Des-arte en el Guggenheim
Thursday, 1 de August de 2013 por Ramón
Fuimos al museo Guggenheim. Era mi tercera vez. La primera resultó impactante: el edificio albergaba una exposición antológica de Amadeo Modigliani. Ambos me produjeron una gran conmoción; uno de esos recuerdos que se mitifican en el cerebro, engrandeciéndolos. No sé mucho de pintura, pero sí de emociones. Es cuestión de piel, no de inteligencia o de formación.
Mi segunda visita coincidió con la exposición de una artista francesa cuyo nombre olvidé. Llenó las rotondas de composiciones extrañas y algo desordenadas que al parecer los gurús de la materia llaman arte. Me dediqué al edificio diseñado por Frank Lloyd Wright, una obra maravillosa en sí misma.
En esta ocasión un tal James Turrell ha arruinado mi mañana. Su composición ocupa el edificio entero. Para crear una sensación vaporosa iluminada desde la planta baja han cerrado todas las rotondas con tela y vaciado los espacios dedicados a la exhibición de piezas.
En la quinta planta se expone la gran obra del presunto. Tras 45 minutos de espera, una mujer que salía de la sala me informó de que era una porquería. Respondí: “Demasiado tarde”. Una vez dentro dije a la vigilante que ella era lo más artístico que había en la sala: un cuadro que no se ve y al que no te puedes acercar y un juego de luces bajo un techo que parece imitar uno antiguo con maderas atravesadas. Si pretendía crear un espacio para la meditación express ha fracasado: yo salí cabreado, estafado, sin edificio que enseñar a Paula.
Comimos en el PJ Clark’s de la Tercera Avenida, el original. Frank Sinatra y Billy Wilder decían que merecía la pena ir aunque solo fuera por orinar. El baño de caballeros de la planta baja tiene dos urinarios altísimos, raros y realmente artísticos. Pensar que he evacuado entre tanta meada histórica me emociona más que un Turrell de miles de vatios. El arte es saber contar una historia. El Clark’s lo consigue en cada gota.
Por la tarde hicimos la primera incursión de compras en la zona de Canal Street con Broadway. Todo carísimo. Paula se compró un pantalón vaquero y unas mallas en H&M. Aunque son las mismas que venden en Madrid, ha sentido que rompía una barrera. Fui a Parangon, en la 18, a comprar unos zapatos de andar mucho. Encontré la misma marca y el mismo modelo de los adquiridos en el mismo sitio hace cuatro o cinco años. Me los llevé puestos como dicta mi amiga Ana Kuntz, por si nos atropellaba un coche. Por lo menos que sean de segunda mano y no sea una bicoca para el espabilado que me los robe.