretenciosos. Sé que hay miles de excepciones, pero cuando salimos al extranjero desprendemos un aire de nuevo rico que dadas las circunstancias deberíamos olvidar. Paula me habló en inglés para disimular.

Cenamos en la casa con productos del Deli de la esquina. Ahora tengo la ventana abierta. Entran aire, silencios (pocos, pero los hay) y sonidos. Se escucha la lluvia. A veces cuando repica; otras cuando la pisan los automóviles. Huele a húmedo, a ciudad limpia. Resulta agradable. Toca sueño, toca dormir. Feliz viernes, o lo que sea.

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