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Des-arte en el Guggenheim

Fuimos al museo Guggenheim. Era mi tercera vez. La primera resultó impactante: el edificio albergaba una exposición antológica de Amadeo Modigliani. Ambos me produjeron una gran conmoción; uno de esos recuerdos que se mitifican en el cerebro, engrandeciéndolos. No sé mucho de pintura, pero sí de emociones. Es cuestión de piel, no de inteligencia o de formación.

Mi segunda visita coincidió con la exposición de una artista francesa cuyo nombre olvidé. Llenó las rotondas de composiciones extrañas y algo desordenadas que al parecer los gurús de la materia llaman arte. Me dediqué al edificio diseñado por Frank Lloyd Wright, una obra maravillosa en sí misma.

En esta ocasión un tal James Turrell ha arruinado mi mañana. Su composición ocupa el edificio entero. Para crear una sensación vaporosa iluminada desde la planta baja han cerrado todas las rotondas con tela y vaciado los espacios dedicados a la exhibición de piezas.

En la quinta planta se expone la gran obra del presunto. Tras 45 minutos de espera, una mujer que salía de la sala me informó de que era una porquería. Respondí: “Demasiado tarde”. Una vez dentro dije a la vigilante que ella era lo más artístico que había en la sala: un cuadro que no se ve y al que no te puedes acercar y un juego de luces bajo un techo que parece imitar uno antiguo con maderas atravesadas. Si pretendía crear un espacio para la meditación express ha fracasado: yo salí cabreado, estafado, sin edificio que enseñar a Paula.

Comimos en el PJ Clark’s de la Tercera Avenida, el original. Frank Sinatra y Billy Wilder decían que merecía la pena ir aunque solo fuera por orinar. El baño de caballeros de la planta baja tiene dos urinarios altísimos, raros y realmente artísticos. Pensar que he evacuado entre tanta meada histórica me emociona más que un Turrell de miles de vatios. El arte es saber contar una historia. El Clark’s lo consigue en cada gota.

Por la tarde hicimos la primera incursión de compras en la zona de Canal Street con Broadway. Todo carísimo. Paula se compró un pantalón vaquero y unas mallas en H&M. Aunque son las mismas que venden en Madrid, ha sentido que rompía una barrera. Fui a Parangon, en la 18, a comprar unos zapatos de andar mucho. Encontré la misma marca y el mismo modelo de los adquiridos en el mismo sitio hace cuatro o cinco años. Me los llevé puestos como dicta mi amiga Ana Kuntz, por si nos atropellaba un coche. Por lo menos que sean de segunda mano y no sea una bicoca para el espabilado que me los robe.

Pastrami sin Meryl Streep

Hoy ha sido un día de trabajo: preparar una entrevista que se publicará en Jot Down y un texto para Infolibre. Estuve la mañana encerrado en la casa de mis amigos con las preguntas y los temas. Parecía una ensoñación: ¿vivo en Nueva York? Siempre soñé con ser corresponsal en el extranjero; estar años en un mismo país para comprenderlo y contarlo desde la política, el periodismo, la sociedad, la cultura y el deporte; la economía, también. Pero mis jefes tenían otra opinión sobre mis habilidades.

La entrevista, muy bien; se me ha hecho corta. Sabía que disponía de poco tiempo, quizá 30 minutos, por eso no la he dejado fluir. Eso me dejó mal sabor. Al final salieron 44 minutos de periodismo gracias a la contraparte. Creo que resultará una buena entrevista, con claves. Caminé después por la Sexta Avenida, un poco deprimido. Vivo en un país pequeño lleno de cosas pequeñas y de gente pequeña que impide a otra crecer.

Ayer lunes volvimos a caminar, pero menos. Fuimos en metro a comer en Kat’z, célebre por su sándwich de pastrami. Es un espectáculo, muy neoyorkino: un caos organizado. Hay dos tipos de mesas, las que ocupan aquellos que encargan la comida en la barra y las reservadas para los que dan el nombre en la puerta. Todos los camareros son dominicanos, de la misma familia ampliada. Es el control de calidad.

Antes recorrimos Central Park desde la 106 hasta el Met. Hay que regresar en bicicleta. Por la acera de Upper East Side busqué actrices con la mirada. Un año me crucé con Meryl Streep, mi favorita. Miré, ausculté su cutis; me intrigaron unas arrugas en la mejilla que nunca había visto en el cine. Ella pensó que ese afán era fruto de mi admiración, no de mi desconcierto. Sonrió. Esa sonrisa, ese colmillo eran inimitables. Respondí con una sonrisa de par en par. No hubo más.

Por la noche cenamos en una taberna judío-libanesa, por decirlo de alguna forma. Se llama Hummus Place; está en la calle Amsterdam, entre la 74 y la 75. El humus y sus acompañantes, impagables. Era parte de la educación de Paula interesada desde el paseo por Brooklyn por lo hebreo, el Levante mediterráneo.

También descubrimos la ventaja de las líneas express del metro; y sus inconvenientes cuando se salta tu estación y una veintena de manzanas más.

Hoy luce sol, más calor que en días pasados pero no el bochorno de La tentación vive arriba. Sería por Marylin, no por la ciudad. Feliz día.

Soy una orquesta de dolores

El hombre es el único animal que camina exageradamente dos veces seguidas sobre la misma ciudad. Los corazones palpitantes se multiplican en mi cuerpo: pies, gemelos, rodillas…; allí, también. Parezco una orquesta de dolores.

Paula vio Nueva York desde los bajos de Brooklyn. Al salir del metro, de una estación excesivamente alejada, una mujer amable nos equivocó amablemente. En vez de enviarnos al Brooklyn Highs Promenade, el mirador del The End de la película Manhattan de Woody Allen, nos indicó un camino largo hacia una zona reconquistada. Los almacenes abandonados de las películas de policías están siendo reemplazados por áreas de ocio, campos de fútbol de césped artificial, columpios, barbacoas y paseos. Lo llaman Brooklyn Bridge Park.

Desde allí, a pie de río, la ciudad de enfrente parece mágica, una ballena varada, viva. Faltan las Torres Gemelas que siguen impresas en mi memoria. Destaca la nueva antes llamada de la Libertad por el Gobierno Bush y ahora One Trade Center con Obama. Es hermosa a su manera. Medirá 1776 pies en homenaje a la fecha de la independencia. Pero hay quienes discuten que se incluya la antena. Debía ser hasta el final de la zona habitable.

El parque de Brooklyn estaba lleno de familias judías. Nueva York domingueaba. Paula, que no sabía apenas nada de ellos, preguntó. Al llegar a casa buscó en Internet. Es una de las lagunas de la educación en España; no enseñan a conocer al Otro. Le expliqué que el judaísmo era parte de nuestra historia, Sefarad, que me gustaban más los laicos. Siempre me gustan los laicos. Le hablé de religión, del miedo.

Le enseñé la vista del puente de Manhattan con el Empire State entre los arcos. Esperas una reacción de sorpresa, un desmayo. La niña asimila en un silencio juvenil que no sé definir; está entre un “ya; ya lo he visto” y “me da igual”. De jóvenes no procesamos, solo engullimos. Es el tiempo y la experiencia lo que nos enseña a comparar, a crecer.

Llovía. Un calabobos constante nos empapó al cruzar el puente. En EEUU, los meteorólogos te anticipan la hora exacta en la que debes abrir el paraguas. Las nubes bajas se comieron los altos de los rascacielos del centro de la isla. Parecía otoño por los grises.

Comí un brunch de mediodía con unos amigos de toda la vida: Santi y Emma. Me gustaron sus abrazos. Fue de personas que han vivido juntos experiencias intensas, dolorosas. Son apretones intensos, sin palabras habladas. La conversación es muda, de corazón a corazón. Santi, Emma y yo somos veteranos de Bosnia. Era el primer encuentro desde mi fusilamiento laboral. Les di las buenas nuevas. Paseamos por el puerto recuperado de Chelsea. Nueva York es la ciudad que se reinventa cada día. Es su vitalidad lo que me atrae. Contagia.

Paula, su madre y yo tomamos pastel de manzana en Bubby’s. Después de engullirlo, el paraíso en la tierra. Adiós a los dolores, a los problemas, a los gobernantes y sus coros. Desparece lo superfluo, llega la música, la esencia.

La ciudad que engolosina al incauto

Me duelen los pies por dentro, palpitan; parezco un hombre con tres corazones. He caminado en un día lo que el médico me recetó para el año pasado. Es lo malo de los rascacielos: parecen tan cercanos que uno se engolosina con las manzanas (cuadras). Me bajé del metro en la 42, subí hasta el Rockefeller Center y de ahí vagabundeé hasta el Battery Park, que está en obras. No fue una línea recta, hubo desvíos a babor y estribor. Uno que me gusta: pisar la estación del Gran Central. No sé si es la más bella del mundo, pero huele a cine. Si te quedas inmóvil, invisible, puedes imaginar la vida de las personas que pasan, corren, dudan. En algunas es fácil: llevan escrita la ilusión de los ojos. Pensé en Santiago, en las maletas de los difuntos. Bultos empaquetados desde la esperanza que se abrirán en el dolor. Pensé en los vivos, en las familias.

Quise enseñar la ciudad a Paula. Tiene 13 años y este viaje es una de sus ilusiones vitales. El año pasado lo aplacé en espera de acontecimientos laborales. Este año no quise incumplir la promesa por segunda vez. No soy Mariano. Paula caminó con una sonrisa lela y los ojos abiertos, como si no pudiese abarcar tanta sorpresa y emoción. No sé qué quedará anclado en su memoria, qué se esfumará. Subimos al Top of the Rock desde donde se divisa el mundo. Abajo, un ronroneo constante de una ciudad que no descansa; a lo lejos, la estatua de la Libertad, su nombre en vano, reducido a una atracción. Me sorprendí con el índice dando nombre a las cosas, descubriendo mundos. Cristobalcoloneando.

Hice fotos en Battery: niños jugando con los chorros del agua, monjándose, pero no tengo fuerzas para pasarlas al ordenador. En espera de mi resucitamiento, que no resurrección -palabra de dioses-, os dejo con Enrique Morente. Feliz domingo.

Postales de Nueva York 2

Vuelo hacia Nueva York, que siempre resulta una aventura. Tengo necesidad de respirar, salirme de esta habitación viciada. Me gusta la ciudad, sus gentes, el bullicio, la locura; me gusta EEUU pese a todo; un país al que envidio en muchas de sus virtudes. Será un viaje especial a través de los ojos de una niña de 13 años. Su sorpresa, su capacidad de emoción será un aprendizaje compartido. Iré colgando fotos y textos del descubrimiento. Regresaré a espacios ya visitados; buscaré otros nuevos. Esta canción es desde hace meses mi canción de escribir, la puerta de entrada de un cierto exilio interior

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